Mostrando entradas con la etiqueta Folklor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Folklor. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de febrero de 2010

HOMENAJE: Arquímedes Ariosto Chávez Sánchez

He tenido que posponer tareas diversas para rendir homenaje al profesor Arquímedes Ariosto Sánchez Chávez “Quime”. Hace unos días, el 24 de enero último ha fallecido a la edad de 71 años en la ciudad de Celendín.

Siempre tuvo interés por expresar su sentimiento y reflexiones a través de la palabra. Por la década del setenta, junto a otros profesores de Educación Primaria batalló en el periódico “El Golpe” y en la revista “Marañón”, publicaciones hechas a pulso, con pasión y entrega y que marcaron épocas epónimas en la cultura celendina.


Arquímedes publicó dos libros en ediciones personales muy modestas: Glosario shilico (1998) e Ingenuidades pueblerinas (2005). Conversé con él en su casa, vivía solo, en el mes de febrero de 2004. Sus temas penetrados de un nivel crítico no dejaban de sostenerse en la sátira. En sus libros, la anécdota, la ocurrencia, el cotidiano y vital discurrir de la gente de estirpe popular, se condensa constantemente en el humor. Esta particularidad muy genuina de su escritura está colmada de agudeza y a veces mordacidad.

Su legado forma ya parte –aunque hay detractores negligentes que califican como vulgares los libros de Arquímedes- del corpus aún no registrado de la literatura celendina.

Este no es un homenaje póstumo, reitera mi reconocimiento a su palabra, pues en el espacio cibernético “Espina de Maram” y en “Fuscán” impreso número 13 hay algunos cometarios a su obra.

Jorge Horna

Lima, 2 de febrero de 2010 (día celebrante de la Virgen Candelaria de la comunidad campesina de Poyunte).

*******

A paso seguido y firme, un texto de Arquímedes Sánchez, de su libro Ingenuidades pueblerinas.


Pedro Riobamba

Pedro Marín –entre shilicos conocido como Pedro Riobamba-, connatural de este pueblo, de ocupación negociante y componedor de sombreros, era personaje algo esbelto y blancón, de barba rala y rubia y boca dispuesta a decir sencilleces.

Singular aficionado a los gallos de pelea; por su situación personal, fue el hazmerreír en cada jugada gallera, realizada dentro y a veces fuera del coliseo, por la forma disparatada de sus expresiones y especial configuración humana.

Los galleros: Florcita, Canshul Calla, Chancito, Geonías Silva, Pancho Silva, Toro Félix, Termópilo Mori, Ño shillido, don Orestes, el zarco Serapio y otros tantos contertulios, tenían especial afecto por Riobamba.

En tiempo ido, visitó Celendin, su tierra querida, el doctor Artidoro Cáceres -cirujano de renombre nacional-, quien luego de pasar largas horas de conversación familiar, tomó ligero tiempo para volver a vieja distracción: la pelea de gallos. Dirigió sus pasos hacia la gallera, ubicada en el seño del local municipal y por el camino, de chiripa, tomó la compañía de Pedro Riobamba, conocido suyo.

Colmado estaba el recinto gallero de bullangueros aficionados que, espectaban enfurecida pelea de animales. Momentáneamente, ocurrió inusual silencio, pues, la presencia del afamado galeno, fue notoria. El momento ofreció bella oportunidad a Riobamba para dar lustre a su sencilla persona. Por esta simple suerte, de pie en la parte más alta de la galería, con particular acento, dejó escuchar pocas, pero bien pronunciadas palabras:
Para que vean…Pedro Marín no se abraza, menos acompaña a… guarditas

Prosiguió:
Estoy con mi Doctor…”El Orejón” Cáceres.

Especial simplonería, motivó bullicioso festejo de todos los galleros, y el doctor Cáceres, palmeando suavemente la espalda de Riobamba, solamente dijo con pulcra voz:

¡Gracias Pedrito!



martes, 16 de diciembre de 2008

FOLKLORE: Danzas y pallas

Luis Quiroz Amayo es un profesor de educación primaria que ha dedicado gran parte de su vida a la investigación arqueológica de los vestigios –aún no explorados- de Celendín. Quiroz Amayo tomando como instrumento de estudio la Historia pre hispánica y pre Inca, ha publicado profusamente datos novedosos sobre nuestra provincia (historia, arqueología, geología)
De Reflexiones, cuadernos de Cultura y Crítica No. 2 (Lima, 1992), Publicación del Centro de Estudios Celendinos, extraemos el siguiente artículo:

EL FOLKLORE CELENDINO
Por Luis Daniel Quiroz Amayo
Si analizamos el folklore celendino vamos ha encontrar una manifestaciones poco densas o mixtificadas por el tiempo y el contacto con la cultura peninsular, que en Celendín le dan una fisonomía propia, aun cuando subyazca un patrón cosmogónico andino. Verbigracia, la serpiente que supervive en la danza Guayabina y en la mayor parte de danzas vernaculares de vieja raigambre marañónica.

"Guayabina V", óleo por "Charro"
Si la serpiente como elemento cosmogónico supervive en la danza, también supervive en el cuento y en la mitología andina, en el cuento y el mito celendino. Por ejemplo, en la leyenda de la Pampa de la Culebra (1). Que la yuxtaposición de la cultura ha mixtificado, en determinada medida, la pureza del mito y de la danza marañónica es evidente; los elementos hispánicos son fácilmente identificables en la danza y en el cuento aparece el toro, el sombrero, el escarpín, el caballo y los elementos propios de la catolicidad.
Lo propio, lo autóctono, lo primitivo tiene un profundo y oloroso sabor marañónico. El ritmo de los shilshiles que suelen acompañar nuestra danza típica es secular y onomatopéyico, típicamente marañónico.
La serpiente en cuanto a cosmogonía del Marañón se encuentra en la lítica chavínica, que definitivamente es nuestra, en la cerámica, en la textilería, en la pintura y en la escultura panandina. Bástenos observar la Estela de Raymondi, la Piedra de Muyuk, ceramios marañónicos y chavínicos, tejidos y pictografías mochicas o restos escultóricos para evidenciar tal tesis.
El segundo elemento tipo de nuestro folklore es la personificación del demonio, del shape (2) presente y vigente en la danza de los Shapes del Potrerillo de Sorochuco.
Tal vez en la danza de los shapes contrarios a la danza de Las Pallas, haya más pureza del elemento cosmogónico que personifican. Los shapes aluden al espíritu del mal, la maldad, la fealdad, las tinieblas. Españolizada la danza expresa la impiedad.
Los Shapes de Sorochuco aparecen como representación de la impiedad y danzan y bailan impúdicamente con manifestaciones hostiles a las Pallas de la Virgen Madre Inmaculada. Las Pallas entonan cánticos de alabanza que preconizan la bienaventuranza eterna de María Inmaculada, mientras que los shapes profieren alaridos demoníacos.
La mixtificación es ostensible, Pallas y Shapes que se presentaban antaño en la procesión de la Virgen Inmaculada el 8 de diciembre, ahora se presentan en la fiesta del Patrono del caserío del Fatro-Potrerillo de Sorochuco el 15 de septiembre. La copla que evidencia el contenido manifiesta la permeabilidad del folklore andino a la influencia hispánica:
Shape de la banda
Shape de Sorochuco
Shape, shape, shape.
Existen otros elementos del folklore celendino identificables como cosmogonías de origen marañónico y andino, de las cuales nos ocuparemos en otro artículo, pero dada su persistencia sólo las mencionaremos:
El Auqui o espíritu del cerro, que produce Querencia del Cerro o Mal del Cerro, identificable o congénere con el Mal de Espanto.
En nuestro último viaje a Muyuk hemos identificado una superstición referente a la querencia del cerro, la costumbre de regalar el espíritu de cualquier indeseado a la peña o a la caverna, a los espíritus que moran dentro. Hay brujos especialistas en “sacar la querencia del cerro” o en curar el “mal del cerro”.

Notas:
(1)Ver Alfonso Peláez. Sinchi Huaqui Shawa .
(2)Ver Luis Quiroz Amayo. Estamento liguistico marañonico (inédito).

martes, 9 de diciembre de 2008

LITERATURA: El relato oral

En el imaginario popular abundan leyendas, cuentos, tradiciones, anécdotas no escritas y que circulan de generación en generación para amenizar las conversaciones, para pretender corregir entuertos o a manera de sabias sentencias.
Celendín es un pueblo muy ingenioso para estas narrativas. Actualmente la mayoría de nuestros niños y jóvenes desconocen estos relatos orales, absorbidos por los medios informáticos y alejados del diálogo enriquecedor desde el hogar y la escuela.

Felizmente mentes preocupadas por preservar la oralidad del pueblo han llevado al papel esas manifestaciones, unas veces fieles a la originalidad y otras recreando los textos. Uno de ellos es el celendino Pompeyo Silva.
De la revista “Jelij” No. 3 – Lima, julio 1995, hemos tomado el siguiente texto:


ANÉCDOTA CELENDINA
TÍO DOMINGO “EL TRONCO”
Por Pompeyo Silva
En el año en que nació “Cuevita”, el municipio de Celendín ofreció muy buena gratificación a la persona que trajera de la Pampa Grande, un gran tronco de eucalipto donado por don Juan Chávez Sánchez, para ser utilizado en la construcción del camal. Varios intentaron mover el tronco sin conseguirlo, ya que sus dimensiones eran poco comunes.

¿Cómo trasladar el tronco al camal?

Uno de los concejales visitó a Tío Domingo y le informó de la oferta municipal para el traslado del tronco; luego le preguntó: ¿Qué podemos hacer, Tío Domingo, para trasladar el tronco hasta el camal? Yo lo traigo, contestó el interpelado; pero que me acompañe el municipio en pleno con la bande de músicos; no cobro nada.
El concejal informó al señor alcalde que Tío Domingo ofrece sus servicios en forma ad-honorem. El alcalde citó a todos los concejales para una sesión urgente. Luego dispuso que Pedro “El campanero”, toque el bombo en las cuatro esquinas de la plaza de armas (señal para que se reúnan los músicos); mandó comprar una gruesa de cohetes y algunas botellas de vino marca “El abuelo” para festejar el acontecimiento.
Producida la sesión se planificó la marcha a casa del Tío Domingo para acompañarlo a la Pampa Grande. Formados en columna de a tres marcharon con dirección a Shuitute, lugar donde vivía el oferente. Tocaron la puerta de la casa, salio Tío Domingo con una silla en la zurda, la puso en el centro de la calle y ordenó que los músicos toquen un paso doble; se paró sobre la silla y creyéndose el general Sucre dijo: “¡Soldados!, de los esfuerzos de hoy pende la suerte del camal”. Después, creyéndose Bolívar, agregó: “Vais a contemplar la obra más grande que el cielo ha encargado a los hombres; yo traeré el tronco para el camal”. Todos prorrumpieron en vivas y hurras a Tío Domingo e iniciaron el desfile a la Pampa Grande, con el alcalde, el gobernador y el susodicho a la cabeza. Cerraba el desfile la banda de músicos ejecutando dianas, mazurcas y el chumaychillo .
Cuando llegaron al lugar donde estaba el tronco, formaron una gran circunferencia alrededor de la mole, en un silencio sepulcral. Tío Domingo se acercó al tronco, hizo la Señal de la Cruz y luego de hacer ejercicios respiratorios y algunas genuflexiones , se puso en cuclillas y ordenó a los mirones: ¡Álcenme!
Como ninguno se atrevió a obedecer la orden, Tío Domingo se incorporó y dijo: Que conste que no es mi culpa; yo he querido llevar el tronco hasta el camal, siempre que alguien lo ponga en mi espalda. La nutrida concurrencia festejo la ironía e ingenio y haciendo los comentarios de ley regresó a la ciudad; los músicos con los instrumentos bajo el brazo, Pedro “El campanero” con los cohetes sobre el hombro; los ediles lamentando el fracaso; el “Hishanau” se hizo humo con el vino y los curiosos patidifusos con la ocurrencia de Tío Domingo.

jueves, 6 de marzo de 2008

NARRATIVA: Antonieta Inga del Cuadro

El siguiente cuento está ambientado en la zona rural del caserío de Taguán (Celendín) y tiene como argumento hechos reales. Fue presentado a los Juegos Florales Universitarios de San Marcos el año 1960, organizados por la Asociación Internacional de Estudiantes Universitarios. La autora fue galardonada con el Primer puesto, además de alentadores comentarios de los profesores universitarios de entonces. (Jorge Horna.)

LAGUNA SECA


Por Antonieta Inga del Cuadro *



La rojiza luz del pequeño fogón va y viene, alargando y acortando su muriente llama, retorciéndose y luchando dolorosamente por sobrevivir al azote del viento y de la lluvia que ya empieza a caer. Por fin, con un esfuerzo supremo se yergue y hace venias aquí y allá; pero las sombras van desfilando detrás de la casa, las siluetas de los montes y de las enormes piedras van encarnando sus personajes nocturnos, y ya es muy tarde para seguir soplando tranquilamente las brasas sin que los ojos se quejen. Son las cinco de la tarde. Y en aquel banco, junto al fogón, uno se puede quedar inmóvil; aunque la oscuridad, el silencio, la noche y el viento nos digan a una voz que alguien se nos acerca por detrás.

Da miedo volver la cabeza en cualquier dirección: a lo lejos, la oscuridad de la noche que se acerca, el silencio y la ausencia; junto a mí, el calor que ya se extingue por los hilillos del humo que surgen del fogón; en mí, el alma oprimida por aquella tristeza, tristeza toda: tan sola, tan fría, tan indiferente y tan llena de misterios.

Pero no puedo seguir mirando fijamente la pared de aquella casa, de aquella Escuela, a la que al siguiente día, y al otro día y a otros más, visitarán los niños. De repente el vuelo de aquel pájaro negro me saca del sopor en que me encuentro, y no sé si por miedo o por curiosidad sigo su vuelo… Había de seguirlo para recordar que detrás, a no muchos pasos de mí, se encontraban unas cuantas cruces, y unas porciones abultadas de tierra dura, por lo que se podría bautizar de Cementerio aquel paraje.

Mas, ¿es posible que haya olvidado aquello? ¿es posible que aún no haya llegado a quien tanto espero para templar un poco los nervios y poder mover los labios? ¡Vamos! ¡Ya llegará!. Deberías estar contenta, pues ya llegará, quizás estará todavía por aquel camino al que apuntan los brazos de las cruces; pero de todos modos, no estarás sola al cobijarte en el lecho.

En verdad, mi hermana pronto estaría aquí, pronto su alegría, su conversación, su coraje y su afán de cantar. No, no estaré sola esta tarde, esta noche. Pero ella, aquella morenita de ojos dormidos, con sus rizos acariciándole la espalda, sí lo estuvo. Pobrecita, tan noble, tan callada y tan tristemente bella.¡Sí lo estuvo, y muchas noches! Ella… había empezado a hacerlo ahora –entumidos los miembros ateridos por el frío- sólo atinaba a poner aquel silbato entre los labios, para arrojar todo su miedo y su soledad en el eco que se expandía por todo el horizonte que aclaraba la luna. Pocas veces la vinieron a ver. Aquellos sencillos pobladores no debieron comprenderla nunca. Pues cuando en medio de la noche volvió a llamar, nadie, nadie la fue a ver.

Pasaban días y días, noches y tardes, y la escuela seguía allí. Y los niños iban y tornaban; cantando huaynos y músicas tristes, unos; tocando sus quenas y antaras, otros; saltando y golpeando sus tambores los más traviesos. ¡Pobrecitos todos ellos también son inocentes!... Pero nunca han pasado una noche solos, en aquella escuela; nunca han sido del pueblo y han dormido solos, envueltos en paja entarimados sobre cuatro palos incrustados en la tierra. Ella sí. Durmió allí y sin más luz ni compañía que la llama de una vela que iba goteando y escurriéndose esperando el soplo que detenga su fin. Ella sí vivió allí, comió allí y durmió siempre allí. ¿Entonces cómo no iba a suceder? Cómo iba a vivir en paz en esa laguna disecada, con su sonido a brumas aún en su atmósfera, con su cementerio con cruces velando su sueño; con su peña ojosa, deshabitada, criminal, de mal agüero, donde se escondían los ágiles venaditos que salían por las doce en punto de la noche a visitar los enormes agujeros de la que fuera una laguna, refugio seguro de aquellos malignos espíritus, que se solazaban perturbando el sueño de la hermosa Dorisa.

Muchos que madrugaban por allí, llevando su ganado a la otra banda del río, los habían visto, cogidos de la mano, danzar y danzar arrojando llamas por los ojos y lanzando sepulcrales gritos. Muchas veces se repitió el solaz y muchas veces los labradores quisieron disipar con agua bendita aquel horrendo espectáculo. Pero los viejos de aquel lugar no consentían y confiaban en que pronto se llevarían en sus juegos el cuerpo de la joven maestra, y entonces todo se quedaría en paz.

Y la danza y el juego continuaron y el silbato de la maestra no más se oyó. Pero los niños seguían yendo a la escuela; y cada día más tarde se levantaba la maestra; cada día más pensativa y con los ojos más dormidos pero más bellos que nunca. Sin embargo los niños aprendieron mucho: porque ella era inteligente, porque la temían; pues como ellos decían, estaba compactada con los espíritus del infierno.

Siguieron viniendo los niños siempre alegres con sus músicas tristes, con sus pasos ligeros y con sus carreras cortas. Esa vez llegaron uno tras otro, llegaron todos, pasaron el camino que estaba entre los hoyos, llegaron a la escuela, esperaron; pero la puerta de la escuela no se abría y la maestra no salía. Se reúnen todos a jugar, se cansan de correr aquí y allá, se ponen a comer su fiambre de cada día, y al final se inquietan un tanto; pues porque no han visto llegar a la maestra, no la han visto salir a su encuentro, ni sentarse como otras veces en el umbral de la puerta.

Un niño, el más grandecito, no ha podido jugar, ni reír, ni caminar. Todos quieren marcharse ya; pero antes de irse les dice: Veremos si la puerta se abre, si el agua de la lluvia a penetrado a nuestro salón, si los zorzales y los búhos han dejados sus huevos en sus nidos hoy. Veamos si la maestra se ha quedado dormida, o si aburriéndose se ha marchado de aquí. Muchas de las señoritas que vinieron se fueron también; otras vinieron y, sin irse, desaparecieron. Entraré yo pues y si está durmiendo, nos sacaremos nuestros ponchos y la cubriremos más; y si se ha marchado, regresaremos a nuestras casas, y nuestros padres pronto irán al pueblo y nos traerán otra maestra más. Se detiene el niño en la puerta, sus manitas quieren empujar, y se detiene otra vez, pues la señorita se puede enojar. Al fin, un ademán de impaciencia de los demás lo anima, y así, empujando la puerta, traspone el umbral.

Silencio muy quedo, olor a humo que viene y se va, la vela encendida ya en su base, la cama, la paja, el vestido añil; más allá, los crespos cabellos, los labios de miel, su talle, su vida, todo estaba allí. Los niños se acercan y rodean el lecho, se van disponiendo a quitarse la gorra por veneración, pues está tan bella, tan fresca; sonriente y con la mirada de sus lindos ojos perdida en las vigas, pendientes del nido de algún zorzal. Los niños… quién sabe qué pensarán!. Se han extasiado en ese mirar, y ella, dando una última mirada al candil, empieza a moverse, se sienta, desciende de la cama, camina y se va. Erguida, solemne, belleza sin par se marcha, y todos los niños quieren ir detrás.

*Antonieta Inga (Celendín, 1939). Lingüista,
Catedrática en la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos. Ha colaborado con
artículos de crítica literaria en diversos
periódicos y revistas. También ha publicado
el poemario “Otra Armonía Todo”.

martes, 25 de diciembre de 2007

CUENTO: Armando Bazán

Armando Bazán fue un escritor muy cosmopolita que fácilmente se adaptó al gan mundote la literatura y formó parte del círculo de José Carlos Mariátegui. Escribió muchos cuentos que figuran en diversas antologías del cuento peruano, como el cuento que publicáramos anteriormente, cuya trama se desenvuelve en la capital. Pocos son los que se refieren a Celendín. Espina de Maram, fiel al seguimiento de los literatos celendinos ha rastreado su obra y hemos dado con este y en el Tugal que menciona hemos reconocido a nuestro pueblo en un momento efímero, pero intenso de su historia: la época del caucho, que, pese a su corta duración, marcó la idiosincrasia celendina y explica en parte la fascinación que siempre ejerció el oriente y sus riquezas quiméricas en el ánimo de los celendinos. Lo publicamos a pedido de muchos estudiantes de literatura que siempre están indagando sobre la literatura de nuestro paisano. (Nota de la redacción)

AVE DE PRESA

Por Armando Bazán

El pueblo de Tugal está situado en un alto valle de los Andes. Cerros altísimos y más o menos empinados lo cercan por uno y otro lado. Cuando se viene desde el Oeste, desde la costa del Pacífico, se llega a él por un camino de pendiente escondido entre los árboles. En cambio, el camino que lleva desde el pueblo hacía el Este, hacia las regiones del río Marañón, es visible desde cualquier punto del pueblo; va ascendiendo en zigzag por un cerro grisáceo, ondulante como una serpiente que brilla con reflejos de oro en los mediodías luminosos.

El delineamiento de sus calles es regular y geométrico. Los tugaleños dicen con orgullo que el plano de su pueblo es como un gran tablero de ajedrez; todos ellos cuidan amorosamente sus calles y sus plazuelas sembradas de arbustos y flores, y blanquean las fachadas de sus casas dos veces al año: el día de San Isidro y el 28 de julio, dia de la independencia nacional.

Es un pueblo de aspecto excepcional por esas serranías. Llaman la atención la variedad infinita del paisaje, la pulcritud de sus calles y el azul intenso de su cielo. Por lo demás, es como todos los pueblos serranos, con su juez bigotudo y solemne, su subprefecto petulante y abusivo, su cura más o menos prolífero, más o menos cazurro, y sus gentes ingenuas y creyentes.

En un momento dado de su vida, este pueblo cobró inusitada importancia a causa de su situación que le hacía punto obligado de pasaje hacia las selvas tropicales del Amazonas, que a principios de este siglo atrajeron, durante algunos años, a millares de trabajadores y aventureros, que acudían de todas partes atraídos por la fascinación del caucho u oro vegetal.

Las gentes que iban desde el Centro o desde el Sur del Perú acampaban uno o dos días en Tugal, porque desde allí en adelante había que caminar días enteros sin ver ninguna ciudad, aunque fuera pequeña; los viajeros que no tenían dinero dormían en las plazuelas o en las puertas de las iglesias; los que podían pagar un ínfimo precio se alojaban en humildísimas posadas, donde comían regaladamente, o se quedaban dormidos hablando de lo que dejaban atrás: de sus tierras más o menos lejanas, de sus mujeres, de sus novias; a veces hablaban también de sus esperanzas millonarias. De vez en cuando se les perdía algún objeto o algunas monedas, y entonces se trababan aparatosas reyertas, que ponían en conmoción al pacífico pueblo de Tugal..

Los niños oían asombrados lo que sus familiares decían respecto a esos hombres; lo que en general decían, al verles alejarse por el camino dorado, todas las gentes del pueblo. Esos pasajeros iban a hacerse caucheros, a ganar jornales magníficos, a hacerse millonarios en medio de garras, colmillos, máuseres y puñales. La palabra caucho sonaba con un prestigio de leyenda en los oídos de todos. Quería decir nada menos que muerte o riqueza a corto plazo. Nadie ignoraba los términos de la cuestión. El hombre iba a taladrar el árbol del caucho, para extraerle su preciosa sangre en la selva, tenía que estar dispuesto a enfrentarse con una naturaleza que ruge, despedaza o envenena, con sus serpientes verdosas, anchas y pesadas como tallos; con sus víboras brillantes, ágiles, finísimas como pájaros o flechas infalibles y mortales. Tenía que estar dispuesto a luchar con el puma, cuyo rugido espanta hasta a las mismas fieras, con el cocodrilo, que tritura sin esfuerzo los huesos más fuertes; con la tarántula retinta de ponzoña fulminante. Tenía que desafiar al anofeles del paludismo, al estegomía del vómito negro. Tenía que estar dispuesto, en fin, a luchar contra el hombre mismo, contra el hombre a quien su ambición desbocada transforma en la más temible de las fieras; el hombre para quien unas cuantas arrobas de caucho expedito para la venta contaban por allí más que la vida de un hombre, más que la vida de muchos hombres.

Ninguno de esos astrosos buscadores de caucho ignoraba las contingencias de la terrible empresa, pero todos la afrontaban con una decisión que nada habría podido ser capaz de quebrantar; iban alegres, como si en las selvas les esperara el calor de un hogar. Al mirarles, por eso, sabiendo el destino que les esperaba, las mujeres y los niños de Tugal sentían el temblor de una recóndita admiración mezclada de piedad. Había en ellos algo del jugador que asombra a todos los que le miran, arriesgando en una sola jugada toda su fortuna.

Los caminos que conducen a Moyabamba, a Yurimaguas, a Iquitos, estaban, por aquellos años, incisamente transitados. Las avalanchas humanas llegaban a esas ciudades, tomaban después la dirección de los ríos, navegaban por el Marañón, el Huallaga, el Putumayo, disgregándose entre la selva lujuriosa y terrible.

La selva diezmaba una avalancha; otra venía en seguida. El caucho salía por millares de toneladas, siguiendo el curso del Amazonas, al Atlántico, para tomar la dirección de Norteamérica o de Europa. El negocio habría continuado su labor de explotación y de muerte si los ingleses no hubieran depreciado verticalmente el caucho, haciendo plantaciones en Egipto o fabricando similares en sus laboratorios.

En los primeros momentos, los hombres de Tugal se vieron también arrastrados por la avalancha. El pueblo se quedó casi sin jóvenes en pocos años. Muchas madres y muchas novias vistieron luto y lloraron por esos años, mientras que los niños no hablaban más que de los viajes al Oriente, entremezclando la fantasía con la realidad, y su visión perenne era el río Amazonas, inmenso como un mar de agua dulce, plomiza y la selva igualmente inmensa, verdosa y exuberante, con sus caníbales tatuados y con plumas; la selva encantada, con sus serpientes y pájaros de mil colores.

Cinco años, diez años duró el aflujo hacia la montaña. De pronto, los caminos se limpiaron, y ya no hubo ni ida ni retorno. Los escasos sobrevivientes de la empresa cauchera, más o menos enriquecidos, se quedaron a vivir en los puertos fluviales del Perú, de Colombia o el Brasil: en Iquitos, Leticia, Manaos; otros se fueron a Europa, y los demás volvieron a sus puntos de origen por la vía del Canal de Panamá y los puertos del Pacífico.

Por esta vía volvió a Tugal un sobreviviente enriquecido, después de muchos años de ausencia. Este hombre, que había vivido largo tiempo en la selva, mano a mano con las fieras, defendiéndose y atacando con designios de muerte, y que estaba convertido en verdadero tiburón de los negocios, habría podido instalarse en cualquier gran ciudad del mundo para seguir venciendo hasta el final, en todas las partidas, favorables de antemano a los audaces y ambiciosos, a cuyos rangos él pertenecía. Pero prefirió volver, por extraño capricho, al humilde pueblo natal donde sabía que los hombres continuaban arrastrando desde antaño una existencia monótona, viviendo del comercio al centaveo o de una agricultura primitiva que arranca exiguas cosechas a la tierra.

Su llegada no produjo ningún sobresalto. Los hombres y las mujeres de Tugal se quedaron impasibles al verle llegar, cuando lo biológico e instintivo hubiera sido que sintieran un temblor de entraña, como el que deben experimentar otras especies pacíficas ante la presencia del animal de presa.

Sólo el cura Barbosa y don Quintiliano, el maestro de escuela, que había leído en algunos periódicos las noticias de los célebres “Crímenes del Putumayo”, miraron con cierto recelo el retorno de Pedro Castro. El cura Barbosa, que desde hacía más de veinte años cumplía religiosamente con los deberes que le imponían sus ritos católicos y su descendencia y sus feligreses, y que vivía tranquilo y respetado por todos, satisfaciendo sus necesidades más que con lo que le pagaban sus enfermos de fiebres y pulmonías que con el producto de misas y sacramentos, no había olvidado nunca a ese Pedro Castro, el único mozalbete sacrílego que no iba nunca a la iglesia y le negaba el saludo.

-¿Cómo volverá ahora que tiene tanto dinero este poseso?-le decía a don Quintiliano.

Y don Quintiliano, que tenía la debilidad de repudiar a los ricos, le contestaba frases de malos augurios.

Pedro Castro hizo su entrada al pueblo, una tarde veraniega, montado en un hermoso caballo de raza, ricamente enjaezado, cuyas ancas de un negro retinto azuleaban al moverse bajo la caricia del sol. Al atravesar las calles rectas y claras, Pedro Castro pensaba sin querer en su infancia misérrima, que transcurrió arrastrándose por ellas; en su adolescencia azarosa, durante la cual había tenido que hacer de todo, desde albañil hasta peón de chacra o arriero, sin haber podido nunca afianzarse en nada, no porque le faltara fuerza de voluntad, sino más bien por exceso de energías y de ímpetu en ese medio que después consideraba más adecuado al revoloteo bullanguero de las aves domésticas que al aletazo y al vuelo de las aves libres.

Recordaba ahora, con bastante exactitud, sus peripecias, y, sobre todo, la madrugada de su despedida; la figura encorvada y afligida de su madre, la pobre vieja, que murió de pena y soledad poco después de su partida, le había dicho hasta el último instante:

-“No te vayas, hijo mío. Dicen que en la montaña los indios bravos devoran vivos a los blancos; allá hay la fiebre amarilla, y pocos son los que vuelven. ¡Quédate, hijo mío; aquí Dios no ha de faltar!”

¡Cómo hubiera podido retroceder Pedro castro en ese entonces! Pensando en los Arana, en los Morey, en los Reátegui, los reyes del caucho peruano, se había alejado de ella, diciéndole:

-“Dicen que Dios está en todas partes. Allá tampoco ha de faltar”.

La madre, si viviera, pensaba ahora Pedro Castro, vería cómo, en efecto, Dios no le faltó, ni cuando cortaba cabezas de serpientes, ni cuando disparaba el “máuser” contra pechos peludos, que podían ser de monos o de hombres desgreñados o barbudos.

Pensando en esas cosas y mirando las casas blanqueadas, se encontró en la puerta del Hotel Amazonas.

*

Tugal habría podido ser una especie de termómetro para medir y conocer la marcha del negocio cauchero. En el momento del auge, Tugal ofrecía siempre un aspecto de pueblo progresista con sus fugaces visitantes. La calle 28 de julio se vio de pronto hermoseada con el edificio moderno de un hotel para pasajeros, con toda clase de comodidades desconocidas hasta entonces por esas alturas. Pero cuando el caucho peruano se cotizó en Londres y Nueva Cork al quinto de su precio normal, Tugal se puso a languidecer súbitamente. Nadie había pensado por esos días que una operación de bolsa en tan lejanas y formidables urbes tuviera repercusiones inmediatas en un poblacho perdido en una axila de los Andes. Pero lo cierto es que los dueños del Hotel Amazonas no volvieron a tener más clientela para sus habitaciones, que permanecían, desde la baja del caucho, semanas y semanas completamente desiertas.

Cuando Pedro Castro llegó a Tugal, las puertas del Hotel Amazonas se desenmohecieron con bullicioso júbilo. Pedro Castro, que estaba acostumbrado a viajar con gerentes y empleados de la Goodrich Company y otras grandes empresas caucheras por Iquitos, Manaos o Río de Janeiro, era un huésped de nota. Se alojó por eso en un piso entero del hotel. Pocos días estuvo en calidad de pasajero. Los mismos dueños, empobrecidos y en quiebra, le ofrecieron la venta del edificio por la suma que él quisiera dar. Pedro Castro pagó, al contado, una suma que representaba la mitad de lo que había costado, y se hizo dueño del hotel. Las desgracias del caucho seguían favoreciendo al suertudo negociante, en la misma forma que lo habían hecho en sus épocas de florecimiento.

Pedro Castro pasó inmediatamente a ser la persona más visible del pueblo. Alguien que le hubiera visto partir, vigoroso y joven , no habría podido reconocerle ahora que volvía con sus quince años de vida selvática, sus ochenta mil soles peruanos y su sangre emponzoñada por los insectos y microbios tropicales. Su cuerpo, alto, seco y esmirriado, daba al caminar, ya lo hiciera lenta o velozmente, la impresión de que iba arrastrando un peso molesto, de un lado primero, y del otro después. Sus hombros se movían entonces hacia arriba como queriendo evitar que dos aletas invisibles se arrastraran por el suelo. Su rostro pálido, huesoso y largo, con su nariz picuda y blanca, habría impresionado como la cara de un muerto si no hubiera sido por sus ojos azulados, que despedían una luz punzante y viva. Vestido siempre de negro, con zapatos “walk-over”, traídos para él directamente de Estados Unidos, y con su sombrero de paja albeante encintado de negro, pasaba velozmente por las calles, siempre como un exótico personaje que iba a desaparecer por algún desconocido camino del pueblo.

Cuatro años vivía ya Pedro castro en Tugal, y su vida privada, como la del cura, el juez o el subprefecto, era del dominio público más o menos fantasista y pueril.

Las gentes rumoreaban, con aire de misterio, las más extrañas historias sobre la vida de Pedro Castro. Se decía que sus manos estaban tintas de sangre humana desde que anduvo por el Ucayali y el Putumayo; que su fortuna traída de la montaña había sido pequeña, y que, en la actualidad, era inmensa, porque allí en Tugal “había pactado con el diablo”; que tenía zurrones y cajas llenas de libras, pesos y joyas de oro enterrados en cuevas desconocidas y recónditas de los cerros grises; y que a medianoche se dirigía a esas cuevas para rendir cuentas a su socio flamígero y cornúpeto.

La verdad es que Pedro Castro dedicaba su vida a saciar dos apetitos insaciables, el del lucro y el del sexo exacerbado. El Hotel Amazonas se había convertido en una especie de Banco Hipotecario, casa de préstamo y almacén mayorista al mismo tiempo. El ex cauchero facilitaba dinero con interés de usura a los agricultores, que después le entregaban sus cosechas; a los empleados públicos, a los maestros, a quienes el Fisco no pagaba con puntualidad casi nunca; a los jugadores que perdían su dinero en las canchas de gallos, a las mujeres que enviudaban súbitamente. Sus armarios y sus mesas estaban repletos de escrituras públicas, libramientos, contratos y joyas más o menos valiosas.

Por la noche, Pedro Castro dedicaba su tiempo y su dinero a la búsqueda del amor comprado y diverso; por el día, a la especulación voraz.

En una ocasión, el tiempo se puso en contra de los campesinos, enviando una siniestra serie de heladas, que destruyeron por completo las cosechas. El Hotel Amazonas se llenó entonces de quejas y de súplicas. Eran los campesinos en desgracia.

.Por el amor de Dios, don Pedro, otro año le pagaremos. No nos embargue el terreno, por el amor de Dios.

El ateo se exacerbaba entonces:

-¿Por el amor de Dios? ¿Qué amor de Dios? ¿No dicen ustedes que estoy pactado con el diablo? Es cierto, con el diablo estoy, y no con Dios ¿Por qué no les arregla las cosas el cura Barbosa, que está con Dios? A mí me las arreglan el juez, los guardias, la autoridad y la ley. Nada más que la ley.

Esa era la gran verdad. El juez estaba con él, el subprefecto estaba con él. La autoridad, la ley estaban con él, arrastrándose por el suelo tras él, como sus sombras.

Los campesinos lloraron mucho, antes de acostumbrarse a la idea de haber perdido sus tierras buenas, que daban cien granos de trigo por un grano, cien granos de maíz por uno.

*

La experiencia de su juventud misérrima, el conocimiento de muchísimos hombres y su juicio certero, pero unilateral, habían envenenado ya de antemano el alma de Pedro Castro. Por ese camino había llegado a la conclusión que el mundo era es de los fuertes, y que los débiles no hacen más que e simulacro de bondad. Ya desde hacía muchos años el espectáculo de n cura polígamo en el pueblo lo había echo unir en un mismo desprecio a los curas a toda idea de Dios. Después, los caucheros, los subprefectos y jueces que se vendían por piltrafas, los comerciantes que se humillaban por centavos, le afianzaron más en la actitud de fuerza feroz t desprecio: la actitud que él, Pedro Castro, había contemplado más de una vez en la gran fiera ahíta, junto a los simios hambrientos que van buscando insectos y gusanos por la selva..

Su fuerza de voluntad extraordinaria y su perspicacia aguda no estaban por eso más que atentas q ejercitarse en el negocio, a gastarse en la satisfacción del vicio.

Una mañana de agosto de 1914, el telegrafista de Tugal, que iba por la calle principal conversando con todas las gentes que encontraba a su paso, se detuvo frente al Hotel Amazonas, y dijo en voz alta:

-¿Sabe usted, don Pedro, que acaba de estallar la guerra mundial?

-Ya era de esperarse –contestó desde dentro, y durante todo el día anduvo más preocupado y caviloso que nunca.

A la mañana siguiente se le vio recorriendo todas las tiendas comerciales que se encontraban dispersas en diferentes sitios del pueblo. Después recorrió todos los pueblos y caseríos vecinos. Al cabo de una semana, toda la existencia del añil, anilina y otras substancias colorantes de Tugal y sus alrededores había pasado a ser propiedad suya. El Hotel Amazonas se llenó hasta los topes de ese artículo que para lo tugaleños era de primera necesidad, porque servía para teñir la lana con que se hacían allí mismo, en cada casa, tejidos variados para mantas, ponchos y vestidos autóctonos y pintorescos.

-¿Para qué querrá tanta anilina Pedro Castro? –se preguntaban en sus conversaciones los pequeños comerciantes.

Lo supieron sólo después, cuando la anilina dejó de venir de la capital, a donde tampoco vino ya desde Alemania y demás países de Europa, ocupados sólo en hacer explosivos y gases asfixiantes en vez de anilina, para aniquilarse entre ellos, y cuando tuvieron que pagar al mismo Pedro Castro el quíntuplo de lo que por ella habían recibido unos seis meses antes.

*

Si había en Tugal alguien a quien Pedro Castro no despreciara en la misma forma que a los demás, era don Quintiliano Calderón, el más viejo maestro de escuela, un hombre ya maduro, silencioso y reflexivo, que en su conversación hacía citas frecuentes de “Don Quijote de la Mancha”, la Biblia y las “Tradiciones Peruanas”, de Ricardo Palma; tres libros que para él resumían la sabiduría universal. Le distinguía en cierta manera, porque nunca le pidió nada y siempre le miró altivamente.

Don Quintiliano era realmente el mejor y más auténtico producto de ese suelo. Había nacido en el mismo Tugal, había ido después a la capital para hacerse abogado, pero regresó pronto con su nombramiento de maestro de centro escolar y con la decisión de vivir siempre en su pueblo hasta el fin de sus días.

Y vivía así en Tugal, serena y apaciblemente, como una planta de esos campos, dando sombra y enseñando a los pequeños, en forma rudimentaria y pintoresca, los más elementales principios de la ciencia, los pasajes más resaltantes de la Historia Patria, y las anécdotas de alguno que otro hombre célebre por su sabiduría, su valo y su perseverancia. Los alumnos aprendían de esa manera, por ejemplo, de memoria, las leyes de la gravitación de la tierra, la toma de Jericó, con la luna y el sol quietos en el espacio, y la anécdota de Galileo, afirmando ante los cardenales, sojuzgado, pero no vencido, el movimiento continuo de la tierra alrededor del sol.

Don Quintiliano enseñaba en sus clases, junto con las cuatro operaciones de aritmética, ésta y otras historias que divertían a los niños sin ponerse a pensar nunca en el sentido contradictorio que podía haber en las afirmaciones de las Escrituras y algunos elementales principios de la ciencia.

La enseñanza teórica de don Quintiliano podía ser más o menos confusa y deficiente; eso no lo sabían ni él, ni los alumnos, ni los tugaleños. El hecho es que todos gozaban al oír esas historias y repetirlas en sus casas. Eso bastaba. En cambio, la enseñanza práctica y moral de su vida era indiscutiblemente benéfica y positiva.

Había en la conducta, en los actos, en las palabras de este hombre nacido en un pueblo tranquilo, de calles rectas y paralelas, de cielo generalmente despejado y limpio, una dignidad y una limpieza que infundían respeto a todos. Era en Tugal la más alta calidad del animal doméstico, precisamente la antítesis de lo que Pedro castro representaba: el animal de presa.

Sabía comprender, tolerar, disimular defectos y convivir con todos. Disculpaba hasta al cura Barbosa, cuyo único pecado era su numerosa prole. Don Quintiliano lo atribuía a la naturaleza vigorosa y bien plantada que Dios le dio. Y hasta al mismo Pedro Castro, a quien miraba sin odio, pero con justificada prevención. Él era el único que podía decirle mirándole a los ojos:

-El hambre de dinero convierte al hombre en fiera.

-Prefiero ser león que oveja – contestaba el hombre de la montaña.

-Primero pasará un camello por el ojo de una aguja, antes que el rico por la puerta del cielo –le decía otras veces.

-A mí no me interesa para nada esa puerta. A mí, que me dejen sólo las puertas de este mundo.

-Es que el cielo puede estar también en este mundo y gozan de él los justos, los que no exprimen la sangre de los débiles y viven en paz con su conciencia..

-Eso dicen los que no pueden otra cosa: los impotentes, loe mendigos y los que comen mal. El cielo también es saber vencer, gastar la fuerza que tenemos, comer a gusto, beber, cohabitar cuando uno quiere y con la que uno quiere. Eso es lo mejor, don Quintiliano. Eso es lo mejor…

Así se alejaba, mirándole con un poco de compasión, el triunfador.

El triunfador que para algo había expuesto su vida a las garras y a los puñales. El triunfador que no quería más que desquitarse como fuera de las malarias y pestes tropicales que habían infestado su organismo. Ahora podía hacerlo. Ahora que tenía dinero en los bancos y en las cajas soterradas; ahora que era dueño de casas y fincas; de casi todo Tugal. Ahora podía vivir como quería. Y quería tener a todos bajo la suela del zapato, desde el juez hasta el último pelagato. Y quería, entre otras cosas, por ejemplo, embriagarse públicamente os veces al mes, nada más que dos veces, reglamentariamente. Gozaba como en todo, satánicamente, divirtiendo así a los miserables comerciantes de la calle 28 de julio, tirándoles una piltrafa, que ellos recibían con júbilo de fiesta.

Bastaban algunas gotas de alcohol para que los venenos de su sangre se agitaran en completa turbulencia y su razón se extraviara del todo. Entonces Pedro Castro comenzaba a recorrer las tiendas de comercio que expendían de todo, desde telas y remedios hasta comestibles y licores. Hacía bajar en cada tienda, una, dos, tres botellas de aguardiente o de vino; exigía que bebieran el comerciante y los transeúntes eventuales, una dos , seis copas seguidas, hasta que se embriagaran también bajo su ojo extraviado y maligno. A veces lanzaba copas, botellas y comestibles a la calle. Las mujeres y los niños le miraban espantados al pasar velozmente; los comerciantes le miraban amable y sumisamente, placenteramente, porque sabían que al día siguiente Pedro Castro pagaría escrupulosamente el último céntimo de sus destrozos. Cien o doscientos soles repartía así, mensualmente, en forma de perversa limosna.

Una suma parecida tenía asignada para satisfacer otros imperativos de su insana y viciosa naturaleza. Esa suma iba a parar a las manos envilecidas de una que otra mujeruca proxeneta, que entregaba sigilosamente, a medianoche, la presa virginal a su ímpetu corrompido e insaciable. Todos en Tugal sabía de ciertas violaciones ocultas, pero nadie quería oír el grito de las víctimas, que no podía levantarse más que el ruido del dinero.

*

De haber vivido en una gran ciudad del mundo, Pedro Castro no habría quedado ciertamente a la cola de los grandes tiburones financieros. Habría podido sentarse con soltura ante el mismo tapete con los Deterding, en Londres, con los Rotschild, en París, con los Krupp, en Berlín; por eso extrañaba realmente encontrarle en Tugal, poblacho de humilde república sudamericana, donde no había ni Bancos ni Bolsa, y donde sólo muy contadas personas tenían una vaga idea de las actividades del capital financiero en gran escala.

Se trataba de un verdadero vidente de los negocios, que sabía desentrañar al vuelo posibilidades de lucro en cualquier acontecimiento, ya fuera feliz o desgraciado para los demás, o preveía nítidamente la situación que iba a crearse. En tales casos, actuaba con entera decisión, lanzando el golpe infalible. Así lo hizo al desencadenarse la guerra mundial, monopolizando la anilina de Tugal, y así lo hizo en otras ocasiones.

Cuando el telégrafo llegó a Tugal súbitamente, el 11 de noviembre de 1918, la noticia del armisticio, y las gentes de Tugal oían atentamente la plática de don Quintiliano, que elogiaba alborozado la confraternidad humana, Pedro Castro se agitó lo mismo que en 1914. Ese mismo día comenzó a vender, con mínimos descuentos y empleando una serie de artimañas, toda la existencia de sus mercaderías; a vender sus joyas menos hermosas, sus terrenos que no rentaban. De esta manera, al cabo de algunas semanas había concentrado en su poder, esta vez, casi todos los billetes y soles peruanos que circulaban en Tugal. Un día, por último, antes que amaneciera, salió del pueblo, a caballo, sigilosamente, como un ladrón, con sus alforjas repletas de dinero, acompañado de dos guarda espaldas armados, camino de la capital.

Pocos días duró su estancia en la ciudad, donde los Bancos nacionales y extranjeros abren las puertas blindadas de sus edificios soberbios a los que tienen dinero. Esos pocos días le bastaron para convertir en libras esterlinas el último céntimo de su fortuna, sabiendo a ciencia cierta que así, dejando pasar tranquilamente el tiempo, la moneda inglesa subiría de precio hasta triplicar en redondo sus capitales.

Después regresó a su pequeño campo de operaciones. Su vida habría recomenzado con el mismo ritmo, quizás durante muchos años, sino hubiera sido por un hecho al parecer de ínfima importancia.

Por las calles de Tugal paseaba la silueta esbelta y juvenil de la nueva normalista Lucila Calderón, que, al cabo de cuatro años regresaba, atraída por el calor familiar, influida por ese sentimiento general de los tugaleños, que les hacía retornar a su punto de origen, ya fuera de las selvas o desde las grandes ciudades. Era el mismo caso de Pedro Castro y de su padre Quintiliano.

Cuatro años de ausencia la habían transformado por completo. Las gentes de Tugal recordaban haberla visto partir muy niña, con sus catorce años apuntando primavera, con su falda corta, sus zapatos de tacón bajo, su busto informe, su rostro fino y pálido. Volvía ahora jugosa y atrayente como una fruta de carne apretada, derramando alegría con sus encantos de mujer enteramente florecidos. El esbozo de la naturaleza volvía hecho un cuadro bien logrado por el soplo y la influencia de la ciudad civilizada. Volvía sabiendo ya diestramente, entre otras cosas, los secretos que hacen resaltar el encanto femenino cuando existe y hasta lo hacen surgir donde no existía.

Pedro Castro la había conocido en el mismo barco a su regreso. Halagada y cortejada por los pasajeros y por los marinos, Lucila Calderón había advertido, pero sin dar importancia en lo menor, la presencia de Pedro Castro, el ricacho tugaleño que llegaba ya a la cincuentena, el hábil comerciante, el usurero cruel, el mujeriego que caminaba medrosamente por los salones de primera con su aire provinciano, su cadenota de oro en el chaleco, sus ojos cortantes y su verdosa palidez. En cambio, él, Pedro castro no había hecho más que seguirla desde el principio, sigilosamente, aparentando indiferencia cada vez que se encontraban cara a cara. Su deseo íntimo habría sido sumarse también a la comparsa de los jovenzuelos que la mimaban, o aislarla de todos, mejor, para que le oyera a él solo, como estaba acostumbrado a hacerlo, pero a fuerza de dinero, con la mayor parte de las mujeres que despertaban el apetito fácil de sus sentidos; más, tenía una invencible timidez para acercarse en esta forma a cualquier mujer, y más aún a esta bonita y elegante normalista, en cuyos ojos había sorprendido miradas de aversión hacia él.

No cruzaron, pues, más que algunas palabras banales, relacionadas con el viaje, la capital y don Quintiliano. En el barco le había faltado a él la tercera persona que supliera venalmente su falta de condiciones galantes ¿Pero no iba acaso a Tugal? ¿A Tugal donde había terceras persona en abundancia y donde sus trampas funcionaban casi siempre infaliblemente?

Y ahora, Lucila Calderón estaba, efectivamente, en Tugal. Se la veía a veces por las calles con el rostro graciosamente tocado con un sombrero sencillo de color encendido, y el “rojo” intenso de los labios que animaban su palidez. Se la veía caminar difícilmente con sus tacones altos. Con el tobillo fino del que ascendía la pantorrilla armoniosa; caminar difícilmente por el suelo mal pavimentado de las calles, atrayendo irresistiblemente las miradas de los tugaleños, que la saludaban respetuosamente porque era la hija de don Quintiliano y porque les agradaba que esta señorita vestida a la moda de la capital les hiciera caso amablemente.

Pedro Castro buscaba desde entonces asiduamente la compañía de son Quintiliano; trataba de sondear las posibilidades en el espíritu del maestro y en su propio espíritu, y resolvió al fin probar sus propias fuerzas, sus aptitudes intrínsecas, para buscar, por primera vez en su vida acaso, ya en la hora de su decadencia, el verdadero amor. Su perspicacia le hizo comprender, después del primer instante, que en este caso las terceras personas podían estar de más, que no servirían para nada en sus trampas levantadas para hacer caer a criaturas ingenuas y más o menos desamparadas.

El hogar de don Quintiliano se vio de pronto sorprendido por n gracioso y extraño obsequio: Un delicado cajón de pasas malagueñas y otro de frutas confitadas.

Era el primer flechazo que lanzaba el desgarbado cupido de oro macizo, Pedro Castro.

Mientras la señora de Calderón comenzaba esa vez a repartir, alborozada, entre los niños la lujosa golosina, la normalista se puso pensativa, y don Quintiliano exclamó en voz alta sentenciosamente:

-El regalo del rico, cuando no humilla, envenena.

Los obsequios de ese género se repitieron después con bastante frecuencia, dejando vislumbrar con claridad los designios del que los enviaba.

Las dádivas se repetían con el menor pretexto, porque para Pedro Castro era otra ley infalible aquello de “Dádivas quebrantan peñas”

*

Don Quintiliano había tenido que abrir las puertas de su casa la noche de su cumpleaños para recibir a un grupo de festejantes capitaneados por Pedro Castro, y que llegaron poco después que la banda de músicos había comenzado su actuación tocando dianas y marineras. Lucila Calderón no estuvo muy alegre esa noche, danzando sin parar entre los brazos del engominado subprefecto, el juez bigotudo y Pedro Castro. Pero había tenido que mostrarse acogedora, lo mismo que don Quintiliano, a pesar de que para los dos la presencia del usurero vicioso les producía un recóndito e irrefrenable malestar..

Al día siguiente, mientras las amigas de la normalista, que habían asistido imprevisiblemente a la fiesta, difundían la noticia reciente y comentaban en diversos tonos los nuevos amores de Pedro Castro, Lucila Calderón recibía una lacónica pero expresiva carta amorosa del hombre más rico de Tugal.

La respuesta fue negativa. Pedro Castro supo al mismo tiempo que Lucila Calderón tenía amores con un estudiante que vivía en la capital.

Era ésta una de las poquísimas veces que Pedro Castro fallaba en sus previsiones y en sus cálculos. Sus frecuentes dádivas no habían tenido, en este caso, el resultado que era de esperarse. Por el contrario, había exasperado el espíritu recto de don Quintiliano, que no cesaba de lanzar invectivas contra los “negociantes y usureros que roban el pan y la vida de los débiles e indefensos”. Por primera vez Pedro Castro estaba en vías de saber que es falible el poder de la dádiva, y que la varita mágica de oro no siempre doblega el torso de los hombres, sino que, a veces, los hace erguirse porfiadamente.

Pero no era éste un hombre de los que abandonan la presa al primer fracaso. Al contrario, era de los que la persiguen con más encarnizamiento y con redobladas fuerzas. Habituado a limpiar todo obstáculo del camino con el puñal y el “máuser”, en la selva; con la audacia y el soborno en Tugal, no podía permanecer tranquilo ente el rechazo de una tugaleña sin dinero, hija de un pobre maestro de escuela, a quien ofrecía la fortuna más cuantiosa de la región.

Lo que al principio había sido un simple deseo sexual parecido a muchos otros que Pedro Castro había experimentado y satisfecho con facilidad, fue transformándose, poco a poco, en un complejo sentimiento de admiración, de rencor y ansia sexual, que enardecía sin cesar su sangre. De nada le servía el deseo satisfecho en virginales presas que seguían proporcionándole sus viejas proxenetas. La figura delicada y atrayente de Lucila Calderón caminaba junto a él, tentadora e inalcanzable a todas partes.

El acecho continuaba en diversas formas. Don Quintiliano se vio abrumado por espléndidos ofrecimientos. Habría podido ser propietario de casas y fincas, habría podido ser alcalde del pueblo con sólo decir una palabra. Había rehusado todo en forma digna y cortés; pero ante la insistencia de Pedro Castro, terminó contestándole un día con cruda agudeza:

-Más le valdría recoger a tantos pequeños que vagan por estas calles con los pies en el suelo, sabiendo sólo en secreto quién es el que les dio la vida.

Pedro Castro no se inmutó por eso:

-En este pueblo nadie se muere de necesidad, y la pobreza, cuando no mata, tonifica. Pobre fui de niño, por eso sé lo que vale el dinero, por eso pude ganarlo y multiplicarlo.

Lucila Calderón, que en verdad estaba enamorada del estudiante ausente, sentía el acecho de Pedro Castro con creciente inquietud y repugnancia. Las cartas del comerciante, invalidado ya para decir auténticas palabras de amor, llegaban a sus manos como papeles quemantes y envenenados. Se sentía infamada al leerlas y terminó por devolvérselas sin tocar.

Pedro Castro, que desde su regreso de la capital no había vuelto a embriagarse en el pueblo, sino en su finca del “Molino”, acompañado de algunos acólitos, volvió a su antigua costumbre el día en que su segunda carta fue devuelta intacta.

Fue uno de esos días cuando la idea que llevaba germinando en su cerebro, tomó forma definitiva y fue a parar a oídos del subprefecto, en tono confidencial:

-¡La hija del maestro sabrá dentro de poco quién es Pedro Castro!

*

Las casas de Tugal están agrupadas al pie de los cerros verdeantes; el resto de la planicie estaba sembrada siempre y verdeaba también durante todo el año con riego de agua canalizada y con la propia lluvia que caía frecuentemente.

Bordeando el campo y ciñendo apretadamente los cerros de roca grisácea del lado opuesto, se desliza apaciblemente como la vida de Tugal, un riachuelo de aguas generalmente límpidas. A lo largo de sus orillas crecían sauces graciosamente encorvados, pinos frondosos, eucaliptos altísimos y arbustos que en algunos segmentos reflejaban completamente ocultas las aguas del río.

Hacia ese río se encaminaban por las tardes de los días festivos las señoritas y los niños de Tugal, en pequeñas bandadas. Buscaban los recodos más discretos y frondosos, despojábanse de sus vestiduras callejeras, y, cubiertas con grandes polleras que escondían el cuerpo desde el cuello hasta los pies, se sumergían gritando graciosamente entre las aguas del río.

La nueva normalista había tomado otra vez placentera y humorísticamente esa antigua costumbre, al volver de la capital. Se la veía por los caminos del campo, corriendo alegremente, en compañía de algunas amigas.

*

El día de San Isidro era para los tugaleños la fiesta más bulliciosa y auténtica. Ese día no había banderas bicolores, ni desfile de escuelas, ni discurso del alcalde en la laza principal, como en las fiestas patrias del 28 de julio. El día de San Isidro los tugaleños volvían a pintar prolijamente las fachadas de sus casas, y traían desde el campo o sacaban de sus huertos gruesos troncos y grandes ramas de árboles, arbustos enteros, y, desempedrando la calle de la iglesia, la dejaban convertida en una pintoresca avenida. Los niños entonces trepaban por las ramas potentes, fingían arrancar de ellas la fruta que, en realidad, llevaban escondida en los bolsillos, y descendían de un salto mordiendo espectacularmente sus melocotones dorados, sus manzanas olorosas, sus plátanos de almíbar.

Las hijas casadas se reunían ese día en las casas de sus padres, disfrutaban lo mejor posible de los potajes suculentos, y en todas partes había un vaso de sabrosa chicha para cualquier transeúnte, aunque no fuera conocido.

Los hombres se reunían por las plazuelas, por las puertas de la iglesia; iban al campo en pequeños grupos. Hablaban de las lluvias, de las siembras, jugaban a las tejas y reían a carcajadas sonoras.

Cerca de un había ya transcurrido desde el día en que Pedro Castro volvió de la capital después de haber realizado su más brillante operación comercial, para comenzar en Tugal su más desdichada gestión de amor.

Durante ese año había conocido muchas cosas nuevas en su vida. Su zarpa cincuentona se sentía adolorida; se daba perfectamente cuenta de que sus fuerzas flaqueaban. Pero daría la dentellada aunque le costara los dientes.

Declinaba ya el día de San Isidro; los tugaleños volvían de los campos entonando marineras y yaravíes, trayendo sobre la espalda pequeños tercios de leña o de alfalfa, algunos llevaban también escopetas y puñales al cinto, cuando la noticia voló or todas partes ardiendo como la pólvora:

-¡Pedro Castro ha robado a la normalista!

-¡Pedro Castro raptó a la hija de don Quintiliano!

La noticia era verdadera. Pedro Castro había reunido ese día en su finca del ”Molino” a cinco maleantes del pueblo: al “manqueras”, al “Mulato” Sánchez, al “tuerto” Pinillos, al “Gallo” y al “Carpentier”. Estuvieron allí de juerga, bebiendo sin parar, hasta que llegó la proxeneta, diciendo:

-Está en la poza de la “Tranca”.

Hacia allí se dirigieron en fogosos caballos, gritando blasfemias y disparando tiros al aire.

Llegaron a la poza de la “Tranca”, y poco después “Carpentier” cabalgaba a la diestra de Pedro Castro, llevando en la parte delantera de su cabalgadura a Lucila Calderón, desvanecida.

Las amigas de Lucila Calderón huyeron despavoridas en dirección del pueblo; iban lanzando gritos delirantes, imprecaciones y súplicas. Algunos tugaleños les siguieron hasta el pueblo; otros se fueron siguiendo las huellas de los malhechores, que se dirigían al “Molino”

Más de cincuenta hombres había en los umbrales de la escuela cuando la figura encorvada y canosa de don Quintiliano salió gritando, pálido de ira:

-¡Muerte a la bestia endemoniada; muerte al monstruo!

La muchedumbre iba engrosando a medida que avanzaba en busca del raptor, del corruptor, del usurero, del poderoso animal de presa que había ofendido y humillado al manso rebaño de Tugal, pacífico. Los campesinos despojados de sus tierras, los comerciantes, los empleados extorsionados, todas las víctimas de Pedro Castro estaban allí, febrilmente unidas, formando un solo cuerpo que avanzaba con una furia de torrente.

El pueblo entero se volcó esa tarde hacia la finca del “Molino”, donde los facinerosos estaban sitiados. A la luz de una luna que llovía ceniza luminosa, congoja y turbulencia, los tugaleños iban apretando cada vez más el cerco.

Pedro Castro al oír las voces del tumulto, salió hacia el campo, dejando a su presa, violada y desvanecida. Quiso escapar, pero brotaron ante él figuras humanas irreconocibles. Las ovejas se habían transformado también súbitamente en lebreles aullantes, y todos a una iban acorralando sin piedad al animal de presa, que se entregó sin lucha.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cuando el subprefecto llegó a esos lugares con cinco gendarmes armados, la cabeza de Pedro Castro rodaba ya por las aguas del río tranquilo y silencioso de Tugal.

martes, 27 de noviembre de 2007

ENTREVISTA:Un documento fresco aun cuando haya transcurrido una década

La siguiente entrevista a Manuel Sánchez Aliaga se realizó en Celendín en el mes de julio de 1997. La misma fue ofrecida a distintas redacciones de revistas editadas por celendinos, pero su publicación siempre terminó en promesas.

TELÓN ARRIBA, Y… ¡MIME!

Por Jorge Horna


Si preguntáramos en Celendín por Manuel Sánchez

Aliaga, muchos dudarían en darnos razón de él. Pero

si mencionamos a “Mime” la respuesta respetuosa

brota de inmediato.

Manuel Sánchez A. es un profesor formado en las

canteras prístinas de la Escuela Normal La Cantuta.

Hoy vive en su tierra natal.

Son las dos de la tarde, y las calles a modo de nobles

hamacas sostenidas por el cerro San Isidro y Jelig, o

por Tolón y las alturas de Pumarume se mecen

serenas en una gozosa siesta bajo el azul intenso del

cielo. Con mucha amabilidad, Manuel me recibe y

pasamos a su biblioteca. La amena conversación

empieza…

Mime y sus rivalidades con los castillos. Por Charro.

Muchas personas te identificamos como un impulsor del desarrollo cultural e intelectual de Celendín. Recuerdo tu activismo artístico, periodístico, literario.

Era el año1962, presidía la Asociación “Pedro Ortiz Montoya”; dirigía, además, la radioemisora “Celendín” con la invalorable ayuda de Jaime Díaz “(Jovi); los espacios emitidos eran culturales, informativos y hacíamos radioteatro y concursos interescolares radiales.

Por esos tiempos fundé el semanario “Ecos”, la impresión se hacía en Cajamarca; su duración fue más o menos de un año y se financiaba con el aporte de José Camacho (Coche Pina), mi hermana Ernestina y yo. Mi juventud de entonces me permitía ser muy inquieto: apoyé las exposiciones pictóricas al aire libre en la plaza de armas, de los pintores Alfredo Rocha y Gustavo Garrido. De este último recuerdo un cuadro que representaba un manojo de paja toquilla suspendido en el aire rodeado de sombreros; el cuadro se titulaba “Platillos voladores en Celendín”.

En alguna oportunidad en el auditorio del que fue colegio Javier Prado, hiciste pantomima, ¿cuál es tu formación al respecto?

Estudié el curso de Teatro en La Cantuta. Posteriormente con el grupo Histrión. Fui alumno de los maestros Emilio Galli y Jorge Acuña Paredes. Aquella vez hice una representación de mimo en el local que tú refieres, como una conclusión de una gira turístico-cultural por todo el Perú que realicé con el músico Miguel Díaz Dávila. En cada pueblo al que arribábamos nuestras funciones eran gratuitas; alternadamente hacíamos poesía y música. El espectáculo concluía con la interpretación del carnaval celendino. Luego las autoridades o representantes del pueblo nos agasajaban y en muchas ocasiones cubrían nuestros gastos de alojamiento y alimentación.

Aquí en Celendín a nuestro espectáculo invitamos con mucho aprecio –y con tarjeta- a las autoridades. Al finalizar la función nadie se acercó ni siquiera a saludarnos.

¿Alguna vez hiciste teatro propiamente dicho?

Sí, antes quisiera referirte que mis representaciones favoritas de pantomima eran “El bouquet” y “El baño”.

Dirigí la obra “Ayar Manco” de Izquierdo Ríos, cuyos actores y actrices eran alumnos del Instituto Agropecuario y profesores del colegio Cortegana. Se estrenó en Celendín, luego fue puesta en escena en Cajabamba y Huamachuco; en esta última ciudad nos ovacionaron con conocimiento de causa. El público pidió la presencia del director, tuve que hacerme presente tal como estaba: con la ropa pintarrajeada, pues yo hacía de maquillador, escenógrafo, orientaba al iluminista… Aquella vez se bajó y subió el telón siete veces entre aplausos y algarabía. Aquí debo rendir homenaje al extinto César Díaz Dávila (Copocho), quien confeccionó los decorados. También mención honrosa a José Camacho que manipulaba el equipo de luces y a todos los excelentes actores del

grupo.

Motivado por estos hechos dirigí la obra “Ha llamado un inspector” de Priestley. Actuaron con entrega artística: Zenón Chávez Zegarra, Víctor Aliaga Zegarra, Ernestina Sánchez, Gardenia Peláez, Juan Chávez Paredes. Después con el apoyo y participación de Zenón Chávez representamos “Clave Dos” de Gregor Díaz.

Manuel, también se te conoce como periodista. Relátanos algo.

Participé en el periódico “El Golpe” que se sostenía con el aporte del cuerpo docente de la Escuela No.85 ( hoy 82391). Fui director de la revista “Marañón”. Pero debo confesar que el semanario “Ecos” marcó para siempre mi actividad periodística, por su posición crítica, cuestionadora, pero a la vez con derroteros alternativos.

¿Has escrito poesía?

La revista “Amanecer” publicó unos poemas míos. Actualmente en la revista “El labrador” dirigida por amigos sucrenses estoy colaborando con narraciones cortas en prosa poética.

La Literatura para ser tal no debe apartarse de lo estético y de la realidad vital. Algunos críticos agregan el compromiso del escritor. ¿Qué te parece este planteamiento?

El escritor refleja necesariamente sus vivencias que surgen de la realidad social. Se inicia como un acto inconsciente. El verdadero escritor es un auscultador permanente, pero que sutilmente a través de sus obras plantea, exige, sueña con la transformación progresista de la sociedad.

¿Has tenido o tienes contactos con escritores del país?

Cuando Alfredo Pita llegó a Celendín acompañando a Alfredo Bryce, éste me honró con visitarme y otorgarme su tiempo para conversar.

Conocí de cerca de los consagrados poetas Javier Sologuren, Washington Delgado, a Manuel Moreno Jimeno, con quienes he departido inquietudes literarias. Últimamente he presentado en Celendín el libro “Catequil” de Miguel Garnett.

¿Qué instituciones culturales existen en Celendín?

El Centro Cultural que durante muchos años traté de dirigir, pero mis ilusiones se ahogaron por la falta de un presupuesto adecuado para plasmar actividades.

¿Qué lecturas influyeron en tu formación?

Anduve asombrado por las obras de Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Eugenio Sue, Sthendal. Sigo conmovido con los escritos de Ernesto Sábato, Ivo Andric, Gabriel García M., Vargas Llosa. En poesía me impactaron los simbolistas y parnasianos franceses. Y del Perú: Martín Adan, Jorge Pimentel y los que ya mencioné anteriormente.

Manuel, siempre fuiste un viajero indócil.

En cada lugar que he visitado siempre encontré un celendino al paso, o arraigado añorando su tierra. Para serte sincero sólo me falta conocer Piura, Tumbes, Moquegua y Madre de Dios.

Tú conoces todo el panorama de la producción literaria de Celendín

Sí. Pienso que es tiempo de empezar por una antología de la poesía celendina. Tenemos poetas que merecen mención: Nazario Chávez, Pedro García, Julio Garrido, Jorge W. Izquierdo, Marcial Silva Pinedo, Armando Bazán, David Sánchez y muchos más.

Luego antologar a nuestros narradores, aquí tenemos a una lumbrera: Alfonso Peláez, y en otra generación a Alfredo Pita.

¿A qué se debe lo de “Mime”?

Muchos creen ingenua y dulcemente que lo de “mime” viene por mis aficiones a la pantomima. Pero no es así, y esto me tiene sonriendo para mis adentros. Lo real es –me refería mi madre- que cuando yo era un párvulo, un familiar nuestro que vivía muy cerca de nuestra casa, con el afán de enseñarme a articulas vocablos, constantemente me repetía “mime”, “mime”, “mime”… y empecé a imitar esa palabra; posiblemente mi segundo vocablo después de “mamá”. Desde entonces, aquí tiene ustedes a… ¡Mime! (Risas).

Finalmente, un espacio libre para ti.

A esta altura del camino hago un recuento de lo que hice, veo esa ruta llena de imágenes de amigos y amigas con quienes apuntalamos la cultura celendina. Pero mi desilusión es enorme: nadie siguió el camino. Hay un sector de la juventud ávido de hacerse presente, y son las instituciones educativas las que deben encauzar esa energía. Es tiempo de incluir con seriedad en los programas educativos los cursos de Teatro y Folclor nacional.

Por otro lado son nuestros paisanos ausentes quienes hoy publican meritorias revistas (Jelij, Trotamundos), pero quizás la natural añoranza, hace que las referidas publicaciones centren sus contenidos reiterativos en temas locales. Es necesario abordar también asuntos regionales, de actualidad nacional e internacional.

************ ****** ****

La conversación ha sido fecunda. Deseo tomar unos tragos y hago la invitación a Manuel. Él se disculpa cortésmente y no acepta; aunque reconoce que con una copas adentro la fantasía se adueña de la imaginación. Al mismo tiempo intuyo que me advierte: “mis palabras no cuestan retribuciones”.

Gracias Manuel a nombre de los lectores.

Celendín, 06 de agosto de 1997