jueves, 17 de diciembre de 2009

HALLAZGOS: La poesía de Justina Aliaga

Justina Aliaga Escalante, nacida en Huacapampa (hoy distrito de José Gálvez), en la provincia de Celendín (Cajamarca), es una profesora que ha publicado los poemarios El mundo en que vivimos (2008. Gaviota Azul Editores) y Un poema, una rosa, amor (2003. Editorial San Marcos).
Entre otras actividades literarias, ha sido invitada a leer sus poemas en el Club Social Miraflores, en los Viernes Literarios y en el Anfiteatro del Parque Central de Miraflores. Justina Aliaga Escalante reside en Lima.
En las palabras de presentación de su libro El mundo en que vivimos, Rolando Vizarraga anota: “Podemos leer cada verso como agua cristalina que viene de un manantial permanente y que riega los valles y contornos de plantas que dan flores y recuerdos…”
A su vez, Celia Flores Flores dice de las estrofas de Un poema, una rosa: “…trasuntan calidez y en sus ramas duermen el abrazo fraterno, la ilusión, el afán; ama a la vida como ama y extraña su tierra, sus raíces…”
Es encomiable el esfuerzo y la decisión de Justina Aliaga Escalante por ver publicada su producción poética. Ella también nos ha entregado una plaquette compuesta por una gama de haikus* (poemas breves de estilo japonés).

Los ojos del Che

He visto unos ojos
de mirada serena
y una frente surcada
por fiero vendaval.

He visto las manos
de un combatiente
que lucha invencible
Por la justicia social!

He visto unos ojos
de mirada bravía
que despiden fuego
en cada pestañear.

Son aquellos ojos
que dan candela
por aquellos infames
que no dejar de matar.

Ha visto unos labios
partidos y secos
unos labios sedientos
por la sed de amar.

Son aquellos labios
de un combatiente
que agoniza en la pendiente
de un mundo medieval.

Ha visto unos ojos
por aquellas montañas
de mirada triste
que hacen al mundo llorar.

(De: El mundo en que vivimos)


Cristo te necesito

Cristo te necesito
como cuando un camello
pierde su reserva de agua
en el desierto.

Cual avecilla herida
que ha perdido su rumbo,
como el naufrago
que va sin aliento
buscando la orilla.

Guíame a tu horizonte
cura mis heridas,
cuida la luz de mis pupilas…
que mis ojos encuentren
la luz de tu amor
Seas bendito, Señor!

(Idem)


El perchero

En el perchero
colgué mis sueños
mientras aguardaba
que vengas a mí
y en el perchero
me quedé suspendida
al saber que tú
te alejabas de mí.

(Idem)


HAIKUS:

El verso libre
Ritmo de mi corazón
Son de mediodía

***

Salta la rana
Cascada cristalina
El ruido del agua

***

Mudo fogón
Camino de piedritas
Gatito ron ron

***

La vaca muge
Tardecitas de sol
La leche canta

***

Suspendida voy
Parapente de amor
En tu corazón

***

* Nota: El haiku está compuesto por tres versos, los que totalizan diecisiete sílabas.
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martes, 1 de diciembre de 2009

INVITACION: Homenaje a Julio Garrido Malaver

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HOMENAJE AL GRAN POETA CELENDINO

JULIO GARRIDO MALAVER

En el Centenario de su nacimiento
(1909 - 2009)


La Asociación Celendina de Lima y el Colectivo de la revista "Fuscán", órgano impreso de Celendín Pueblo Mágico, invitan al público en general al merecido homenaje a nuestro laureado poeta

JULIO GARRIDO MALAVER

Leerán muestras de su obra los poetas celendinos Antonieta Inga del Cuadro y Jorge Horna Chávez.


Día: viernes 4 de diciembre
Hora: 7. 30
Lugar: local institucional de la Asociación, Av. Brasil 1580, Jesús María.

ENTRADA LIBRE
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domingo, 1 de noviembre de 2009

LITERATURA: El narrador José De Piérola

El novelista y narrador José de Piérola Chávez, nació en Lima en 1961. Sin embargo, su infancia transcurrió en su ciudad materna, en Celendín, donde estudió su instrucción primaria. Después, con su familia se trasladó a la metrópoli, donde poco a poco fue orientando su camino hacia la literatura.
Ha sido galardonado con el Primer Premio Copé de Cuento, el año 2000. También el reconocimiento internacional le ha llegado a través del premio Max Aub (1988). El camino de regreso, Shantranj, Sur y Norte, son sus más notables novelas.
En uno de los catálogos de difusión publicitaria de la Editorial Norma apareció la siguiente nota y entrevista a José de Piérola (NdlR).

ESCRITOR POR UNA SERIE DE AFORTUNADAS CIRCUNSTANCIAS
Cuando era niño, José de Piérola estaba convencido de que para ser escritor solo era necesario tener una pluma fuente. Años después, tras varios giros del destino, un paciente proceso de aprendizaje y siempre armado de su pluma fuente, dedica su vida a su gran pasión: la literatura. Shatranj es un estupendo ejemplo de su maestría.
La historia de Shatranj se inicia con el relato de una anécdota de la adolescencia que determina la vocación literaria del narrador. ¿Cómo ocurrió en tu caso?
La primera vez que quise ser escritor tenía quizás unos nueve años. Nos habíamos mudado de Celendín, un pequeño pueblo de Cajamarca, a Lima. Un mes después, entré por primera vez a una librería. Mi asombro fue espectacular. Descubrí que aquellos libros –quizá unos cinco- que mi madre me había leído cuando niño, y que a mí me habían perecido un tesoro incalculable, no eran nada comparados con los miles de libros que allí había. Más aún, según pude entender, muchos de los autores estaban vivos. Quizá fue alguna foto de solapa, pero me convencí que todo lo que hacía falta para ser escritor era tener una pluma fuente. La conseguí por medio de un compañero de la escuela algunos años después.. Quizá tendría trece años cuando, armado de mi pluma fuente, escribir empecé a escribir mis “memorias”. Creo que llegué a escribir cinco páginas antes de abandonar el proyecto.
¿Qué ocurrió luego?
Pasaron los años, terminé la secundaria, y aquel sueño empezó a encontrar seria dificultades. La primera que no importa dónde buscara no encontraba ninguna pista que me indicara cómo convertirme en escritor. Leí algunas entrevistas. Me desalenté. Hasta que llegó el momento de elegir una profesión para ganarme la vida y, convencido que en nuestro país ser escritor era más difícil que ser astronauta -estamos hablando de fines de los años 70- , tomé la decisión absurda de dejar la literatura para dedicarme a la ingeniería. Me refiero a la escritura, porque el vicio de la lectura todavía no me lo ha podido quitar.
Entonces conseguí trabajo en un museo como dibujante. Quizá pudo haberlo logrado cualquier otro trabajo; pero aquellos largos días en el museo, aparte de cierta distancia con la universidad, me dieron el tiempo para soñar y los medios para comprarme libros. Desde allí, las cosas pasaron de una manera parecida a lo que se cuenta en Shantranj.
Trabajé como ingeniero durante algunos años, salí del Perú en 1990, trabajé como consultor de sistemas en los Ángeles, hasta que, recién en 1997, debido a una serie de afortunadas circunstancias, me vi de regreso en Lima, con unos seis meses en mis manos, y suficiente dinero como para sobrevivir. Fue entonces que empecé a escribir.
¿Cómo se construye una historia a partir de un lector específico en mente, en este caso, el adolescente?
Uno empieza a escribir para ese lector primero que es uno mismo. Sin embargo, si uno escribiera solo para uno mismo, nadie tendría por qué enterarse que uno escribe, uno no tendría que mostrar el texto a nadie, menos aún intentar publicarlo. Lo que yo hago, entonces, es imaginar un lector o lectora concreto. En el caso de Shatranj fueron dos. Una sobrina mía, y lo que yo recordaba de mí mismo cuando adolescente, y escribí el tipo de historia que nos habría gustado a los dos. Esto me obligó a escribir una novela que fuera capaz de entretener, pero que tuviera la complejidad necesaria para una mente despierta, inquisitiva, como es la de un adolescente. Se trataba de ver el mundo desde otra sensibilidad. La frescura sin la cual no se puede soñar. Espero haberlo logrado.
¿Cuál crees que es futuro del libro?
Desde hace veinte años la tecnología viene produciendo intentos fallidos de su gran promesa: el libro electrónico. Pero el libro, como forma de trasmitir narraciones, se mantendrá. Humberto Eco, en un inspirado ejemplo, dice que el libro es un invento que no puede ser mejorado ni superado: como la cuchara.
El libro gozó de buena salud hace 2500 años entre los escribas egipcios, goza de buena salud en estos días –nunca antes en la historia de la humanidad se han publicado tantos títulos por año-. No tengo la menor duda de que gozará de buena salud durante los próximos 2500 años.


sábado, 17 de octubre de 2009

POESÍA: Luceros madrugadores de Mayo

Cobijados bajo el sugestivo cielo de nuestra tierra, nacieron, allá en el siglo XIX,Pedro Ortiz Montoya, Pedro García Escalante “El Búho”, Nazario Chávez Aliaga, David Sánchez Infante; poetas intensos todos ellos que se dieron a la tarea de escribir, a versificar los torrentes de imaginación e ideas que les proponía la vida y a traducirlas en palabra embellecida.

Pedro Ortiz Montoya (Celendìn, 1853) es el primer poeta celendino del que se tiene noticia; dedicado a la docencia, en su tierra fue uno de los impulsores de la creación del colegio particular “Celendín”, que años después dio origen al colegio “Javier Prado” (hoy IE. Coronel Cortegana). De su inspiración, un fragmento del famoso poema A Celendín:





A Celendín

Lirio gentil que floreces
en las hermosas praderas,
que extiende a las riberas
el coloso Marañón.

¡Celendìn! patria amada
precioso edén encantado
por ti siempre enamorado
latir siento el corazón.

Del inca en la tierra clásica
formas la mansión querida
preciosa perla escondida
en la región andina;

y un porvenir luminoso
te sonríe patria amada,
en la tierra afortunada
el Perù septentrional.


Pedro García Escalante (Huacapampa, José Gálvez, 1886) solía usar el seudónimo “El Búho”. También fue docente de educación primaria en su lugar de origen. Dirigió publicaciones periódicas: “El Cometa”, “El Progreso” y otras. Aquí dos estrofas de su poesìa:














Preludio (Canto épico)

Yo, ante el recuerdo de tu patria historia
templar mi lira con fervor quisiera
si de la musa el cantar tuviera
el ritmo dulce que eterniza gloria.

Mi pobre musa con su ignota lira
apenas puede preludiar su canto,
y sólo la fuerza del deber levanto
mi voz escasa que sin eco expira.

Y sólo acepta por su hazaña el canto
que es un poema que a tu historia adhiero,
y el recuerdo de tus glorias quiero
sublime lira mi poder no es tanto.


Nazario Chávez Aliaga (Huauco, Sucre, 1891). Se abocó al periodismo y dirigió el periódico “El Perú” en la ciudad de Cajamarca; ensayista y cronista de su época, devino en la actividad política, sus fluctuaciones al respecto son controversiales y polémicas. Publicó varios libros de poesía y abrazó la corriente vanguardista.De don Nazario mostramos un fragmento de su poema Hora gris:












Hora gris

Es tarde. La lluvia cae lenta
Las sombras se acuestan muellemente en los llanos
La luz va muriendo en mi propia presencia
Y en mi alma ha clavado sus garras la tristeza…

Es tarde. La lluvia cae lenta,
el dolor golpea mi casa como un mendigo
el silencio grita como ganso en mi pecho
y una noble amargura se hospeda en mi alma.

Es tarde. La lluvia cae lenta,
no sé que soledad me ha invadido,
que al querer protestar de esa amargura,
agonizan mis palabrascomo cisne en la sangre.


David Sánchez Infante (Sorochuco, 1895); este gran sorochuquino, para gloria de todo Celendín, desplegó en su corta existencia una actividad fructífera en aras de la justicia social, las reivindicaciones y las esperanzas populares. Fue docente en el colegio “Celendín” de aquellos años; propició en la ciudad un espacio educativo-cultural denominado “Asambleas Sabatinas”. Uno de sus producciones literarias más logradas es “El Nuevo Evangelio de Celendín”. Dirigió con coraje, en Lima, la revista “Integridad”. De Sánchez Infante esta muestra poética:



Mi anhelo

Si tú me preguntaras patria mía
cuál es única gloria que anhelo,
para que tú con amoroso celo
me la concedas, como madre, un día.

Emocionada el alma de alegría,
a ti que eres mi amor y mi consuelo,
con filial devoción y sin recelo
sólo de morir por ti, te pediría.

Morir, por defender tu sacrosanto
e inmaculado honor, en cruento duelo,
para que, en premio de que amo tanto.

Y al brindarte mi vida toda entera,
me des por tumba tu bendito suelo,
y por mortaja tu feliz bandera.

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jueves, 8 de octubre de 2009

NARRATIVA: Amor al paso

Por Franz Sánchez
Difícil saber lo que me atrajo de ella. Quizá sería su manera de abrir la boca, o ese estilo vulgar de fumarse el cigarro. Lo cierto fue que, desde que llegué no hice más que clavarle los ojos, y recorrerla centímetro a centímetro, por esa escasa minifalda que a duras penas podía contener el desborde de sus nalgas.
Aquella mañana sabía que tenía que regresar a la frígida Lima, que en “stand by” recuerda que siempre tienes que volver a la rutina de la combi y la niebla húmeda en tu rostro. Hasta ese día he resumido noches de bohemia, en mañanas de resaca y malestar estomacal. Les he pedido a mis amigos hacerle un alto al ron y tomar distancias con el cañazo. Me han dicho que soy un cabro, y que les he cambiado por amigos que eructan cebada y lúpulo.
Mi padre exigió temprano, mientras me cepillaba los dientes, al borde del patio, y con el sol pegando de lleno en mi cabeza, que tratara de poner a buen recaudo mi menoscabada reputación. Luego oí que los vecinos cuchicheaban tras mis huellas, son unos chismosos de primera y muchos de ellos hipócritas, van a misa. De eso sé poco o casi nada, nunca probé una hostia y comprobé que el cura se tira el vino, y compra cigarros River en el “salserín”. Igual siempre me pregunté por qué las puertas de las iglesias eran tan grandes, luego supe que eran para que pudiera ingresar el Altísimo.
Fui a comer un cebiche, que se echó a perder por el olor a rata del mercado. Busqué a Percy, me debía algunos favores y siempre pasaba piola conmigo. Me encontró, siendo yo el que lo buscaba, me invitó unas cervezas, que me cayeron pésimas, pues estaban calientes y fermentadas. Percy me ha dicho con esa peculiar manera de hablar que siempre hacen dudosas sus palabras, que tiene problemas con su mujer. Atendí con interés psiquiátrico sus historias, luego tuve un deja vu. Mientras sentía el eco de sus palabras perderse en la puerta de mis oídos, me puse a pensar que muchos pleitos me había ganado por estar sentado con mis amigos en una cantina. Luego cambié a melancólico con un sabor amargo en la garganta, que hizo que la cerveza pareciera vino. ”Me escuchaste” ”entraste como en trance” dijo Percy, es un gordo buena gente, demasiado diría. -Si te he oído, y creo que eres un gordo rosquete. Hasta cuando permites que tu mujer se ponga tus pantalones- le dije con inusual enfado. El cantinero se ha reído sin ocultarse tras el mostrador.


He terminado lo último de la cerveza, y vi pasar frente a la cantina a Vanesa, mi ex enamorada. Iba con un tipo mucho mayor que ella, hasta parece mi abuelo. El viejo le paga la comida, los estudios y le compra calzones los domingos. Me lo ha dicho Gaby, su mejor amiga, y también dijo que me extraña y que perdona la vez en que la desvestí sobre mi cama, para luego quedarme dormido, que no me preocupe, que no se lo contó a nadie.
La miré con furia de hombre despechado, pero luego reí con alivio. Ha sacado la cabeza por detrás de su acompañante y me ha mandado un guiño. Percy me miró asustado. Cree que tengo mala suerte con las chicas. Yo creo que es él, el salado. Cada vez que se va de la mesa aparecen las nenas.
Percy pagó la cuenta. Busqué en mis bolsillos unos devaluados, y encontré 5 mangos. “Vamos, te invito un vino”, Percy asintió. Caminamos por en medio de la plaza de armas, al llegar a la puerta de una bodega, estaba una camioneta blanca estacionada en frente. Compré el vino a granel y sin temor a la opinión pública, bebimos a la intemperie. Han pasado cinco de mis tíos y Percy ha escondido la botella, le ordené que no lo volviera hacer más. La ventanilla de la camioneta se abrió con rapidez. Vanesa estaba tomando cervezas con el tío viagra. “Franz, primo, cómo estas” “ven acércate”. Me aproximé con lentitud, desconfiando de su alegría y revisando mi árbol genealógico. “Te presento a mi amigo, el doctor” –cómo está señor- saludé pensando “tu amigo, con el que te revuelcas”. -Joven, tómese unas chelitas con nosotros, pero suba al carro, suban- dijo el anciano, con ínfulas de poder.
Subimos, Percy parece no querer dejar la botella de vino y la abraza, con un cariño que admiro. De pronto me siento mareado y tengo ganas de vomitar, pero no vestigios de comida, quiero vomitar todo lo que pienso de Vanesa, quiero que el viejo se entere de lo nuestro, y que le dé un infarto, coger el timón de la camioneta, fugarnos a Cajamarca y por la Encañada arrojar al tieso sujeto.
Dibujo una mueca burlona, mientras oigo a Vanesa mentirle al viejo sobre nuestros tíos, y sobrinos y la familia, y nuestra relación sanguínea. Que yo recuerde fue justo por un tema sanguíneo, mejor dicho, de menstruación que no pudimos consumar nuestro noviazgo, claro y luego está que me quedé dormido sobre sus pechos. Así que no hay reclamos, ella tenía el período y yo estaba despierto, también por periodos, hasta rendirme. Nadie debe nada. Estamos parches.
El viejo, se ha puesto muy amable conmigo, ya no manda a mi amigo a comprar las cervezas. Se toma la molestia de bajar del carro, él mismito, comprarlas y destaparlas. Servicio completo. Mientras hace la transacción con la bodeguera, Vanesa habla con Percy, tratando de celarme, ya que no lo consigue con el hombre de pelo plateado. La cabeza me ha dado vueltas y he sentido un retorcijón, se viene el vómito de palabras: “Coqueta de miércoles, que quieres con todo esto”- le dije. Me mira y se ríe. La he visto deliciosamente bella, aún cuando viste ropas que sé que pago con su cuerpo. “Tú cállate y chupa nomás, que es gratis”- ¡Vete al demonio, qué tú crees que no podemos pagarnos las cervezas!- le dije, ahora sí enfadado.
Ingresa a la camioneta el hombre, y todos callamos, para luego aparentar estar entre familia. Suenan las botellas, y las chapas caen debajo de los asientos. He tomado con vehemencia. Percy está preocupado y teme que haga alguna de mis excentricidades. Yo no sé que tengo, no la quiero, pero me jode verla así, en esas circunstancias y mintiendo con descaro. Hago muecas desde los asientos de atrás, pidiéndole a Vanesa que se trepe, y venga a cariñar a este, su desolado primo. Y se me ocurrió, le dije: “Prima dice la tía… Teresa, que estarás estudiando, que te dejes de fiestas, que tu enamorado pregunta mucho por ti, desde que te fuiste de la casa de tu mami”.
El anciano, se ha puesto pálido, espero que en los siguientes minutos le dé una convulsión o algo parecido. Vanesa me miró con mucha rabia y luego dijo: “Ay primo, dile a mi tía Teresa, que la licuadora que le di aún no se termina de pagar, y que le diga a mi enamorado que le saque más provecho a su cama, que solo le sirve para dormir”. Se han reído todos, menos yo. Y luego los vi besarse, Vanesa parece arrancarle la plancha al hombre y un desagradable ruido causó más estragos en mi digestión. Abrí la ventanilla y esta vez, vomité de verdad. “Vámonos”-le pedí a Percy.
El viejo, tiene oído de tísico. “Qué, ya se van” “tan temprano” dice, Vanesa me mira y luego suplica “no primo, no te vayas, por favor”. La miré, y le saqué el dedo del medio. Luego le pedí a Percy, un buen vaso de vino, que guardaba celosamente bajo el brazo. Lo tomé de un tiro, diablos, sabe a cebolla, pero está mejor, que esa cerveza, que tiene sabor a noches transpiradas, y olor a polilla y mujer.
El señor voltea con violencia, y dice: “Qué cosa, no pueden tomar esa porquería” “no señor, a ustedes lo mejor”. Arrancha la botella a Percy y la arroja por la ventana del conductor. Esto ha sido todo, no lo aguanto más, podrá usar mi chica, podrá tratarla como quiera, pero a mi vino, no. Con todo respeto señor, “váyase a la misma mierda”. Abrí la puerta y bajé con Percy.
Percy identificado conmigo, aventó con fuerza la puerta de la camioneta, casi la desbarata. Hemos caminado molestos, hasta el centro de la plaza. Pasa el “cashano” jefe de seguridad de la plaza de armas, y se percata que un sujeto norteño maneja la bicicleta sobre la loseta del parque. “Oiga, carajo no puede subir a la bicicleta en la plaza de armas”. El hombre baja del vehículo, y luego carga la bicicleta, evitando que las llantas choquen con el suelo, hasta cruzar todo el redondel. La gente se ríe.
Vanesa se acerca hacia la banqueta, parece que discutió con el hombre. Pero no me habla, conversa con Percy. Luego van los dos a traer más vino. Salen de la bodega y una mujer los cruza. Un golpe que retumba en las paredes, se oye, lo han abofeteado. La mujer le reclama a Percy, y luego se cogen de los cabellos con Vanesa. Pero qué rayos, esto es bochornoso a pesar que estoy mareado. Vanesa detiene una moto taxi, y se pierde en la oscuridad. Los postes encienden sus luces y alumbran con colores amarillos, el rostro de Percy, golpeado. Luce la camisa rasgada, y el labio partido.
Me he reído de su desgracia, y también he comprendido que su mujer está desquiciada.
“Descuida hombre, no has hecho nada malo”-le digo y después le invito a beber “por lo menos nos queda el vino”. Percy está desconsolado, y yo también. Me apena Vanesa, no creo que sea feliz, podrá tener dinero, pero me parece muy lúgubre su vida.
“Estamos solos, que es como deberíamos estar siempre”-reflexiono. Suena una canción en un altoparlante que habla sobre el falso amor que condena a una prisión a quienes lo encuentran. Es de los Buquis, se llama “Tú Cárcel”
Percy conmovido, me propone algo que jamás pensé vendría de él, y que tampoco creí escucharlo frente a la iglesia virgen del Carmen. “Vamos a las putas” me dice, añadiéndole un tono grave a su expresión. A dónde, le digo, casi sin creer lo que escucho. “Sígueme”.
Llegamos hasta un local, de mala pinta. Las luces intermitentes de la noche prometían algo bueno. Al ingresar se veía un afiche de Pamela Anderson en una de sus posiciones más sugerentes. Pidió unas cervezas, se acercaron unas chicas a servírnoslas. Luego se sentaron con nosotros, una de ellas traía un saco, que al abrirlo dejaba descubierto su cuerpo desnudo. Me pareció algo muy valiente, con el frío espantoso que hacía. La otra era más sobria, parecía obligada a estar allí. Le pedí que no lo hiciera, que si deseaba podía marcharse. Me miró como diciéndome gracias, y luego se marchó, abrió un surco entre el humo de los cigarros del local.
Percy había avanzado con la chica del sacón. Yo los miraba, me puse a pensar, que muchas de estas chicas, hacen una labor digna de resaltar. Aquél hombre vive una vida miserable, y lo veía sonreír, feliz, despreocupado, diría, vivo. Luego sentí, un bulto sobre mi entre pierna, me llamó la atención ya que últimamente mi reacciones físicas son preocupantes. Pero no era yo, el bulto era el pie de la señorita del sacón. Me retiré de la mesa unos centímetros, para evitar el roce. Y fue allí cuando la vi. Me atrajo de inmediato, tenía un cigarrillo ente labios, una contorneada silueta, piernas largas y esbeltas, y su minifalda era un regalo de los dioses.
Me colgué, necesitaba una reseteada urgente. Era todo un sueño, se cruzó las piernas y me dejó ver por un corto tiempo, su ropa interior. No le podía atinar su edad, pero sospechaba que se trataba de apenas una jovencita. Sabía que la miraba, y hacía ademanes por demás disforzados, botaba el humo suavemente, y levantaba las cejas cuando absorbía otra bocanada.
Giré para servirme un vaso de cerveza, quizá así, su imagen se diluiría en mi mente hasta apagarme el televisor. Y cuando quise retomar el paisaje, estaba a mi lado, me dijo al oído: “por qué me miras tanto”. Y no supe que decir, vi en sus ojos, la honestidad que no crees encontrar en un lupanar. Me gustas, le dije, siéntate, le pedí. Así lo hizo, Percy también tenía la boca abierta, pero ya no se aceptaban devoluciones. Entonces conversé con ella, y encontramos muchas afinidades, le gustaba leer, las poesías eran sus favoritas, entonces me citó un verso de Melgar, parecía un yaraví. Y luego me contó sobre su mala fortuna en cuanto a su familia disfuncional. Pasé de la alegría a la angustia, de la admiración al dolor, y la quise mucho. Le tuve ternura. Y comprendí que aquella persona tenía en su modo de hablar, en su forma de mirarme, en sus palabras, algo que nunca encontré en mujeres, tan bellas y tan de familia, y que como muñecas de porcelana, se las debe tratar con delicadeza para no romperlas, porque adentro no tienen nada, y casi casi son huecas.
He alistado mi equipaje, y mi viejo me despide. El chofer esta renegando, porque la gente le ha llenado de bultos la bodega. Tuve tiempo para despedirme de mis amigos y para tomarme una botella de agua mineral antes de partir. Desde mi ventana se ve José Gálvez, respiro las últimas dosis de aire puro. Ahora pienso, en lo que he dejado a medias en Lima, y luego en la chica que me espera, y también en la otra, de la que me he enamorado y que no sabe que lo hago, y espero que ella no sea tan hueca como parece, y que sus modales refinados y su andar de pasarela, tengan sustento en su forma humana, y que no sea el maniquí que creo que es, y que he elegido. Y también pienso en ti, en lo que me dijiste antes que me vaya.
Y estoy convencido, que no es así. Que la gente murmura, habla, dice, y también oculta sus propias miserias. Que las viejas cucufatas, y los viejos mañosones deberían tenerte todo el respeto del mundo. Y también esas muchachitas locas, que son más falsas que un billete de monopolio. Porque éste es ahora otro pueblo, y también te pertenece.
Cuando salí del local y te dejé sentada en una silla desgastada, evaporándote entre el humo de tus clientes. Y seguías hermosa, aún con todas esas manos que te tocaban, y que ni siquiera se detuvieron a tantear tu alma, como creo que lo hice yo. También pensé en lo que me pediste, y quiero que sepas, si es que lees esto, que estaré siempre dispuesto… como tú lo estás conmigo, cada vez que te miro.
J.M.S.

domingo, 4 de octubre de 2009

HALLAZGO: Manuscrito de Manuel P. Zegarra

LOS SUEÑOS DE TEÓFILA
Por Jorge Horna
Dentro del panorama de escritores celendinos el nombre de Manuel P. Zegarra siempre sale a flote solamente como un referente junto a su obra Sueños de Teófila.
Hace más de una década indagando sobre estos asuntos conversé en Celendín con Manuel Sánchez Aliaga, y me informó en ese sentido, pero me refirió que el nombre del autor aludido era Manuel Pasión Zegarra. También en algunas revistas celendinas hay sólo datos nominativos sobre él y el título de su libro.
Ha sido el doctor celendino César Muñóz Sánchez, quien hurgando con avidez literaria en archivos personales de su difunta madre, la profesora doña Luisa Sánchez Horna, ha hallado el manuscrito original de Sueños de Teófila. Me ha mostrado el texto caligrafiado de puño y letra de Manuel P. Zegarra que consta de cincuenta páginas escritas en un cuaderno escolar.


En la primera página está el siguiente título: Sueños de Teófila o Las Noches de una Virgen, por Manuel P. Zegarra, fechado en la ciudad oriental de Iquitos el año 1907. La siguiente página contiene una extensa dedicatoria al señor Manuel Hernández Torres. Luego una nota introductoria del autor subtitulada: Al Público. A continuación otra breve dedicatoria: La noche del Éxtasis, y firma por el autor.
Después viene el contenido textual de la obra.
Manuel P. Zegarra expresa una acendrada nostalgia abordando los caminos de una visión romántica de la vida. Su escritura esta colmada de los elementos de la naturaleza que, por el lugar donde fue concebida (la selva) tiene una atmósfera densa, pero a la vez plena de motivaciones y deslumbramientos.
Hay pasajes del manuscrito en los que el autor de Sueños de Teófila recurre a las alusiones divinas y místicas de la religión para reflexionar sobre el amor terrestre a la amada.
Como una primicia y para conocimiento de nuestros lectores que tienen interés por la literatura o la lucha por alcanzar la belleza a través de la palabra, entregamos la transcripción una de las primeras páginas del manuscrito:


La Sonrisa
Es la hora del crepúsculo vespertino.
Contemplemos el quebranto universal.
Las omnisencias se visten de azul, las profundidades se ennegrecen, todo el rubor de la naturaleza se concentra en la faz de occidente.

El océano ya no tiene su rugido, el viento ya no zumba como otras veces, la ola parece que suspira, el céfiro parece que canta.
Es el instante de la ternura de los elementos. Saturno y Eolo derraman en el espacio la estrofa de sus amores profundos.
El vuelo del aire es trémulo, el perfume de la flor es fugitivo, en las alas de (la esperanza) los pajarillos hay un pavor inocente, en las verdes hojas de los árboles hay una languidez desconocida.
En los colores de los objetos hay un no sé qué de desmayo, en los sones un no sé qué de delirio. En toda la tierra hay como si un ruido suave de dos alas que se cierran; en todo el cielo hay un velo que al silencio vago, se adelgaza.

En el reloj de la creación el golpe de esa hora es un suspiro, un suspiro de éxtasis o de alma cautiva en arrobamiento.

Es la hora de la melancolía porque todo es pálido, es la hora de la poesía porque todo es vago, es la hora del corazón porque todo es digno de recuerdo; es la hora del alma porque todo se asilencia. (…)

***************

Acotación: Si algún lector o lectora conociese los datos biográficos de don Manuel P. (Pasión) Zegarra agradeceríamos inmensamente enviarlo al correo que se indica. El propósito es valorar la producción literaria de los celendinos de todos los tiempos.

Jorge Horna
Mail: jornach@hotmail.com

viernes, 25 de septiembre de 2009

NARRATIVA: Alfonso Peláez Bazán

CLARA

Mientras los diarios de la capital daban la angustiosa noticia de la desaparición de un avión comercial –elZ45-; con treinta pasajeros para distintos lugares de la Selva, en un paraje desolado de la Cordillera Central, en los Andes del Norte, el destino ofrecía a los cielos un horripilante espectáculo: entre un hacinamiento de fierros retorcidos, aparecía un macabro conjunto de cadáveres mutilados y semicarbonizados… Como detalles del cuadro espantoso, dos o tres cadáveres aparecían tirados en distintas direcciones… De los escombros todavía se levantaban delgadas columnas de humo. Pese al espacio abierto, el aire era pesado, asfixiante.
Desde la hacienda LOS CEDROS, situada en una hermosa y profunda planicie de la misma cordillera, el joven hacendado Jorge Echandía y sus peones vieron incendiarse el avión luego de haber chocado en la cresta de un cerro. Y sin perder minuto se fueron presurosos hasta el lugar de la catástrofe.


Inmóviles, presas del horror más grande, Jorge y sus peones se estuvieron mucho rato sin saber qué hacer. Al cabo, comprendieron que, en realidad, ningún papel les correspondía allí.
-Comunicaremos lo más rápido posible- dijo Jorge al tiempo de tomar la delantera.
Habían caminado unos pasos, cuando de pronto fueron sorprendidos por unas voces que llegaban apenas… Eran como débiles acentos de alguien que estuviera atormentado. Cuando los hombres se detuvieron silbaba el viento y las voces dejaron de escucharse. Mas, no tardaron éstas en volver… pero el viento seguía silbando… Los hombres habían empezado a desconcertarse. Les era imposible localizar las voces. EL viento jugaba con ellas y con los hombres.
Pero se cansó al fin el viento.
-¡Allá!... Allá!... –gritó casi desesperado uno de los hombres.
-¡Sí!... ¡Sí!... ¡Allá en el matorral… -confirmó otro.
Y todos corrieron hacia el matorral.
Se perdían a instantes las voces. Pero cuando todos los hombres estuvieron ya a pocos pasos del matorral percibieron, incluso, que el acento era tierno, dulce…
Y se fueron acercando más y más…
De pronto, todos se quedaron inmóviles, exclamando: “¡Oh!...”.
Acababan de ver, enredada en los lanches y las moras, a una mujer…
Luego, silenciosamente, calmadamente, se fueron acercando hasta ella…
Y fue más grande la admiración que el dolor. Todos exclamaron: “¡Qué linda!...”.
Y la despertaron suavemente, como a una flor delicada y linda. Los hombres parecían sublimados. No en vano pasó tanto dolor por sus corazones.
¡Cosas hace el destino!... Aparte de estar como enajenada, fuera de sí, la mujer no presentaba heridas de consideración. Se habría dicho que ella no estuvo en el avión.
La acostaron sobre los pastos verdes, limpios y frescos.
Antes de una hora, estaba lista una parihuela para trasladar a la bella mujer hasta la hacienda Los Cedros.
II
Junto a una amplia ventana que da al huerto de naranjos y cafetos, le acomodaron el lecho a la linda mujer.
Dos cholitas de la hacienda –Orfe y Nati- se pusieron una a cada lado del lecho para no moverse en toda la noche.
De hora en hora, Orfe y Nati ponían en labios de la enferma gotas de naranja y de mieles silvestres.
El silencio de la estancia sólo era turbado por los hondos suspiros que de rato en rato exhalaba la bella paciente.
***
La luz del amanecer, filtrada por entre los floridos follajes del huerto; el canto de las avecillas; la fina fragancia de los azahares, dulce y suavemente, fueron despejando a la bella. Y sus ojazos se fueron llenando de asombro…
Empezó a mirar para todos los lados sin llegar a encontrar una explicación. Se incorporó un poco y su asombro se hizo aun más grande cuando vio a sus pies, profundamente dormidas, con las cabezas caídas sobre el borde de la cama, a las dos cholitas…
-¿Díos mío, ché questo?... ¿Dovo sono?...
(¿Qué es esto, Dios mío?... ¿Dónde estoy?
Se sentó finalmente sobre el lecho, se puso las manos en la frente y empezó a reconstruir su pasado inmediato. Roma… París… Londres… Nueva York… La habana… Caracas… Lima… Luego un pasaje para la selva peruana… Y cuando su memoria llegó a los primeros momentos de la tragedia, su cerebro volvió a oscurecerse y blandamente dejó caer su linda cabeza sobre las almohadas.
III
Más que la salida del sol y que el despertar de las aves, a los hombres y a las mujeres, a los viejos y a los niños, alegraban la luz de sus ojos y la armonía de su voz.
Un día dijo su nombre:
-Clara… Clara…
Ese día resplandecieron más hermosos los campos y los cielos.
Y todas las gentes de Los Cedros se sorprendían de las cosas y de sí mismas, como si en verdad se hubiera operado alguna extraña transformación.
***
Entre tanto, en la Capital, los diarios seguían informando cada vez con mayor sensacionalismo sobre la desaparición del Z-45.
Las compañías de aviación, las dependencias oficiales de Aeronáutica y los familiares de las víctimas, todos, desplegaban los mayores esfuerzos para ubicar el aparato accidentado.
Jorge, por su parte, había despachado un expreso a la ciudad llevando noticias para la Capital. El expreso debía esperar en dicha ciudad la llegada de los expedicionarios para conducirlos hasta el lugar del suceso; pero, atendiendo a las indicaciones precisas de Jorge, lo haría por caminos distantes a la hacienda Los Cedros.
***
Cada día, todos en la hacienda aprendían una palabra nueva del divino idioma del Dante. Clara –que también sabía castellano- realizaba esta labor con encantadora dedicación.
Cogía una flor y repetía dos y tres veces:
-Fiore… Fiore… Fiore…
(Flor… Flor… Flor…)
Aspiraba su perfuma y decía:
-Fraganza… Fraganza… Fraganza…
(Fragancia… Fragancia… Fragancia…)
Juntaba varias flores:
-Mazzo… Mazzo… Mazzo…
(Ramo… Ramo… Ramo…)
En seguida tomaba la lección a Orfe y a Nati.
Las tres corrían tras las mariposas, y cuando alguna se les hacía entre las manos polvo ofino y dorado, exclamaba:
-¡Poveretta mía!... ¡Poveretta mía!...
(¡Pobrecita mía!... ¡Pobrecita mía!...)
La acercaba a sus labios y luego la echaba al viento:
-Portala lontano… tanto lontano…
(Llévala lejos… muy lejos…)
Finalmente juntaba las manos, miraba al cielo y exclamaba:
-Infinita bonta…
(Bondad infinita…)
Llenas de contento y entusiasmo, Orfe y Nati repetían las frases.
Los peones también se sabíanalgunas.
-¡A cena!... Pronto, Domitila, a cena!...
(¡La merienda!... ¡Anda, Domitila, la merienda!...)
Y Domitila contestaba:
-Un momento!... Pazienza!...
***
Y cada día en el valle de Los Cedros, los huertos y los campos florecían más bellos.
-Esto es hermoso… -de3cía Clara abarcando con la vista todo el valle.
-Ahora todo parece hermoso… muy hermoso… -respondía Jorge mirando a los ojos de Clara.
-¿Quiere ya un poco a estas tierras?...
-¡Muchísimo!... Todo este paisaje se irá en lo más hondo de mi ser… Y será tal vez más bello que todos los que hay allá… Mas bello que Roma… Más bello que Nápoles…
Jorge la escuchaba absorto.
***
“Uno, dos… diez, once… veinte, veintiuno… treinta, treintiuno, treintidós… treinticinco, treintiseis…”
Dos días completos se estuvieron los expedicionarios buscando el TREINTISIETE… Pues, de acuerdo con los documentos del caso, los cadáveres debían ser treintisiete.
El expreso de Los Cedros acompañó de regreso a los expedicionarios hasta la misma ciudad de donde habían partido juntos. ¡Quién habría imaginado todo lo que escondía el corazón del peón de Los Cedros!
***
-Una rosa… tres claveles… otra rosa… dos margaritas… -decía con su dulce acento, haciendo los ramos para la casa.
Orfe y Nati la contemplaban maravilladas.
Luego las tres entonaban el comienzo de una linda canción en italiano:
Aveva un bavero color zafferano
e la marcina color ciclamino
veniva a piedi da hodi a Milano
per incontrare la bella gigugín…
***
“Ah, cómo se pondrán de tristes los naranjos, las mariposas, el viento, cuando ya no se oigan su voz y la luz de sus ojos ya no los bañe… Y los cerros… el río… las aves… No…. Nadie les arrebatará el bien que solamente el cielo pudo darles… Pero allá… Allá en Italia… ¿Acaso no hay allá unos ojos que la lloren?... ¿Acaso no existen seres que darían sus idas por verla sonreír?... Sí… Pero es que ya está muerta… Clara ya no vive sino para Los Cedros… Para nosotros… Para el resto del mundo murió… Nosotros le arrebatamos a la muerte… ¿Qué derecho les queda a los demás?... Pero hay unos ojos que la están mirando desde allá… Hay unos pechos que laten junto al mar… Y el viento trae los lamentos… No… No se irá más de Los Cedros… Pero ella tiene el pensamiento más allá de los mares… En sus lindas ciudades… Se irá… Y se pondrán tristes para siempre los cerros, el río, los naranjos... y las mariposas ya no serán tan doradas ni raudas… Pero nos llevará en sus ojos… y en su alma… Este paisaje vivirá para siempre confundido en el azul de Nápoles y en el verde y oro de todos las mares de Italia…”
Eran noches terribles, desesperantes. EL insomnio había tomado su puesto a la cabecera de Jorge.
Pero llegaba el día y todo volvía a sonreír: el cielo, los campos, los naranjos, las mariposas.
IV
Un día los diarios de la capital informaron a grandes titulares sobre la llegada de dos jóvenes italianos: Antonio Agapamti y Mario Rossi. Hermano el primero y novio el segundo de Clara. Vinieron desde Italia en la esperanza de conocer la tumba de Clara…
Pero se encontraron con una extraña y absurda realidad: ningún cadáver fue identificado. De algo más se enteraron: de la falta de un cadáver. A igual que a todos los deudos, a ellos también les atormentó el pensamiento sobre la posibilidad de que ese cadáver fuera del ser querido. Antonio y Mario hasta llegaron a pensar en iniciar la búsqueda. Al final, tuvieron que conformarse con echar flores sobre las tumbas.
Gracias a un extraordinario servicio de información que desde el principio estableció Jorge, éste se hallaba al tanto de todo cuanto ocurría en relación con la tragedia del Z-45.
“Se irá… Vinieron por ella… Todo entristecerá en Los Cedros… El cielo… Los campos… los ríos… las aves… las mariposas… y nosotros… Ah…. Pero ellos no vinieron por Clara… Vinieron por la muerta… Vinieron a regar flores sobre el cadáver… Y volverán a sus lejanas tierras con el alma aún más entristecida… Y Clara seguirá viviendo en Los Cedros… inundándolo de luz y alegría… ¿Pero, acaso, no será mejor que nos lleve en su alma y en sus pupilas?... Se irá… Pero todos moriremos de tristeza…”.
***
Desde el huerto de naranjos y cafetos, llega hasta Jorge la inefable voz de Clara en una bella canción.
E’ una somplice canzone de due soldi
Che si canta nelle strade dei sobborghi…
Va hasta el cerco y desde allí disingue a Clara empeñada en sembrar margaritas y azucenas.
De pronto la canción se interrumpe.
-Tú, Orfelinda, cuidarás de las azucenas y de las margaritas… Y, tú, Natividad, de los rosales… Jorge me escribirá siempre dándome razón de todo… Todo, pues, va a ser muy sencillo y hermoso: ustedes vivirán conmigo en Italia… y yo estaré por siempre en Los Cedros…
A Jorge, como a cualquier hombre, se le cayeron las lágrimas…
“Se irá… Ahora sí se irá… Y habrá una nueva, una desconocida belleza en estos campos… Los Cedros la arrebataron de la muerte. Y Los Cedros no se la arrebatarán de nuevo a la vida… Se irá… Y habrá vida en todas partes… En Los Cedros y más allá de los mares…”
En el espíritu de Jorge había triunfado para siempre el deseo de hacer a Clara todo el bien posible.
V
Orfelinda y Natividad se han subido hasta lo más alto de la “piedra florecida” que hay en la “Pampa de los Amarillos”… se subieron precipitadamente… No tuvieron compasión de las enredaderas ni de las violetas silvestres…
Pero las enredaderas y las violetas silvestres florecerán luego con un aliento mejor: el que ha de nacer de las lágrimas de las dos cholitas que hoy no se detienen a pensar en el dolor de las flores porque el suyo es sin límites…
Como dos blancas azucenas, de entre la cabalgata que avanza por el camino verde de la falda, se alzan las manos de Clara, diciendo adiós a Los Cedros.



lunes, 21 de septiembre de 2009

NARRATIVA: Ingenuidades pueblerinas

Presentamos un relato del profesor celendino Arquímedes Chávez Sánchez de su libro Ingenuidades pueblerinas (Edición del autor; s/f.).

Son destacables los vocablos y frases de uso exclusivamente local o regional y que constituyen elementos de los relatos orales trasmitidos a través del tiempo y que configuran uno de los aspectos de nuestra identidad.

El autor hace un uso adecuado y apropiado de esa lexicografía.


ENTRE COMADRES

Por: Arquímedes Chávez S.

Yendo de Huacapampa a Sucre, por la vieja entrada de Chaquil, doña Gume que, con su andar menudo y ligero, estaba presta a cruzar la quebrada llamada Mesarume o Quishrque –cualquier denominación es buena- fue alcanzada en ese caminar por su Cuma Ña Berna.

Al principio, las señoras animadamente comentaban de la hermosura de los trigales y las huayllas que abundaban en esa zona. La conversa estaba centrada en las labores agrícolas como el barbecho, el descurpe, siembra, tirapa, la pishgueada, cuando las espigas estaban candela y de la asistencia a los peones que, para Gume todo resultaba muy caro y para Berna la cosa era normal.


La bella campiña de Huacapampa. (Foto Charro)


Sus pasos las acercaban al vecino Sucre platicando de la prometedora cosecha, las eras, los fletes para la trilla; no pasaban inadvertidas las palas, horquetas, escobas, así como los jornales o la paga en efectivo para la peonada.

A la sombra de bellos sauces llorones, tomaron breve respiro y Ña Gume reiteró su comentario sobre el daño que causan los pishgos. Estos animalitos en grupos numerosos, ya no hacían caso a los espantapájaros-muñeco que con el viento se torna bullanguero y en cierta medida ahuyenta a las avecillas. A propósito, Ña Berna agregó que contratará a un muchacho, para que con la jonda-honda espante a zorzales, guanchacos, gorriones, cocoteros y santarrositas.

Berna siguió diciendo que ella mandaba a su nieto a que pishguee mañanas y tardes todos los días. Juicioso es aclarar que se llama pishgo al gorrión y por extensión a todos los pájaros antes mencionados. Y también, pishgo se llama por estos lares shilicos, al pene.

Terminada la conversación, Ña Gume pidió a su acompañante, de manera muy pueblerina:

- Oigaste cumita, quiero que me preste a su cholo por esta semana para que me pishguee, al fin no es muy harto mi sembradito.

A propuesta tan vecinal, Ña Berna contestó de singular modo:

- No vecinita, no se puede, porque tuesta semana el cholo me está pishgueando.

*********

Para matar el hambre, buenos bolsicos de cancha llevan los pishgueros, pero antes, hacen su jonda trenzando cabuyas. Las hondas al latigueo al aire y jalando con la fuerza la punta asida, al chocar la punta de la soguilla con parte de la trenza, suena: chaj, chaj,… Este Chasquido espanta a los pájaros, y cuando los pishgos no hacen caso al sonido, entonces valiéndose de la honda los pishgueros lanzan piedrecillas sin dirección definida. Si este método no es efectivo, sacuden los espantapájaros; si el resultado es igual, no queda más remedio gritar singularmente así:

-Pichihua, pihuahua, ¡sho!, ¡sho!

Creo que las avecillas entienden típico mensaje, porque al instante levantan vuelo y regresan cuando el ambiente luce con cierta calma.

Los espacios de quietud los aprovechan los pishgueros para comer canchita, que fue tostada con buen gusto, quedando los granos color frente de zorro. A veces los celadores llevan el encargo de pallaquear leña. Entonces, tienen que obligadamente hacer buenos tercios de ramas secas caídas por el suelo.

Pronto llegará el día de siega, formación de la gavilla, la trilla y demás tareas afines.

*

Ña Gume: Doña Gumercinda.

cuma: Comadre.

Ña Berna: Doña Bernardita.

huayllas: pequeños pastizales lozanos y muy verdes.

descurpar : pulverizar los terrones de la chacra.

pishguear : ahuyentar de los sembríos a los pájaros

pishgos: pájaros pequeños.

santarrositas: pajarillo andino de plumaje amarillo en el pecho y negro la espalda y alas.

bolsicos: bolsillos o bolsos del pantalón.

frente de zorro: de color gris amarillento, semejante al pelaje del zorro.

pallaquear: recoger.

(Notas de la redacción)


lunes, 14 de septiembre de 2009

CULTURAL: Diario La Primera

Hace un tiempo manifestamos que hoy por hoy, uno de los pocos enclaves de prensa libre y decente en el Perú era el diario LA PRIMERA y ahora nos ratificamos en ese concepto, porque hoy, 14 de septiembre, ha aparecido dentro de la página cultural la noticia del “Árbol de atisbos” de nuestro editor Jorge Horna Tay. Este reconocimiento nos llena de doble orgullo. Primero por tratarse de un paisano y amigo pleno de talento y Segundo por estar comprometido con todo el equipo de CPM en la lucha por salvaguardar nuestro pueblo y rescatar su legado cultural.
Tenía que ser La Primera el diario que acoge a las voces auténticas del pueblo, a aquellos artistas a quienes no maquilla la propaganda manipulada por la mafia literaria que impera en el país, aquellos que sí tienen arraigo popular y son como las cantarinas cataratas que bajan de nuestros Andes regando la simiente que yace en un pueblo genial como el nuestro para que fructifique y pregone que el arte está en todos los rincones del Perú (NdlR)


El árbol del poeta Horna
Jorge Horna (Celendín, Cajamarca, 1949) estudió en el Instituto Pedagógico de su tierra natal y ha ejercido el magisterio con especial dedicación, honradez y transparencia. Pero su espíritu ancestral de viajero insomne lo ha llevado por caminos de la realidad, la imaginación y la poesía. Fruto de esas ausencias es el libro titulado Árbol de atisbos, un texto escrito con la añoranza, recordando los días de una infancia perdida entre la lluvia y el tiempo. Pero más allá de la tentativa de conformar una poética personal alimentada con la destreza en la palabra, está el poeta que se mantiene alejado de todas las capillas y argollas literarias. Bueno sería que se decidiera a escribir libros más densos y amplios porque esperamos de Jorge Horna, una poesía labrada con tenacidad y pasión, rasgos que sin duda aparecen en su libro Árbol de atisbos, se nota una gran admiración por Marcos Ana, poeta que ha publicado sus Memorias tituladas: Decidme cómo es un árbol, con un prólogo de José Saramago.

sábado, 12 de septiembre de 2009

ENTREVISTA: Jorge Díaz Herrera

Transcribimos esta entrevista hecha al versátil escritor Celendino Jorge Díaz Herrera, faltando menos de un mes para el encuentro de escritores latinoamericanos en New York en el mes de octubre, al que asistirá en compañía de Alfredo Pita. Estaremos, pues representados por dos dignos herederos de la tradición cultural que siempre caracterizó a nuestra tierra. La entrevista apareció en el diario La Primera en su edición del 23/01/2009 a raíz de la presentación de su libro “Las tentaciones de don Antonio” (NdlR)

LAS OTRAS TENTACIONES SINFÍN DE DON ANTONIO

*Jorge Díaz Herrera despliega con notable talento sus experiencias literarias vidas. Como narrador dice: “la imaginación de un escritor (al menos la mía) brota del fondo de la realidad, de lo contrario la sentiría un disparate”
*”Las tentaciones de don Antonio”, libro del narrador Jorge Díaz Herrera (Celendín, 1941), ha sido editado en la Colección SUMMUM de Editorial San Marcos. 190 páginas.

El escritor celendino en su casa de Chaclacayo.

Las tentaciones de don Antonio, libro de Jorge Díaz Herrera, ofrece un sugerente título que nos lleva a imágenes propias de los pintores flamencos, como El Bosco, cuyos personajes transfiguran el abigarrado universo del mundo de aquel entonces, que aún poco ha cambiado. Se trata de quince cuentos de muy variada temática donde, incluso, se entronca el más apar4ente realismo con la fantasía desbordante. Las tentaciones de con Antonio, reúne temas desde una aproximación al más crudo realismo hasta la vecindad con los mundos donde la imaginación se enrumba por confines inabarcables.
-¿Eso significa que el realismo no tiene cabida en tus obras?
-No, simplemente, para mí, en la creación literaria, en la elaboración estética, prima la verdad. Unamuno decía que la ética del arte está en la verdad. Y eso significa que uno no puede estar inventando falsedades, cosas que no han pasado por su experiencia, bien sea esta una experiencia vivida, leída, oída, soñada. Yo descubro con mucha facilidad falsedades o mentiras en el arte, me divierte y también me da rabia hacerlo. Pero lo hago. Es un buen ejercicio. En Las tentaciones de don Antonio los personajes están embarcados en a dura tarea de alcanzar la felicidad, aventura en la que muchos de ellos naufragan y otros llegan a buen puerto. Una amplia visión de quienes se aferran a la dicha, aunque esta les sea adversa.
-¿Es quizás esa la razón por la que en tu obra se conjuga el humor con lo trágico?
-Los personajes resultan apoderándose de mí, me obsesionan, se meten en mis sueños, en mis cavilaciones, incluso llego a pelear son ellos. Sin embargo, así como me dan iras también me dan alegrías. Risas y lo contrario. La atmósfera narrativa en cada cuento de Las tentaciones, lleva al lector por los intrincados laberintos de los sueños juveniles y de las esperanzas de la vejez. Ofreciendo reflexiones que despiertan el afán de desentrañar los misterios que cercan al ser humano.
-Luego de este libro, una vez dijiste que tenías un libro de casi veinte años de trabajo.
-Si, eso es verdad. En abril se presentará un libro en el que llevo trabajando efectivamente, más de veinte años. El placer de leer a Vallejo en zapatillas. Es una visión del humor en la poesía –e incluso en la vida- de César Vallejo. Mi afán no es convertirlo en un poeta humorístico, sino en hacer ver lo grande que es ese cuerpo poético, más allá del más hondo dolor. Este libro nace de una conferencia que desarrollé en Madrid durante el cincuenta aniversario de la muerte de Vallejo. Sé que será un libro polémico, que posiblemente me haga brotar canas verdes.

sábado, 5 de septiembre de 2009

LIBRO: Sobre la cultura en Cajamarca

LOS "OLVIDOS" DE LUZMAN SALAS SALAS
Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”
Hemos leído con suma atención el libro “Lecturas selectas sobre Cajamarca”, de Luzmán Salas Salas, y la sensación que nos ha quedado es que, para el autor, fuera de Cajamarca, en el resto del departamento, creativamente, no sucede nada. Nadie piensa, nadie escribe, nadie hace arte, nadie, en suma, puede disputarle la supremacía intelectual a Cajamarca.


Luzmán Salas Salas, un cutervino prohijado en Cajamarca, ex decano de la Facultad de Educación y secretario general académico de la Universidad Nacional de Cajamarca, que, según reza la contratapa de su libro, es “el escritor que más ha investigado, valorado y difundido la producción literaria de Cajamarca”, al parecer cree que más allá de la capital del departamento y región, Cajamarca es un desierto intelectual.
En lo que se refiere a Celendín, por ejemplo, olvida en el campo de la literatura la obra de Alfonso Peláez Bazán, ganador en 1944 del Premio Nacional de Fomento de la Cultura Ricardo Palma (por lo que el Ministerio de Educación publicó Tierra mía, un libro mítico, que recoge parte de su producción literaria de entonces, junto a las de Porfirio Meneses y Francisco Izquierdo Ríos). Olvida también la internacionalidad de la obra de Armando Bazán. Para no hablar ya, más actualmente, de los premios obtenidos en el Perú y el extranjero por Alfredo Pita y José de Piérola, de la producción poética de Jorge Horna y Jorge Wilson Izquierdo (sobre cuyos poemarios he leído, sin embargo, comentarios suyos). Todos ellos quedan hundidos en un olvido no ominoso, sino sospechoso y cómico. Si Salas Salas menciona a Julio Garrido Malaver como celendino, es porque no lo puede obviar, porque su dimensión como poeta es trascendente como la piedra inmemorial a la cual cantó.
Salas Salas cita en varias oportunidades a Nazario Chávez Aliaga como fuente de información, mas no como escritor, ni ensayista. En el colmo de la audacia, o ignorancia, dice que el gran Jorge Díaz Herrera nació donde no nació, ni biológica ni intelectualmente. Dice: “Insigne y laureado poeta, cuentista y novelista. Nació en Cajamarca en 1941…”, cuando todo el mundo sabe de la cuna celendina de nuestro versátil escritor. Emplear "cajamarquino" en lugar de "celendino", en nuestro caso, es engañoso e intencional. Esta circunstancia, el mismo Díaz Herrera se cuida de recalcar ante sus editores y nos la ha ratificado en carta dirigida a CPM y a mi persona:

A Jorge A. Chávez Silva
Querido Jorge:
Te agradezco nuevamente por tu generoso empeño en difundir las cosas que escribo. La verdad, lo que más me gustaría es viajar a nuestra tierra, ojalá en tu compañía, y conversar con la juventud celendina acerca de las tantas palabras que le debo a nuestra cultura.
Pienso además que sería una oportunidad para poder desarrollar una serie de temas y para obsequiar una (o más) colección(nes) de mis obras (hablaría con los editores) a la biblioteca o bibliotecas celendinas. Además, podríamos, con el auspicio de mi editor actual, presentar una feria del libro con títulos de muchísimos autores a precios que trataría de convencer a los editores fueran de lo más asequibles.
Ya te he confesado antes que Celendín solo existe en mis cavilaciones merced a los inacabables e incomparables relatos que de nuestra tierra me hacían mis abuelos, que fue con quienes me crie. Me sacaron de ese paraíso a menos de dos semanas de nacido. Pero es como si siempre siguiera allí.
Bueno, querido Jorge, ya seguiremos conversando.
Un gran abrazo shilico,
Jorge Díaz Herrera

Para completar esta exposición de carencias de información, digamos, Salas Salas olvida, entre los pintores al gran acuarelista Alfredo Rocha Zegarra, artista reconocido por otros autores, más certeros e imparciales, que recogen la huella de su paso por el Cuzco y por Europa.
No hablemos ya de otros personajes epónimos celendinos, de forjadores de cultura que tienen un sitial bien ganado en la historia del departamento. Citamos para muestra los casos de David Sánchez Infante, Pedro Ortiz Montoya, Augusto G. Gil Velásquez, Arístides Merino Merino, etc.
No creemos equivocarnos si decimos que el cutervino Salas Salas, contagiado de la animadversión ancestral de los cajamarquinos hacia los nacidos en Celendín, obvia antojadizamente y voluntariamente a nuestros coterráneos de la historia cultural que intenta pergeñar en el libro citado, en el que cita a los citados por su lugar de origen, minimizando a los nuestros.
Porque finalmente no creemos que sea ignorancia ni olvido, a Salas Salas, a alguien que se precia de ser “el escritor que más ha investigado, valorado y difundido la producción literaria de Cajamarca”, le decimos que puede actuar de esta manera, si quiere, pero nunca olvidar que su versión de la aventura cultural cajamarquina no pasa de ser eso: su versión, apenas, nada más.
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domingo, 30 de agosto de 2009

POESÍA: Una poeta shilica y del mundo

LA POESÍA DE ANTONIETA INGA DEL CUADRO
Por Jorge Horna Tay
Lima

Publicado en la revista Jelij, No. 10. Órgano Informativo de PARTA-56. Lima, 2004.

Releyendo lo publicado en revistas surgió mi interés por la palabra de la celendina, ex docente sanmarquina, Antonieta Inga del Cuadro, a quien no conocía personalmente. Cuando la visité lo primero que hizo fue alcanzarme algunos textos de su producción poética; conversamos sobre ésta y otros temas y me cuenta que el infatigable editor Francisco Carrillo tenía el propósito de seleccionar sus poemas para editarlos en libro; pero su deceso súbito truncó el proyecto. Sólo llegó a publicar un hermoso conjunto en la revista Haraui que él dirigía. También Antonieta colaboró con artículos especializados sobre Lingüística y Crítica Literaria en las desaparecidas Oiga y La Prensa.

Antonieta Inga del Cuadro

Ella es una mujer sencilla y muy amable, su fragilidad se traduce en fortaleza cuando refleja su sensibilidad en sus poemas. Le comento que su poesía es como un silencio que convoca multitudes… Se entusiasma y me reitera con la conversación su gusto por el manejo verbal. Quedamos volver a platicar otro día y me ofrece conseguir toda su producción.

Ha pasado buen tiempo, y los avatares de lo cotidiano no han hecho posible que Antonieta haya recuperado sus textos. Abrigo la esperanza que pronto lo consiga. A pesar de eso ella sonríe y con el trasfondo de las célebres tonadas, dice: “…me apasioné por la Lingüística, la Literatura y la docencia, Salí de mi tierra y me hice poeta.” Sonríe. Deja al viento su amor a la vida.

Felizmente tengo a la vista Haraui, Jelij y Trotamundos. A partir de esta dispersión, que sólo es una muestra, pretendo aproximarme y apreciar su poesía.

Sus versos que fueron publicados en revistas a partir de 1983, rebasan su ser –nuestro ser- con secretas metáforas e imágenes extraídas del aire, el agua y su corazón. Hasta en el reproche es noble y lo hace de un modo hermoso:

Quiero decirte…

que no se toca una puerta

para emprender la huida,

que no se hecha la semilla

para pisar la planta,

que no se tiende la mano

para mostrar la espalda.

Desde su horizontalidad nos muestra su gran humanidad que alcanza al amor filial, ausculta la vida; su gratitud se hace palpable cuando admirada dice dirigiéndose a su madre:

A pura sonrisa te abriste paso/ entre las mil olas…/ múltiple buscadora de vida, / las estrellas no te bastan/ los años no te conocen/ la ternura no te entiende…/ ¡La gran ausente/ por estarse distribuida/ en todos los rincones!

Y continúa indetenible con su emoción a cuestas buscando explicaciones en los más recónditos espacios vitales:

Conoces los huracanes/ y te asustas con la brisa…/ perla y lágrima/ ola entre las olas/ pétalo entre rosas/ no resistes el rocío.

Las veces que rememora a su padre lo hace con una filosofía tan elemental que alcanza a medir transcursos, la madurez que procura evitar excesos:

Mis palabras tendrán que ponerse/ añosas/ para poder visitar/ tus heredades…/ De ti no se puede hablar/ Sólo escuchar que te nombran/ todas las cosas del mundo.

A su vez decide la poeta abrir y retomar el camino trazado en el seno familiar y evoca y se adhiere a la veneración por tanto cariño recibido:

Viajan mis ojos/ por tu vena escondida/ y descubro tu mano/ que toco/ Y descubro tu mano/ que es la mía.

Su inmensa ternura se extiende, además, a la tierra que la vio nacer y crecer, asume la añoranza alejada de remilgos de tristeza o pesimismo y lanza sus convicciones hacia una posibilidad esencial y latente.

Lo que permanece impregnado en la retinas de la poeta desde la niñez se vuelve belleza, una tangibilidad telúrica engarzada con la musicalidad y el ritmo de la palabra decantada, labrada; cobija el paisaje inconmensurable en sensitivos versos:

Querida lejanía, hasta ti/ se extiende la vida/ Hasta donde tú estás/ alcanza la esperanza. (…) Cómo estarán los eucaliptos de mi tierra/ por entre qué hojas volará la tierra amada/ Cómo estarán los sauces/ con sus lágrimas bebidas por el río

Luego, nos deslumbra:

Tengo la pequeña ilusión/ de que los árboles nos sigan/ con su pedazo de cielo.

Y volviendo al silencio, ese espacio que sólo, los seres sensibles perciben y que pugnan por compartir con los demás, Antonieta Inga hace de él un recinto de comprensión del mundo y de la vida, porque en el concierto melódico poblado de voces tenues al que nos convoca, surgen las pausas a trasluz para que la poeta prosiga con su palabra hecha transparencia. La síntesis, la concreción de lo vivido:

¿Quién no tiene empeñado/ su minuto preñado de aconteceres? (…) Por ti en ti mismo/ Por tu vivir a solas./ Por nuestro vivir/ contra el viento. (…) Aquí en tu silenciar/ empieza el griterío/ de todas las aguas/ (…) Eso de quedarse con el pan/ en la mano/ con la luz en la palabra/ con el silencio en los ojos!

He allí la trascendencia y la sencillez del trabajo literario de Antonieta Inga del Cuadro, de su abundante labor que no he tenido la dicha de ver en su totalidad. Una de las formalidades es que sus poemas están numerados, y en los pocos materiales con los que he pretendido erigir esta celebración, uno de ellos tiene el número 187.