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martes, 20 de mayo de 2008

ARCHIVOS: Café al Paso

Uno de los grandes narradores de nuestra provincia, Alfonso Peláez Bazán, solía colaborar en diversas revistas celendinas con sus reflexiones, comentarios y opiniones, en una sección que él había denominado Café al Paso. Después de su deceso, en 1995, su hijo Mario continuó publicando mensualmente y con distribución muy limitada en Lima y en Celendín, una hoja suelta con similar línea de su padre, y con el mismo título. De esta fuente extraemos algunas notas con la firma de Mario Peláez Pérez (NdlR).

Alfonso Peláez y Sra. Blanca Pérez y sus hijos Arturo, Malena, Alberto y Luis Guillermo

CAFE AL PASO

Por Mario Peláez Pérez

Garrido Malaver, poeta
Sin la poesía el amor seguiría con el pecado a cuestas, seguiría errático y únicamente sensorial, carnívoro. Sin la poesía el amor no conocería la belleza y la libertad. Sí, a los poetas debemos tan magnánimo humanismo. No hay petulancia, por ello, cuando se afirma que la poesía inmortalizó al hombre. ¿Quién, siquiera una vez, no amó “hasta la eternidad” con la poesía en los labios, y encumbró su alma a la par de los dioses?.
Esta es la deuda que tenemos con los poetas. Precisamente Julio Garrido Malaver, poeta celendino, pertenece a esta legión. Sus libros, sobre todo, “La Dimensión de la Piedra”, donde brota el encanto, la magia íntima del cuerpo y del alma, como solía decir Juan Ramón Jiménez para la excelsa poesía.
Julio Garrido Malaver murió de poesía en Trujillo: los poetas sólo mueren de poesía. Entonces resulta sabio asegurar que Julio Garrido Malaver goza de lozana vida.

¿Cuándo se investiga?
El pueblo de Celendín tiene singulares (diríase mejor ajenas) levaduras que definen su identidad.
Pese a estar en el corazón del Ande, no es una colectividad espiritualmente andina: No se habla quechua, no se cultiva el huayno, no tiene en su seno restos arqueológicos, sus fiestas apenas se emparentan con lo andino colonial, no hay comunidades campesinas, etcétera. Pero tampoco Celendín encarna a los elementos del mestizaje: Racialmente predomina el cholo blanco, la música criolla es tan distante como el huayno, su dieta no es propiamente criolla, etc. ¿Entonces qué?
Celendín da la impresión –para decirlo metafóricamente- de ser una colectividad caída desde arriba (¿de dónde?), o transplantada en bloque de alguna placenta gitana-judía (¿de cuál?).
¿Por qué entonces en vez de exigir a los alumnos que hagan trabajos monográficos, francamente estériles y mediocres, no se los enrumba hacia investigaciones que expliquen el origen de esta bella provincia?

Impostergable tarea
Una y otra vez hemos pasado revista a la lista de nombres de calles, plazuelas y colegios de Celendín; la conclusión es que el 40 por ciento de estos nombres resultan extraños a la conciencia cívica e inicuos al sentimiento shilico. Salvo los casos de Juan Basilio Cortegana, Pedro Ortiz Montoya, Augusto G. Gil, Marcelino Gonzáles y Arístides Merino, no hay más memoria para sus hijos. ¡Qué terrible amnesia!
Una buena gestión municipal no sólo debe abocarse a la higiene de la ciudad, sino también a la vitalidad del espíritu; y una buena manera de concretarlo es educando con la gratitud. Hay muchos celendinos que han llevado (con su arte e intelecto) a Celendín a muchas latitudes y que sus nombres deberían honrar a varias calles o instituciones. Nos viene a la memoria nombres como Armando Bazán, Alfredo Rocha, Alfonso Peláez, Julio Garrido Malaver, entre otros.

(Café al Paso. Octubre, 1997)

viernes, 11 de abril de 2008

CRONICAS: El Inca Garcilaso de la Vega

CRONICAS: Continuamos en este mes de abril rindiendo homenaje a los escritores peruanos fundadores de nuestra tradición literaria. En esta ocasión ocupa el pedestal de las letras el Inca Garcilaso de la Vega que en sus libros “Los Comentarios Reales” y “La Florida del Inca”, publicados en 1609 y 1617, y en 1605, respectivamente, nos ilustra sobre el acontecer de toda una época: los vestigios del Incanato en contraste con la invasión hispánica, desde una perspectiva dual. Es decir, el Inca Garcilaso de la Vega asume la historia de su ascendencia y heredad aborigen y la transculturación española, como temática de su escritura. (J. H.)


"El Inca Garcilaso de la Vega", óleo de Francisco Gonzáles Gamarra

El INCA GARCILASO DE LA VEGA

Por Danilo Sánchez Lihón
(Extraído del blog
Instituto del Libro y la Lectura del Perú)

Mestizaje e identidad

El Inca Garcilaso de la Vega nació el 12 de abril de 1539 en el Cuzco, capital del imperio del Tahuantinsuyo, en el Perú, y murió el 23 de abril de 1616 en Córdoba, España.

En vida fue admirado unánimemente y se dijo de él: "Príncipe de los escritores del nuevo mundo". Y después: "El americano más insigne de la colonia". Alternó con Luis de Góngora y con don Miguel de Cervantes, con quienes mantuvo mutua estimación.

El significado actual de su vida y de su obra es inmenso no solo porque hace viva la grandeza del imperio de los incas sino porque en el reclamo de una humanidad al borde del colapso y que se debate en una encrucijada, su evocación alcanza a constituir un referente y un paradigma para buscar y encontrar nuevos caminos y atajos y ellos son fundar una sociedad sobre nuevos y recientes valores.

En ella cobran vigencia los principios andinos y resalta la ejemplaridad del modelo social que forjaron los incas. Tomando en cuenta lo que ellos pusieron en uso, es cómo solucionaremos los problemas del presente, en aspectos como la sana cultura alimentaria, la previsión social, el cuidado y respeto del bien común, el cuidado del medio ambiente.

Y es que, con la irrupción española, consecuencia del proceso de conquista, se destruyó un orden admirable que Garcilaso revive y reconstruye, al ser educado por los amautas cusqueños, quienes, no exentos de tristeza, acababan su conversación en llanto diciendo: "Trocóse el reinar en vasallaje".

Con él se da inicio a una nueva etapa en el proceso de la identidad en nuestro continente, considerándosele en este proceso como el primer mestizo espiritual de América.


Los incas gobernaron a su pueblo

Hay múltiples facetas en las cuales el Inca Garcilaso de la Vega es paradigma: como cuando nos plantea el problema vasto y hondo de la identidad. Y del mestizaje, tan visible y conturbado.

Y otro más palmario, hasta el punto de ser desgarramiento en el presente, cual es el ser migrante; aquél que se aleja de su tierra para vivir en otra ajena, evocando sin descanso su lar de origen, con nostalgia que oprime, con tristeza que agobia y tendiendo quizá hasta los brazos en dirección del hogar nativo, anhelando en el alma siempre volver.
Él intentó el regreso el año 1563. No lo cumplió en efectivo, pero sí lo hizo escribiendo, sublimando así un retorno que cada vez se fue aplazando más y más hasta el infinito.

Su obra es clave para el presente, a fin de obrar sobre la realidad con aquellos valores que sólo el Perú alcanzó a realizar en el mundo: el de una sociedad solidaria y fraterna.

Esto fue tan conmovedor comprobarlo incluso por quienes lo avasallaron, que en el testamento subrepticio de un soldado de la conquista del Perú encontramos este apunte que debe ser un ideario de lo que hay que restituir, así como preceptos para una autoridad o un gobernante genuino del presente que quisiera erigirse sobre los despojos y refundar aquí aquella utopía. Aquel soldado al hacer una reflexión sobre la cultura y la sociedad que ellos lamentablemente destruyeron, anota en su legajo final:

"Los incas gobernaron a sus pueblos de tal manera que no había ni un ladrón, ni un hombre vicioso, ni una mujer adúltera o de mala vida".

La escuela del triunfo
Pero la reflexión más significativa que nos plantean estos acontecimientos históricos y estas figuras precursoras, es sobre dos temas de enorme vigencia cuales son el del mestizaje y el de la identidad; fundamentos acerca de los cuales el Inca Garcilaso de la Vega y Túpac Amaru constituyen símbolos egregios.
El levantamiento de Túpac Amaru se hizo reivindicando a todas las razas y dicha sublevación fue para afirmar el derecho y el deber que tenía la gente originaria de este suelo a gobernarse por sí misma.

Túpac Amaru y Garcilaso nos enseñan lo que debemos ser y tener: lo primero, es un saber ser mestizos y, segundo, un saber tener identidad; mestizaje que en vez de ser una desventaja es una gran virtud, pues supone ser y contener la mayor riqueza biológica y cultural.

El maestro mexicano José Vasconcelos proclamó el mestizaje como "raza cósmica"; es decir: fuerte, colosal, poderosa; que cohesionaba a los pueblos, símbolo de la igualdad, de la democracia y de la fe en el futuro del hombre.

Pero, además de saber quiénes somos, hay que identificarnos con aquello que debemos seguir siendo por imperativo moral; es decir, asumir nuestro destino, defenderlo y quererlo, que es lo que nos enseñan Túpac Amaru y el Inca Garcilaso, quienes al decir de Don Jorge Basadre:


"Hicieron de la negación y el fracaso, la escuela del triunfo".

martes, 1 de abril de 2008

CARTA: Alfredo Pita, al Ministro del Interior

Amigos periodistas y comunicadores:
Los silenciamientos son algo a que estamos ampliamente acostumbrados los peruanos, pero felizmente ahora es posible intentar romper los cercos.
Les repito abajo una carta que envié al Ministro del Interior por el encarcelamiento injusto y criminal de la estudiante y poeta Melissa Patiño.
Nunca me he callado en el pasado y no pienso hacerlo ahora.
Gracias, los saluda,

Alfredo Pita
Escritor y periodista

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Ver su blog: Honda Lejana
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CARTA AL MINISTRO DEL INTERIOR

París, 30 de marzo de 2008
Señor Ministro del Interior:
Desde hace más de un mes, la joven estudiante y poeta Melissa Patiño se encuentra en la cárcel acusada vagamente de planear complots contra la seguridad de las cumbres diversas que este año van a realizarse en el Perú y también, al parecer, contra el orden democrático y la seguridad del Estado.
Las autoridades que han ordenado su detención, y me dirijo en primer lugar a usted, señor Ministro del Interior, no han aportado al conocimiento de la opinión pública la menor prueba que justifique el tratamiento que está recibiendo Melissa Patiño, quien está actualmente, me informan, en un pabellón para delincuentes comunes.
Esto es inaceptable, pues todo parece indicar que las acusaciones contra ella no pasan de ser un delirio exagerado, además de una flagrante violación de los más elementales derechos humanos.
Las autoridades del Perú, junto con velar por el respeto de los derechos humanos, deberían proteger la imagen que dan del país y ésta no gana encarcelando, sin pruebas, a poetas casi adolescentes.
Hoy tenemos que, en el Perú, se puede encarcelar a alguien por más de un mes sin más razones que vagas sospechas. Se acusa de terrorismo a alguien que no pasaría de ser una joven idealista con suerte (o mala suerte, según como se vea). Según sus propias explicaciones de joven estudiante, su viaje a Ecuador habría sido más fruto del azar que un deliberado empeño de ir a una cita política, puesto que ni siquiera milita.
En todo caso, el tener ideas determinadas, el acudir a eventos culturales, e incluso políticos, ¿es ahora un delito en el Perú? No quisiera generalizar, pero este tipo de excesos se emparentan extrañamente con el macartismo, y, si permitimos que esto prolifere en el país, mañana nadie estará a salvo de la caza de brujas.
Libertad para la estudiante y poeta Melissa Patiño.

Alfredo Pita
Escritor y periodista
Dni 06519037
alfil01@gmail.com

domingo, 10 de febrero de 2008

POESÍA: Oscar Zevallos Marín

DEL FONDO DEL BAÚL

Por Jorge A. Chávez Silva, “Charro”

Hurgando en el baúl de los recuerdos, la frase, aunque suene cursi, tiene algo de cierto, es verdad que el baúl ya no es el viejo arcón familiar que guardaba las cartas, esquelas, recuerdos de comuniones, misas de difuntos, lazos de landarutos, cabos de año, etc., la Biblia familiar con anotaciones de nacimientos entre versículos y por supuesto, las viejas fotografías, ajadas por el tiempo, que hablaban con elocuencia de los tiempos idos, en que todos los habitantes de la ciudad parecían gozar del tiempo del mundo; hoy, el tal baúl es virtual y se esconde en los vericuetos y discos de una PC.
Hurgando entre estos discos nos hemos topado con esta fotografía tomada frente al taller de Martín Sánchez (Juacha) alguna tarde calurosa de los años 60. El jirón Ayacucho aún conserva la acequia de desagüe, característica del Celendín de entonces y en ella se distingue a estos alegres muchachos, la mayoría de ellos del antiguo barrio de “Las Lagunas”, como se le llamaba al ahora rebautizado huachafamente “residencial San Isidro”.
Con el poeta Jorge Horna Chávez hemos tenido siempre la inquietud de ubicar alguna fotografía de nuestro poeta Oscar Zevallos Marín, el recordado “Push” y he aquí, que donde menos se piensa, salta la liebre y podemos presentarles esta primicia antigua en la que aparece justamente el poeta, primero de los de la izquierda en cuclillas y de paso, como regalo de fin de carnaval, les regalamos de yapa un poema de su inspirada y romántica pluma.

Figuran en la fotografía, de izquierda a derecha en cuclillas: Oscar Zevallos Marín, el “Coche” Peralta, Martín Sánchez, Zenón Chávez Zegarra, Humberto Velásquez García y …Díaz. De pie: Luis Silva Pereyra, Erasmo Pereyra Silva, Héctor Delgado Díaz, Homero Velásquez Díaz, (¿?) Horacio Chávez Díaz y Edilberto Carrión Muñoz.

ANHELOS

Quisiera mecerme en la rama de tu talle

con delirios de pasión y coloquio

Sepultarme para siempre en los enigmas de tu silencio

como una mística plegaria al borde de tu alma fervorosa

Ser la luz, que es arco iris en la red de tus pestañas

aleluyas de las sombras de la tarde

donde el lirio blanco de mis lejanos poemas reflejan

su nostalgia de ausencia en vigilia consagrada

Quisiera raptar el matiz de la alborada

vestirte con encajes del traje crepuscular.

Anhelo estar misteriosamente en la bruma de tu mirar,

allá en los celajes donde siembras espigas áureas en mi pensamiento

Quisiera estar contigo, hasta en el aire que respiras

con aromas de quietud amorosa en tu candoroso recogimiento

Ser la declinación de tus noches de insomnio

en donde se escucha el gemido de una pena rasguñando tu corazón

Anhelo enjugar mi pesadumbre dulcemente

conmovido en el oscuro profundo de tu calvario

Columpiarme en delirios con dulzura de pasión

en el edén geográfico de tu alma

martes, 27 de noviembre de 2007

ENTREVISTA:Un documento fresco aun cuando haya transcurrido una década

La siguiente entrevista a Manuel Sánchez Aliaga se realizó en Celendín en el mes de julio de 1997. La misma fue ofrecida a distintas redacciones de revistas editadas por celendinos, pero su publicación siempre terminó en promesas.

TELÓN ARRIBA, Y… ¡MIME!

Por Jorge Horna


Si preguntáramos en Celendín por Manuel Sánchez

Aliaga, muchos dudarían en darnos razón de él. Pero

si mencionamos a “Mime” la respuesta respetuosa

brota de inmediato.

Manuel Sánchez A. es un profesor formado en las

canteras prístinas de la Escuela Normal La Cantuta.

Hoy vive en su tierra natal.

Son las dos de la tarde, y las calles a modo de nobles

hamacas sostenidas por el cerro San Isidro y Jelig, o

por Tolón y las alturas de Pumarume se mecen

serenas en una gozosa siesta bajo el azul intenso del

cielo. Con mucha amabilidad, Manuel me recibe y

pasamos a su biblioteca. La amena conversación

empieza…

Mime y sus rivalidades con los castillos. Por Charro.

Muchas personas te identificamos como un impulsor del desarrollo cultural e intelectual de Celendín. Recuerdo tu activismo artístico, periodístico, literario.

Era el año1962, presidía la Asociación “Pedro Ortiz Montoya”; dirigía, además, la radioemisora “Celendín” con la invalorable ayuda de Jaime Díaz “(Jovi); los espacios emitidos eran culturales, informativos y hacíamos radioteatro y concursos interescolares radiales.

Por esos tiempos fundé el semanario “Ecos”, la impresión se hacía en Cajamarca; su duración fue más o menos de un año y se financiaba con el aporte de José Camacho (Coche Pina), mi hermana Ernestina y yo. Mi juventud de entonces me permitía ser muy inquieto: apoyé las exposiciones pictóricas al aire libre en la plaza de armas, de los pintores Alfredo Rocha y Gustavo Garrido. De este último recuerdo un cuadro que representaba un manojo de paja toquilla suspendido en el aire rodeado de sombreros; el cuadro se titulaba “Platillos voladores en Celendín”.

En alguna oportunidad en el auditorio del que fue colegio Javier Prado, hiciste pantomima, ¿cuál es tu formación al respecto?

Estudié el curso de Teatro en La Cantuta. Posteriormente con el grupo Histrión. Fui alumno de los maestros Emilio Galli y Jorge Acuña Paredes. Aquella vez hice una representación de mimo en el local que tú refieres, como una conclusión de una gira turístico-cultural por todo el Perú que realicé con el músico Miguel Díaz Dávila. En cada pueblo al que arribábamos nuestras funciones eran gratuitas; alternadamente hacíamos poesía y música. El espectáculo concluía con la interpretación del carnaval celendino. Luego las autoridades o representantes del pueblo nos agasajaban y en muchas ocasiones cubrían nuestros gastos de alojamiento y alimentación.

Aquí en Celendín a nuestro espectáculo invitamos con mucho aprecio –y con tarjeta- a las autoridades. Al finalizar la función nadie se acercó ni siquiera a saludarnos.

¿Alguna vez hiciste teatro propiamente dicho?

Sí, antes quisiera referirte que mis representaciones favoritas de pantomima eran “El bouquet” y “El baño”.

Dirigí la obra “Ayar Manco” de Izquierdo Ríos, cuyos actores y actrices eran alumnos del Instituto Agropecuario y profesores del colegio Cortegana. Se estrenó en Celendín, luego fue puesta en escena en Cajabamba y Huamachuco; en esta última ciudad nos ovacionaron con conocimiento de causa. El público pidió la presencia del director, tuve que hacerme presente tal como estaba: con la ropa pintarrajeada, pues yo hacía de maquillador, escenógrafo, orientaba al iluminista… Aquella vez se bajó y subió el telón siete veces entre aplausos y algarabía. Aquí debo rendir homenaje al extinto César Díaz Dávila (Copocho), quien confeccionó los decorados. También mención honrosa a José Camacho que manipulaba el equipo de luces y a todos los excelentes actores del

grupo.

Motivado por estos hechos dirigí la obra “Ha llamado un inspector” de Priestley. Actuaron con entrega artística: Zenón Chávez Zegarra, Víctor Aliaga Zegarra, Ernestina Sánchez, Gardenia Peláez, Juan Chávez Paredes. Después con el apoyo y participación de Zenón Chávez representamos “Clave Dos” de Gregor Díaz.

Manuel, también se te conoce como periodista. Relátanos algo.

Participé en el periódico “El Golpe” que se sostenía con el aporte del cuerpo docente de la Escuela No.85 ( hoy 82391). Fui director de la revista “Marañón”. Pero debo confesar que el semanario “Ecos” marcó para siempre mi actividad periodística, por su posición crítica, cuestionadora, pero a la vez con derroteros alternativos.

¿Has escrito poesía?

La revista “Amanecer” publicó unos poemas míos. Actualmente en la revista “El labrador” dirigida por amigos sucrenses estoy colaborando con narraciones cortas en prosa poética.

La Literatura para ser tal no debe apartarse de lo estético y de la realidad vital. Algunos críticos agregan el compromiso del escritor. ¿Qué te parece este planteamiento?

El escritor refleja necesariamente sus vivencias que surgen de la realidad social. Se inicia como un acto inconsciente. El verdadero escritor es un auscultador permanente, pero que sutilmente a través de sus obras plantea, exige, sueña con la transformación progresista de la sociedad.

¿Has tenido o tienes contactos con escritores del país?

Cuando Alfredo Pita llegó a Celendín acompañando a Alfredo Bryce, éste me honró con visitarme y otorgarme su tiempo para conversar.

Conocí de cerca de los consagrados poetas Javier Sologuren, Washington Delgado, a Manuel Moreno Jimeno, con quienes he departido inquietudes literarias. Últimamente he presentado en Celendín el libro “Catequil” de Miguel Garnett.

¿Qué instituciones culturales existen en Celendín?

El Centro Cultural que durante muchos años traté de dirigir, pero mis ilusiones se ahogaron por la falta de un presupuesto adecuado para plasmar actividades.

¿Qué lecturas influyeron en tu formación?

Anduve asombrado por las obras de Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Eugenio Sue, Sthendal. Sigo conmovido con los escritos de Ernesto Sábato, Ivo Andric, Gabriel García M., Vargas Llosa. En poesía me impactaron los simbolistas y parnasianos franceses. Y del Perú: Martín Adan, Jorge Pimentel y los que ya mencioné anteriormente.

Manuel, siempre fuiste un viajero indócil.

En cada lugar que he visitado siempre encontré un celendino al paso, o arraigado añorando su tierra. Para serte sincero sólo me falta conocer Piura, Tumbes, Moquegua y Madre de Dios.

Tú conoces todo el panorama de la producción literaria de Celendín

Sí. Pienso que es tiempo de empezar por una antología de la poesía celendina. Tenemos poetas que merecen mención: Nazario Chávez, Pedro García, Julio Garrido, Jorge W. Izquierdo, Marcial Silva Pinedo, Armando Bazán, David Sánchez y muchos más.

Luego antologar a nuestros narradores, aquí tenemos a una lumbrera: Alfonso Peláez, y en otra generación a Alfredo Pita.

¿A qué se debe lo de “Mime”?

Muchos creen ingenua y dulcemente que lo de “mime” viene por mis aficiones a la pantomima. Pero no es así, y esto me tiene sonriendo para mis adentros. Lo real es –me refería mi madre- que cuando yo era un párvulo, un familiar nuestro que vivía muy cerca de nuestra casa, con el afán de enseñarme a articulas vocablos, constantemente me repetía “mime”, “mime”, “mime”… y empecé a imitar esa palabra; posiblemente mi segundo vocablo después de “mamá”. Desde entonces, aquí tiene ustedes a… ¡Mime! (Risas).

Finalmente, un espacio libre para ti.

A esta altura del camino hago un recuento de lo que hice, veo esa ruta llena de imágenes de amigos y amigas con quienes apuntalamos la cultura celendina. Pero mi desilusión es enorme: nadie siguió el camino. Hay un sector de la juventud ávido de hacerse presente, y son las instituciones educativas las que deben encauzar esa energía. Es tiempo de incluir con seriedad en los programas educativos los cursos de Teatro y Folclor nacional.

Por otro lado son nuestros paisanos ausentes quienes hoy publican meritorias revistas (Jelij, Trotamundos), pero quizás la natural añoranza, hace que las referidas publicaciones centren sus contenidos reiterativos en temas locales. Es necesario abordar también asuntos regionales, de actualidad nacional e internacional.

************ ****** ****

La conversación ha sido fecunda. Deseo tomar unos tragos y hago la invitación a Manuel. Él se disculpa cortésmente y no acepta; aunque reconoce que con una copas adentro la fantasía se adueña de la imaginación. Al mismo tiempo intuyo que me advierte: “mis palabras no cuestan retribuciones”.

Gracias Manuel a nombre de los lectores.

Celendín, 06 de agosto de 1997

lunes, 28 de mayo de 2007

CUENTO: José de Piérola Chávez

Por una deferencia de José de Piérola Chávez, que nos ha alcanzado por correo electrónico una muestra de su obra, publicamos las dos primeras partes del cuento “Lápices”, ganador de la Bienal de Cuento Copé 2000. El texto completo lo publicaremos en formato Pdf para que los lectores puedan conservarlo (La redacción).


LÁPICES

Por José de Piérola

1
Un martes como cualquier otro, después de cenar, Francisco Pantauro se sentó a resolver el crucigrama mientras tomaba una tisana caliente de manzanilla para ayudar la digestión. Usualmente revisaba las noticias internacionales, pasando luego a devorar la sección de hechos insólitos, su favorita, que leía de la primera a la última palabra todos los días: jamás lo había aburrido. Los martes, sin embargo, renunciaba a ese placer por uno mucho mayor: llenar con sus letras metódicas los casilleros vacíos del crucigrama semanal. Mientras comía llenaba las palabras fáciles, apócope de santo, carencia de algo, único en su especie, prefijo de lugar, dejando las más difíciles para barruntarlas sentado en el sillón de la sala con una olorosa manzanilla sobre la mesita del teléfono. Alguna vez había recurrido al diccionario enciclopédico, inclusive había revisado su archivo para confirmar una palabra, pero trataba de evitarlo porque su placer infinito era descubrir las más difíciles sin más ayuda que los sinuosos pliegues de su memoria, donde las más de las veces ya se había alojado la reticente palabra.
En eso estaba, buscando un sinónimo para sandio, rascándose el bigote con un diminuto lápiz, pero la bendita palabra no acudía. Mordió el lápiz, descascarando la pintura amarilla, sintiendo el sabor helado del grafito en la lengua, hasta que, de pronto, todavía con los ojos cerrados, visualizó la palabra anhelada. El arrebato de alegría, sin embargo, ocasionó que se metiera el lápiz a la boca sin querer. Trató de empujarlo con la lengua, pero el lápiz, en lugar de cruzar la hilera de dientes, se resbaló hacia su faringe, quedando atrapado detrás de su campanilla.
Tiró el periódico al suelo, tratando de no moverse, buscando cuidadosamente una solución a semejante problema. Podía estirar la mano para llamar por teléfono a una ambulancia, pero cuando la voz de la señorita le preguntara qué deseaba, no podría hablar porque el lápiz que le impedía respirar también le impediría hablar aunque sabía que si se angustiaba podía llegar a faltarle el aire de verdad empujándolo a la desesperación que terminaría por incrustarle el lápiz en la epiglotis obturándole la faringe hasta que todo se pondría negro por falta de oxígeno haciéndolo caer al suelo aferrando el auricular del teléfono donde la voz de la señorita seguiría preguntando: ¿En qué podemos ayudarlo?

2
Cuando su agitada imaginación ya lo había dado por asfixiado, de espaldas sobre el piso de parquet con el auricular del teléfono en la mano, sintió que el lápiz se disolvía como si fuera un trago de agua bajándole después por el esófago sin problemas. Se examinó la boca con la lengua: no había nada. Se tocó la garganta: no sintió nada. Simplemente se acababa de tragar un lápiz.
Un hormigueo helado le reptó por el abdomen. Felizmente, de los cientos de lápices que tenía en todos los rincones del departamento, metidos en cristalinos frascos de boca ancha, había elegido uno pequeño que tal vez podía vomitar si tomaba una buena cucharada de aceite de ricino. No cedió a esa recurrida solución. Si el lápiz regresaba de punta podía clavársele en la epiglotis, en la faringe, inclusive podía incrustársele en la cavidad nasal de donde ya sería imposible sacarlo sin cirugía. Esa solución estaba descartada. No podía vomitarlo. Tampoco podía olvidarse del asunto. Uno no se come un lápiz todos los días.
Moviéndose con cuidado para que no se le clavara en el estómago, fue al baño para examinarse la garganta en el espejo, pero no vio nada raro. Como ya era tarde, decidió ponerse la pijama, aprovechando su temporal desnudez para palparse el estómago, luego el bajo vientre, pero no percibió la rigidez del lápiz. Se acostó cuidándose, por sobre todas las cosas, de ejercer presión sobre el estómago. Había leído en alguna parte que los danzaks, los danzantes de tijeras, se comían pequeños sapos remojándolos con aguardiente. Pero era, después de todo, materia orgánica, viva, que podía disolverse con los ácidos estomacales, mientras que los lápices, maderas tratadas en las grandes industrias, ya eran cosas inertes.
Se quedó pensando en eso hasta que el sueño lo venció, pero no durmió de largo como era su costumbre, sino que se despertó a las tres de la madrugada recordando el incidente del lápiz. Ya no pudo dormir. Su ventana, todavía oscura, se fue aclarando mientras esperaba el picotón interior que lo llevaría a la sala de emergencia del hospital de la compañía.

lunes, 21 de mayo de 2007

CUENTO: Alfonso Peláez Bazán

El presente cuento, inédito, lo escribió don Alfonso Peláez Bazán con la intención de presentarlo al concurso “El Cuento de las Mil Palabras” de la revista Caretas. Por azares del destino, o porque la muerte llegó antes, nuestro escritor no alcanzó a enviarlo. Espina de Maram, siempre en la huella de los escritores y artistas celendinos, tiene el privilegio de presentarlo a nuestros lectores (La redacción).

"Era simplemente un diagrama..."

LOS SOBRES

Por Alfonso Peláez Bazán
En un extraño lugar había seis amigos que tenían la inveterada costumbre de reunirse todas las noches en el cafetín de un gringo viejo y seboso. Cada cual tenía ocupación u oficio diferente, pero dentro de las mugrientas paredes del cafetín todos quedaban perfectamente identificados. En sus noctámbulas reuniones se ocupaban de todo; mas, como no eran personas versadas, lo hacían superficialmente, y dejando siempre un saldo de dudas y temores.
El grupo estaba tan bien cohesionado que cuando alguno de sus componentes –por involuntario motivo- faltaba a la sacramental reunión, el vacío causaba general. Era aquella una rara hermandad.
Una noche pusiéronse a hablar de la muerte. Y lo hicieron en la misma forma que suele hacerlo todo el mundo: con misterio y temor.
-¿Y cuál de nosotros será el primero?
-Es mejor ignorarlo, ¿no?...
-Y si llegáramos a saberlo, nos preocuparía quién, el segundo… y luego el tercero…
-Por lo pronto hay una cosa bien clara: cada uno de nosotros quisiera ocupar el último lugar…
-Y ninguno el primero, naturalmente..
Así, artera y sutilmente nació entre los seis amigos, aquella noche, un extraño sentimiento que llegó a tener dramáticas manifestaciones.
******
Noches después, sorpresivamente, apareció en el cafetín un hombre extraño a quien nadie había visto antes. Alto, delgado, erguido. Ojos verdes, de penetrante mirar. Una barba rubia y espesa le cubría casi todo el rostro.
Se acercó resueltamente a la mesa de los seis amigos y manifestó su deseo de estar entre ellos. Aunque sorprendidos, aceptaron cortésmente.
Charlaron hasta bien avanzada la noche. El singular intruso reveló poseer vastos conocimientos. Y tan hábilmente se condujo, que ninguno de los seis amigos tuvo tiempo para preguntarle quién era y de dónde había llegado.
******
Solo al otro día –recordando cierto detalle- diéronse cuenta que todos había sido objeto de prolija investigación.
-Indudablemente ese hombre traía algún propósito. Y cuando lo sepamos, acaso ya sea tarde.
La angustia había empezado a apoderarse del grupo.
*****
Noches después, volvió a aparecer en el cafetín el inquietante hombre.
-¡Oh!... ¡Qué bien os encuentro!...
Y luego de mirar a todos:
-¿Es Ud. fulano?
-Exactamente, señor –contestó el interrogado.
-¿Y el que está a su derecha, zutano?...
-Sí, señor.
Y sin equivocarse absolutamente, reconoció a todos.
-Vuestra memoria es fantástica, señor..
-Poseo muchas facultades fantásticas –contestó fríamente.
Luego púsose de pie, dasabotonóse la chaqueta, introdujo la mano en uno de sus bolsillos interiores y extrajo lentamente… no, no fue lo que en angustioso suspenso esperaron ver. Era sólo un grueso rollo de papel, el mismo que inmediatamente extendió sobre la mesa.
Nerviosos, los hombres inclináronse hacia delante para ver mejor.
Líneas rectas y curvas, unas más grandes que otras. Puntos de diferentes tamaños por doquier. Y una como tenue sombra cubría todo. Era simplemente un diagrama.
Con sus ojos de ave rara, el hombre miraba a todos.
-¿Y qué significa todo esto, señor?
-Esperaba la pregunta. Esta confusión de líneas y puntos representa seis destinos.
-¿Los nuestros acaso?...
-Sí, los vuestros –contestó rotundo.
-¿Y qué razón tuvisteis para hacerlo?...
-Conocí vuestras tribulaciones. “¿Quién será el primero?” “¿Quién el último?” Me dolí de Uds. y vine en vuestro auxilio.
Los hombres miráronse profundamente.
-Señor ¿y todo lo vamos a saber enseguida?
-No, precisamente. Cada uno va a recibir un sobre cerrado.
Y empezó a repartirlos.
Y cuando uno de los hombres intentó decir algo, el hombre misterioso había desaparecido ya.
*****
La noche siguiente, reunidos en el cafetín, lo primero que hicieron fue comunicarse que no habían tenido el valor para abrir sus sobres.
La reunión estuvo colmada de dudas y temores.
*****
Día a día la situación del grupo tornábase embarazosa y sombría.
Una noche uno de los hombres habló así:
-Todo esto se está poniendo insoportable. Cada uno mira a los otros con un sentimiento extraño, indefinible. Todos nos preguntamos quién será el primero… y quién el último… En cada uno de nosotros hay el deseo oculto de no ser el primero, ni siquiera el segundo… Cada uno quisiera ser el último… Y así, entre nosotros, va definiéndose cada vez más el sentimiento equívoco que lacera horriblemente nuestras almas.
Sumiéronse todos en profundo silencio.
*****
Una noche… “He aquí el primero”, se dijeron para sus adentros, al advertir en sus ojos, en su voz, la aflicción.
Acosado por las miradas de sus amigos, el atribulado hombre habría querido escapar, huir… le atormentaba horriblemente ser mirado como el primero, como el más infortunado.
El segundo puesto también aterrorizaba. Ninguno abrió, pues, su sobre aquella noche.
*****
Al cabo de días apareció el segundo valiente. La misma angustia en sus ojos, en su voz, y el mismo deseo de huir, de escapar.
-“Ya estamos libres del primer y segundo puestos… Esperemos que aparezca el tercero…”
Las reuniones eran cada vez más cortas.
*****
Y apareció el tercer valiente. A pesar de todo, la aflicción y la angustia eran las mismas.
-“Ahora si ya podemos abrir nuestros sobres”.
*****
Aquella noche en el cafetín del gringo viejo y seboso, los seis amigos, sin advertirlo ellos, ofrecían el más desesperante cuadro de angustia y de muerte… Todos se miraban veladamente. El mismo sentimiento sordo, hostil.
Y apareció de pronto el hombre misterioso y cruel.
-¡Oh!... ¡Cómo os encuentro!... Vuestros rostros no parecen ser los mismos… ¿Qué os ha podido ocurrir?...
Detúvose un instante:
-… ¡Levantad la vista!... ¡Miraos unos a otros!... Miraos profundamente hasta llegar al fondo.
Los seis hombres obedecían como autómatas.
-Sois infelices criaturas, todos fuisteis presas de los mismos sentimientos. Todos obrasteis de la misma manera. ¿De qué miserable materia hizo Dios al hombre?...
Humildemente, todos bajaron la vista.
-… ¡Y ahora preparaos! ¡Sacad fuerzas, muchas fuerzas!...
Los seis amigos eran como seis figuras de cera.
-¡Sacad vuestros sobres y cambiadlos entre vosotros, una y otra vez, hasta encontrar la verdad!...
Al tiempo que lo hacían, iba dibujándose en cada rostro una mueca horrible. Una mueca que pudo ser –que debió ser- algo distinto… Una sonrisa, por ejemplo… Porque todos los sobres encerraban el mismo pronóstico: “Serás el primero y pronto”.
Riendo a carcajadas y dejando inmóviles a los seis amigos del cafetín, se alejó entre las sombras el hombre misterioso.

jueves, 17 de mayo de 2007

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

Aquí una muestra del virtuosismo y gran talento del narrador celendino Jorge Díaz Herrera. La hemos transcrito con cuidado, como intentaremos hacerlo con otros fragmentos de otras obras suyas (La Redacción).

EL ARBOL DE LA BUENA SUERTE

Por Jorge Díaz Herrera
Arístides juraba por lo más sagrado y la memoria de su madre que jamás llegó a encontrar una sola gitana en los tantos burdeles que recorrió por el mundo, porque las gitanas podrán ser pobres, pero putas nunca. Viejo hombre de mar: motorista, ballenero, contrabandista, peleador de pelo en pecho, transportista, estibador, llevaba en cada uno de sus muchos tatuajes la historia de su vida. Concluía sus conversaciones mostrando al muchacherío que lo rodeaba la cara de una bellísima mujer tatuada en el centro del vientre. Tenía una gracia inigualable para mover el ombligo y hacer que aquel rostro incomparable encarrujara los labios para lanzar besos a todo el mundo.

Nada lo entristecía...

Nada lo entristecía. La tristeza se había hecho para los tontos, y él no podía darse semejante lujo. De lo contrario, haría ya mucho tiempo que me hubiesen comido los tiburones. Fumador. Reilón. Borracho. Respetuoso. Saludaba a las mujeres sacándose la gorra verde que jamás abandonaba e inclinaba ceremoniosamente la cabeza. Si todas las mujeres aprendieran de las gitanas, el mundo sería quizá más ladrón pero mucho más honrado. Nunca pudo precisar con claridad de dónde venía: porque si a cualquiera se le antoja decirme que un pájaro vuela de la rama de donde estaba, no es sino pura mentira, que nadie puede negarme que antes estuvo en otra rama y antes todavía en otra y en otra. Y él venía de tantos lugares. Y soltaba una carcajada cuando, al fin de cuentas, no sabría decirles si me estoy yendo o estoy viniendo. De lo que sí estaba seguro es de no quejarse de la vida y ser feliz. Si alguna vez decidiera quedarme en alguna parte, sería en una carpa de gitanos, porque los gitanos no se quedan en ninguna parte y ellos son los únicos que saben vivir como Dios manda. Al despertar los primeros asomos del invierno se fue. Se convirtió en un recuerdo que tardó en extinguirse entre los muchachos de la calle. Cuando estuvo casi olvidado, Arístides reapareció, pañuelo celeste amarrado al cuello y una muñequera de cuero en cada brazo. Estuvo solo unos días y volvió a irse, esta vez para siempre. Dejó la historia de su amor con una gitana y su nombre grabado en el tronco del árbol junto al cual los muchachos acostumbraban reunirse, y después empezaron a escribir sus nombres alrededor del de Arístides. Con los años, ese fue el árbol de la buena suerte. Poner el nombre de uno en él traía felicidad. No hubo enamorado que no lo hiciera. La fe se extendió a gente de todas las edades y alguien plantó en el árbol una cruz, y luego el lugar se convirtió en un santuario. Lo rodearon con una cerca de puntas de hierro e hileras de candelabros de lata. El pueblo fue creciendo. La cruz se llenó de corazones de plata, y el árbol de nombres grabados y hollín de velas.

domingo, 13 de mayo de 2007

CARTA: Jorge Díaz Herrera

Queridos paisanos y amigos:
Muchas gracias por los envíos de CPM.
Leer las notas que me llegan robustecen en mí la ilusión de caminar por nuestra grata tierra y contemplar su cielo, su verdor, sus calles, su gente buena. Vale decir: cobijarme en su corazón. No obstante haber pasado la mayor parte de mi tiempo en viajes por tierras lejanas, aún no tengo la fortuna de conocer físicamente Celendín. Sus historias iluminaron mis años infantiles, y fueron como la semilla de la que germinaron todos mis libros, todos mis sueños. Los editores han señalado en muchas de mis publicaciones mi origen cajamarquino, sin precisar el nombre de Celendín. Esta situación ya ha sido superada. Pues, como debe constarle a mis lectores, en mis publicaciones últimas figuro como oriundo de Celendín, al igual que en la Enciclopedia Ilustrada del Perú de Alberto Tauro del Pino. He estado vigilante para que así se haga.
En mi memoria está la imagen de mi padre, Aristóbal Díaz Escalante, de mi madre, Zoila Herrera Pereira; de mis abuelos Adelaida y Luis, quienes sembraron en mí el amor por la tierra celendina. Hoy, aposentado en Chaclacayo, campestre distrito limeño, siento cada vez con mayor fuerza la necesidad de corresponder siquiera en algo tanta bondad, tanto amor. Cuánto quisiera pasar una temporada en Celendín dejando en el corazón y la mente de los jóvenes algo de lo aprendido a lo largo de mi vida. Digo (es un decir): un ciclo de conferencias sobre la creación artística, un taller de lectura y literatura, por ejemplo, que bien podría ofrecer a los alumnos del Centro de Estudios Superior de Celendín. Los años nos dan la lección que uno mismo no supo en su juventud dársela a sí mismo: volver al origen, respirar su aire, oír sus historias, caminar por sus calles, escribir sobre todo eso que en mí habita tan sólo como un sueño de inmensa gratitud. Gracias por los envíos de CPM. Mi saludo a tan fraterno esfuerzo. Tengo fe en que la inteligencia e imaginación creadora de nuestro pintor y poeta Jorge Chávez Silva, de quien conozco su prestigio y espero abrazarlo personalmente algún día, llevará a CPM por los caminos que se merece.
Saludos y abrazos, queridos paisanos y amigos.
Abrazos. Abrazos. Abrazos.
Jorge Díaz Herrera

jueves, 3 de mayo de 2007

CUENTO: Jorge Pereyra Terrones

Jorge Pereyra Terrones, periodista, narrador y poeta nacido en Cajamarca, en 1952, tiene, sin embargo hondas raíces celendinas. Es uno de los integrantes, de acuerdo a la expresión jocosa de don Saúl Silva, de la “real canshulada de artistas” que procreó don Manuel Pereyra Chávez “Perseo”, en la cual también destacan el poeta Einar Pereyra, el escultor René Pereyra, los pintores Salvador, César y Luis Pereyra, y el periodista Rodolfo Pereyra.
En 1973 se desempeñó como articulista de la página editorial del desaparecido diario “La Crónica” y ganó un premio nacional de periodismo. En 1979 emigró a México, en calidad de exilado, debido a la persecución de la dictadura militar de Morales Bermúdez. En la capital mexicana trabajó en el diario “Universal”, en el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo y como director de la revista “Textual”. Reside, desde 1985, en Estados Unidos.
En el 2006, cumpliendo el sino atávico de todos los celendinos, volvió a la tierra, a la Feria Taurina de la Virgen del Carmen, y nos hizo llegar su libro “La Lengua del Silencio”, del que extraemos el cuento adjunto, que trata un tema de actualidad como es la guerra fratricida y sus nefastas secuelas.
Aprovechamos la ocasión para hacer un pedido. C
on la firme convicción de que el pueblo celendino tiene pleno derecho a conocer la obra de todos sus más pleclaros hijos, la asociación Celendín Pueblo Mágico invoca a los familiares, o a las personas que tengan los escritos de don Manuel Pereyra Chávez "Perseo", a enviarnos una copia para su publicación.

REGRESO A CASA

Por Jorge Pereyra Terrones
Sintió en sus pulmones el aire frío de la puna, Y en ese preciso momento, al coronar la más alta cordillera cajamarquina, Mauricio supo que sus horripilantes pesadillas sobre la muerte habían llegado por fin a su término.
El ruidoso ronroneo del motor del autobús en el que viajaba de regreso a su tierra natal, lo sacó de sus fúnebres cavilaciones. Desde las alturas del cerro El Gavilán contempló al mediodía el bello paisaje del valle de Cajamarca y su corazón gradualmente se llenó de paz.
También divisó a lo lejos las delgadas columnas de humo que se desprendían de las cocinas de leña de algunas fincas enclavadas a un extremo de la verde planicie andina. Era la hora del almuerzo y se imaginó un caldo de chochoca con paico borboteando en la olla, mientras los cuyes, abiertos en canal, chisporroteaban de espaldas en el aceite caliente.
Al finalizar la guerra de Cenepa, el soldado Mauricio Cotrina había regresado a la ciudad del Cumbe, de la que salió cinco meses atrás para enrolarse como voluntario en un batallón de fuerzas especiales. Nadie lo obligó a ello. Pero su juventud y sus clases de Historia del Perú complotaron pasa inflamar su patriotismo y para persuadirlo de que tenía que acudir al maternal llamado de la Patria. Aunque las dantescas escenas que vio en la guerra, sin su aureola de gloria y glamour, lo convencieron de que en realidad había descendido al mismísimo infierno. Atrás quedaron los combates nocturnos, cuerpo a cuerpo, en la jungla de la frontera peruano-ecuatoriana. Y también el olor putrefacto de los insepultos cadáveres de los soldados de ambos bandos, despedazados por la minas antipersonales y los animales salvajes.
El autobús continuó su lento descenso por el camino asfaltado y bordeado de pencas y retamas, mientras los huanchacos silbaban sus peculiares trinos en las ramas de los más altos eucaliptos. Y al cabo de una hora ya fue posible observar con nitidez los tejados color marrón de las casas de su ciudad y las altas torres de piedra de la iglesia de San Francisco.
Al arribar al terminal de autobuses, y antes de tomar un taxi para dirigirse a la casa de sus padres, Mauricio quiso hablarles sorpresivamente por teléfono:
-¡Mamá, papá… he regresado a casa! Pero antes quisiera pedirles un favor… He venido con un amigo y me gustaría invitarlo a nuestra casa.
-¡Pero, por supuesto, hijo! Nos encantaría conocerlo. Ya sabes que tus amigos son nuestros amigos. Y más que todo porque peleó a tu lado en la guerra del Cenepa.
Mauricio se mantuvo en silencio unos segundos y luego continuó:
-Sin embargo, hay algo que quisiera que ustedes sepan. Mi amigo Gamaniel pisó una mina explosiva en al área de Tiwinza y, como consecuencia de ello, perdió un brazo y una pierna. No tiene familia y tampoco un lugar adónde ir. Por lo mismo, quisiera que se quede a vivir con nosotros.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea y luego habló el padre:
-Me apena oír eso, hijo. Quizás podamos encontrarle algún otro lugar para que viva.
-¡No papá y mamá. Ustedes no me han entendido!... ¡Quiero que viva con nosotros!
-Hijo… -dijo el padre- Tú no sabes lo que estás pidiendo. Un inválido como él sería una gran carga para todos nosotros. Gamaniel necesita un cuidado especial. Nosotros también tenemos nuestras propias vidas y no podemos dejar que algo como esto interfiera con ellas. Creo que debes venir a casa y olvidarte de ese asunto. Estoy seguro que él hallará cómo vivir sin tu ayuda.
Después de escuchar esto último, Mauricio no le contestó a su padre durante unos segundos y luego colgó el teléfono. Sus padres no volvieron a escuchar de él por un tiempo.
Sin embargo, un mes después, sus progenitores recibieron desde la ciudad de Trujillo una súbita llanada de la policía. Y sin que tuvieran tiempo para reaccionar, les dijeron si rodeos que su hijo había muerto instantáneamente después de arrojarse desde la azotea de un edificio de cinco pisos. Y se presumía que podría tratarse de un suicidio.
Los angustiados padres viajaron a Trujillo y de inmediato fueron conducidos a la morgue de la ciudad para identificar el cadáver de su hijo. Lo reconocieron rápidamente cuando lo trajeron sobre una camilla con ruedas y envuelto en una sábana blanca de la que sobresalía sólo la cabeza. Ambos se abrazaron al cuerpo sin vida de su único hijo y lloraron amargamente hasta que quedaron sin lágrimas y sin voz.
Recordaron su llanto al nacer una tibia mañana de primavera, su ternura y su amor por los animales, su primera comunión vestido todo de blanco, sus premios en la escuela y su admirable obediencia y amor para con ellos. Había sido el hijo perfecto, el alumno envidiado y el joven solidario que socorría siempre a los más débiles y menesterosos. ¿Por qué Dios se llevaba siempre a los más buenos? ¿Por qué los había bendecido con un hijo tan ejemplar para luego quitárselos sin previo aviso?
De pronto, la sábana que cubría el cuerpo de Mauricio se movió y cayó al suelo. Y descubrieron, para su horror, que su hijo tenía tan sólo un brazo y una pierna.

martes, 17 de abril de 2007

ENTREVISTA: ALFREDO PITA

Por Jorge A. Chávez Silva, Charro
Narrador, poeta y periodista celendino, nacido en 1948. Autor de los libros de cuentos Y de pronto anochece (1987) y Morituri (1991), y del poemario Sandalias del viento (1995), Alfredo Pita, que reside en París desde 1984, publicó en los años 90 la novela El cazador ausente, un libro que suscitó gran expectativa en el mundo literario peruano por el tema (el compromiso político, la violencia irracional, la traición y sus secuelas) y por la forma con que el autor elaboró su trama, utilizando algunos recursos de la novela policial, pero incorporando la reflexión histórica y humana, todo envuelto en un lenguaje propio, preciso, y a la vez complejo y lírico, cargado de matices.

Alfredo Pita

Los méritos de esta obra, sorprendente en el panorama peruano de los 90, se vieron confirmados en 1999, cuando El cazador ausente gana, en España, el Premio Internacional de Novela "Las Dos Orillas", otorgado por el Salón Iberoamericano del Libro (Gijón). El libro fue de inmediato traducido a cinco idiomas y publicado en seis países europeos por importantes casas editoras, convirtiéndose en el primer libro peruano post "boom" que rompía el muro de indiferencia que hasta entonces había, en España y en Europa, hacia los nuevos escritores de nuestro país. Es justo decir entonces que, además de novedoso por su contenido, también fue pionero en cuanto a su difusión, pues es la novela peruana de su generación traducida a más idiomas.
El libro ha sido elogiado en el extranjero. En el suplemento Babelia del diario El País, de Madrid, el crítico Miguel García Posada, uno de los más respetados de la prensa española actual, escribió que El cazador ausente era «la amplificación de dos mitos: en primer lugar, y sobre todo, el mito de Ulises, el mito del viajero que regresa a su tierra nativa; en segundo término, el mito edípico, esto es, la investigación de la verdad a cualquier precio».
Por su lado, en el prólogo para las ediciones española, italiana y portuguesa del libro, el famoso novelista chileno Luis Sepúlveda señaló: "Pero, y en esto radica la grandeza de esta novela, El cazador ausente no es una nostálgica mirada a días perdidos, sino un recuento para entender mejor qué ocurrió con nosotros y con nuestro mundo. La sana ironía -nunca sarcasmo-, que permite el distanciamiento de los hechos contados en el argumento, nos permite revivir aquellos que fueron o ingenuos o demasiado generosos ideales de humanidad, pero que nos marcaron con un sello indeleble: el que nos obliga a perseverar en una ética, aunque muchos digan que no es más que una justificación de los perdedores".
Como podemos ver, estamos ante una novela mayor, un libro que los seudocríticos mafiosos y los "hacedores de listas y recuentos" que controlan y manipulan la prensa "cultural" y literaria de la vieja Lima
, sospechosamente, intentan disminuir o escamotear.

Nuestro escritor ha sido galardonado con los siguientes premios:

- Premio al Poeta Joven (casa de la Cultura de Chiclayo, 1966)
- Premio de Cuento de la revista Caretas (Lima, 1986 y 1991)
- Premio Internacional de Novela Las Dos Orillas, Salón Iberoamericano del Libro (Gijón, España, 1999).

Sobre su oficio de escritor y sobre su novela tratan las siguientes preguntas que Alfredo Pita ha aceptado respondernos.


LAS RAZONES DEL CAZADOR

Se ha dicho que “El cazador ausente” es la primera novela de la "postmodernidad" en el Perú.
AP: El término no es confortable para mí, no lo manejo muy bien, sin embargo me arriesgo: pienso que si alguien la ha calificado así es porque se trata de una novela profundamente peruana en cuanto a sus personajes y situaciones, pero que a la vez no vacila en romper fronteras, no sólo en cuanto a la forma literaria, sino también en la medida que saca al exterior, al extranjero, a sus personajes y a las situaciones que viven. De este modo alude a los dramas que
que ya por entonces vivían tantos peruanos que habían dejado el país, obligados por la curiosidad intelectual (los menos) o por las dramáticas circunstancias del Perú (los más). Estos últimos son hoy por hoy 2 millones y medio de personas. ¡Un 10% de nuestra población se ha autoexilado...!

En tu caso, ¿cuáles fueron las razones para irte?
AP: Diría que lo que me empujó fue la conciencia de que afuera podría hacer algo en el campo creativo; que en el Perú, vistas mis circunstancias, estaba condenado como escritor, y no sólo por las limitaciones y la mediocridad del medio. Dejé el país en 1983 por mi propia voluntad, sobre todo obligado por un difícil momento personal que tenían que ver con el estado de salud de mi mujer, que había estado muy grave. Tenía que ver por ella, por mis hijos y, a la vez, intentar hacer algo con mi vocación. A comienzos de los 80, en el Perú, había empezado la "revelación", digámoslo así, de la gran crisis nacional. Esta "revelación", sangrienta y oprobiosa, a mí no me sorprendió demasiado. Por mi trabajo periodístico y por mi formación, que tuvo un fuerte componente político, sabía que todo eso podía ocurrir, pero a la vez, por sus ribetes feroces y su irracionalidad, todo eso me rebasó. Estaba con un drama personal y familiar a cuestas y, a la vez, el Perú se convertía ante mis ojos en un campo desolado, en un país de muerte. En ese momento decidí salir para ver por los míos y para intentar escribir.

En aquel periodo tú estuviste en Ayacucho, como periodista de Marka. Cuéntanos algo de tu experiencia.
AP: Esa experiencia fue importante en el proceso de mis decisiones. Desde su fundación, por un conglomerado de partidos y grupos, precursor de Izquierda Unida, yo trabajé en El Diario de Marka, un periódico que se pretendía de izquierda y que tenía, en sus orígenes, una vocación unitaria. Fui a Ayacucho como enviado especial después de la masacre de los periodistas, en Uchuraccay, donde murieron dos amigos míos: Eduardo de la Piniella y Pedro Sánchez. Me enviaron para cubrir los aspectos consecutivos a la masacre, pero también para investigar las muertes que los periodistas habían ido a indagar cuando fueron asesinados. Pasé unas semanas intensas en contacto con la muerte. Veía gente ejecutada (aparentemente por Sendero) cada día. Trabajé intensamente con gente que sería asesinada después por los escuadrones militares (como fue el caso de mi amigo Luis Morales). Por mi trabajo e indagaciones incluso me amenazaron. Todos los periodistas que estábamos en Ayacucho en aquellos días trabajábamos en una atmósfera algo alucinada. Tomábamos desayuno, cada mañana, sabiendo que al final de la jornada tendríamos historias que contar pero un solo tema: la muerte. Ayacucho, que quiere decir "rincón de los muertos" no sólo era una buena metáfora de sí mismo sino, en nuestra conciencia, se iba convirtiendo en una buena metáfora del país. Nos había tomado más de siglo y medio hacer una sociedad humana y evolucionada y ése era el resultado, ese infierno en medio de la belleza del paisaje, ese caos hecho de gritos, dolor, protesta en lenguas ignoradas y despreciadas, y sangre, cada vez más sangre. En Lima, mi mujer convalecía de una operación al cerebro y mis hijos pequeños me esperaban. Fue cuando tomé la decisión de partir. Fue un mediodía, en el cementerio de Huanta. Lo recuerdo como si lo hubiera vivido ayer. Hacía mucho calor y nos rodeaba (estaba con mi amigo Jaime Urrutia) ese silencio que sólo existe en la sierra, que hace posible que escuches ecos distantes, ruidos lejanísimos. De pronto, en medio de esa atmósfera alucinada, lo vuelvo a decir, nos llegó, como envuelto en una nube invisible, un olor intenso y dulzón, el olor de la muerte. En ese momento entró en el cementerio un grupo de campesinos sumamente pobres llevando en una malas angarillas un cadáver para enterrar. Se trataba del cuerpo de un hombre asesinado por su esposa. Los campesinos lo habían traído desde su pueblo, caminando durante dos días, para poder presentar el cadáver a las autoridades de Huanta. Esta puntillosa civilidad me llamó la atención y nos la explicaron en castellano difícil. Lo que querían era evitarle al ejército o a la policía el tener que ir hasta su comunidad para las averiguaciones del caso. Ellos sabían que la presencia de los militares en su pueblo atraería luego la de Sendero. Querían evitar caer en el vórtice del torbellino. Ellos sabían hacia dónde llevaba toda esa locura. Esa escena de silencio, ese olor, fueron reveladores para mí. Fue como un eclipse interior que a la vez me llenó de lucidez. Me di cuenta que poco podía hacer para solucionar la crisis peruana, pero que podía hablar de todo eso y de otras cosas, pero que para ello debía asumir mi vocación de escritor.

También se ha dicho que su novela es testimonial. ¿Es autobiográfica?
AP: Es difícil de explicar, es de algún modo testimonial, pero de ninguna manera autobiográfica, pese a que se nutre, como casi todo lo que cuentan los escritores, de la experiencia, de la vida vivida. El corolario de aquella visión en el cementerio de Huanta, de esa revelación un tanto obvia que me hizo comparar al país con un cementerio, cayó por su propio peso. Me di cuenta que todos los peruanos, de algún modo, éramos responsables de ese clima de muerte en que nos estábamos hundiendo. Unos más que otros, por supuesto, las élites más que nadie, y desde el comienzo mismo de nuestra historia. Pero también estaba la responsabilidad de esa otras élites que no eran ricas en dinero pero sí en ideas. También había responsabilidad, y sobre todo irresponsabilidad, de ese lado. Tomar conciencia de todo eso fue traumatizante. En los primeros tiempos en el Diario de Marka prevalecía en el ambiente del periódico un sentimiento de solidaridad. Sin embargo, poco a poco se empezó a privilegiar los intereses personales o de grupo antes que los de la mayoría de los peruanos por los que supuestamente luchábamos. Era muy curioso, los generosos podían ser muy mezquinos, los idealistas muy taimados. Estaba claro que nosotros no éramos la solución sino también parte del problema y que un trabajo de introspección y análisis se imponía. Supongo que ese fue uno de los motores que empujó la redacción de la novela.

Para una indagación mayor sobre cómo Alfredo Pita ve el mundo, su mundo, se puede consultar la siguiente entrevista: Ciberayllu.

miércoles, 4 de abril de 2007

SEMBLANZA: JULIO GARRIDO MALAVER

Nació en 1909 en la calle Grau, barrio Las Lagunas, al pie de San Isidro, la colina dominante de la ciudad de Celendin. Hizo la primaria en su ciudad natal y la secundaria, como todos los jóvenes que tenían posibilidades paternas, en el Colegio “San Ramón” de Cajamarca, y luego prosiguió sus estudios superiores en la Universidad Nacional de San Marcos de Lima y en las de Concepción y Santiago en la República de Chile.

Homenaje a Julio Garrido Malaver por estudiantes de la Universidad de Trujillo en 1954, entre ellos Luis de la Puente Uceda, con anteojos y traje claro, en la primera fila, de pie; José Alejandro Muñoz Chacón (JAMCH), detrás del poeta y Manuel Pita Díaz, con traje oscuro, penúltimo de la derecha.

Desde muy joven e influenciado por las bondades telúricas del paisaje natal desarrolló una sensibilidad que lo condujo por los caminos de la lírica y así, en 1929 fue laureado por su “Canto a la Raza” en el concurso promovido por el Colegio San Ramón de Cajamarca, que ese año cumplía su centenario de Fundación. Luego fue galardonado como el”Poeta de la Primavera” en 1937, en Chile, por su “Canto a la Reina Primaveral”. Vuelto ya a la patria ganó los Juegos Florales Universitarios de 1940; en poesía por su “Canto a la Primavera en varios Momentos”, y en novela por su obra “La Guacha”- El Jurado Calificador en esa ocasión estuvo conformado por los intelectuales José Jiménez Borja, Luis Fabio Xammar y Estuardo Núñez
De esos años data su militancia política en el Partido Aprista Peruano, del cual fue dirigente conspicuo y director del diario “Norte” de la ciudad de Trujillo, sufriendo por este motivo persecuciones y encarcelamientos decretados por los gobiernos de turno, enemigos del partido de la estrella.
En 1945 integró el Parlamento de la República donde, debido a su beligerancia contra las injusticias, sufre destierro, cárcel y falsas acusaciones.
A Julio Garrido Malaver se debe el reconocimiento oficial del Instituto Pedagógico Regional del Norte, en Celendín, crisol de muchas generaciones de docentes que dan lustre a la tierra por su desempeño en las diversas instituciones educativas de la República.
Muere Julio Garrido en la ciudad de Lima en octubre de 1977
Entre sus obras publicadas destacan:
• Los Poemas Florales de 1940.
• Machupicchu.
• Vida de Pueblo.
• La Guacha.
• La Dimensión de la Piedra.
• El Otro Paraíso.
• El camino que no llegó.
• Los Buitres.
• La Isla de la Luna o El Frontón.
• Creo en ti.
• El Origen.
• Barrio de Pobres.
• Palabras de tierra.
• Simplemente el hombre.
• Los cuentos de Paco Yuca.
• El Hijo del Universo
• Chan chan, efigie de eternidad.
Y otros.