jueves, 12 de marzo de 2009

NARRATIVA: Alfonso Pélaez B. y nuestro nombre

Publicar el cuento que sigue era un deber que teníamos por haber puesto ESPINA DE MARAM a este suplemento literario, que surgió en un medio de una lucha de Celendín Pueblo Mágico por su propia existencia. En efecto, en 2007, por el papel que asumimos de defensores de nuestro ciudad y nuestra provincia, los enemigos y explotadores del pueblo optaron cobardemente por censurarnos, por cerrar a los peruanos el acceso a nuestro sitio Web, en complicidad, al parecer, de Telefónica del Perú. Esto no nos arredró, sin embargo, y nació este suplemento para que nuestra prédica siguiera llegando a nuestros lectores.

Alfonso Peláez Bazán, primer escritor peruano laureado con el Premio Nacional de Narración, en 1944, junto a Gamaniel Churata, por un jurado en el que figuraba José María Arguedas.

Cuando nuestro Consejo de Redacción debatía el proyecto de lanzar un suplemento para dar a conocer nuestra literatura, decidimos nombrarlo como uno de los cuentos favoritos de nuestro celebrado escritor Alfonso Peláez Bazán. Por un momento dudamos entre “Querencia” y “Espina de Maram”. En ambos se habla de las desdichas del amor, pero también de la tierra. Optamos por el segundo por entender que nuestras tragedias, las íntimas y las otras, si no las podemos comprender y remediar nos pueden llevar a la locura como sucede con la protagonista de este drama. Además, en esta historia se luce la maestría de don Alfonso .
Lo criticable de la situación era que no teníamos el texto de ese cuento y nos echamos a conseguirlo infructuosamente durante año y medio sin lograrlo. Recién en nuestra estancia en Celendín en este 2009, hemos podido conseguirlo gracias a la amabilidad de Arturo Peláez Pérez, “Che Tuto”, hijo del escritor, quien ha tenido la gentileza de proporcionarlo para solaz y admiración de nuestra legión de lectores. Adelante con la lectura. A gozarla (NdlR).

ESPINA DE MARAM
Por Alfonso Peláez Bazán

I
EL CANTANA...
Cuando llegamos a la orilla de aquel río –tras duro caminar por áspera senda- dímonos de pronto con la sorpresa de no encontrar el puente por donde debíamos pasar.
Inmensa y angustiada, idéntica voz se escapó de cada pecho:
-¡Oh…!
-¡Oh…!
Diríamos que atontados, largo rato nos quedamos mirando las turbulentas aguas. Vimos pasar, veloces y ridículos, árboles enteros.
Fue torrencial la lluvia de la noche y el río cargó de tal manera que ni los mejores puentes de su trayecto pudieron resistir la tremenda fueraza de su corriente.
-¿Y ahora qué vamos a hacer, Indalecio?...
Este, como si hubiera tenido que pensarlo primero, se alejó de mí unos pasos.
Ah, Indalecio era el guía, sencillamente. Unos cuarenta años más o menos. Mediana estatura. Ojos claros y despiertos. Vamos, un hombre bien hecho y simpático además.
Y me respondió al fin:
-Si, señor… De todas maneras, tendremos que “faldear” hasta alcanzar la pampa de "Los Jigantones"…
Luego alzó la vista hacia las cumbres cercanas.
Yo no hice sino repetir, en un tono que yo mismo encontré extraño:
-La pampa de Los Jigantones…
Indalecio volvió la vista hacia mí y siguió diciendo:
-…Después de la pampa, una bajada, corta pero escabrosa… Al final, la finca de don Silverio… Sí, señor, la finca de don Silverio…
Todo lo dijo en cierto tono que acabó por intranquilizarme de veras.
-¿Quién es don Silverio?...
-Bueno, un hombre un poco raro… Figúrese que en muchísimos años no ha salido una sola vez para otro sitio… Nadie llega tampoco a su finca, y menos, desde luego, por este lado… por donde, precisamente, vamos a llegar nosotros… Pero, cómo evitarlo si aquél es el único sitio por donde se puede pasar el río…
Me puse a pensar en la rara aventura que teníamos por delante. Primero, la falta inexplorada, luego la pampa de “Los Jigantones”, enseguida una bajada pedregosa y empinada… Finalmente la finca de don Silverio…
-Quien dispone y ordena eres tú, Indalecio, iremos por ahí…
Indalecio arrojó el “bolo”, se lavó con el agua del río, se quitó del hombro la rayada alforjita de algodón y se acercó a mí.
-Apéese, señor –ordenó-. Lo primero que hay que hacer es asegurar las cosas.
Al cabo de unos minutos más, estábamos ya “faldeando”. Indalecio iba adelante. Yo le seguía jalando mi mula parda.
Con su largo y afilado machete, Indalecio cortaba gruesas ramas y a veces árboles enteros para hacer posible el paso de la bestia. Muchas veces teníamos que hacer rodad enormes piedras, que iban hasta la base del cerro, justamente a la orilla misma del Cantana. Entre aturdidos y entusiastas, nos quedábamos escuchando el estruendo que al rodar hacían las piedras.
A instantes me asaltaba la idea de don Silverio.
Después de muchas horas de caminar en tan deplorables condiciones, con las ropas destrozadas y las manos llenas de lastimaduras, llegamos por fin a distinguir la pampa de “Los Jigantones”. Y el trecho de la falda que nos hacía falta caminar parecía ya no ser ni muy áspero ni muy cerrado de monte.

El río Marañón, escenario de tragedias como la de Eulalia.

II
En el atardecer, qué raras fulguraciones hace el sol en la pampa de “los Jigantones”. Tan raras que los esbeltos jigantones semejan o sugieren centinelas mitológicos… centinelas de las horas, de los tiempos… Y las enormes piedras –blancas, unas, y grisáceas, otras- dan una cabal sensación de misterio y eternidad.
-Después de esa pampa, ya lo sabe usted, una pequeña bajada y luego la finca de don Silverio… Sí, de don Silverio… Yo…. Ah…
Indalecio no agregó una sílaba más.
Yo me puse a pensar en la sorpresa de don Silverio al vernos llegar por ese lado, y de noche…
A corto trecho de la pampa nos detuvimos junto a un pequeño huarango para asegurar de nuevo las cosas sobre la montura.
Al tiempo de reiniciar la marcha, sorpresivamente, Indalecio me hizo esta pregunta:
-¿Sabía usted que en esta pampa se dan las más terribles espinas de maram?
Mi respuesta, forzosamente, tuvo que ser otra pregunta:
-¿Y cómo son las espinas de maram?
Indalecio me miró sorprendido.
-¿No sabía usted, entonces, nada de las espinas de maram?
-Absolutamente nada – le contesté ya bastante sorprendido.
Indalecio tomó un aire esotérico.
-Son terribles las espinas de maram… Y más todavía las de esta pampa… De éstas, bastan dos hincones para volverlo a uno definitivamente loco…
Al empezar la pampa nuestras miradas se pierden por sus confines.
Indalecio dio las últimas chufranadas.
-Mucho cuidado, señor… Mucho cuidado con las espinas de maram…
-… Y son traidoras, señor… de repente siente usted el piquete y lanza un grito espantoso… Inmediatamente la desprende usted y lanza otro grito igual… Y ahí no termina el percance, señor… Bien profunda en su carne ha quedado la punta de la espina… una punta que es como un arponcillo o garfio… Al otro día tiene usted hinchada la parte herida… Y al otro día ya la tiene usted con mal olor… Oh, las espinas de maram…
Mis ojos se extendieron por toda la pampa llevando mi angustia.
-… Por eso, no hay que perder tiempo para hacer sacar el arponcillo… Claro que el peligro de ser hincado es mayor para los que sólo llevamos llanques… Pero, naturalmente, a cualquiera se le puede prender una espina de maram, en el brazo, en la pierna o en la espalda… Sí, señor, nadie está libre…
Los matices de la pampa de “Los Jigantones” se fueron haciendo débiles y confusos. Y los jigantones parecían hacerse más irreales.
-Caminemos, pues, con mucho cuidado… Mucha vista, señor…
No contesté nada. “Es traidora… Un grito terrible… Luego otro al desprenderla… Y en la carne queda el arponcillo… Una hinchazón… Al otro día hedor… Ah. Espina de maram… Y dos hincones bastan para hacer perder el juicio…”
Caminábamos sobre la maleza. No había senda ni huella alguna.
-Con todo el cuidado, señor… Mucho ojo, mucho ojo…
De pronto, de entre el matorral, bulliciosamente, se levantó una perdiz. La mula se detuvo alarmada y resopló con todas sus fuerzas.
En medio de la pampa, una chicharra seguía lanzando su canto monorrítmico.
Las sombras de la noche empezaron a caer y todo se tornó tétrico. Los jigantones semejaban oscuros fantasmas.
Un grito desesperado, que llenó todo el ámbito, me estremeció hasta la última fibra. La mula dio casi una estampida.
-¡Ayyy…!
Solté el cabrestillo y me acerqué a Indalecio, quien con una mano sostenía la pierna herida y con la otra desprendía la espina de maram…
-¡Ayyy…!
La hincada fue en la pantorrilla misma. Brotaban apenas unas gotas de sangre.
-Ya va pasando, señor… Debe haber quedado, sí, bien adentro el arponcillo… Caminemos, caminemos, señor…
-Sí, te la sacarán en la casa de don Silverio… Avancemos, avancemos…
Nuestra marcha se había tomado una solemnidad trágica.
Y yo esperaba de un momento a otro el ataque de la espina de maram.
-Tenga cuidado, señor… Mucho cuidado, señor…
Espantadas corrían las liebres al sentir nuestros pasos temerosos. Y todos los pájaros huían de los árboles al sentir los fuertes resoplidos de la mula. Y el concierto de los grillos llenaba la pampa trágica.
-Le aseguro, señor, que la peor serpiente no haría doler así… Pero, avancemos, señor…
La noche se fue poniendo más oscura, se diría que todos los fantasmas de la pampa se iban agrupando junto a nosotros…
“Dos hincadas bastarían para volverlo loco a uno” ¿Y por qué no?... Deben ser tan intensos los dolores que no habría nada de extraño y raro que algo se falseara dentro del cerebro… Y un loco en esta pampa desolada y cruel…
-Dios va acortando la distancia, señor… Avancemos…
Noté, en efecto, y esto a pesar de la oscuridad, que iba cambiando la morfología del terreno y la vegetación misma. Casi había desaparecido ya la horrible maleza de la pampa de “Los Jigantones”.
-Bendito sea Dios… Ya estamos cerca… La bajada y nada más… Pero… yo… Dios mío… Cómo… Avancemos… avancemos, señor.
Las palabras de Indalecio me causaron un malestar atroz. ¿A qué esas frases reticentes?...
¿Qué significaba esa manifiesta angustia de Indalecio?
-… ¿Pero, dónde más me la podrían sacar?... Allí tenemos que ir de toda suerte…
A media bajada más o menos, Indalecio se detuvo y púsose a revolver dentro de su alforjita.
-… Ah… Ya se lo debo decir, señor… Yo no podría llegar a la casa de don Silverio… Llegar, así no más…
-¿Y qué misterio es éste, Indalecio?...
Este ya tenía en las manos el pañuelo que buscaba en la alforjita.
-… Todo se lo contaré después… Mañana… Por hoy sólo interesa que en la casa de don Silverio nadie escuche mi nombre… Usted me llamará, por ejemplo, Juan… Y usted dirá por mí cuanto sea necesario…
Indalecio tenía ya amarrada la cabeza con el pañuelo hasta más debajo de los ojos…
Y yo no tuve más que convenir con Indalecio, dadas las circunstancias excepcionales y apremiantes.

III
De los guarangos próximos a la choza, alborotadas, saltaron las gallinas y se metieron presurosas por debajo de los cercos. Y los dos perros de la casa se pusieron a aullar inquietamente.
Como rojas lenguas, se levantaron voraces llamas de la gran fogata que don Silverio preparó entre la choza y los guarangos. “Necesitamos bastante luminaria”, había dicho don Silverio.
Junto a la fogata, sobre un negro cuero de oso, acomodamos a Indalecio. Este se quejaba apenas y todo parecía marchar perfectamente.
De pronto apareció son Silverio por la puerta de su choza, portando en la mano un depósito que contenía un líquido amarillento, y en la otra, una especie de alesna. Se acercó con paso firme, grave.
-Ya. Señor… Por si acaso, usted lo sostiene bien fuerte en los brazos…
-Perfectamente, don Silverio –le contesté, tratando de aparecer un tanto familiar, pero sin poder evadirme del intenso dramatismo de la escena.
Don Silverio cogió con firmeza la pierna afectada de Indalecio y, suavemente, comenzó a abrir con la fina alesna la carne enferma.
Los quejidos del pobre Indalecio se fueron haciendo más fuertes a medida que iba penetrando la alesna de don Silverio.
De repente se oyeron desgarradores gritos, que repercutieron en los cerros:
-¡Ayyy!... ¡Ayyy!...
Acomodados sobre sus patas traseras, los dos perros contemplaban la escena. También a ratos se les ocurría poner sus notas en esta sinfonía lúgubre.
-Guaúúú´…
-Guaúúú…
Don Silverio no se daba sosiego.
-Debe haber quedado muy adentro… No la encuentro… Pero la hallaré al fin…
De rato en rato don Silverio limpiaba la herida para ver mejor en ella.
-… Cuando el maram crece entre jigantones, sus espinas son terribles… son más dolorosas y venenosas que las víboras… Sí, señor, no todos los maram son iguales… Y por último, dicen que hay el “macho” y la “hembra”… Vaya usted a saber, señor… Cosas tiene esta tierra del Señor…
-¡Ayyy!... ¡Ayyy!...
Y el fino instrumento de don Silverio no se detenía…
-Guauúú…
-Guaúúú…
Más parecían alaridos los ayes de Indalecio. Y yo le ajustaba cada vez más fuerte los brazos.
-¿Pero dónde se ha metido la maldita espina?... De repente voy a romper algo…
Por mi mente atravesó una idea extraña.
-Guaúúú…
-Guaúúú…
A Indalecio se le fueron agotando las fuerzas. Inclusive, sus gritos eran débiles, desfallecientes…
Había empezado a brotar abundante sangre de la herida. Don Silverio cogió entonces un tizón al rojo y lo pegó con energía a la misma herida…
“CHASS…”.
Le salieron fuerzas a Indalecio no sé de dónde y gritó más fuerte que nunca.
-¡Ayyy!... ¡Ayyy!...
Luego don Silverio vació sobre la misma herida el líquido amarillento
-Guaúúú…
-Guaúúú…
En ese instante, como un fantasma raro, apareció junto a nosotros una extraña mujer… Alta, delgada, casi esquelética. Los cabellos desgreñados y la ropa mugrienta en jirones…
-No se asuste, señor… Es mi hija Eulalia… Hace muchos años que perdió el juicio…
-Guaúúú…
-Guaúúú…
Indalecio estaba bañado en sudor y noté que ya no tenía fuerzas. Todo su cuerpo se fue poniendo inerte.
La loca, luego de mirar unos instantes hacia el conjunto dantesco, con sus ojos agrandados y vidriosos, calmadamente tomó por el lado del río.
Don Silverio siguió buscando en la carne chamuscada.
Volvió a brotar un poco más de sangre. Y otra vez la chamuscada y luego el líquido amarillento…
Indalecio se quedó al fin desmayado.
-Se va acabando, señor, la luminaria… Ya casi no se ve… Llevemos a este hombre…
-Guaúúú…
-Guaúúú…
Suspendido sobre el cuero de oso, llevamos a Indalecio hasta la habitación de don Silverio. Al acomodarlo en un rincón, yo sentí que ya no era un ser con vida.
Al cabo de unos minutos, abandoné la habitación a causa del calor sofocante.
Afuera, alumbraban débilmente los últimos resplandores de la fogata.
Los perros tenían apoyadas las testas sobre el duro suelo.
De pronto se oyó un canto triste. Los últimos versos acabaron por llenarme de turbación.
………………………
Amor… Amor…
Ay, qué hondo heriste
Mi amante pecho…
Amor… Amor…
Ay, fuiste espina
De cruel maram…
…………………….
Don Silverio estaba junto a mí, y venciendo la aflicción que me abrumaba, le pregunté:
-¿Y cómo se alocó su hija, don Silverio?
Me miró con unos ojos extraños y me contestó con preguntas:
-¿No le dice nada, señor, su canto triste?... ¿No le oye?... Está tan claro, señor…
………………………
Amor… Amor…
Ay, qué hondo heriste
Mi amante pecho…
Amor… Amor…
Ay, fuiste espina
De cruel maram…
…………………….
-Pues sí, señor… A ella se le clavó la espina de maram en el mismo corazón… Y en el corazón, se muere o se enloquece… Espina de maram…
El cielo estaba cubierto de negros nubarrones. En la fogata chisporroteaban las últimas leñas de guarango.
-En cada luna, señor, sale a cantar… por las huertas… por la orilla del río… por los cerros… ¿Piensa usted en cómo es mi vida?...
La voz se iba perdiendo por las vegas del río.
Desde su precario refugio, con su canto estentóreo, un gallo rasgó el tétrico silencio de la noche.
-…Algunas horas de sueño, señor, le caerán bien… La jornada de mañana será dura…
“La jornada de mañana”… ¿Y el enfermo?... Resultaba todo muy extraño. Nada pregunté, sin embargo, y decidí retirarme. En verdad me sentía agotado.
A despecho de todo, deseaba oír otra vez el canto de Eulalia.

IV
Al otro día, cuando abrí los ojos, vi a don Silverio acercarse silenciosamente hacia Indalecio…
Y vi levantarle suavemente el pañuelo que le cubría el rostro… Contuve el aliento y traté de no hacer el menor ruido…
-Ah… -dijo en voz muy baja-. No me había equivocado… Era él… Era Indalecio Mestanza…
Me quedé sin aliento.
Don Silverio creyéndome aún dormido, se salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado.
Apenas recobré el ánimo, di un salto hasta el rincón donde estaba Indalecio.
¡Horror! Lo que tenía delante ni siquiera parecía el cadáver de un ser humano… Era una masa informe y repugnante…
Abandoné precipitadamente la habitación. Junto a la puerta encontré a don Silverio en actitud tranquila. En su rostro se advertían las huellas inequívocas de un largo desvelo.
Y antes que yole hablara, se apresuró a decirme:
-Todo está listo, señor… Yo lo dejaré a usted en buen sitio…
-¿Pero, qué significa todo esto, don Silverio?... Es espantoso, señor… Y usted…
-verá usted –me interrumpió, tomando cierta gravedad- que todo es obra de Dios… Y usted no tendrá ya fundamento para condenarme.
Y se quedó mirándome larga y profundamente a los ojos.
-…Sí, señor, por mi mano se ha cumplido la voluntad de Dios… Mis manos mataron a Indalecio Mestanza…
Mi espanto, mi horro, no tuvieron límites. Y no atiné a decir nada.
-…Y creo que estoy satisfecho, señor… Usted ha visto a mi hija, señor…
-¡Ah!... ¡Su hija!... Eulalia… Si….
Por debajo de los cercos, y un poco asustadas todavía, fueron apareciendo las gallinas que huyeron en la noche.
-…Espina de maram, señor… Usted ha oído su canto…
Se detuvo para mirarme otra vez.
-… Pero yo lo esperaba, señor… A mí también me dejó en el alma otra espina de maram: el odio… El odio también queda como el arponcillo de la espina de maram… Si a tiempo no es sacado, pudre también el corazón…
Las palabras del viejo iban abriendo tremendos abismos en mi alma.
-Ya ve usted cómo han estado tan bien arregladas las cosas… ¿El destino?... ¿Nosotros?... Quién sabe… Tal vez el único responsable sólo sea Dios…
En mi deseo de volver cuanto antes a las cosas reales, claras, pregunté:
-…¿En qué momento reconoció usted a Indalecio?... ¿Cómo lo pudo reconocer?...
-…Lo reconocí en el primer instante… Su aire, no sé qué… como si los quince años que han transcurrido desde que se marchó de aquí, sólo habrían sido días… Además ¿no cree usted que con los años se agudizan en el hombre algunas facultades, o nacen otras?...
Siempre tratando de evadir las cosas tremendas de este viejo raro, dije:
-Podemos pensar ahora, don Silverio, en la sepultura…
Al instante respondió:
-Ah… Pues, ni eso ya le debe preocupar a usted…
-¿Cómo ¿… No entiendo…
Los perros se vinieron hasta nosotros, y moviendo humildemente la cola, se arrimaron a don Silverio.
-…Es sencillo. En lo que restaba de la noche, mientras el cuerpo se enfriaba y empezaba a pudrirse en ese rincón, yo le cavé un hueco… Sí… -Y volviéndose para el lado del sol-: Mire, allá… detrás de aquel cerrito, a la vera del camino… de un caminito angosto que nadie trafica… -Y luego, volviéndose hacia mí-: No hace falta velorio… Aquí se descompone muy pronto la carne… y si es picada de espina de maram, peor… -Y finalmente, dirigiéndose hacia el cadáver: -Mientras yo lo llevo, usted puede ir arreglando su acémila… Le tengo ya ofrecido dejarlo en buen sitio…
Los perros lo siguieron, aullando lúgubremente.
Luego vi a don Silverio perderse por entre los zapotes y los guarangos, con su carga fatídica a la espalda.

V
Por un vado muy ancho cruzamos el río. Atravesamos un bosque de guarangos, Ascendimos una pequeña cuesta. Descendimos por el otro lado del cerro. Vencimos la maraña de un carrizal. De nuevo otra cuesta más larga. Llegamos hasta la garganta del cerro.
Fue en aquel punto que se detuvo don Silverio. Respiró muy hondo y al fin habló:
-He cumplido, señor mío… Ya de aquí no se pierde usted… Siga nomás por esta falda hasta encontrar una quebrada seca… La atraviesa, y sin subir, ni bajar, sigue usted hasta la misma fila… Desde allí podrá distinguir el valle de “Los Naranjos”… Y vaya usted, pues, con Dios, señor mío…
No me quedaba ninguna alternativa. Estreché la huesuda mano del viejo, diciéndole adiós, y tomé presurosamente por la falda gris.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias por la transcripción de este cuento. Nunca me imagine que el nombre del blog tuviera este origen.

Luis Abanto Salazar
Trujillo

ULISES dijo...

Señores CPM:
Gracias por publicar este hermoso cuento de don Alfonso Peláez. Estoy seguro que muy pocos lo conocen ¿Me pueden decir en qué libro lo encuentro?
Muchas gracias