miércoles, 27 de junio de 2007

POESIA: Jorge Díaz Herrera

La riqueza de la poesía de Jorge Díaz Herrera radica en su sencillez pura y cristalina y el candor infantil que trasunta, es algo como la bruma de nuestros recuerdos de niñez, de esa dorada época en que creemos que todo es posible y no existe , por ejemplo, el sentido egoísta de la propiedad, los sentimientos y las cosas pertenecen a quien los necesita y los siente. Un mundo, en suma, que sólo los gnomos, los duendes y los niños son capaces de comprender


LA AMAPOLA QUE SE CONVIRTIO EN MARIPOSA

Mauricio era un clavel que soñaba viajar y
viajar. Qué triste se ponía cuando miraba los caminos y no podía
desprenderse de su tallo. Pero ¡Qué alegría sintió Mauricio, cuando una tarde
vino un fuerte viento y lo liberó de su atadura. Conoció caminos y caminos y
lugares y lugares.

Qué contento va Mauricio
sobre el viento.
Como un marinero en su barco.
¡Qué contento!

Un domingo se posó cerca de una amapola.
Se dijeron cosas bonitas y decidieron vivir uno
al lado del otro para siempre, siempre y siempre.

Entre risas y suspiros
la amapola y el clavel.
Si es de noche, con la luna.
Si es de día con el sol.

Pero, ¡Qué pena!, pasó otro viento muy
Fuerte que se llevó a Mauricio por caminos lejanos.

Qué valiente la amapola
que, por amor a un clavel,
se convirtió en mariposa
para volar hacia él.

martes, 26 de junio de 2007

VISITA: Jorge Díaz Herrera

A Jorge A. Chávez Silva

Querido Jorge:
Te agradezco nuevamente por tus generoso empeño en difundir las cosas que escribo. La verdad, lo que más me gustaría es viajar a nuestra tierra, ojalá en tu compañía, y conversar con la juventud celendina acerca de las tantas palabras que le debo a nuestra cultura.
Pienso además que sería una oportunidad para poder desarrollar una serie de temas y para obsequiar una (o más) colección(nes) de mis obras (hablaría con los editores) a la biblioteca o bibliotecas celendinas.
Además, podríamos, con el auspicio de mi editor actual, presentar una feria del libro con títulos de muchísimos autores a precios que trataría de convencer a los editores fueran de lo más asequibles.
Ya te he confesado antes que Celendín solo existe en mis cavilaciones merced a los inacabables e incomparables relatos que de nuestra tierra me hacían mis abuelos, que fue con quienes me crie. Me sacaron de ese paraíso a menos de dos semanas de nacido. Pero es como si siempre siguiera allí.
Bueno, querido Jorge, ya seguiremos conversando.
Un gran abrazo shilico,

Jorge Díaz Herrera

lunes, 25 de junio de 2007

ENTREVISTA: Gregor Díaz

Entrevista estupenda, realizada por el profesor y crítico francés Roland Forgues al malogrado dramaturgo celendino Gregor Díaz. Nótese la enjundia con que nuestro paisano habla de la "diaspora shilica". Gregor Díaz no vivió en la tierra, pero la llevó metida en su alma toda la vida, consciente de que Celendín y su vieja cultura lo alimentaban desde la leche que bebió en el seno de su madre. Este es una primera entrega en el rescate que nos proponemos hacer de la obra de nuestro principal autor dramático (La Redacción).

La diáspora Shilica

Eres nativo de Celendín, un pueblo de Cajamarca, ¿qué recuerdos guardas de la vida provinciana de aquella región y cuándo "‘bajaste"‘ a Lima?
Yo "no bajé"; me "bajaron" antes de cumplir los dos años. Se me acusa de ingratitud pues, de mis cincuentiún años, cuarentinueve tengo viviendo en la capital. Pero ¿qué tengo de Lima? Soy celendino de muchas generaciones; lo más puro que hay en mí es mi celendinidad. Nosotros los shilicos (así nos llaman a los nacidos en ésta mi provincia), somos trotamundos; viajar es parte de nuestra naturaleza. Pero, al viajar nos transportamos con dichos y costumbres y, si de tanto viajar debemos quedarnos en algún lugar, ahí creamos un asentamiento. El comercio, en muchas provincias del país, está en manos de los shilicos. Fíjate, en el terremoto del 70 donde desapareció la ciudad de Ranrahirca y quedaron destruidas las ciudades de Huaraz, Carhuaz, Yungay, etc., en Celendín no se sintió el más leve temblor; sin embargo, mi ciudad quedó de luto. El slogan de Celendín es "La provincia que exporta hombres". Bien podemos hablar de la diáspora shilica. En Lima, al provinciano se lo maltrata. "Por qué no se quedarán en su tierra", dicen. "El problema del Perú son los provincianos", declaran. ¡Cómo no bajar a la capital si todo se lo han traído a Lima! En una de mis obras, un personaje dice: "¡Ay, Tayta Dios, si tu hubieras sido serrano, también habrías bajado a Lima! ". Los provincianos pagamos a la capital un muy fuerte tributo por el hecho de ser peruanos. Qué ¿qué recuerdos? El de una ciudad que parece que no tuviera gente, porque todos están en sus hogares trabajando. El celendino repite: "a más pobreza, más trabajo". El tono grave en el hablar de su gente, con modulaciones gentiles, donde el diminutivo, que mucho se usa, expresa la magnitud del afecto, la solidaridad, el humor. En las coplas del carnaval, se le canta hasta al diablo: "Padrecito Lucifer/, padrecito Lucifer/ un regalo te voy a hacer/ un regalo te voy a hacer/ te regalo yo a mi suegra, te regalo yo a mi suegra/ pa que sea tu mujer. . ." Otra: "Ay aya, gritaba el chancho(2)/ cuando lo estaban capando(2)/ y la chancha le decía (2)/ lo mejor te están quitando(2)". Una última: "Yo quisiera estar contigo(2)/ como los pies del Señor(2)/, uno encimita del otro(2)/ y un clavito entre los dos(2)... " Todo lo que encuentres de amor en mis obras, lo mamé en los pechos de una shilica: mi madre.

¿Cómo fueron tu infancia y adolescencia? ¿Hubo en tu hogar familiar un ambiente favorable para que te dedicaras a la creación?
Yo sólo sé de amor de madre. Mi padre murió cuando tuve dieciocho meses. Mi madre me dejó a los dieciséis años. De lo poco habido, mucho hay que recordar. El cariño ha sido una palabra cara para mí. Mi infancia la pasé en un barrio populoso, el hoy distrito de Surquillo. Este barrio está pegado, o codo con codo con el aristocrático distrito de Miraflores: fue el dormitorio de los que trabajaban allí. Pues a los pueblos les pasa lo que a las casas que tienen dormitorios para los señores y cuartos para la servidumbre: puerta principal y puerta de servicio. En la colonia, el hoy distrito del Rímac, era el dormitorio de los negros. Eramos pobres todos, las insuficiencias las compensaron el cariño de nuestros mayores y esa fraternidad que tienen los no favorecidos. Pero, la pobreza nunca alcanzó la magnitud, la ignominia como en el Perú de hoy. Había trabajo y a nosotros —incluyendo a los chicos— nos gustaba trabajar. Los hombres, en su mayoría eran obreros; los chicos y jóvenes ayudantes y aprendices. Caminé todo Miraflores, aún siento el olor de los jazmines y madreselvas que colgaban de las paredes de las casas y los rosales de sus jardines. Con mucho cariño lo expreso en mi muy querida obra en un acto. Valsecito del 40, que dicen es buena. Pero el trabajo era un juego para nosotros, no como lo presentan en las obras y telenovelas. El trabajo era bueno, nos daba un dinero para ayudar a nuestras madres, que sonreían, al vernos hombres, con nuestros pantalones cortos, y nos daban un sitio especial a la mesa diciendo: "sírvanle su comida al trabajador". Nuestros padres eran artistas, sí, de la vida; grandes comediantes del más pequeño auditorio: el hogar. Y algo de cierto hay. Fíjate, de nuestros colegios fiscales, del mío, del 401, casi como por milagro salieron gente que hoy destaca: los boxeadores Mauro Mina y Roberto Dávila; los entrenadores de los seleccionados nacionales de fútbol Chiarella y "El Cholo Heredia"; el gran músico Carlos Hayre, el poeta Reynaldo Naranjo, el fallecido Milos Velasde, "El Cantinflas Peruano". Larga fila de futbolistas, etc. Y, el de mujeres, dos buenas actrices: Aurora Colina y Ofelia Lazo. Quizás haya más, pero muchos niegan que vivieron en Surquillo. De este mundo es mi creación, la primera La huelga, que presenta problemas de los obreros de construcción civil. Creo que la palabra amable, es el gran aporte de mi infancia, para el hombre que soy hoy. ¿Si me fue favorable para dedicarme a la creación? ¡No!. Los barrios dan conductas, gestos y además, modos de hablar. En el examen de admisión a la Escuela Nacional de Arte Escénico se me preguntó sobre mis preferencias por actores, sin especificar de teatro o cine (nunca había ido al teatro) Yo respondí: ¿El mejor actor? Jorge Negrete (risas); ¿la mejor actriz? Gloria Marín (risas); ¿la Dama Joven? (Me tuvieron que explicar qué era eso) Contesté: Chachita (risas) La gente adulta e inteligente se reía de mi verdad, de la verdad de un joven criado en un distrito populoso de la capital de un país llamado Perú. Mi dicción era mala; como en Surquillo, suprimía sonidos a las palabras o los cambiaba por otros. Repara que te estoy hablando de la Lima del 50 donde la gente se fijaba mucho en cl color de la piel y en la ropa que cubría esa piel, y el oficio del comediante era marginal.

La Huelga, 1968


¿Cuándo empezaste a escribir exactamente y cuáles fueron tus primeras creaciones?
Empecé a escribir cuando me hicieron sentir ajeno al teatro. Yo me preparé para ser actor. En los años 50, para ser ponderado como artista había que haber viajado a Europa-Francia, ¡Oh, París! Mi osadía sólo extendió su brazo, heroicamente, hasta Chile, aceptando una invitación de estudios del gran maestro y amigo mío que ahora descansa en paz, don Pedro de la Barra. Me formé, pues, en el Teatro Experimental de la Universidad de Chile, donde destaqué como actor con grandes hombres: Víctor Jara, actor, director y folklorista asesinado por Pinochet; Alejandro Sievikin, Premio Casa de Las Américas; Jaime Silva, autor de La Biblia según San Puta, Franklin Caicedo que triunfa desde hace muchos años en la Argentina; Lucho Barahona, que radica años ya en Centro América, etc. ¿Linda promoción, no? A mi regreso a Lima, parece que como castigo (¿qué se ha creído?), se me desestimó, desconsideró para los montajes. Por otra parte debí trabajar; lo hice en tantas otras cosas porque el teatro, no sirve para ganarse la vida. Perdí mucho tiempo en la televisión. Cuando ingresé a trabajar en el Club de Teatro, años después, en los momentos libres, empecé a rearmar escenas de un trabajo que hice en Chile, como parte del curso Técnica Literaria del Drama: La huelga. Me ocurrió algo singular. Leyendo a Pirandello —dada su genialidad— tuve la sensación que escribir era fácil y me lancé: Los del 4. El primer acto, temeroso se lo di a leer a Reynaldo D’Amore. Leída la obra, D’Amore me dije: "Termínela, que el Club la monta". Meses después esta obra obtenía el primer premio del Concurso Nacional de Teatro hebraico, y se presentaba, con insospechado éxito, La huelga.

¿Qué te impulsó a escoger la forma dramática, en lugar de la forma; narrativa o poética, por ejemplo, para expresar tus preocupaciones?
Era actor, había recorrido muchos escenarios y me había graduado en charlas histriónicas de café. Desde el primer día que ingresé a la Escuela Nacional de Arte Escénico me convertí en histrionista. Treintitrés años después puedo llamarme teatrólogo, del mismo modo que, por el solo vivir, a uno le dicen "don". En mi país, todos nos graduamos de "don", si llegamos a viejos.

Me figuro que en el aprendizaje del oficio de dramaturgo habrás recibido algunas influencias, ¿no? ¿Cuáles?
Máximo Gorky y Tennesse Williams, creo, a pesar mío. Algo del alma de ellos tengo. Aprendí a amar a Chejov sospecho que será un amor eterno. He leído muchas veces la producción dc Ibsen y con pasión a Pirandello. Lo cual no significa que no haya tenido aventuras tremendas con otros autores. Sin embargo, ésta mi voluble alma se ha alimentado mucho con otros creadores: Velásquez, el Greco, Van Gogh, Quevedo, Gracián —con quien sostengo una calurosa aventura senil. Y, como en amores buscamos a veces a los parecidos, está conmigo "El Gorky Balcánico", Panait Istrati. Como verás, ¡se ha coqueteado bastante en la vida! Por este hombre guardo una muy grande admiración (hombre y creador).

Los del 4


¿Tiene algo que ver con el teatro de Bertolt Brecht el hecho de que aparezca en tu obra una fuerte preocupación social?
Sí, en que Brecht es hombre y yo también; y que fue consecuente con y útil a su clase. Tenía sangre de luchador. Yo sólo soy testigo de mi tiempo en un espacio llamado Perú. Lo testimonio. Si hay arte en lo mío, gracias. No sólo los genios son útiles. Padezco el dolor de mi gente. Me acongoja saber que en mi país las jóvenes se entregan por un trabajo. Si no te ríes, te diré que alguna vez he llorado. Me angustia sobremanera ser nacional de un país donde los hombres y mujeres del pueblo mueren antes de los veinte años: no se peinan ya, no planchan sus ropas; las ópticas sólo hacen lentes para ver de lejos, nadie lee. ¡Qué triste es estar cercado por el queminportismo y el queimportismo!

¿Qué es, o debería ser, para ti la creación dramática y cómo la asumes concretamente?
El teatro es arte y medio de comunicación. Como arte se debe, porque es de su naturaleza, a las normas de las bellas artes y bellas letras. Violentar reglas, también es normar: los tiempos cambian a los hombres, y los hombres cambian a los tiempos. Como medio de comunicación, de los cuales es el primigenio, al destinatario. Como "ni un grano sale sin un por qué"— lo dijo Gorky, el emisor-hombre le destina al receptor-hombre un mensaje. Se propone un objetivo y para él emplea estrategias y tácticas de acuerdo a las particularidades de ese hombre, su clase social, etc. Por ser producto del hombre y para el hombre, debe ser veraz con las ciencias del hombre individuo y el hombre social. Estoy totalmente convencido de que pocos pueden ser dramaturgos, porque el teatro, es la cima de la creatividad. Hoy se valora al teatro por lo que se dice, como si fuera arte de narración. Y lo que se dice, parafraseando a Williams diremos, "es sólo una ilusión con apariencia de verdad, mas no la verdad con la grata apariencia de la ilusión". No debemos suicidarnos rebajando al teatro a la condición del volante, del megáfono.

¿Piensas que el teatro es, o puede ser, un género más subversivo que los demás?
Sí, definitivamente, pero no es la subversión. La exageración de ésta su capacidad subversiva, conduce al panfleto, al volante, al megáfono del que habláramos líneas arriba. ¿Por qué el teatro? Porque en el teatro se ve la vida vivida viviéndola; en la novela se narra y en la pintura, así nos parezca que ese hombre quiere hablar, está mudo en su solo instante: no respira.

¿Podrías señalarme cómo nacieron tus principales obras teatrales?, ¿en qué condiciones las escribiste? y ¿qué te propusiste hacer al escribirlas, si por lo menos crees que su elaboración correspondió a determinadas preocupaciones tuyas?
Estimo que hay dos tipos de escritores. Los que piensan para escribir, y los que escriben para pensar. Soy de los segundos. Después de escribir, recién me doy cuenta qué es lo que con tanta angustia acumulada he querido decir. En ese momento le doy su sentido. Todo aflora como en la conversación. Dices ¡hola! y, de pronto, reparas que llevas una o dos horas de charla, paseándote por distintos tópicos. Luego haces el resumen, si quieres. La extensión, número de personajes, etc., siempre me han sido desconocidos al momento de escribir. Te doy un ejemplo. Te hablé que en mi país no se puede vivir del teatro. Rodando y rodando, llegué a la Casa de la Cultura y, ¡cáete de bruces!, como corrector de prensa. Yo, yo que nunca tuve ortografía. Para mala suerte mía, siendo joven leí a Lin Yu Tan. El decía, más o menos: "Para qué te preocupas en saber si amor se escribe con ‘h’ o no? Escribe, nomás. ¿Para qué sirven, entonces, los correctores de prensa? ¿Por qué quieres quitarles el trabajo" ¡Tate!, me dije, y me olvidé de la bendita ortografía. Tenía treinticinco años, mujer y dos hijos. No me quedó otra cosa que ser asalariado de la Casa de la Cultura del Perú. Pero, como soy orgulloso, me puse a estudiar. Estaba en lo de la "j", recuerdo. Decía así (te lo digo de memoria): ‘Todas las palabras que terminan en aje se escriben con "j" menos ambage y enalage. Ejemplo: coraje. Conocía las reglas de nemotecnia: voluntad (la tenía), repetición (soy de tauro) y asociación (soy actor); pero no caminaba, me confundía. ¡Reparar en días lo que no se hizo en años! Insistí. La repetición había que hacerla con todos los sentidos: ver, escuchar, escribir: tacto! Tomé papel. Pero, al poco rato, escribí dialogando conmigo mismo; inmediatamente después puse ella y él y. sin proponérmelo, con esa definición había iniciado Los cercadores, mi muy querida trilogía Cercados y cercadores. Finaliza la obra cuando ella le dice a él, mientras mantiene en sus manos como a un niño a su perro imaginario: "Míralo, amor, míralo; grábatelo como si fuera el momento más importante del mundo: coraje, está abriendo los ojos.

En Réquiem para Siete Plagas señalas para el montaje que debe haber un hacinamiento sin techo para subhombres pero que el escenario puedo ser cualquier lugar del mundo. ¿Se debe deducir de esta acotación que consideras como universales, y no típicos del Perú, los problemas que planteas en esta tragi-comedia con ambiente de farsa macabra?
Pinta tu choza y pintarás el mundo, dijo Tolstoi. Claro que, cuando elijo choza, digo lar: no las pajas ni varas de la choza. Estos mis hombres de Réquiem para Siete Plagas están en todo el mundo, hablan distintos idiomas y dialectos; el porqué de la angustia que los desciende hasta esos niveles puede variar. Te paso un dato: en los EE.UU. hay muchos, y no sólo por miles. Piensa en los negros, puertorriqueños, chicanos.

Sin embargo se da en tu pieza una oposición entre estos sub-hombres y los hombres de la ciudad, es decir las clases privilegiadas, oposición que no puede dejar de recordar el propio conflicto que se da en la misma Lima entre los estratos acomodados de la ciudad y los sectores marginados de las barriadas. ¿Qué te parece?
Sí, es cierto; vivimos en una sociedad de consumo, ¿no? El que unos tengan más, no es problema; lo ignominioso es que la mayoría no tenga nada. San Lucas dijo: "Yo os digo que al que tiene, más le han de dar; y al que, no tiene, aún lo que no tiene, se lo han de quitar". En el Perú se ha ofendido a la palabra básico, vital, pues el sueldo básico vital, sólo alcanza para los pasajes y desayunos de uno solo; el trabajador. ¿Y la familia? Tú te habrás enterado que los niños de mi país le quitan sus alimentos a los pollos para poder vivir. Thoynbee acuña el concepto de "reto y la respuesta". ¡Te imaginas cuánta sangre va a correr en mi país! Claro que los pocos tomarán el avión, como siempre, y quedarán en la matanza cholos uniformados y cholos calatos. Tú te preguntarás, entonces, ¿por qué, con todo esto que hay en mí, que en algo se parece a la palabra odio, y no es malo odiar a la injusticia, no soy un subversivo a pecho abierto? Te definí mi concepto del teatro como medio de comunicación y el destinatario. Ese receptor es peruano y como tal tiene los extremos y al centro una clase llamada "media" la del queminportismo y del queimportismo que no ha descubierto el poder de su fuerza. Rendirse sería matar la semántica de las palabras esperanza y posible. Quisiera optar por el camino más difícil el de la catequización. Que un cura hable a los creyentes, no es mérito; hay que salir a convertir.

Tu pieza plantea fundamentalmente el problema del hambre que obliga al ser humano a cometer una serie de acciones moralmente injustificables, como por ejemplo esta de la madre de uno de tus personajes que, de niño, lo vende por un saco de papas. Y en un momento dado, Puñalada, pregunta: "¿Qué mierda importa el amor, si el estómago está vacío? ¿Qué importa si no calma el hambre?" ¿Estás de acuerdo con tu personaje?
Sí ¡Qué mierda importa el amor! ¡Hay tanta hambre y tantos hombres, porque no sólo de pan vive el hombre! Es injusto que habiendo tanto en la tierra te arranquen el pan nuestro de cada día de la boca. Alguna vez tuve hambre, esta palabra que como hombre y humanidad, también se escribe con "h". Pero no hablemos de mi hambre que sólo fue incidental en mi vida. Hablemos de las barriadas donde no se conoce la leche, y la carne es un sueño pascual. ha recrudecido la tuberculosis, etc. etc. Entonces, vender a un hijo por un saco de papas puede ser un canto de amor. Esperanzarse en que el vendido pueda comer y que el saco de papas pueda ayudar a que no mueran, tan pronto, los otros. Es decir, tiempo para esperar el milagro. Yo no los censuro. Te cuento un cuento. Escuché que la hembra del alacrán se esconde en un hueco para poner sus huevos y que, el macho, para protegerla y proteger las futuras crías, queda con la mitad del cuerpo fuera del hueco en espera de las hormigas que al percibir el olor de los huevos, se encaminan a devorarlas. El macho lucha y lucha con las hormigas. Nacen las crías, y crías y madre, la hembra, hambrientos en el escondite, empiezan a devorarse al protector-marido-padre que, debilitado se deja comer.

¿Se debe ver en la parodia que hacen tus personajes de los juicios del Tribunal de la Santa Inquisición una crítica de la religión?
Por supuesto, en especial a la cristiana. Una crítica a lo Lutero. Repara: esta religión, la cristiana, es la que más daño le ha hecho al pueblo. Es más, lo acobardó, resignó: "poner la otra mejilla", "dar al César lo que es del César". Recuerda: la cruz siempre acompañó al patrón; en todo acto donde el fuerte doblegó a su hermano, allí estuvo la cruz. En la época moderna, avalando el engaño, está en la juramentación de los presidentes, ministros, etc. etc. No hay cura que pueda deshacer esos maderos. Cada ejército tiene su patrona y, naturalmente, subliminalmente, esta patrona, es patrona virgen. En mi obra Clave "2", manan, Pedro 1 le dice a Pedro 2 (vagabundos que juegan a ser aristócratas): Un indio hereje, hereje y de mierda, decía que la guerra con Chile fue guerra de dos vírgenes. La del Carmen, Patrona de las armas chilenas, y la de Las Mercedes de la nuestra. Ganó la Carmela, decía; perdió la Meche.

Asimismo, ¿haces tuyo este irreverente desafío que la Mujer, el único personaje femenino de la pieza con la Madre, le lanza a Dios gritándole indignada: "¡Quédate allí, sentado en tu trono; pellízcale las nalgas a la Magdalena! ¡Goza de lo que ves y ríete con tus apóstoles! ¡No te temo... tú eres tan culpable como nosotros! ¡Más daño del que me has hecho en vida no lo podrás hacer. . .! ¡tu infierno es una mierda comparado con éste!"
Sí. Dios se ha olvidado del pueblo y el pueblo lo sabe. Todo lo que ves de religiosidad en mi país no es fe, es esperanza y miedo. ¿has visto rezar a un pobre? Pone la cara de zonzo. Quizás, como los santos tienen cara de zonzos, piense que con ese gesto, puede pertenecer a la familia.

También aparece en tu pieza una reflexión sobre la muerte. Así, por ejemplo, declara uno de tus personajes: "La muerte es amiga nuestra y le tenemos apego... vive con nosotros, se anida y florece dentro de nosotros Somos de vida larga porque vivimos con la muerte. Pecho a pecho: hombre-tierra, tierra-hombre, hombre-muerte. Siete Plagas, ahora es eterno" ¿Te preocupa la muerte? ¿Cómo la ves y la encaras personalmente?
La muerte y la vejez son el infierno del hombre. Desde antes de cortarnos el cordón umbilical, ya los llevamos dentro. Yo no le tengo miedo a la muerte; me apena dejar la vida. Cuando don Marcelino Menéndez y Pelayo grave, fue encontrado por su médico en su biblioteca e informado por éste de la gravedad de su mal, respondió: "Qué pena morirse, habiendo tantos libros que leer". El quid de la cuestión no es cuánto tiempo va uno a vivir, sino, ¿cuánto tiempo podemos ser útiles? Personalmente, la encaro viviendo; vivir no es derrochar el tiempo, es emplearlo con justeza. Te explico. El año pasado se me diagnostico artritis a los dedos de las manos. Me compré una flauta, luego una quena y, posteriormente una antara. Un año después, tengo los dedos en estado positivo y, además del rondín, toco, de oído, todos los instrumentos mencionados. Si voy a perder algo de facultad de mis dedos, les saco antes el jugo. Recuerda que soy celendino.

¿Cómo se debe interpretar que tus personajes conviertan el velatorio en una especie de juerga, incluso la misma madre del muerto que entre el primero y el segundo letargo cambia totalmente de actitud revelando así en el segundo letargo que su actitud de madre afligida en el primero no había sido más que pura comedia cuando señala que ella misma le había comprado la ropa al muerto para que luego lo pudieran desvestir y vender la ropa para comprar pisco y tabaco para el velatorio?
¿Si tienes un cólico y este desaparece, no te pondrías contento? Si has sufrido miserablemente toda tu vida miserable y al morir encuentras paz, ¿no harías una fiesta?. En cuanto a la ropa ¿qué es esto? ¿si hay un Dios, aún después de muertos, vamos a presentarnos ante El distintos? Si iguales hemos venido: desnudos. ¿Por qué esa vanidad? La madre participó en la dación de esa norma: desvestir a los muertos y vender sus ropas para alegrarse con pisco y cigarrillos. Pero, aunque con harapos, todos en su vida vistieron; mas su hijo no. Sólo un costalillo cubrió su cuerpo. Hubiera sido Siete Plagas, el perpetuo desnudo. Yo estoy más de acuerdo con los judíos; teniendo fortunas muchos, todos se entierran en cajón de tablas y sólo envuelven sus cuerpos con una sábana. Como Cristo, ¿recuerdas? Quizás porque son paisanos, ¿no? Esto de vestir con lujo o los muertos es singular. En mi última obra, Uno más uno, doña Luisa, al hablar de su padre dice: "La única vez que lo vi con terno fue dentro del ataúd; mortaja de segunda mano". ¿Por qué le tendría apego a la vida un pobre de las barriadas de Lima? ¡Ah!

Otro de los temas que me parecen relevantes en Réquiem para Siete Plagas es el del incesto. ¿Qué sentido puede tener el hecho de que la madre acepte satisfacer las pulsiones sexuales de su hijo como confiesa al final de la obra?
No es incesto; es amor. Amor del más puro, amor de madre; amor que no pide nada del sujeto amado; y que lo da todo; la perdición de su alma porque ella está segura que se irá al infierno. Ella misma lo dice: "Una madre que tiene un hijo como Siete Plagas, tiene la obligación de ser más madre". Es una madre inédita, para un hijo llamado Perú. Cada madre debe ser la madre que el hijo requiere. Una madre por cada hijo.

Desde el punto de vista de la escritura, veo que el humor juega un rol importante en tu teatro. ¿A qué se debe esto?
Para sorpresa, aún en las vidas desgraciadas hay un momento para la risa. Quizás como un respiro entre dolor y dolor. ¡Qué monótono sería el teatro si sólo fuera suma de llantos! La monocordia es enemiga del teatro. Hay que usar la estrategia del box. Hacer que el adversario se descuide para luego lanzar el golpe certero. Cuando te estés riendo, te haremos saber de una realidad concreta que te alcanza, y que te hará cambiar la mueca del rostro, con un tanto de vergüenza por haberte reído. En Clave "2", manan, por ejemplo, hago que los dos vagabundos que juegan a ser aristócratas se sientan realmente orgullosos de un absurdo nacional para que el público se indigne. A mí los actores no me interesan tratándose de mensajes; es el público. Recuerda lo de la risa (Henry Bergson lo trata muy bien): tú te caes (en el teatro, tú personaje), te duele la sentadera y la gente se ríe. En el teatro, es el público.

En cuanto a técnica dramática se refiere, ¿podrías señalarme cómo concibes la estructuración interna de tus piezas?
Como un torrente continuo de sensaciones y emociones, que va de menos a más. Siempre lo he dicho: el mejor vehículo para transportar ideas, son las emociones. Por eso es que, por lo menos en América, Brecht no llega a la masa, sino a una clase media intelectualizada. No concibo el teatro como una suma de fonemas, silencios, gestos y ademanes, sino como la adición de significados que se materializan en imágenes concebidas por silencios, ruidos, sonidos, gestos y ademanes. Una melodía interior que, aún con sonidos desafinados, crean una bella armonía. Hasta lo feo debe ser bonito en escena. Esto lo entiende bien el pueblo. Cuando a "la dulce Rita de junco y capulí" del poema de Vallejo ya viejita se le preguntó cómo había sido César, respondió: "Bonito era el feíto".

He observado que en tu teatro recurrías a menudo al lenguaje popular, e inclusive a la jerga. En una palabra, pareces bastante preocupado por reflejar la realidad concreta utilizando e1 lenguaje cotidiano. ¿Se debe considerar este fenómeno como una tentativa de darle un estatuto literario al lenguaje de las clases populares peruanas, tradicionalmente descartado de la literatura?
Al lenguaje popular, sí; poco, casi nada, a la jerga. Al lenguaje popular sí, tanto en sus vocablos cuanto en la sintaxis. Como comunicador, mi preocupación es llegar al destinatario; y lo popular, aparte de bello, connota cenital y claramente. En el mundo, cuántas veces se ha repetido en los versos de Vallejo como original, una frase tan común en la conversa popular: "como un pan que en la puerta del horno se nos quema". Yo recuerdo a Wilde. Él decía: "Ser original significa decir lo que todo el mundo sabe, pero de tal suerte que les parezca que es la primera vez que lo escuchan".

¿Se han llevado a la escena tus obras? Y si se ha hecho, ¿cuál ha sido la reacción del público?
Sí, casi todas. La primera fue La huelga, en un momento muy difícil de la realidad peruana, con el gobierno del general Velasco, cuando no se sabía la orientación que iba a tener, ya que era de facto. Ese día el teatro se llenó. Abierto el telón se produjo un desconcierto. Por primera vez se presentaba como escenografía una construcción, con sus andamios, ladrillos, escaleras, carretillas, etc., y personajes vestidos con ropas de trabajo. 1968. ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? Pasados los segundos de sorpresa se produjo un aplauso tan cerrado que es muy grato evocar. Al finalizar fuimos homenajeados con el aplauso; la "maquinita" aprista fue acallada por la marxista hasta convertirse en una sola expresión: la más fraterna, la que contiene sabor a masa. La huelga fue la primera obra de corte gremial que se presentó en el Perú. Inmediatamente después se estrenó Los del 4, creación realista de corte urbano, que se desliza apaciblemente como las aguas de la acequia que dividía Surquillo de Miraflores, pero cargando de todo. Éxito en el ex Teatro La Cabaña y el Segura. Aquí me di cuenta que impactaba. Tanto en La huelga cuanto en Los del 4 puse una melodía popular. En ambos casos el público salía del teatro o silbándola o tarareándola. Al hacerlo, se estaban llevando la obra a la casa. La gente, al salir del teatro, discute los problemas de la obra; eso me agrada. Con Cercados y cercadores, en una función especial para los empleados del Ministerio de Educación, en el teatro Felipe Pardo y Aliaga, ocurrió algo que me llenó de orgullo. El público, a la salida, indignado, comentaba que a esos desgraciados (los que obligaban que las jóvenes se acostaran con ellos para darles un trabajo), deberían encarcelarlos, matarlos. Y ése era mi objetivo. He tenido la suerte de ver mis obras en varias versiones. Incluyendo algunas provincias.

¿Cuál debe ser, en tu opinión, la principal preocupación del director cuando monta una obra?
Ser director. No le corresponde el rol del dramaturgo. Hoy en día, ganados por la televisión, se vuelven locos por hacer cambios a la obra; para ser originales, dicen: ¡basta con la tiranía del autor! Cortan escenas, invierten su orden, agregan versos, ponen canciones, etc. etc. Si es director, en la acepción más noble de la palabra, se interesará por lo que se quiere expresar con lo que se dice y hace, y con lo que no se dice y hace. ¿Limita esto su creación? No. Me explico. En Clave "2", manan, para conmensurar el temor que los dos vagabundos sentían por el policía acoté: Pasan por la corbata dos piernas gigantes que cubren, cada una, todo lo alto de la boca del escenario. Cada pierna puede ser manejada por un actor, camuflado, por el efecto de "teatro en negro". El director, para la puesta en teatro circular, observó que era lo que yo-autor quería significar, y optó por poner vestido de policía a un actor alto que, además, sobre su cabeza llevaba una cabeza postiza con gorro. En una segunda versión, "teatro a la italiana", otro director puso como policía a un actor de tamaño normal, pero, parado en una rampa inclinada hacia el público. Convinimos que, incluso, sin afectar a la obra, el policía, parado en la parte superior de la rampa, podía ser un enano y que, al acercarse a los vagabundos, cobraría su verdadera dimensión, pequeño, pese a lo cual, los vagabundos lo verían como un gigante. En una tercera versión, en Huaraz, no había actor que hiciera el policía. Se puso en entrecajas a un señor con gorra de policía y se le iluminó de abajo hacia arriba proyectando su sombra gigante hacia el escenario. Todos estos montajes fueron buenos, y fieles a la obra elegida por ellos para escenificarla. Buenos creadores los tres directores. El director puede hacer que los contenidos de una obra mejor se expongan mediante su dominio de las nuevas técnicas, aporte de la ciencia y su ingenio y tramoya.

Desde cierto tiempo ya, hay algunos autores y directores de teatro, como Augusto Boal, por ejemplo, que intentan convertir en actores al propio público. ¿Qué piensas tú, personalmente, de esta concepción teatral?
No me agrada. Es más en función del "espectáculo" que de la obra. Seudo originalidad, equivocada participación, donde el mensaje, por este despropósito, por este confundir los extremos —emisor, receptor— entra por una oreja y sale por la otra. No alcanza la magia del teatro, que internaliza. El público recrea la obra al vivirla; la existencializa al verla y escucharla; la decodifica, recrea, en la extensión de su mundo intelectual y sensible. Sus sentidos y las memorias de sus sentidos, sus emociones y las memorias de esas emociones se comunican en circuito cerrado; es decir, de él para él mismo y decantan en este maravilloso juego humano: vida-arte-vida pues, como decía Vallejo, todo acto genial viene del pueblo y va hacia él. Receptor libre, no receptor manipulado. Desde hace muchísimos años la caperucita le ha preguntado a los niños: "Niñitos, ¿por aquí se fue el lobo?" Para que ellos, en su candor, respondieran: "no!". Complaciendo el ego de esos creadores que exclamaban memos: "¡Cómo participan de mi teatro!" ¿No es verdad? Síííííí! ¡Ja, ja, ja!

¿Crees tú que el actor debe identificarse forzosamente con su personaje para que, merced a él, la comunicación se establezca entre el público y el autor?
No. Se es persona o personaje. El perecedero, el actor, es la persona; el inmortal, el personaje. El uno corresponde a la vida-vida; el otro a la maravillosa ficción: vida-arte. León Thoorens, en su obra Moliere, refiere el comentario que hiciera el padre de Moliere sobre Pinel. "Juan Poquelin no podía comprender lo que Pinel, el día primero del año del 1644, en el Juego de la Pelota, había sentido, al alzarse el telón y salir el actor La Couture entre las bambalinas todavía húmedas, para declamar el prólogo. Primera vez en su vida, Pinel salía de sí mismo para, por fin, ser él mismo. Imagínate ¡Qué terrible sería para un actor que tuviera que interpretar un personaje homosexual el tener que dejarse copular por un hombre para poder identificarse con el personaje! A propósito, sabido es entre los histrionistas que, los actores homosexuales, han fracasado al interpretar a personajes homosexuales.

¿Cuáles son las dificultades más importantes que tiene que vencer el dramaturgo, no sólo cuando escribe sino después?
En principio, desterremos la palabra escribir. Dejemos este vocablo para las mecanógrafas. Un dramaturgo crea, compone. En ocasiones lo hace sin escribir. A John B. Priestley, a principios del 50 le preguntaron en la Casa Central de la Universidad de Chile, ¿cuánto tiempo demoró en escribir ¿Ha llegado un inspector? El respondió: "En escribir dos días, porque soy malo con la máquina. En hacerla, cuatro años." Después de creada la obra, ¿qué dificultades? ¡Ahhhh! En una sociedad de consumo, donde sólo se montan los éxitos de Madrid, Miami, Buenos Aires, etc., esperar que algún loco se atreva a financiar la puesta en escena de tu obra sin esperar que te paguen los derechos de autor reglamentados. Si de un grupo independiente se trata, rogar a Satanás, porque Dios está ocupado, que no te desfiguren tanto tu obra. Porque como todos son inteligentes, menos el autor, le darán un sentido a tu creación: leninista, trotskysta, mariateguista. Figúrate que ya no le llaman obra a tu creación; ahora le dicen, "textos" y así lo ponen en los programas y comentarios de prensa. Esa falacia de que el teatro es teatro sólo cuando está en escena, me enardece. ¿Qué diría Beethoven si le dijeran que su Novena Sinfonía es arte solo cuando la ejecuta una banda de pueblo? ¡Cuanta ignorancia! Los que dicen "textos’ sólo comunican sonidos, no mensajes. Con relación a los actores, que den tregua a sus intemperancias, que nos presten un poco de atención. Ocurre lo que en la industria: si es nacional, es malo. No nos estudian, aseguran la letra nomás.

Ahora para terminar, una pregunta más general. Se habla mucho, particularmente en América Latina, desde bastante tiempo ya del compromiso del escritor. ¿Piensas tu que el escritor debo asumir alguna responsabilidad específica en la sociedad?
¿ Recién se dan cuenta que el autor debe tener un compromiso? ¿Acaso el escritor no es un hombre? Incluso a pesar suyo, lo está. Nos hallamos en un lugar o situación por presencia o ausencia; por voluntad o contra ella, o sin ella. Creo que con la palabra compromiso se quiere expresar otra cosa: militancia. Hay teatro histórico, de enredos, costumbres, etc. ¿Por qué no un militante? De todo debe haber en esta viña del Señor, pero a condición que sea arte y medio de comunicación. Que no se lo utilice —se está haciendo— como un volante o megáfono.

Concretamente, ¿qué puede hacer hoy día un escritor peruano como tú para evitar que su país caiga definitivamente en el caos?
Ser hombre. Si no lo logra, será un buen hijo-esposo-padre-compañero-camarada. Sería hermoso, habría alcanzado el grado de ciudadano. Si uno no es hombre, no podrá asumir con dignidad todos los roles que la vida le depare. Será sólo un trafacista: ¡Qué político! Pero tú te refieres a un solo rol del hombre: escribir. Uno puede ser auténtico partidizo de una causa y no su cantor; pero, lo que él escriba, será el diapasón que dé el tono requerido para el himno de la marcha final. Todos somos útiles; no nos hagan inútiles. Lenin en cartas a Gorky no se cansaba de alabar a Tolstoi. ¡Oh, ese Conde, debemos tenerlo en cuenta! Conozco un escritor que, antes de militar, creo una docena de obras cortas que, además de ser hermosas testimonian el sufrimiento del campesino. Estas sus obras lo hicieron militante y, en una década, sólo ha escrito una obra sin merecimientos, sosa, pasquinezca. El pueblo es lo más importante; lo que se escribe con militancia parece que estuviera dirigido a contentar a las cúpulas, en una suerte de mejorar currículum. El problema resulta de querer mirar el mundo desde una sola mirada; la nuestra, sin reparar que la izquierda existe porque existe la derecha; lo uno es consecuencia de lo otro. José María Arguedas cayó en cuenta: ¿Cómo voy a escribir de los explotados si no conozco bien a los explotadores?" Marx dijo: "obreros del mundo unios". La derecha respondió: "Capitalistas del mundo unios", y crearon las multinacionales. Eso es saber luchar. Debemos aprender de ellos. ¿Por qué nos quieren convertir en generales de la pluma? Déjennos ser simples soldados, o los zapateros que calcen a la milicia.

¿Qué estás preparando actualmente? ¿Qué estás haciendo?
Terminando, una obra en tres actos: Uno más uno. A medio camino, El anacoreta, en los extramuros de la ciudad, cercados de excrementos, para que al mirar de lejos con larga vista, los amos del Perú, no lo quieran urbanizar. He hecho tres cuentos cortos y quiero darles algún destino. Siento que la cuerda se acaba y me atolondro. Quisiera contar lo que he visto en la escena peruana en más de treintitrés años pero ¡tiempo! ¡Este trabajar para ganarme la vida me está matando!
Fuente: Palabra Viva: Hablan los Dramaturgos, de Roland Forgues, Ed. Studium, Lima, 1988

jueves, 14 de junio de 2007

POESIA: Juvenal Vilela V.


SILENCIO DE CAMPANAS

Campanas verdes
en el cansancio de los sauces,
vuelo de pájaros en la procesión
que mi sangre lleva por dentro;
tendidos como lunas
languidecen los espejos
en el presentimiento de esta noche,
sin una piel quien los recueste
en las gradas del cielo.
Con lágrimas de cera
lloran las mariposas de color puro,
sangre azul sobre piedras blancas.

sábado, 9 de junio de 2007

LEYENDA: Alfonso Peláez Bazán

Una de las pocas leyendas, si no la única, que explica en cierto modo las particularidades de Celendín y su gente es SINCHI HUAQUISHAUA, escrita por Alfonso Peláez Bazán en 1962. Desde entonces la única edición que de ella se hizo se ha convertido en una rareza que, nosotros especialmente, estábamos buscando con afán. Gracias a la gentileza de un celendino, que prefiere mantenerse anónimo, podemos publicarla para conocimiento de todos los shilicos, ya que es una obligación sagrada saber de donde provenimos, nuestra identificación con nuestro pueblo lo exige así.


A Manera de Prólogo

Dentro del panorama demográfico-racial del Perú, la provincia de Celendín presenta un caso excepcional, único tal vez: en toda su extensión –a despecho de todo- no existe un solo indio. Todos los habitantes de la provincia de Celendín son mestizos.
Frente a tal cuadro se podría pensar, con aparente razón, que el proceso del mestizaje en Celendín es asunto concluido; que todos los tipos raciales concurrentes –inclusive el indio- están definitivamente fusionados en uno solo: el mestizo integral. Pero no es eso justamente lo que ha ocurrido.
El primer momento del mestizaje en el Perú –cosa ésta que nadie ignora- está representado por la mezcla de blanco con indio. Eso no ocurrió en las hermosas tierras de CHOCTAMALQUE, hoy la provincia de Celendín. No hubo ese primer momento. El mestizaje comienza allí con la unión de blanco con mestizo; elemento éste llegado de los pueblos vecinos (Cajamarca, La Libertad, Amazonas), en las postrimerías del Virreynato. Lo que significa, en buena cuenta, que el poblador celendino tiene sangre india en la proporción de UNO a CUATRO. Pero sangre india, igual que la blanca, venida de otras partes.
Y el caso resulta aún más sorpresivo y confuso cuando se considera que aquellas tierras formaron una zona densamente poblada por indígenas. Así lo demuestran los numerosos restos arqueológicos; notables algunos de ellos, como los de Oxamarca, en donde el arqueólogo Tello se pasó largas y fructíferas temporadas.
Sin ningún esfuerzo, inevitablemente, surge esta pregunta: ¿Qué pasó entonces en estas tierras?... Porque, necesariamente, tuvo que pasar algo, o mucho.
La bella leyenda que va enseguida –SINCHI HUAQUISHAUA- satisface casi íntegramente la curiosidad. O, por lo menos, sugiere alguna explicación más o menos formal –digamos, una explicación histórica.
De todos modos, lo evidente es que los hombres blancos –españoles y portugueses- que llegaron a Choctamalque, por el luminoso Oriente –por cierto, en circunstancias muy distintas a las que acompañaron a los conquistadores-, no encontraron, literalmente, un solo indio. Ganados por la belleza y la alegría del paisaje, allí se quedaron para siempre los treinta perseguidos de Felipe II, y a quienes luego comenzaron a visitar gentes mestizas de diferentes lugares.
Surge así Celendín, con sus características propias e inconfundibles. Con sus grandes virtudes y su drama sin término. Un drama que inexorablemente le señaló la historia: salir, alejarse siempre… Y esto se cumple como un sino fatal. Todo celendino, cada día, deja su terruño. Nadie como él tiene tanta facilidad para romper los lazos que lo unen a la tierra. Lo que hace con tanta facilidad como si sólo fuera –él mismo- algo postizo simplemente.
Pero en todo eso hay una causa histórico-biológica. El poblador celendino no cuenta en su ser con ese poderoso elemento telúrico y ancestral que mantiene atado al hombre a su suelo. Y, más bien, parece que lo mueve una especie de nostalgia; la búsqueda de sus raíces, que la historia le negó tenerlas allí donde nació.

SINCHI HUAQUISHAUA

Pachacútec acababa de dominar las tribus de Caxamarca, y se disponía ya a marchar sobre los dominios de Sinchi Huaquishaua.
A poco de ser conocida la noticia en Choctamalque, corrió hacia Tolón la orden de Sinchi Huaquishaua:
“Llactay runacuna uñuñihic lanzayquichicta inaspa acuchic Pacha Cútec suyac”.
(“Hombres de mis dominios, preparar vuestras mazas para ir al encuentro de Pachacútec”)
Antes de dos días, formaban frente a Sinchi Huaquishaua cinco mil indios armados de lanzas y mazas. Y desde la cima del Paltarrume, el cacique lanzó su breve arenga:
“Inca Pachacútec tacta llallisume inaspa llaxtachicta huñachisum chay Cumullcama chay Cumbecama”.
(“Pachacútec Inca será vencido por nosotros, y nuestros dominios d extenderán más allá del Cumullca y más allá del Cumbe”)
Y por las verdes faldas del Queriquingue, del Supaycantana y del Mishacocha, fueron ascendiendo animosos y aguerridos los cinco mil hombres de Sinchi Huaquishaua,
Y justamente cuando el sol señalaba la mitad del cielo, se avistaron los dos ejércitos en las pampas de Mishacocha. La gran laguna de este nombre estaba como dormida.
Pacuacútec no pudo ocultar su gran sorpresa de encontrarse frente a un ejército casi tan numeroso como el suyo.
Ambos ejércitos detuvieron su marcha, mediando entre ellos una distancia igual a todo el largo de la laguna Mishacocha
El Inca Pachacútec designó al primer capitán de su ejército –el valiente Malapillo-para llevar hasta Sinchi Huaquishaua el mensaje pertinente.
Cuando Sinchi Huaquishaua vio avanzar por la orilla norte de la majestuosa laguna a Malapillo, destacó inmediatamente al jefe de sus ejércitos –Apo Huaranca- para recibirlo en nombre de él.
Y allí donde las tersas aguas acarician la estrecha senda, justamente allí, se encontraron los dos hombres.
-Inca Pachacúteccpa sutimpin amune Sinchi Huaquishaua chaquinma churacunanpaco. Taytay Inca mana huañuccme.
(Vengo a pedir en nombre del Inca Pachacútec que Sinchi Huaquishaua se rinda… Mi señor, el Inca, es invencible)
Y Apo Huaranca contestó al punto:
-Sinchi Huaquishaua runancunapas ccalim cancu, chaypin llacha sum mayccenninchecha llallinca.
(Los hombres de Sinchi Huaquishaua son también valientes. la lucha definirá la suerte de cada cual)
Ni el más leve viento corría sobre las aguas de la laguna. Todo se había aquietado extrañamente.
Una, dos y tres veces hubo encuentro de emisarios ahí donde las aguas de la misteriosa laguna tocan la senda.

***

De pronto empezó a agitarse la laguna Mishacocha. Las totoras y las atuyungas levantaron de nuevo sus suaves penachos. Las apalinas corrían de una orilla a la otra.
Ambos ejércitos habían empezado a avanzar lentamente. Se iba a cumplir el acuerdo a que habían llegado el Inca Pachacútec y Sinchi Huaquishaua.
Dos hombres –los mejores naturalmente- uno de cada bando, librarían un duelo a muerte para ofrecer la victoria a su correspondiente señor. Los designados fueron Asto Pillco por Pachacútec y Apo Huaranca por Sinchi Huaquishaua.
Antes de empezar la lucha, Malapillo alentó a Asto Pillco:
Asto Pillco, Cuzcomanta pecchan llapallan accllacuna ccahuamuchca sunque, ccamahá ccumque musucc cusicausayta, cacheanque llapa Inca Pachacútecpa apuquispaycanimmanta allinin ccali.
(Asto Pillco, desde el Cuzco te están mirando las Vírgenes del Sol, Tú decidirás una nueva victoria porque eres el más valiente de todos los capitanes de nuestro Inca Pachacútec)
Y el propio Sinchi Huaquishaua dijo a Apo Huaranca:
-Chay Choctamanta, chay Tolónmanta, llapa huarminchiccuna, llapachurinchiccunaccahuamuchacasunqui, acampachá acanccatayta llipiccnnin.
(Desde la Chocta y desde Tolón nuestras mujeres y nuestros hijos te animarán. Te harás merecedor a todo el brillo del Sol)
Luego Asto Pillco y Apo Huaranca se trabaron en titánica pelea.
El ruido de las mazas repercutía sordo en los cerros vecinos. Pasaban los minutos y la victoria, sin embargo, no daba muestras de definirse, aunque cada vez eran más débiles los ecos.
Todas las apalinas, como raras sacerdotisas, estaban inmóviles a la vuelta de la gran laguna.
Al fin quedaron destrozadas ambas mazas, pero ninguno de los hombres presentaba la menor lastimadura.
Se dispuso entonces darles mazas de piedra.
Y jadeantes aún, los combatientes volvieron a empezar.
Los ecos de los cerros eran vibrantes ahora.
Minuto a minuto, cada combatiente se sentía agigantarse más y más.
Por los cielos clarísimos volaban silbantes las astillas de las ciclópeas piedras.
Y al final, en las manos de los combatientes sólo quedaron pedazos de madera.
Y los dueños y señores de los ejércitos decidieron darles lanzas.

***

Ya están de nuevo frente a frente Asto Pillco y Apo Huaranca.
A poco de haber empezado la lucha, Asto Pillco se detiene y mirando intensamente a los ojos de Apo Huaranca, le pregunta:
-Apo Huaranca, minhuay pitacc taytayqui, pitac mamayqui?
(Dime, Apo Huaranc, quién es tu padre y quién es tu madre?)
Y Apo Huaranca contestó al instante
-Taytayme Inti, mamyme Quilla.
(El Sol es mi padre… y la Luna es mi madre…)
El cielo y las aguas de la laguna Mishacocha se confundieron en un solo resplandor.
Las apalinas se elevaron bien alto.
Las totoras y las atuyungas se dejaron mecer suavemente por la brisa.
Y se acercó entonces Pachacútec a Sinchi Huaquishaua y le dijo:
-Huauccentencamalla llapa runancgicunacca imapacataco yahuarhuanccarpasun tayta Intipa llactancunata.
(Nuestros hombres son hermanos… ¿Para qué entonces manchar los campos dorados de nuestro padre el Sol?...)
Y Sinchi Huaquishaua respondió:
-Anaypachamanta cusicamuhuanchice taytanchic Inti. Hiscchusun lanza cuinata chaupi ccochaman. Pay oute mupten, runanchicuna suyacca upiacuspa, taquicuspa.
(Desde arriba nos sonríe nuestro padre el Sol… Arrojemos las lanzas al centro de la laguna… Y que a la vuelta de ella, nuestros hombres canten y beban…)
La brisa de la laguna Mishacocha batía ahora con más fuerza las totoras y las atuyungas.
Las apalinas describían en el aire y en la arena extraños signos.

***

Mama Quilla hizo más lento su discurrir por el cielo.
Confundidos, los hombres de Pachacútec y de Sinchi Huaquishaua bebieron y cantaron a la vuelta de la gran laguna.
Toda clase de canciones llenaron el ámbito de la lomería de Mishacocha.
Las hubo algunas de gran ternura.
……………………………………..
Venadita de la alta puna,
huamanripita de la cordillera,
con qué palabras nos separaremos,
qué diciendo nos diremos el adiós…
……………………………………..
(Ccasapi taruquitasha,
urccopi huamanripascha
imanispallatacc raquinacuysun
imanispallatacc cachirinacuycusun)

Y en medio de la gran alegría de aquella noche quedó convenido que Sinchi Huaquishaua y sus cinco mil hombres fueran hasta Caxamarca acompañando a Pachacútec, en señal de confraternidad.
Así se hizo.
Y la distancia entre la laguna de Mishacocha y Caxamarca sirvió sobre todo para acrecentar el fuego de un idilio que horas antes naciera a orillas de la dulce laguna, y cuyos protagonistas fueron nada menos que el propio Sinchi Huaquishaua y la bella Ccoyllur (Lucero), hija predilecta de Malapillo.
El corazón de Ccoyllur ardía en el más grande de los amores. Antes jamás sintió cosa igual. Ni lo había imaginado siquiera.
-Ccuri mayupa chimpampi, Choctamalque chimpampi punen can achca llactacuna, chaymantahus inan ccespemusccacun taytaychic Inti, mamanchi Quilla. llapa urccocunam sinche atun puyucanapas yurac ccama, chay llacctacunacaman risunchic sumacc causacamocc.
(Bella Ccoyllur, al otro lado del Río de Oro, al frente mismo de Choctamalque, hay unas tierras que parecen la cuna de nuestro padre el Sol y de nuestra madre la Luna… los cerros son altísimos y las nubes más blancas… hasta esas tierras iremos para gozar nuestro amor)
Y la bella Ccoyllur respondió:
-Ari, chay intipa, quillapa llactacama cja risunchic ccanhuan cuscaha hualallay, soncollay.
(Sí, hasta la cuna del Sol y de la Luna iré contigo, Señor de mi corazón)
Y una noche, cuando ya Mama Quilla había caído para el lado del mar, huyeron los amantes, seguidos de los cinco mil hombres de Choctamalque.

***

Desde las tierras legendarias del Cuzco, el Inca Pachacútec venía prendado de la bella Ccoyllur.
Un día llegó a decirle:
-Ccampanacome cancca llapa allpacuna, llapallan atun llacctaycuna, llapa sonccoynyn.
(Para ti serán todas las tierras que llegue a conquistar… Todo mi imperio… Y todo mi corazón)
Pero las palabras del Inca no consiguieron hacer vibrar el corazón de la bella Ccoyllur. Su buena estrella la protegía contra el regio asedio para, en breve, presentarle al elegido, a la orilla de una encantada laguna.

***

En Choctamalque todo estaba ya listo para la partida sin retorno. Hombres, mujeres, ancianos, niños, enfermos, todos irían con su ínclito jefe, Sinchi Huaquishaua, hacia las tierras del Sol y de la Luna, al otro lado del Río de Oro.
Pachacútec, a su vez, puso en marcha a todo su ejército en persecución del afortunado Sinchi Huaquishaua. Pero todo estaba previsto y medido por éste. Antes de que los perseguidores alcanzaran las alturas de Cumullca, todas las gentes de Choctamalque, con la gloriosa pareja por delante, estaban ya a la otra orilla del Río de Oro.
Y cuando Pachacútec llegó a la orilla de éste, dióse con la tremenda sorpresa de encontrar completamente destruido el puente natural que un capricho geológico había dejado en la parte más angosta del río. Sin encontrar a su alcance ninguna manera de pasarlo, el Inca Pachacútec dio marcha atrás.
De nuevo en Caxamarca, decidió allí llevar a cabo la conquista de Quito. Por su lado Sinchi Huaquishaua sometía fácilmente a las tribus de los valles de Chachapoyas.
Y fue así como las tierras de Choctamalque (Hoy Celendín) quedaron para siempre sin indios y sin tiernas canciones en quechua.

martes, 5 de junio de 2007

POESIA: Jorge W. Izquierdo

Jorge Wilson Izquierdo es un fino poeta, uno de los más genuinos representantes de nuestra lírica. Es también una vida sufriente en el fondo del ser. Lleno de proyectos siempre, que espera cristalizarlos en todo orden de cosas, mientras afronta la existencia en medio del tráfago de las luchas que espera le den alguna victoria por encima de la injusticia y de la muerte. Convicción de todos nosotros, que vivimos enfrascados en una causa grande y procurando estar a la altura de una misión superior. De su vasta producción lírica extraemos el siguiente soneto.

Jorge Wilson Izquierdo y Alfredo Pita, al pie del Jelij, en Celendín, 2006 (Foto "Charro")

SETIEMBRE

Llueve, tiempo maldito, llueve
cubre de lluvia mi ansiedad,
que la misma muerte lleve
de mi mitad más de la mitad.

Te conjuro a que lluevas y me mates,
que al fango me hagas arrodillar,
que en cuerpo y alma me arrebates
y no haya quien me haga suspirar.

Hay una sombra terrible en mi alma
cuyas garras no me quieren dejar
y me ajustan dos lágrimas de amor.

Y en cada alba amanezco sin calma
pues nunca deja de regresar
de su paseo… mi amargo dolor

lunes, 4 de junio de 2007

ETIQUETAS: Lista de autores

Para facilitar la búsqueda de materiales sobre nuestros autores, el lector puede acudir a la lista de Etiquetas, en el índice de la derecha. Allí aparecen ahora los nombres de cada uno de ellos. Si uno pulsa en un nombre aparecerán todos los artículos que le conciernen.

lunes, 28 de mayo de 2007

CUENTO: José de Piérola Chávez

Por una deferencia de José de Piérola Chávez, que nos ha alcanzado por correo electrónico una muestra de su obra, publicamos las dos primeras partes del cuento “Lápices”, ganador de la Bienal de Cuento Copé 2000. El texto completo lo publicaremos en formato Pdf para que los lectores puedan conservarlo (La redacción).


LÁPICES

Por José de Piérola

1
Un martes como cualquier otro, después de cenar, Francisco Pantauro se sentó a resolver el crucigrama mientras tomaba una tisana caliente de manzanilla para ayudar la digestión. Usualmente revisaba las noticias internacionales, pasando luego a devorar la sección de hechos insólitos, su favorita, que leía de la primera a la última palabra todos los días: jamás lo había aburrido. Los martes, sin embargo, renunciaba a ese placer por uno mucho mayor: llenar con sus letras metódicas los casilleros vacíos del crucigrama semanal. Mientras comía llenaba las palabras fáciles, apócope de santo, carencia de algo, único en su especie, prefijo de lugar, dejando las más difíciles para barruntarlas sentado en el sillón de la sala con una olorosa manzanilla sobre la mesita del teléfono. Alguna vez había recurrido al diccionario enciclopédico, inclusive había revisado su archivo para confirmar una palabra, pero trataba de evitarlo porque su placer infinito era descubrir las más difíciles sin más ayuda que los sinuosos pliegues de su memoria, donde las más de las veces ya se había alojado la reticente palabra.
En eso estaba, buscando un sinónimo para sandio, rascándose el bigote con un diminuto lápiz, pero la bendita palabra no acudía. Mordió el lápiz, descascarando la pintura amarilla, sintiendo el sabor helado del grafito en la lengua, hasta que, de pronto, todavía con los ojos cerrados, visualizó la palabra anhelada. El arrebato de alegría, sin embargo, ocasionó que se metiera el lápiz a la boca sin querer. Trató de empujarlo con la lengua, pero el lápiz, en lugar de cruzar la hilera de dientes, se resbaló hacia su faringe, quedando atrapado detrás de su campanilla.
Tiró el periódico al suelo, tratando de no moverse, buscando cuidadosamente una solución a semejante problema. Podía estirar la mano para llamar por teléfono a una ambulancia, pero cuando la voz de la señorita le preguntara qué deseaba, no podría hablar porque el lápiz que le impedía respirar también le impediría hablar aunque sabía que si se angustiaba podía llegar a faltarle el aire de verdad empujándolo a la desesperación que terminaría por incrustarle el lápiz en la epiglotis obturándole la faringe hasta que todo se pondría negro por falta de oxígeno haciéndolo caer al suelo aferrando el auricular del teléfono donde la voz de la señorita seguiría preguntando: ¿En qué podemos ayudarlo?

2
Cuando su agitada imaginación ya lo había dado por asfixiado, de espaldas sobre el piso de parquet con el auricular del teléfono en la mano, sintió que el lápiz se disolvía como si fuera un trago de agua bajándole después por el esófago sin problemas. Se examinó la boca con la lengua: no había nada. Se tocó la garganta: no sintió nada. Simplemente se acababa de tragar un lápiz.
Un hormigueo helado le reptó por el abdomen. Felizmente, de los cientos de lápices que tenía en todos los rincones del departamento, metidos en cristalinos frascos de boca ancha, había elegido uno pequeño que tal vez podía vomitar si tomaba una buena cucharada de aceite de ricino. No cedió a esa recurrida solución. Si el lápiz regresaba de punta podía clavársele en la epiglotis, en la faringe, inclusive podía incrustársele en la cavidad nasal de donde ya sería imposible sacarlo sin cirugía. Esa solución estaba descartada. No podía vomitarlo. Tampoco podía olvidarse del asunto. Uno no se come un lápiz todos los días.
Moviéndose con cuidado para que no se le clavara en el estómago, fue al baño para examinarse la garganta en el espejo, pero no vio nada raro. Como ya era tarde, decidió ponerse la pijama, aprovechando su temporal desnudez para palparse el estómago, luego el bajo vientre, pero no percibió la rigidez del lápiz. Se acostó cuidándose, por sobre todas las cosas, de ejercer presión sobre el estómago. Había leído en alguna parte que los danzaks, los danzantes de tijeras, se comían pequeños sapos remojándolos con aguardiente. Pero era, después de todo, materia orgánica, viva, que podía disolverse con los ácidos estomacales, mientras que los lápices, maderas tratadas en las grandes industrias, ya eran cosas inertes.
Se quedó pensando en eso hasta que el sueño lo venció, pero no durmió de largo como era su costumbre, sino que se despertó a las tres de la madrugada recordando el incidente del lápiz. Ya no pudo dormir. Su ventana, todavía oscura, se fue aclarando mientras esperaba el picotón interior que lo llevaría a la sala de emergencia del hospital de la compañía.

lunes, 21 de mayo de 2007

CUENTO: Alfonso Peláez Bazán

El presente cuento, inédito, lo escribió don Alfonso Peláez Bazán con la intención de presentarlo al concurso “El Cuento de las Mil Palabras” de la revista Caretas. Por azares del destino, o porque la muerte llegó antes, nuestro escritor no alcanzó a enviarlo. Espina de Maram, siempre en la huella de los escritores y artistas celendinos, tiene el privilegio de presentarlo a nuestros lectores (La redacción).

"Era simplemente un diagrama..."

LOS SOBRES

Por Alfonso Peláez Bazán
En un extraño lugar había seis amigos que tenían la inveterada costumbre de reunirse todas las noches en el cafetín de un gringo viejo y seboso. Cada cual tenía ocupación u oficio diferente, pero dentro de las mugrientas paredes del cafetín todos quedaban perfectamente identificados. En sus noctámbulas reuniones se ocupaban de todo; mas, como no eran personas versadas, lo hacían superficialmente, y dejando siempre un saldo de dudas y temores.
El grupo estaba tan bien cohesionado que cuando alguno de sus componentes –por involuntario motivo- faltaba a la sacramental reunión, el vacío causaba general. Era aquella una rara hermandad.
Una noche pusiéronse a hablar de la muerte. Y lo hicieron en la misma forma que suele hacerlo todo el mundo: con misterio y temor.
-¿Y cuál de nosotros será el primero?
-Es mejor ignorarlo, ¿no?...
-Y si llegáramos a saberlo, nos preocuparía quién, el segundo… y luego el tercero…
-Por lo pronto hay una cosa bien clara: cada uno de nosotros quisiera ocupar el último lugar…
-Y ninguno el primero, naturalmente..
Así, artera y sutilmente nació entre los seis amigos, aquella noche, un extraño sentimiento que llegó a tener dramáticas manifestaciones.
******
Noches después, sorpresivamente, apareció en el cafetín un hombre extraño a quien nadie había visto antes. Alto, delgado, erguido. Ojos verdes, de penetrante mirar. Una barba rubia y espesa le cubría casi todo el rostro.
Se acercó resueltamente a la mesa de los seis amigos y manifestó su deseo de estar entre ellos. Aunque sorprendidos, aceptaron cortésmente.
Charlaron hasta bien avanzada la noche. El singular intruso reveló poseer vastos conocimientos. Y tan hábilmente se condujo, que ninguno de los seis amigos tuvo tiempo para preguntarle quién era y de dónde había llegado.
******
Solo al otro día –recordando cierto detalle- diéronse cuenta que todos había sido objeto de prolija investigación.
-Indudablemente ese hombre traía algún propósito. Y cuando lo sepamos, acaso ya sea tarde.
La angustia había empezado a apoderarse del grupo.
*****
Noches después, volvió a aparecer en el cafetín el inquietante hombre.
-¡Oh!... ¡Qué bien os encuentro!...
Y luego de mirar a todos:
-¿Es Ud. fulano?
-Exactamente, señor –contestó el interrogado.
-¿Y el que está a su derecha, zutano?...
-Sí, señor.
Y sin equivocarse absolutamente, reconoció a todos.
-Vuestra memoria es fantástica, señor..
-Poseo muchas facultades fantásticas –contestó fríamente.
Luego púsose de pie, dasabotonóse la chaqueta, introdujo la mano en uno de sus bolsillos interiores y extrajo lentamente… no, no fue lo que en angustioso suspenso esperaron ver. Era sólo un grueso rollo de papel, el mismo que inmediatamente extendió sobre la mesa.
Nerviosos, los hombres inclináronse hacia delante para ver mejor.
Líneas rectas y curvas, unas más grandes que otras. Puntos de diferentes tamaños por doquier. Y una como tenue sombra cubría todo. Era simplemente un diagrama.
Con sus ojos de ave rara, el hombre miraba a todos.
-¿Y qué significa todo esto, señor?
-Esperaba la pregunta. Esta confusión de líneas y puntos representa seis destinos.
-¿Los nuestros acaso?...
-Sí, los vuestros –contestó rotundo.
-¿Y qué razón tuvisteis para hacerlo?...
-Conocí vuestras tribulaciones. “¿Quién será el primero?” “¿Quién el último?” Me dolí de Uds. y vine en vuestro auxilio.
Los hombres miráronse profundamente.
-Señor ¿y todo lo vamos a saber enseguida?
-No, precisamente. Cada uno va a recibir un sobre cerrado.
Y empezó a repartirlos.
Y cuando uno de los hombres intentó decir algo, el hombre misterioso había desaparecido ya.
*****
La noche siguiente, reunidos en el cafetín, lo primero que hicieron fue comunicarse que no habían tenido el valor para abrir sus sobres.
La reunión estuvo colmada de dudas y temores.
*****
Día a día la situación del grupo tornábase embarazosa y sombría.
Una noche uno de los hombres habló así:
-Todo esto se está poniendo insoportable. Cada uno mira a los otros con un sentimiento extraño, indefinible. Todos nos preguntamos quién será el primero… y quién el último… En cada uno de nosotros hay el deseo oculto de no ser el primero, ni siquiera el segundo… Cada uno quisiera ser el último… Y así, entre nosotros, va definiéndose cada vez más el sentimiento equívoco que lacera horriblemente nuestras almas.
Sumiéronse todos en profundo silencio.
*****
Una noche… “He aquí el primero”, se dijeron para sus adentros, al advertir en sus ojos, en su voz, la aflicción.
Acosado por las miradas de sus amigos, el atribulado hombre habría querido escapar, huir… le atormentaba horriblemente ser mirado como el primero, como el más infortunado.
El segundo puesto también aterrorizaba. Ninguno abrió, pues, su sobre aquella noche.
*****
Al cabo de días apareció el segundo valiente. La misma angustia en sus ojos, en su voz, y el mismo deseo de huir, de escapar.
-“Ya estamos libres del primer y segundo puestos… Esperemos que aparezca el tercero…”
Las reuniones eran cada vez más cortas.
*****
Y apareció el tercer valiente. A pesar de todo, la aflicción y la angustia eran las mismas.
-“Ahora si ya podemos abrir nuestros sobres”.
*****
Aquella noche en el cafetín del gringo viejo y seboso, los seis amigos, sin advertirlo ellos, ofrecían el más desesperante cuadro de angustia y de muerte… Todos se miraban veladamente. El mismo sentimiento sordo, hostil.
Y apareció de pronto el hombre misterioso y cruel.
-¡Oh!... ¡Cómo os encuentro!... Vuestros rostros no parecen ser los mismos… ¿Qué os ha podido ocurrir?...
Detúvose un instante:
-… ¡Levantad la vista!... ¡Miraos unos a otros!... Miraos profundamente hasta llegar al fondo.
Los seis hombres obedecían como autómatas.
-Sois infelices criaturas, todos fuisteis presas de los mismos sentimientos. Todos obrasteis de la misma manera. ¿De qué miserable materia hizo Dios al hombre?...
Humildemente, todos bajaron la vista.
-… ¡Y ahora preparaos! ¡Sacad fuerzas, muchas fuerzas!...
Los seis amigos eran como seis figuras de cera.
-¡Sacad vuestros sobres y cambiadlos entre vosotros, una y otra vez, hasta encontrar la verdad!...
Al tiempo que lo hacían, iba dibujándose en cada rostro una mueca horrible. Una mueca que pudo ser –que debió ser- algo distinto… Una sonrisa, por ejemplo… Porque todos los sobres encerraban el mismo pronóstico: “Serás el primero y pronto”.
Riendo a carcajadas y dejando inmóviles a los seis amigos del cafetín, se alejó entre las sombras el hombre misterioso.

jueves, 17 de mayo de 2007

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

Aquí una muestra del virtuosismo y gran talento del narrador celendino Jorge Díaz Herrera. La hemos transcrito con cuidado, como intentaremos hacerlo con otros fragmentos de otras obras suyas (La Redacción).

EL ARBOL DE LA BUENA SUERTE

Por Jorge Díaz Herrera
Arístides juraba por lo más sagrado y la memoria de su madre que jamás llegó a encontrar una sola gitana en los tantos burdeles que recorrió por el mundo, porque las gitanas podrán ser pobres, pero putas nunca. Viejo hombre de mar: motorista, ballenero, contrabandista, peleador de pelo en pecho, transportista, estibador, llevaba en cada uno de sus muchos tatuajes la historia de su vida. Concluía sus conversaciones mostrando al muchacherío que lo rodeaba la cara de una bellísima mujer tatuada en el centro del vientre. Tenía una gracia inigualable para mover el ombligo y hacer que aquel rostro incomparable encarrujara los labios para lanzar besos a todo el mundo.

Nada lo entristecía...

Nada lo entristecía. La tristeza se había hecho para los tontos, y él no podía darse semejante lujo. De lo contrario, haría ya mucho tiempo que me hubiesen comido los tiburones. Fumador. Reilón. Borracho. Respetuoso. Saludaba a las mujeres sacándose la gorra verde que jamás abandonaba e inclinaba ceremoniosamente la cabeza. Si todas las mujeres aprendieran de las gitanas, el mundo sería quizá más ladrón pero mucho más honrado. Nunca pudo precisar con claridad de dónde venía: porque si a cualquiera se le antoja decirme que un pájaro vuela de la rama de donde estaba, no es sino pura mentira, que nadie puede negarme que antes estuvo en otra rama y antes todavía en otra y en otra. Y él venía de tantos lugares. Y soltaba una carcajada cuando, al fin de cuentas, no sabría decirles si me estoy yendo o estoy viniendo. De lo que sí estaba seguro es de no quejarse de la vida y ser feliz. Si alguna vez decidiera quedarme en alguna parte, sería en una carpa de gitanos, porque los gitanos no se quedan en ninguna parte y ellos son los únicos que saben vivir como Dios manda. Al despertar los primeros asomos del invierno se fue. Se convirtió en un recuerdo que tardó en extinguirse entre los muchachos de la calle. Cuando estuvo casi olvidado, Arístides reapareció, pañuelo celeste amarrado al cuello y una muñequera de cuero en cada brazo. Estuvo solo unos días y volvió a irse, esta vez para siempre. Dejó la historia de su amor con una gitana y su nombre grabado en el tronco del árbol junto al cual los muchachos acostumbraban reunirse, y después empezaron a escribir sus nombres alrededor del de Arístides. Con los años, ese fue el árbol de la buena suerte. Poner el nombre de uno en él traía felicidad. No hubo enamorado que no lo hiciera. La fe se extendió a gente de todas las edades y alguien plantó en el árbol una cruz, y luego el lugar se convirtió en un santuario. Lo rodearon con una cerca de puntas de hierro e hileras de candelabros de lata. El pueblo fue creciendo. La cruz se llenó de corazones de plata, y el árbol de nombres grabados y hollín de velas.

miércoles, 16 de mayo de 2007

POESIA: Bonifacio Mariñas C.

Bonifacio Mariñas Casahuamán (Bómaca) nació en Sucre, en el antiguo Huauco, en 1943 y estudió la primaria en la Escuela Nº 83 Andrés Mejía Zegarra de su pueblo natal; la secundaria en el entonces Colegio Nacional “Javier Prado” de Celendín, egresando con premio de excelencia.
Obtuvo el título de Normalista en la Escuela Normal de Varones de Cajamarca y desempeñó muchos cargos en el sector Educación, entre ellos el de profesor estable en el Instituto Pedagógico Regional de Celendín y luego como Supervisor Provincial de Educación de Cajabamba.
Tiene una copiosa producción literaria y destacan entre sus poemarios “Imagen del Recuerdo”, “Cantos de Amor”, “Umbrales”, “La dimensión del verso”, entre otros.

"Callecita del Huauco", óleo de Jorge A. Chávez Silva, "Charro"


DÉJAME HERMANO CAMPESINO

Tablillaré tus penas rotas
en un atado de harina mezclado con el viento
ausente de gracia
triste a tu dolor.

Enlazaré tu poncho a la montura
del caballo que descarga su hambre
a cada paso de viejo caminante
y en el portal de la cuesta
un regio padrenuestro saludará con lluvia
para empezar la nueva tregua
de la vida.

Ayuntaré a tu buey romero
con el potro negro
de la esquina de tu choza
al rayar la mañana
para tu siembra infinita
de esperanza.

Campesino del Perú
de genial carrera bautizada por tus pies
aplaudida por el hombre que te grita
atolondrado y nervioso al ver tu serenidad gigante.

Plantaré la estaca de tu caballo guaycho y
de la yegua beige.

Colmaré tu cólera con un rato de cariño
y amistad
al ensuciar el agua del potrero
donde se bañan suavemente
las palomas.

Encenderé ligero
la chamiza de tu roso
para contemplar después el maizal de la cañada
y tocaré una música celeste
a la orilla del verde prado
hasta hacerte llorar de alegría
para decirte hermano de la vida
el campo desnudo te saluda,
cuando lo vistes con tu traje verde.

Frotaré fuerte el dolor de tu rodilla
disconforme con el frío de tus continuas madrugadas
soleadas por el aire
y mojadas por la lluvia del camino.

Zurciré tu costal destruido por el barro
o el hambre de algún roedor que se esconde
ante la fuerza de tus brazos;
teñiré tu modo de andar
con la lana de tus borregos
que ensucian el corral,
pero déjame mirar tus jardines naturales
que adornan silenciosos
los suaves besos de la luna.

En fin… hermano campesino
descansa,
duerme siempre en tu choza,
en la gavilla de tus eras,
en las cuevas hasta que venga
la ganadera hermosa de tu sangre
y sienta la victoria de tu banco
en tu cambiante paisaje.
Hasta que seas tú el grande,
hasta el triunfo laureado
de tu hambre.

domingo, 13 de mayo de 2007

CARTA: Jorge Díaz Herrera

Queridos paisanos y amigos:
Muchas gracias por los envíos de CPM.
Leer las notas que me llegan robustecen en mí la ilusión de caminar por nuestra grata tierra y contemplar su cielo, su verdor, sus calles, su gente buena. Vale decir: cobijarme en su corazón. No obstante haber pasado la mayor parte de mi tiempo en viajes por tierras lejanas, aún no tengo la fortuna de conocer físicamente Celendín. Sus historias iluminaron mis años infantiles, y fueron como la semilla de la que germinaron todos mis libros, todos mis sueños. Los editores han señalado en muchas de mis publicaciones mi origen cajamarquino, sin precisar el nombre de Celendín. Esta situación ya ha sido superada. Pues, como debe constarle a mis lectores, en mis publicaciones últimas figuro como oriundo de Celendín, al igual que en la Enciclopedia Ilustrada del Perú de Alberto Tauro del Pino. He estado vigilante para que así se haga.
En mi memoria está la imagen de mi padre, Aristóbal Díaz Escalante, de mi madre, Zoila Herrera Pereira; de mis abuelos Adelaida y Luis, quienes sembraron en mí el amor por la tierra celendina. Hoy, aposentado en Chaclacayo, campestre distrito limeño, siento cada vez con mayor fuerza la necesidad de corresponder siquiera en algo tanta bondad, tanto amor. Cuánto quisiera pasar una temporada en Celendín dejando en el corazón y la mente de los jóvenes algo de lo aprendido a lo largo de mi vida. Digo (es un decir): un ciclo de conferencias sobre la creación artística, un taller de lectura y literatura, por ejemplo, que bien podría ofrecer a los alumnos del Centro de Estudios Superior de Celendín. Los años nos dan la lección que uno mismo no supo en su juventud dársela a sí mismo: volver al origen, respirar su aire, oír sus historias, caminar por sus calles, escribir sobre todo eso que en mí habita tan sólo como un sueño de inmensa gratitud. Gracias por los envíos de CPM. Mi saludo a tan fraterno esfuerzo. Tengo fe en que la inteligencia e imaginación creadora de nuestro pintor y poeta Jorge Chávez Silva, de quien conozco su prestigio y espero abrazarlo personalmente algún día, llevará a CPM por los caminos que se merece.
Saludos y abrazos, queridos paisanos y amigos.
Abrazos. Abrazos. Abrazos.
Jorge Díaz Herrera

sábado, 12 de mayo de 2007

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

Jorge Díaz Herrera nació en Celendín, Cajamarca, en 1941. Estudió en Trujillo del Perú y en Madrid. Ejerció la docencia universitaria en el Perú y en España, aunque muchos lo cataloguen como nacido en Trujillo o genéricamente en Cajamarca, él ha declarado a CPM su condición de shilico y el cuidado que está poniendo para que en las últimas ediciones de sus obras se escriba así.
Jorge nos ha manifestado su intención de dictar en Celendín un ciclo de conferencias gratuitas acerca de literatura para los estudiantes de Educación Superior y desde ya hacemos extensivo este deseo a los encargados de la cultura del actual municipio.
Escritor polifacético, ha incursionado en diversos géneros literarios: periodismo, poesía, teatro, ensayo, cuento, novela, recibiendo numerosas distinciones como el Premio Nacional de Fomento a la Cultura «José María Eguren» (1972), el premio de teatro de La Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y de la Municipalidad de Lima, entre otros.
Ha publicado Orillas (poesía, 1964), Aguafiestas (poesía, 1974), Los duendes buenos (teatro para niños, 1964), Parque de leyendas (narración poética dedicada a la infancia, 1975), Comanche (teatro, 1970), Ver para correr (teatro, 1968), El diablo también come uvas (teatro, 1768), Mi amigo caballo (cuentos, 1980), Alforja de ciego (cuentos, 1975), La agonía del inmortal (novela, 1985), Por qué morimos tanto (novela, 1995), La colina de Irupé (novela corta, 2003), Cuéntame lo que nos pasa, (cuentos,2004), El Ángel de la Guarda (novela corta, 2005), Historias para contar, reír y jugar (cuentos para niños, 2005), Sones para los preguntones (divertimento familiar en verso, 2005). Sus crónicas están dispersas por revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Ha participado en diversos encuentros literarios dentro y fuera del país y residido varias temporadas en Europa. Actualmente vive en Chaclacayo, apacible distrito en las afueras de Lima.
En sucesivas entradas publicaremos una antología de sus obras.
De su libro Alforja de ciego transcribimos el siguiente cuento:

"Casona celendina" (Foto: Jorge A. Chávez S. "Charro")

EN LAS VIEJAS CASONAS

Por Jorge Díaz Herrera
1
El portón plomo de madera y algo desastillado, con su cerradura de llave grande y puño de bronce y la placa antigua aún legible junto a la placa nueva, y el patio de cemento y las habitaciones espaciosas y altas, empezando por la sala, todas con el piso entablado, y los cuartos de la servidumbre abarrotados de cosas inútiles y telarañas y la cocina al fondo con las paredes húmedas y enmohecidas al otro lado del cuarto del batán, y el corral hasta la otra calle y el sauce y el pozo clausurado y ella en el dormitorio escribiendo, con el pulso tembloroso por los años, en un retazo de cartulina blanca: SE VENDE, y el recuerdo de los recuerdos de su madre, que a la vez eran recuerdos de la abuela y también recuerdos suyos, y el bullicio de los rumores que traía el viento por las claraboyas y toda esa cantidad de historias derramadas, como agua sobre tierra seca por los rincones de la casa, y la humedad solitaria de ahora y ese viejo miserable insistiendo en comprársela por menos de la mitad de su precio, sin tener en cuenta que la casa siempre fue casa de gente decente, a la que podrían acusarla de lo que quisieran pero jamás de ladrona, y los ojos de los retratos mirándola altiva como siempre y por eso, aunque le doliera más que todos los dolores juntos, ella prefería vender la casa antes de pedir un solo centavo a nadie porque, eso sí, le podrían achacar todos los males que les antojasen, pero el de ser limosnera nunca, porque así debería ser y así sería, por algo ella había sido hija de quien era.

2
Hacía ya más de media vida que doña Amelia, en medio de la orfandad traída por la pobreza, iba de uno a otro lado desempolvando con un plumero de otros tiempos la vieja casona y taponando los huecos de los ratones. el sentarse bajo la claraboya a descifrar las voces que traía el viento solo logró distraerla algunos años, después lo olvidó para siempre. La preocupación de luchar contra el polvo y de interpretar sus sueños no le dejaba tiempo para otra cosa. Y presintió que pronto se moriría y empezó a alistarse para el viaje. Zurció sus ropas blancas que le serviría de sudario y escribió una carta a su hermana tanto tiempo ausente, pidiéndole un lugar en el mausoleo de la familia. La impaciencia en que la sumió la espera de la respuesta la llenó de sofocantes palpitaciones. No supo cuánto tiempo esperó, pero murió esperando, sin enterarse de que su hermana, al leer la carta, estalló gritando: no contenta con la comida que todos los días le hago llegar para no dejarla morir de hambre, todavía tiene la sinvergüencería de causarme problemas hasta después de muerta, sabiendo bien, como tuvo que saberlo, que el mausoleo está repleto y que allí no queda espacio sino para una sola persona.

3
El rosal por que guardaba menos esperanza floreció y el otro, no obstante las muchas ramas que le crecieron, solo llegó a dar unos botones que nunca lograron abrirse y Hermelinda sembró en su lugar un girasol, que murió pronto sin saber que es una flor. Después fueron una dalia, una amapola y una enredadera, y Hermelinda quedó convencida de que ese sitio del jardín tenía mala suerte. Y mandó poner en él una piedra grande de formas sugerentes, que la humedad del invierno cubrió de un musgo coposo como algodón verde que di un sin fin de florcitas moradas, y se convirtió en la parte más linda de mi jardín. Y el viejo rosal enfermó y Hermelinda, para evitar que contagiara al musgo y sus flores lo echó arrancándolo de raíz, y el musgo, solo Dios sabe cómo son las cosas, empezó a secarse hasta que la piedra quedó pelada como antes. Y Hermelinda fue perdiendo el gusto por las flores e hizo levantar una habitación más en el lugar del jardín para que la casa gane un poco de espacio. Y alquiló los cuartos interiores a un matrimonio joven, yo me vengo a vivir en la parte donde era el jardín y un cuartito más, para una mujer sola es suficiente. Y así se acostumbró a pasárselas casi todas las horas de su vida balanceándose en una mecedora de Viena, mientras tejía, en el lugar donde no florecieron el rosal, ni el girasol, ni la dalia, ni la enredadera y donde las florcitas moradas del musgo, que parecía que nunca iban a morir se secaron para siempre.

domingo, 6 de mayo de 2007

NOVELA: José de Piérola Chávez

José de Piérola Chávez, nació en 1961, en Lima, pero de inmediato fue llevado a la tierra de sus mayores, Celendín, donde pasó su infancia. Hizo sus estudios primarios en la hoy desaparecida Escuela de Aplicación del Instituto Pedagógico Regional de Celendín, prosiguió sus estudios en la GUE “Bartolomé Herrera” de Lima y luego en la Universidad Federico Villarreal.
Después de hacer estudios de ingenieria civil y de una carrera en consultoría informática en los años 80, se autoexiló en Los Angeles, Estados Unidos, en 1990. Siete años después abandonó la consultoría por su impostergable vocación literaria. Su cuento “En el vientre de la noche” ganó el Premio Internacional de Cuento Max Aub en 1998. El mismo año su cuento ”Variaciones sobre un tema de Nabokov” quedó finalista en la Bienal del Cuento Copé. Con “Humo azul” obtuvo el tercer premio en el cuento de las 2000 palabras en 1999. Con “Lápices” ganó la Bienal de Cuento Copé en el año 2000. Actualmente vive en San Diego, California.

El fragmento que publicamos pertenece a la novela corta “Un beso de invierno”, ganadora del Premio de Novela Corta del Banco Central de Reserva 2000 y en él enfoca uno de los momentos más dramáticos de la historia peruana reciente.

UN BESO DE INVIERNO (Fragmento)

No era la primera vez que lo sentía. Hacía muchos años, cuando todavía era estudiante, ese relámpago interior me había descargado un golpe de adrenalina que no sirvió de nada. Aquella vez me había despedido en la puerta del dormitorio de mujeres, casi a medianoche, con un beso que cerraba una larga conversación a oscuras en los viejos sillones del recibidor. El sábado, nos dijimos, lo pasaríamos en Lima, quizás en Barranco, en uno de esos hostales que no hacían preguntas porque alojaban a otras parejas que, como nosotros, vivían la aventura del amor carnal antes del cotidiano amor sin aventura.
Salí por el jardín hasta la calle sin vereda que iba al pabellón de mujeres a las casas de los catedráticos. La noche estaba ligeramente fría, pero estrellada, llena del canto tranquilizador de los grillos. Los sauces llorones de la carretera olían intensamente. Las casas de los catedráticos estaban todas con las luces apagadas. Sumidos en el silencio, quizás dormían con sus esposas, sus hijos, sus perros, sin saber que una noche cualquiera irían a buscar a uno de ellos. Pasé por la última casa, la que tenía un huerto con cantutas, luego tomé la larga curva de la carretera que, bordeando la polvorienta colina, llegaba al pabellón de hombres. Ese tramo no tenía postes de luz, pero lo había recorrido tantas veces que no me resultó difícil sortear una piedra que había rodado del cerro. Quizás alguien había merodeado otra vez por las torres de alta tensión.
Cuando ya estaba a unos metros del pabellón de hombres oí un motor. No era el bramar apagado de los ómnibuses, ni el ruido lejano de los camiones que pasan por la Carretera Central, al otro lado del río, menos aún el retumbar sordo, imparable como un destino, del tren que pasaba cargado de mineral junto a la ribera. Era el motor de una camioneta en el campus, a esa hora de la madrugada, a pesar de que hacía seis meses el ejército había instalado una garita de control en la entrada principal. Volteé como si alguien me hubiera llamado con una palmada en el hombro. Una camioneta de doble tracción, chasis alto, llantas anchas, avanzaba por la calle principal, la que debían cuidar los soldados de la garita. Sobre el techo tenía unos faros apagados sobre los cuales oscilaba una gran antena que brilló con la luz del último poste cuando la camioneta tomó la calle que venía directamente al pabellón de hombres.
Fue en ese momento que sentí el relámpago del miedo, esa sensación extraña en la lengua, como si una avalancha de piedras estuviera cayendo sobre mí, anunciando su poder mortal con los primeros guijarros que me golpeaban los pies. No lo pensé, ni lo planeé: me dejé llevar por el momento. Salté sobre los arbustos de granada que rodean los resecos jardines. Me tiré boca abajo, acezando, apoyado las temblorosas manos en la tierra, ignorando el ardor de unos arañazos en las pantorrillas, luego miré por entre los troncos de los arbustos. La camioneta, avanzando con una lentitud imbécil de reptil, se acercaba ominosa, implacable. En ese momento debí tocar las puertas, debí gritar, debí advertirles, pero no lo hice, el miedo me paralizaba, la posibilidad, lo sabía, de terminar desnudo, tendido en una mesa, temblando de pavor, mientras en un rincón ronca la flama de un hornillo de querosene.
Los faros de la camioneta alumbraron la puerta del pabellón cuando ésta se detuvo frente al jardín. Unos hombres saltaron de la parte trasera, quizá cuatro, quizá seis, todos con pasamontañas negros, todos con uniformes militares sin galones ni insignias, todos armados con fusiles automáticos. Hubo gritos, cosas que caían, portazos, más gritos. Mientras tanto, con la cara pegada a la tierra seca, sintiendo el polvo que me entraba por la nariz, traté de contener el temblor de mis costillas. Los gritos continuaron, más cosas cayeron, hasta que, quizá cinco minutos después, salió el jefe. El chofer, que se había quedado al volante, prendió el motor. Entonces los vi salir. No los reconocí, pero supe que eran estudiantes, ambos son el pelo revuelto, los movimientos torpes de quien está a medio camino del sueño a la vigilia. Uno de ellos descalzo, con un pijama de franela de cuadros, el otro con sayonaras, en calzoncillos, caminaban con las manos en la nuca, empujados por el cañón del fusil automático de los uniformados. Detrás de ellos salió otro con las manos en alto, completamente vestido, inclusive lúcido, como si no se hubiera acostado todavía. Caminaba con una extraña tranquilidad. Lo reconocí. Era, como yo, jefe de prácticas, pero en la facultad de economía. Más de una vez lo había oído discutir vivamente en el comedor, con una voz que tenía acento andino, pero que sonaba extrañamente cultivada para un jefe de prácticas, la voz de un locutor de radio. Se decía que pertenecía a Vanguardia Roja. Quizá por eso yo había evitado siempre sentarme en su mesa.
Los dos primeros subieron a empellones a la camioneta, pero el jefe de prácticas de economía política subió muy despacio, como si estuviera emprendiendo un viaje de rutina. Entonces salió el último de los uniformados. Quizá tropezó con la barra de fierro que había expuesta en la grada, porque trastabilló, lanzó una carajeada, luego se oyó un ruido metálico rebotando en el cemento de la grada hacia el jardín. No supe qué era, tampoco me interesaba, porque mi cuerpo, completamente helado, temblaba, obligándome a respirar con la boca abierta. Yo estaba oculto detrás de los arbustos de granada a pocos metros de él.
El uniformado alumbró hacia el jardín con la linterna montada en el fusil automático. Éste es el final, pensé, esta misma noche estaré contigo en el infierno. Pero el jefe de los uniformados, soltando una imprecación, lo llamó desde la puerta. El soldado lanzó una maldición antes de subir a la camioneta que, como un reptil que se acerca a una presa acorralada, avanzó lentamente hasta la calle principal. La antena volvió a brillar bajo el poste de luz, pasaron por la biblioteca, cruzaron la garita de control sin detenerse, luego se perdieron en la carretera de acceso al puente que cruzaba el río.
Nunca más volvimos a ver a ninguno de los que se llevaron aquella noche.