martes, 20 de mayo de 2008

ARCHIVOS: Café al Paso

Uno de los grandes narradores de nuestra provincia, Alfonso Peláez Bazán, solía colaborar en diversas revistas celendinas con sus reflexiones, comentarios y opiniones, en una sección que él había denominado Café al Paso. Después de su deceso, en 1995, su hijo Mario continuó publicando mensualmente y con distribución muy limitada en Lima y en Celendín, una hoja suelta con similar línea de su padre, y con el mismo título. De esta fuente extraemos algunas notas con la firma de Mario Peláez Pérez (NdlR).

Alfonso Peláez y Sra. Blanca Pérez y sus hijos Arturo, Malena, Alberto y Luis Guillermo

CAFE AL PASO

Por Mario Peláez Pérez

Garrido Malaver, poeta
Sin la poesía el amor seguiría con el pecado a cuestas, seguiría errático y únicamente sensorial, carnívoro. Sin la poesía el amor no conocería la belleza y la libertad. Sí, a los poetas debemos tan magnánimo humanismo. No hay petulancia, por ello, cuando se afirma que la poesía inmortalizó al hombre. ¿Quién, siquiera una vez, no amó “hasta la eternidad” con la poesía en los labios, y encumbró su alma a la par de los dioses?.
Esta es la deuda que tenemos con los poetas. Precisamente Julio Garrido Malaver, poeta celendino, pertenece a esta legión. Sus libros, sobre todo, “La Dimensión de la Piedra”, donde brota el encanto, la magia íntima del cuerpo y del alma, como solía decir Juan Ramón Jiménez para la excelsa poesía.
Julio Garrido Malaver murió de poesía en Trujillo: los poetas sólo mueren de poesía. Entonces resulta sabio asegurar que Julio Garrido Malaver goza de lozana vida.

¿Cuándo se investiga?
El pueblo de Celendín tiene singulares (diríase mejor ajenas) levaduras que definen su identidad.
Pese a estar en el corazón del Ande, no es una colectividad espiritualmente andina: No se habla quechua, no se cultiva el huayno, no tiene en su seno restos arqueológicos, sus fiestas apenas se emparentan con lo andino colonial, no hay comunidades campesinas, etcétera. Pero tampoco Celendín encarna a los elementos del mestizaje: Racialmente predomina el cholo blanco, la música criolla es tan distante como el huayno, su dieta no es propiamente criolla, etc. ¿Entonces qué?
Celendín da la impresión –para decirlo metafóricamente- de ser una colectividad caída desde arriba (¿de dónde?), o transplantada en bloque de alguna placenta gitana-judía (¿de cuál?).
¿Por qué entonces en vez de exigir a los alumnos que hagan trabajos monográficos, francamente estériles y mediocres, no se los enrumba hacia investigaciones que expliquen el origen de esta bella provincia?

Impostergable tarea
Una y otra vez hemos pasado revista a la lista de nombres de calles, plazuelas y colegios de Celendín; la conclusión es que el 40 por ciento de estos nombres resultan extraños a la conciencia cívica e inicuos al sentimiento shilico. Salvo los casos de Juan Basilio Cortegana, Pedro Ortiz Montoya, Augusto G. Gil, Marcelino Gonzáles y Arístides Merino, no hay más memoria para sus hijos. ¡Qué terrible amnesia!
Una buena gestión municipal no sólo debe abocarse a la higiene de la ciudad, sino también a la vitalidad del espíritu; y una buena manera de concretarlo es educando con la gratitud. Hay muchos celendinos que han llevado (con su arte e intelecto) a Celendín a muchas latitudes y que sus nombres deberían honrar a varias calles o instituciones. Nos viene a la memoria nombres como Armando Bazán, Alfredo Rocha, Alfonso Peláez, Julio Garrido Malaver, entre otros.

(Café al Paso. Octubre, 1997)

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