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miércoles, 3 de agosto de 2011

LIBROS: Jorge Díaz Herrera presenta dos nuevas novelas

La República. Lima, martes 2 de agosto de 2011

El escritor cajamarquino (nacido en Celendín) Jorge Díaz Herrera presenta hoy dos novelas. La primera es Las almas de Magnolio, una historia desconcertante en la que el protagonista se pierde dentro de sí mismo y descubre la relatividad de la inmensidad del infinito. La novela es la historia de cómo el personaje intenta hallar la salida a este laberinto.

El escritor celendino Jorge Díaz Herrera.

La segunda novela es Pili Carril y sus chimpunes mágicos. Narra la aventura de un adolescente cuyas condiciones físicas lo relegan a la banca de suplentes de su equipo de fútbol Sport Tigre. Después de alejarse por un tiempo del equipo, regresa transformado por su gran esfuerzo y sacrificio, convirtiéndose en el goleador de su equipo.
Ambas novelas se presentan hoy, último día de la 16 Feria Internacional del Libro (cuadra 17 de la Av. Salaverry, Jesús María). En la presentación participarán Carlos “Carlín” Tovar, Juan Acevedo y Aníbal Paredes. La cita es a las 8.15 pm. En la Sala Ciro Alegría.

lunes, 2 de agosto de 2010

PUBLICACIONES: Jorge Díaz Herrera presenta novela

Don Patíbulo, hoy en la sala Ciro Alegría de la feria. Los comentarios estarán a cargo de Rossella Di Paolo y el editor Aníbal Paredes, 5:45 pm.
El escritor Jorge Díaz Herrera suma un nuevo libro a su obra. Esta noche presenta su nueva novela, Don Patíbulo, editada por la editorial San Marcos, en su Colección Summun. La ceremonia de presentación se realizará en la Sala Ciro Alegría y las palabras de rigor serán la escritora Rossella Di Paolo y el editor Aníbal Paredes Galván. La cita es a las 5:45 pm.


Jorge Díaz Herrera, un escritor que ama a los niños (foto archivo CPM)

En Don Patíbulo, según reza la reseña del libro, “un señor alto, de bigotes y bastón resulta, sin saberlo, siendo el protagonista de todos los rumores de la vecindad. Rumores que van enredándose hasta convertirse en la obsesión de una joven, cuya vehemencia desata una tragedia irremediable. El poeta y cantor, en su afán de liberarse de los enredos de la calle, van en busca de la gloria”.
Según los editores, “Díaz Herrera, en Don Patíbulo, intercambia su voz con las de los protagonistas en una novela donde autor y múltiples personajes se quitan las palabras para contar sus dichas y desdichas, humor”.
Jorge Díaz Herrera nació en Celendín, Cajamarca, 1941. Escritor firme, de prosa fina, ha publicado Alforja de ciego, Pata de perro, La agonía del inmortal y Parque de leyendas, un verdadero clásico para niños

martes, 13 de julio de 2010

CUENTO Jorge Díaz Herrera

En sus historias enmarcadas en la irrealidad de un mundo absurdo y cruel, Jorge describe con acierto la vida anodina de la gente marginal que pervive como una rebaba de los retazos de sociedad empeñada en vivir su propio mundo, con sus tabúes y códigos, aislada en una sociedad que se permite ser discriminante dentro de su propia mediocridad y persiste en costumbres señoriales de un tiempo ha. Esos seres, en los que nadie repara, sirven de pretexto para la metafísica de Jorge que nos descubre el mundo interior de personas que aparentemente no lo tienen y pasan desapercibidas en la existencia. (NdlR)


UNA POR OTRA

De puro vieja, Rosaura estaba medio sorda, y ahora que se iban a la capital no podían dejarla abandonada. La acomodaron junto a los bultos y la llevaron con ellos en el camión. La nueva casa resultó estrecha y tuvieron que mandarle hacer en la azotea un cuartito de madera. Casi toda su vida Rosaura había estado al servicio de la familia, y nunca pudo tener un pedazo de tiempo para ella misma. Ni siquiera aprendió la lengua de los patrones; la trajeron en su propio idioma y así la dejaron. Además, no fue necesario que se dieran el trabajo de enseñarle a hablar de otra manera. El señor y a señora podían conversar con ella, y eso bastó. Pero en la capital, difuntos los señores, las cosas resultaron diferentes. Los muchachos, hombres ya, no la entendían ni ella los entendía a ellos. Se le acentuó la sordera y se acostumbró a caminar de un extremo a otro de la azotea, sin dejar de mover las mandíbulas rumiando pensamientos indecibles. Ensordeció por completo y le vino un cariño inmenso por el animalejo que trajeron los muchachos y al que ella se dio por entero hasta verlo convertido en un imponente perrazo negro de dientes gruesos y pecho ancho. De vez en cuando ella bajaba pasito a paso las escaleras y entraba en la casa, y ellos la ahuyentaban dando palmadas en el aire como se ahuyenta a las gallinas. Rosaura regresaba a su cuartito de la azotea, volviendo una y otra vez sus ojos parpadeantes y sonriéndoles. Cuando murió, fueron a recogerla, y el perrazo se encaramó junto a la vieja, erizado y gruñendo, para que no se la llevaran. Unos latigazos lo hicieron renguear con el rabo entre las piernas hasta el otro lado del cordel de ropa. La familia ordenó a la nueva sirvienta que lavara bien la azotea, desinfectándola, antes de acomodar sus cosas en el cuartito de madera.

sábado, 12 de septiembre de 2009

ENTREVISTA: Jorge Díaz Herrera

Transcribimos esta entrevista hecha al versátil escritor Celendino Jorge Díaz Herrera, faltando menos de un mes para el encuentro de escritores latinoamericanos en New York en el mes de octubre, al que asistirá en compañía de Alfredo Pita. Estaremos, pues representados por dos dignos herederos de la tradición cultural que siempre caracterizó a nuestra tierra. La entrevista apareció en el diario La Primera en su edición del 23/01/2009 a raíz de la presentación de su libro “Las tentaciones de don Antonio” (NdlR)

LAS OTRAS TENTACIONES SINFÍN DE DON ANTONIO

*Jorge Díaz Herrera despliega con notable talento sus experiencias literarias vidas. Como narrador dice: “la imaginación de un escritor (al menos la mía) brota del fondo de la realidad, de lo contrario la sentiría un disparate”
*”Las tentaciones de don Antonio”, libro del narrador Jorge Díaz Herrera (Celendín, 1941), ha sido editado en la Colección SUMMUM de Editorial San Marcos. 190 páginas.

El escritor celendino en su casa de Chaclacayo.

Las tentaciones de don Antonio, libro de Jorge Díaz Herrera, ofrece un sugerente título que nos lleva a imágenes propias de los pintores flamencos, como El Bosco, cuyos personajes transfiguran el abigarrado universo del mundo de aquel entonces, que aún poco ha cambiado. Se trata de quince cuentos de muy variada temática donde, incluso, se entronca el más apar4ente realismo con la fantasía desbordante. Las tentaciones de con Antonio, reúne temas desde una aproximación al más crudo realismo hasta la vecindad con los mundos donde la imaginación se enrumba por confines inabarcables.
-¿Eso significa que el realismo no tiene cabida en tus obras?
-No, simplemente, para mí, en la creación literaria, en la elaboración estética, prima la verdad. Unamuno decía que la ética del arte está en la verdad. Y eso significa que uno no puede estar inventando falsedades, cosas que no han pasado por su experiencia, bien sea esta una experiencia vivida, leída, oída, soñada. Yo descubro con mucha facilidad falsedades o mentiras en el arte, me divierte y también me da rabia hacerlo. Pero lo hago. Es un buen ejercicio. En Las tentaciones de don Antonio los personajes están embarcados en a dura tarea de alcanzar la felicidad, aventura en la que muchos de ellos naufragan y otros llegan a buen puerto. Una amplia visión de quienes se aferran a la dicha, aunque esta les sea adversa.
-¿Es quizás esa la razón por la que en tu obra se conjuga el humor con lo trágico?
-Los personajes resultan apoderándose de mí, me obsesionan, se meten en mis sueños, en mis cavilaciones, incluso llego a pelear son ellos. Sin embargo, así como me dan iras también me dan alegrías. Risas y lo contrario. La atmósfera narrativa en cada cuento de Las tentaciones, lleva al lector por los intrincados laberintos de los sueños juveniles y de las esperanzas de la vejez. Ofreciendo reflexiones que despiertan el afán de desentrañar los misterios que cercan al ser humano.
-Luego de este libro, una vez dijiste que tenías un libro de casi veinte años de trabajo.
-Si, eso es verdad. En abril se presentará un libro en el que llevo trabajando efectivamente, más de veinte años. El placer de leer a Vallejo en zapatillas. Es una visión del humor en la poesía –e incluso en la vida- de César Vallejo. Mi afán no es convertirlo en un poeta humorístico, sino en hacer ver lo grande que es ese cuerpo poético, más allá del más hondo dolor. Este libro nace de una conferencia que desarrollé en Madrid durante el cincuenta aniversario de la muerte de Vallejo. Sé que será un libro polémico, que posiblemente me haga brotar canas verdes.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

Siempre me pregunté el por qué de aquello que los perfumes más exóticos vienen en frasco pequeño. Hoy he descubierto que es porque encierran la esencia del perfume, producto tal vez de un sinuoso alambicamiento de alquimistas que permite encontrar el espíritu de cada cosa. Lo mismo sucede con el arte: un caricaturista, por ejemplo, es mejor cuando logra sintetizar en una línea la personalidad del personaje. Pero ¿Cómo sintetizar toda una historia en unas pocas líneas? Nuestro escritor Jorge Díaz Herrera nos da una muestra de ello en este hermoso cuento. En él, el paso del tiempo es un elemento añadido que podemos manejar de la forma que mejor interpretemos. (NdlR)

AL FIN MARIA JUDITH
María Judith pudo haber sido feliz desde el día que se lo propusiese. Los muchachos del barrio hacían lo indecible por ganarse su corazón, mas ella endurecía el rostro y desbarataba con sus desdenes los afanes de todo pretendiente. La puerta de su casa era una primavera. Al fin, María Judith bajó la guardia y salió al aire libre de la calle risueña y dispuesta a conceder. Pero percibió algo extraño: los muchachos eran otros e incluso el devaneo de su cintura se había endurecido y en su caminar arrastraba los pies. Nunca pudo echarse de la boca el sabor a cosa quemada que le provocaba náuseas cada vez que esos grillos endiablados, los muchachos de ahora, la acosaban gritándole Brujilda, empeñados en hacerle en hacerle ver la maldad del tiempo cuando se propone hacer de una rosa fresca una rosa seca

lunes, 16 de junio de 2008

CRÍTICA: Sobre el narrador Jorge Díaz Herrera

El suplemento El Dominical del diario “El Comercio” ha publicado el pasado 25 de mayo de 2008, la siguiente glosa acerca de la narrativa y poesía de Jorge Díaz Herrera (Celendín, 1941), escritor reconocido y con una vasta producción de relatos, cuentos, novelas y textos líricos. (NdlR.).

NOBLE CONTADOR DE HISTORIAS

Por Jorge Eslava
Jorge Díaz Herrera es un poeta peruano cuya obra gira en torno a la infancia. Su escritura tiene un temperamento lírico, se trate o no de un libro para niños; es más, se trate o no de un libro de poemas. Desde que lo conocí personalmente –hace 25 años– advertí que se trataba esencialmente de un poeta, a pesar de que lo conocí gracias a un librito de cuentos: Parque de leyendas, una auténtica joya de nuestra literatura infantil.

Jorge Díaz Herrera, un escritor que ama a los niños (Foto A. Pita).
Con los años, Díaz Herrera me ha llevado por el amable laberinto de su obra literaria: piezas dramáticas, novelas, textos periodísticos, relatos, pequeñas canciones… y siempre con el aire humilde y profundo del verdadero arte. Y al interior de los variados géneros, ha tocado con la misma delicadeza los rostros de la alegría o de la muerte, del misterio o del saber. Porque escribir para niños no ha sido para él un escollo, sino un animoso desafío.
He dicho a menudo que, en mi opinión, es el mejor escritor para niños que tenemos actualmente. Está en plena actividad creadora; no hace mucho publicó Sones para los preguntones, Pata de perro e Historias para reír, cantar y jugar. Este último libro contiene ocho relatos, todos ellos en tomo lírico y con disposición reflexiva; unos distendidos con la compostura cercana al cuento clásico y otros más contenidos y alegóricos. Su lenguaje es refinado, de pronta imaginación y cadencia musical; rasgos estilísticos que sirven de soporte para las sugestiones virtuosas y nobles de este contador de historias.
El rigor artístico de Díaz Herrera está atento a la belleza tanto como a la vocación pedagógica, no escolástica sino ceñida al bello arte de educar. En ese sentido sus textos se aproximan a las antiguas leyendas o a los libros de exemplos del medioevo, que se leen con provecho en todas las épocas. Le inquietan ardientemente los temas de la solidaridad y la justicia, de la libertad y del respeto entre los seres. Sus historias están pobladas de mansos animales y niños desprovistos de comodidades, que no rehúsan al esfuerzo ni el riesgo de una aventura personal, porque saben que la vida es hermosa cuando los hombres se juntan.

martes, 18 de septiembre de 2007

POESIA: Jorge Díaz Herrera


DIEZ POEMAS DE JORGE DÍAZ HERRERA


Leídos, por su autor, en el mes de agosto, en la Casa de la Cultura de Celendín, durante el acto de juramentación del Consejo de Desarrollo Socio Cultural de Celendín, que preside el escritor y paisano Alfredo Pita Chávez.

1

El viejo pelícano


Arrastrando mis alas de viejo
pelícano.
Picoteo en los mercados
y mi hambre es más fuerte
que los escobazos de los mercaderes.
Peleo en los basurales
contra los rapazuelos hambrientos
y los locos.
Abro y cierro mi largo pico.
Y el aire es poca cosa para llenar
mi buche.
Mis plumas se derraman.
Un día me llevarán en un tacho de basura
seco y estirado
lejos del mar donde soñé
construir mi morada.



2


Crisis de imaginación


Hijo mío, te debo un poema.

Quizá nunca te escriba el poema
que te debo.

Y no es que me falte el amor para escribirlo.

Sucede que al poeta muchas veces se le escapan
las palabras.

Hijo mío, te debo un poema.
Deuda más importante que el alquiler de la casa
en que vivimos.



3

Entre guitarreros y guitarras


En el amor todo cuenta. La soga
al cuello. La golondrina. La parla lagartija.
El jadeante ascenso y el plácido suspiro. El anillo
en el dedo. El dedo sin anillo. El recuerdo.
El olvido. Y otra vez el recuerdo. Y otra vez
el olvido.

El sabio amor todo lo sabe. El ingenuo amor
todo lo ignora. A veces brama. A veces
ni suspira. Morir. Resucitar. Partir
y retornar y otra vez partir. Nunca se sabe.

El inconstante amor. El insondable.



4


Se vuelve flor lo que no vuelve

Hablo de Antonio Claros, el poeta.

Antonio, te oigo en los versos que aún no escribiste,
en los cielos que mirábamos.
Poeta. Hermano de los días que aún no acaban.
Me dio la noticia, Eva, tu mujer,
a quien amaste en varios rostros.
No sé qué hacer, dónde poner el cariño que nos queda.
Te veo, hermano, bajo la lluvia.
Yo torpe insistiendo caminar por el aguazal,
gozoso de un paraguas viejo,
sin advertir la orfandad de tus zapatos.
¿Qué hacer en las calles de Madrid?
La vida es una burbuja. Y yo aún en mí, quizá a punto.
Querido Antonio, se vuelve flor lo que no vuelve.
Caminábamos, ¿te acuerdas?, asombrados de las cosas
que nadie veía.
¿Y ahora? Ya no.
Ya solo en este pueblo donde hoy me escondo
de mí mismo. Escribo, leo, digo: ¿qué habrá dónde te has ido?
¿El violín de tu padre seguirá cantando a dúo con el órgano del templo?
¿Será allá, donde hoy eres, el tiempo un reloj varado?
Querido Antonio, no vayas a enojarte conmigo, ausente al despedirte.
Remaba a la otra orilla del mar, del mar aquel, ¿te acuerdas?,
el de los caballitos de totora.
Hoy creces en tus huellas
más de lo que imaginabas.
Yo sé que me esperas a la vuelta del infinito, aquí nomás,
donde oíamos a las flores hablar.
No te olvides, hermano. Haznos recordar que aún vivimos,
para que estés entre nosotros.
El silencio, la tranquilidad que buscabas huyendo
hasta de tus propias entrañas, es el lugar donde hoy habitas.
Te queremos, hermano.
Me preguntan por ti como cuando te preguntaban por mí.
No se te vaya a dar por irte aún más allá.
Y, como me decías en tu última carta, la memoria no dé para tanta distancia.
En el borde, un abrazo
como quien se despide para volver.
Te has llevado, Antonio, mucho de mí y me has dejado mucho de ti.
Estamos a la par, hermano.
Sin deudas, frescos como el mar de Huanchaco.
Te esperaré en esa playa. Puntual,
fiel a tu terca manera de pastar el tiempo.
Tu viaje me ha fatigado, y estoy herido de ti, herido de mí, herido de todos
los que aún nos quieren.
Bien sabes, Antonio, que seguiremos forasteros
perros sin dueño por las calles de Madrid.



5


El hombre y el árbol


Elegía doble

Pudo ser sólo un hombre.
Y fue más que un hombre.
Pudo ser solo un árbol.
Y fue más que un árbol
Y pudimos ser todos.
Y fuimos más que todos.
Tú, yo, ése, aquél y los de más allá.
También los de más acá.
A todos nos cayó el hachazo.
A todos, incluso al viento de los pájaros,
Al nido de los pájaros.
Nos quitaron las alas en el vuelo
De volar hacia adentro
Y hacia fuera.
Es decir, y en palabras ya más íntimas,
Nos quisieron oscurecer el alba.
Se equivocaron.
Cortaron la sombra. Más no el cuerpo.
Menos aún el alma.
Y aquí estamos, parados en la tierra.
Sembrados en tu sangre, que ya es sangre de la tierra.
Creciendo. Elevándonos en ti, en mí, en él,
En aquel, en aquellos.
No hay leñador que le corte las ramas a la vida.
No hay vida sin verdor.
Y aún hay tanto cielo vacío por llenar,
Querido Sergio: vecino ya en el tiempo.
Vecino ya en el alba.
En el centro mismo del recuerdo.
Pudo haber sido un hombre.
Pudo haber sido un árbol.
Pudo incluso no haber sido.
Y fue más que un hombre, más que un árbol,
Más que el mismo.
Más que su propia sangre.



6


A quien nos dejo solos sin el más leve aviso


Yo tenía un amigo.
Digo mejor un árbol.
Y mejor todavía: yo tenía un amigo
de fronda generosa.
Por los mares del aire
navega una paloma.

Mi árbol.
Mi amigo.
Melenudo andariego.
Camisa alborotada. De ojos
Y pestañas tenía hecha la cara.
Rondín. Música loca.
También una guitarra. Desenfadado
trote. Entre mentiras buenas
su risa larga.
Mi árbol.
Mi amigo
Nadie sabe quién fue
el leñador malvado.
Una paloma vuela
Al palomar callado.



7


La niña ciega


La niña ciega no tiene
pena de no ver el sol.
Porque ella mira hacia adentro
de su propio corazón.

Porque ella mira hacia adentro
mientras toca su tambor,
mientras toca su tambor.

La niña ciega no teme
extraviarse en su andar.
Porque ella no tiene casa
donde llegar.

La niña no tiene nombre.
La niña no tiene edad.
La niña es un cascabel
que llena la soledad,
que llena la soledad.

La tamborera no tiene
que dormir para soñar.
Pues ella misma es un sueño
que se ha puesto a caminar.

La niña ciega con su tambor
anuncia
que te anuncia
los repiques del amor.



8

El pirata que se jubiló


De un barquito
de alta mar,
bajó un pirata a caminar.

Ya no el barquito.
Y no la mar.

Solo el pirata
y su costumbre
de caminar.



9


Canto de sirenas

Dicen que en la tierra tiene
la paloma de la paz
un nido donde se muere
de soledad.

Si en la tierra no la quieren
que la traigan
a la mar.



10


El clavel desobediente

Un día sembró la luna
junto a una estrella
un clavel.

Se juntaron los luceros
para verlo florecer.

El clavel no florecía.
No florecía el clavel.

Se puso triste la luna
y los luceros también.

Todos como en una ronda
alrededor del clavel:
“Clavel, clavel, clavelito,
danos tus flores, clavel”.

El clavel no florecía.
No florecía el clavel.

Mandaron un emisario
para que llamara al sol.

El capitán de los astros
al clavel le ordenó:
“Florece. Yo te lo digo.
Florece, lo mando yo”.

El clavel no florecía.
No florecía el clavel.

Todos como en una ronda
llenos de rabia y de hiel:

“Arrojemos al rebelde.
Arrojemos al clavel”.

Montado en una paloma
Marchó al destierro el clavel.
La paloma dijo: ¿A dónde?”
“A donde quieras”, dijo él.

Junto a un río se posaron
la paloma y el clavel.

Llegó un niño que al mirar
sin una flor al clavel,
le dibujó muchas flores
de colores y pincel.

Así floreció el rebelde
que no quiso florecer.

Dicen que ahora la luna
está aprendiendo a pintar,
y su maestro es un niño
que apellida Gauguin.


sábado, 25 de agosto de 2007

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

Jorge Díaz Herrera tuvo en estas fiestas patronales 2007 un reencuentro feliz con Celendín, el pueblo que lo vió nacer y que por primera vez ha conocido en su ya avanzada juventud. Se trataba de una deuda consigo mismo. El feliz acontecimmiento y su alma de artista lo convirtieron en un niño que estrena un juguete. Pasear por las calles luminosas de su pueblo, respirar la fragancia de su atmósfera y confundirse con la sencillez de su gente fue una experiencia que, estamos seguros, jamás olvidará.

Jorge Díaz Herrera en un apunte de "Charro".


LOS MUÑECOS DE DON SEBASTIAN

Don Sebastián dejó la adobería y se dedicó de lleno a los muñecos de papel amasado con agua de yeso. Porque yo siempre quise ser artista y así me parece que lo estoy logrando. Y tuvo mucho éxito en las competencias y las ferias de artesanía y pronto resultaron llegando muchos forasteros al pueblo para comprarle un muñeco suyo. Pero la mala suerte no se hizo esperar y pienso que tal vez hubiera sido mejor quedarme representando a personas de mi pensamiento en lugar de gente de carne y hueso: primero fue la coja Manuela, que se murió al poco tiempo de cólico miserere, después la pobre doña Emilia, que se quebró varios huesos cayéndose a un pozo, luego los hermanos Chanduví, el mayor y el último, a quienes los mató la bubónica. Y me culparon no solo de esas sino también de otras desgracias. Y casi todo el pueblo fue hasta su puerta para gritarle: si dices que son puras casualidades y tus muñecos no son de mal agüero, por qué no la representas a tu mujer y por qué no te representas a ti mismo. Y don Sebastián no se amedrentó y salió a responderles: ya están grandazos para creer en zonceras, mañana mismo les mostraré mi figura y la figura de mi mujer en cuerpo entero. Y ellos se fueron: "Mañana volveremos". Y don Sebastián amasó una buena cantidad de papel con agua de yeso y lo puso sobre su mesa de trabajo para moldearla, e hizo dos montones y le dijo a su mujer: uno para que sea yo y el otro para que seas tú. Y cuando ya estaban hechos los cuerpos y les iba a moldear las caras, se quedó pensando largo rato y movió la cabeza de uno a otro lado varias veces, y aplastó de un solo golpe los cuerpos contra la mesa porque ¿y si la cojudez resulta ser cierta? Y le dijo a su mujer: mejor envolvemos nuestras cosas. Y, aprovechando la noche, se fueron del pueblo para no volver.

martes, 24 de julio de 2007

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

La agonía y la muerte y
otra vez la agonía de un desventurado

I

Sus ojos, dos espantos al fondo de las ojeras, se desataron en lágrimas y nos rogó quedo, pero como si gritara: Yo no quiero ir al infierno, Tráiganme al cura. Sáquelo de donde esté , díganle que el diablo ya me está jalando. Corrimos a trancazos, galgos, y entramos bruscos a la misma sacristía donde el cura Wenceslao, de puro sorprendido, casi deja caer el crucifijo que estaba desempolvando. Le rogamos:
-No sea malo, padrecito. No sea malo. Si es pecado hacer lo que tanto le pedimos, hágalo. A usted todavía le queda vida para los arrepentimientos. Pero Aníbal ya casi es difunto, y nada sino su bendición puede darle ese poco de alivio que está suplicando. Hágalo por doña Carmela, las madres no tiene por qué pagar las culpas de los hijos. Si ella no vino con nosotros es porque está renga.
Y el cura Wenceslao:
-De nada valdría. Su alma ya está condenada. Yo no sólo estaría faltándole al Altísimo sino dándole ánimos a tantos mequetrefes para que se enfanguen, confiados que a la hora de las verdades han de tener su cura y santo remedio.
La llovizna de la madrugada nos golpeó como granizada. Regresamos cabeza gacha al llanto de doña Carmela:
-No quiere venir.
Y ella:
Seguro no le supieron rogar como deberían hacerlo. No lo ablandaron bien. Con buenas razones hasta las piedras se conmueven.
Y nosotros:
-Lo único que nos faltó es besarle las manos, arrodillarnos.
-¿Y qué les costaba hacerlo?
Quisimos decir otras cosas, temimos dejarla con la idea de no haber puesto empeño. Los ojos turbios del agonizante nos hacían oír quién sabe lo que no nos decía, y nos volvimos de regreso a la parroquia. Y el monaguillo: El padre se fue volando a la casa de doña Carmela. Regresamos: el cura Wenceslao con una oreja pegada a los labios del enfermo, oía lo que nadie oíamos y movía la cabeza de derecha a izquierda entercado en negarse a lo que sin duda le suplicaba el pobre agonizante. Como si lo estuviéramos viendo: el cura empecinado en el no y no, mientras iba pasando entre los dedos largos de sus manos arrugadas las cuentas del rosario de nácar.

"Entierro de veterano", óleo de Mario Urteaga


II

El pueblo era la gracia de levantarse por la mañanita, oír cantar los pájaros entre sorbos del desayuno caliente y marcharnos a las plantaciones de arroz, que era donde crecían nuestras ilusiones. A veces el cielo se enojaba y, ¡agua quién te viera! La desgracia no sólo nos llenaba de remiendos sino, lo peor, nos quitaba la alegría. Las buenas costumbres se desmoronaban y nos convertíamos en ladrones de nosotros mismos: noches enteras de orejas atentas a los corrales, al tanto de nuestros animales. Pero en los últimos tiempos, Dios andaba de buenas con nosotros. Quizá por eso a Aníbal se le anchó el corazón y entraron en él no sólo los ojos bonitos de Emilia Paredes sino también los de Judith, la evangelista, que no se enojaba cuando le decían mujer de otro. Y Judith, vestida de seda blanca, recibió junto al bueno de Aníbal el sacramento del matrimonio, en otro pueblo cercano, tan igual a como antes lo recibió la Emilia junto al mismo Aníbal en nuestra parroquia de la Santísima Virgen de la Macarena, de manos del cura Wenceslao. Hubo hijos en uno y otro lado, criaturas que llamaban mamá a las dos mujeres y dormían y comían donde los agarraba la hora, bien en casa de Emilia, bien en la de Judith que, valgan verdades, no se tenían el menor rencor. Y caminó tanto el tiempo que ya nadie supo decir quién fue la primera mujer y quién fue la segunda. Hasta don Damián, el peluquero, para quien no había olvidos ni secretos, y que se abrió paso solo en la vida, llegando a ser maestro de escuela, y tenía el don hacernos ver cuáles eran las veredas del bien y cuáles las del mal, llegó a decir: Da gusto ver como el amigo Aníbal ha logrado hacer del meado de gato un buen perfume, al no abandonar su alma en la bragueta sino, como buen cristiano, hacer del pecado una cosa honrada. Qué caray. Trabajar como él trabaja es como para quitarse el sombrero.
En cambio en el cura Wenceslao no corrían las aguas, y tienen razón quienes dicen que si algo hubo en su pecho fue un pozo donde se encharcaban nuestras culpas.

III

-Ayer lo vieron calle arriba, cruzando el puente.
-Dios nos libre, Abelina. Pobre Aníbal. Muerto fresco y ya penando.

IV

El cura nuevo sí tenía traza de perdonar: no puso mala cara cuando le hablamos de la muerte de Aníbal: ojos abiertos, ojos de ahogado, y el cura Wenceslao a quien enterramos hasta con banda de músicos, se negó a darle la absolución y lo único que exclamó, voz de toro, después de soltar el rosario sorprendido por el dolor del mordisco que el moribundo le dio en la oreja, fue un viento de maldiciones:
-Ya empiezas a convertirte en perro, maldito perro.
Y ahí nomás el moribundo se quedó agarrotado con el hielo de las eternidades. Entonces doña Carmela agarró una raja de leña y, dejando a un lado su renguera, gritó: Cura maldecido. Boletero del Diablo. Y lo echó de su casa dándole como a mula. Por eso el entierro de Aníbal fue sin Dios ni responsos de cura. Y ahora este recuerdo, el recuerdo que estamos recordando, tierra removida que ha enturbiado las aguas. Porque no sólo es el ánima de Aníbal sino también de doña Carmela y, usted perdone si parezco exagerado, pero le juro que casi todos hemos visto que en la procesión de penas también va el cura Wenceslao con su rosario como soga de horca.

miércoles, 27 de junio de 2007

POESIA: Jorge Díaz Herrera

La riqueza de la poesía de Jorge Díaz Herrera radica en su sencillez pura y cristalina y el candor infantil que trasunta, es algo como la bruma de nuestros recuerdos de niñez, de esa dorada época en que creemos que todo es posible y no existe , por ejemplo, el sentido egoísta de la propiedad, los sentimientos y las cosas pertenecen a quien los necesita y los siente. Un mundo, en suma, que sólo los gnomos, los duendes y los niños son capaces de comprender


LA AMAPOLA QUE SE CONVIRTIO EN MARIPOSA

Mauricio era un clavel que soñaba viajar y
viajar. Qué triste se ponía cuando miraba los caminos y no podía
desprenderse de su tallo. Pero ¡Qué alegría sintió Mauricio, cuando una tarde
vino un fuerte viento y lo liberó de su atadura. Conoció caminos y caminos y
lugares y lugares.

Qué contento va Mauricio
sobre el viento.
Como un marinero en su barco.
¡Qué contento!

Un domingo se posó cerca de una amapola.
Se dijeron cosas bonitas y decidieron vivir uno
al lado del otro para siempre, siempre y siempre.

Entre risas y suspiros
la amapola y el clavel.
Si es de noche, con la luna.
Si es de día con el sol.

Pero, ¡Qué pena!, pasó otro viento muy
Fuerte que se llevó a Mauricio por caminos lejanos.

Qué valiente la amapola
que, por amor a un clavel,
se convirtió en mariposa
para volar hacia él.

martes, 26 de junio de 2007

VISITA: Jorge Díaz Herrera

A Jorge A. Chávez Silva

Querido Jorge:
Te agradezco nuevamente por tus generoso empeño en difundir las cosas que escribo. La verdad, lo que más me gustaría es viajar a nuestra tierra, ojalá en tu compañía, y conversar con la juventud celendina acerca de las tantas palabras que le debo a nuestra cultura.
Pienso además que sería una oportunidad para poder desarrollar una serie de temas y para obsequiar una (o más) colección(nes) de mis obras (hablaría con los editores) a la biblioteca o bibliotecas celendinas.
Además, podríamos, con el auspicio de mi editor actual, presentar una feria del libro con títulos de muchísimos autores a precios que trataría de convencer a los editores fueran de lo más asequibles.
Ya te he confesado antes que Celendín solo existe en mis cavilaciones merced a los inacabables e incomparables relatos que de nuestra tierra me hacían mis abuelos, que fue con quienes me crie. Me sacaron de ese paraíso a menos de dos semanas de nacido. Pero es como si siempre siguiera allí.
Bueno, querido Jorge, ya seguiremos conversando.
Un gran abrazo shilico,

Jorge Díaz Herrera

jueves, 17 de mayo de 2007

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

Aquí una muestra del virtuosismo y gran talento del narrador celendino Jorge Díaz Herrera. La hemos transcrito con cuidado, como intentaremos hacerlo con otros fragmentos de otras obras suyas (La Redacción).

EL ARBOL DE LA BUENA SUERTE

Por Jorge Díaz Herrera
Arístides juraba por lo más sagrado y la memoria de su madre que jamás llegó a encontrar una sola gitana en los tantos burdeles que recorrió por el mundo, porque las gitanas podrán ser pobres, pero putas nunca. Viejo hombre de mar: motorista, ballenero, contrabandista, peleador de pelo en pecho, transportista, estibador, llevaba en cada uno de sus muchos tatuajes la historia de su vida. Concluía sus conversaciones mostrando al muchacherío que lo rodeaba la cara de una bellísima mujer tatuada en el centro del vientre. Tenía una gracia inigualable para mover el ombligo y hacer que aquel rostro incomparable encarrujara los labios para lanzar besos a todo el mundo.

Nada lo entristecía...

Nada lo entristecía. La tristeza se había hecho para los tontos, y él no podía darse semejante lujo. De lo contrario, haría ya mucho tiempo que me hubiesen comido los tiburones. Fumador. Reilón. Borracho. Respetuoso. Saludaba a las mujeres sacándose la gorra verde que jamás abandonaba e inclinaba ceremoniosamente la cabeza. Si todas las mujeres aprendieran de las gitanas, el mundo sería quizá más ladrón pero mucho más honrado. Nunca pudo precisar con claridad de dónde venía: porque si a cualquiera se le antoja decirme que un pájaro vuela de la rama de donde estaba, no es sino pura mentira, que nadie puede negarme que antes estuvo en otra rama y antes todavía en otra y en otra. Y él venía de tantos lugares. Y soltaba una carcajada cuando, al fin de cuentas, no sabría decirles si me estoy yendo o estoy viniendo. De lo que sí estaba seguro es de no quejarse de la vida y ser feliz. Si alguna vez decidiera quedarme en alguna parte, sería en una carpa de gitanos, porque los gitanos no se quedan en ninguna parte y ellos son los únicos que saben vivir como Dios manda. Al despertar los primeros asomos del invierno se fue. Se convirtió en un recuerdo que tardó en extinguirse entre los muchachos de la calle. Cuando estuvo casi olvidado, Arístides reapareció, pañuelo celeste amarrado al cuello y una muñequera de cuero en cada brazo. Estuvo solo unos días y volvió a irse, esta vez para siempre. Dejó la historia de su amor con una gitana y su nombre grabado en el tronco del árbol junto al cual los muchachos acostumbraban reunirse, y después empezaron a escribir sus nombres alrededor del de Arístides. Con los años, ese fue el árbol de la buena suerte. Poner el nombre de uno en él traía felicidad. No hubo enamorado que no lo hiciera. La fe se extendió a gente de todas las edades y alguien plantó en el árbol una cruz, y luego el lugar se convirtió en un santuario. Lo rodearon con una cerca de puntas de hierro e hileras de candelabros de lata. El pueblo fue creciendo. La cruz se llenó de corazones de plata, y el árbol de nombres grabados y hollín de velas.

domingo, 13 de mayo de 2007

CARTA: Jorge Díaz Herrera

Queridos paisanos y amigos:
Muchas gracias por los envíos de CPM.
Leer las notas que me llegan robustecen en mí la ilusión de caminar por nuestra grata tierra y contemplar su cielo, su verdor, sus calles, su gente buena. Vale decir: cobijarme en su corazón. No obstante haber pasado la mayor parte de mi tiempo en viajes por tierras lejanas, aún no tengo la fortuna de conocer físicamente Celendín. Sus historias iluminaron mis años infantiles, y fueron como la semilla de la que germinaron todos mis libros, todos mis sueños. Los editores han señalado en muchas de mis publicaciones mi origen cajamarquino, sin precisar el nombre de Celendín. Esta situación ya ha sido superada. Pues, como debe constarle a mis lectores, en mis publicaciones últimas figuro como oriundo de Celendín, al igual que en la Enciclopedia Ilustrada del Perú de Alberto Tauro del Pino. He estado vigilante para que así se haga.
En mi memoria está la imagen de mi padre, Aristóbal Díaz Escalante, de mi madre, Zoila Herrera Pereira; de mis abuelos Adelaida y Luis, quienes sembraron en mí el amor por la tierra celendina. Hoy, aposentado en Chaclacayo, campestre distrito limeño, siento cada vez con mayor fuerza la necesidad de corresponder siquiera en algo tanta bondad, tanto amor. Cuánto quisiera pasar una temporada en Celendín dejando en el corazón y la mente de los jóvenes algo de lo aprendido a lo largo de mi vida. Digo (es un decir): un ciclo de conferencias sobre la creación artística, un taller de lectura y literatura, por ejemplo, que bien podría ofrecer a los alumnos del Centro de Estudios Superior de Celendín. Los años nos dan la lección que uno mismo no supo en su juventud dársela a sí mismo: volver al origen, respirar su aire, oír sus historias, caminar por sus calles, escribir sobre todo eso que en mí habita tan sólo como un sueño de inmensa gratitud. Gracias por los envíos de CPM. Mi saludo a tan fraterno esfuerzo. Tengo fe en que la inteligencia e imaginación creadora de nuestro pintor y poeta Jorge Chávez Silva, de quien conozco su prestigio y espero abrazarlo personalmente algún día, llevará a CPM por los caminos que se merece.
Saludos y abrazos, queridos paisanos y amigos.
Abrazos. Abrazos. Abrazos.
Jorge Díaz Herrera

sábado, 12 de mayo de 2007

CUENTO: Jorge Díaz Herrera

Jorge Díaz Herrera nació en Celendín, Cajamarca, en 1941. Estudió en Trujillo del Perú y en Madrid. Ejerció la docencia universitaria en el Perú y en España, aunque muchos lo cataloguen como nacido en Trujillo o genéricamente en Cajamarca, él ha declarado a CPM su condición de shilico y el cuidado que está poniendo para que en las últimas ediciones de sus obras se escriba así.
Jorge nos ha manifestado su intención de dictar en Celendín un ciclo de conferencias gratuitas acerca de literatura para los estudiantes de Educación Superior y desde ya hacemos extensivo este deseo a los encargados de la cultura del actual municipio.
Escritor polifacético, ha incursionado en diversos géneros literarios: periodismo, poesía, teatro, ensayo, cuento, novela, recibiendo numerosas distinciones como el Premio Nacional de Fomento a la Cultura «José María Eguren» (1972), el premio de teatro de La Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y de la Municipalidad de Lima, entre otros.
Ha publicado Orillas (poesía, 1964), Aguafiestas (poesía, 1974), Los duendes buenos (teatro para niños, 1964), Parque de leyendas (narración poética dedicada a la infancia, 1975), Comanche (teatro, 1970), Ver para correr (teatro, 1968), El diablo también come uvas (teatro, 1768), Mi amigo caballo (cuentos, 1980), Alforja de ciego (cuentos, 1975), La agonía del inmortal (novela, 1985), Por qué morimos tanto (novela, 1995), La colina de Irupé (novela corta, 2003), Cuéntame lo que nos pasa, (cuentos,2004), El Ángel de la Guarda (novela corta, 2005), Historias para contar, reír y jugar (cuentos para niños, 2005), Sones para los preguntones (divertimento familiar en verso, 2005). Sus crónicas están dispersas por revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Ha participado en diversos encuentros literarios dentro y fuera del país y residido varias temporadas en Europa. Actualmente vive en Chaclacayo, apacible distrito en las afueras de Lima.
En sucesivas entradas publicaremos una antología de sus obras.
De su libro Alforja de ciego transcribimos el siguiente cuento:

"Casona celendina" (Foto: Jorge A. Chávez S. "Charro")

EN LAS VIEJAS CASONAS

Por Jorge Díaz Herrera
1
El portón plomo de madera y algo desastillado, con su cerradura de llave grande y puño de bronce y la placa antigua aún legible junto a la placa nueva, y el patio de cemento y las habitaciones espaciosas y altas, empezando por la sala, todas con el piso entablado, y los cuartos de la servidumbre abarrotados de cosas inútiles y telarañas y la cocina al fondo con las paredes húmedas y enmohecidas al otro lado del cuarto del batán, y el corral hasta la otra calle y el sauce y el pozo clausurado y ella en el dormitorio escribiendo, con el pulso tembloroso por los años, en un retazo de cartulina blanca: SE VENDE, y el recuerdo de los recuerdos de su madre, que a la vez eran recuerdos de la abuela y también recuerdos suyos, y el bullicio de los rumores que traía el viento por las claraboyas y toda esa cantidad de historias derramadas, como agua sobre tierra seca por los rincones de la casa, y la humedad solitaria de ahora y ese viejo miserable insistiendo en comprársela por menos de la mitad de su precio, sin tener en cuenta que la casa siempre fue casa de gente decente, a la que podrían acusarla de lo que quisieran pero jamás de ladrona, y los ojos de los retratos mirándola altiva como siempre y por eso, aunque le doliera más que todos los dolores juntos, ella prefería vender la casa antes de pedir un solo centavo a nadie porque, eso sí, le podrían achacar todos los males que les antojasen, pero el de ser limosnera nunca, porque así debería ser y así sería, por algo ella había sido hija de quien era.

2
Hacía ya más de media vida que doña Amelia, en medio de la orfandad traída por la pobreza, iba de uno a otro lado desempolvando con un plumero de otros tiempos la vieja casona y taponando los huecos de los ratones. el sentarse bajo la claraboya a descifrar las voces que traía el viento solo logró distraerla algunos años, después lo olvidó para siempre. La preocupación de luchar contra el polvo y de interpretar sus sueños no le dejaba tiempo para otra cosa. Y presintió que pronto se moriría y empezó a alistarse para el viaje. Zurció sus ropas blancas que le serviría de sudario y escribió una carta a su hermana tanto tiempo ausente, pidiéndole un lugar en el mausoleo de la familia. La impaciencia en que la sumió la espera de la respuesta la llenó de sofocantes palpitaciones. No supo cuánto tiempo esperó, pero murió esperando, sin enterarse de que su hermana, al leer la carta, estalló gritando: no contenta con la comida que todos los días le hago llegar para no dejarla morir de hambre, todavía tiene la sinvergüencería de causarme problemas hasta después de muerta, sabiendo bien, como tuvo que saberlo, que el mausoleo está repleto y que allí no queda espacio sino para una sola persona.

3
El rosal por que guardaba menos esperanza floreció y el otro, no obstante las muchas ramas que le crecieron, solo llegó a dar unos botones que nunca lograron abrirse y Hermelinda sembró en su lugar un girasol, que murió pronto sin saber que es una flor. Después fueron una dalia, una amapola y una enredadera, y Hermelinda quedó convencida de que ese sitio del jardín tenía mala suerte. Y mandó poner en él una piedra grande de formas sugerentes, que la humedad del invierno cubrió de un musgo coposo como algodón verde que di un sin fin de florcitas moradas, y se convirtió en la parte más linda de mi jardín. Y el viejo rosal enfermó y Hermelinda, para evitar que contagiara al musgo y sus flores lo echó arrancándolo de raíz, y el musgo, solo Dios sabe cómo son las cosas, empezó a secarse hasta que la piedra quedó pelada como antes. Y Hermelinda fue perdiendo el gusto por las flores e hizo levantar una habitación más en el lugar del jardín para que la casa gane un poco de espacio. Y alquiló los cuartos interiores a un matrimonio joven, yo me vengo a vivir en la parte donde era el jardín y un cuartito más, para una mujer sola es suficiente. Y así se acostumbró a pasárselas casi todas las horas de su vida balanceándose en una mecedora de Viena, mientras tejía, en el lugar donde no florecieron el rosal, ni el girasol, ni la dalia, ni la enredadera y donde las florcitas moradas del musgo, que parecía que nunca iban a morir se secaron para siempre.