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viernes, 4 de febrero de 2011

LETRAS: Alfredo Pita en Lima

Los paisanos amantes de la literatura y la cultura en general estamos de plácemes. Alfredo Pita, el gran escritor celendino, estará con nosotros, en Lima, el 18 de febrero, fecha en la que presentará en persona su libro de cuentos más reciente, “Extraños frutos”, y una nueva edición de su libro de relatos anterior, "Morituri", ambos publicados por el Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
El evento tendrá lugar en la Casa de la Literatura, en el Jirón Ancash 207, Lima, en un horario que los editores del FEUIGV todavía no han precisado.
Alfredo Pita, que viene desde París para un reencuentro con sus lectores y paisanos, va a quedarse unos días en Lima, lo que es una ocasión para que los celendinos aprovechen para conversar e intercambiar ideas con él, ya que nuestro paisano es alguien al que siempre interesaron los problemas por los que atraviesa nuestra provincia.

Alfredo Pita y el poeta Jorge Wilson Izquierdo en el bello Celendín. Foto Charro.

Como sabemos, Alfredo Pita es un celendino ejemplar, una persona con un profundo amor al terruño que nos vio nacer, que sufre en carne viva el atraso de nuestro pueblo, la destrucción que padece actualmente la ciudad y que es uno de los primeros interesados en la conservación del espíritu celendino a través de sus manifestaciones culturales.
Esperamos que las instituciones celendinas como la Asociación Celendina de Lima y los paisanos en general, estén presentes en el evento para hacerle sentir a nuestro escritor el calor fraterno que nació en los albores de una niñez compartida en las rectilíneas calles de nuestra antigua ciudad y en el bello paisaje que riega el río Grande.
Celendín Pueblo Mágico se enorgullece de tener entre sus mentores y principales colaboradores a Alfredo Pita, quien desde lejos nos alcanza siempre su consejo y aliento. Estaremos en pleno, acompañándolo en el acto cultural que va a protagonizar para orgullo nuestro.

martes, 30 de noviembre de 2010

CRÍTICA: Una lectura de "Extraños frutos"

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EL RETO DE LO HUMANO


Impresiones sobre "Extraños frutos", de Alfredo Pita

Por Jorge Horna

Alfredo Pita ha logrado con los nueve relatos de largo aliento que conforman Extraños frutos, que se suma a otros libros de cuentos y novelas de su autoría, desentrañar los sentimientos oscuros que emergen hasta hacerse evidencia y reto inesperado en la existencia humana.
El narrador y sus personajes ponen al descubierto la vida del habitante urbano que lanzado a la deriva debe batallar para sobrevivir, aunque en un par de relatos, Pita ha elegido el mar como espacio connotativo (“Neblina Mundo” y "Fruto de mar", relato fantástico) del eventual naufragio y del rescate de la vida.

Extraños frutos en la FIL Lima 2010, afiche del editor.

El ser humano, sin embargo, con sus tribulaciones a cuestas, se ve impelido sobre todo a la trashumancia. Entonces es la ciudad, la urbe, la calle, el otro escenario para la lucha e inmanencia donde acecha la violencia cotidiana. También está la lucha fraticida que se remonta a los primeros tiempos del hombre en la Tierra y que asaltan la conciencia colectiva como una sombra espeluznante.
Así son los cuentos de Extraños frutos, reflejan esa “cólera justa y sagrada” de los marginados urbanos, de los echados de su tierra, de los que migran oteando siempre la esperanza en los luceros de la nocturnidad.
Dos son los cuentos de este libro en los que Alfredo Pita expresa los recuerdos de una infancia vivida y nutrida en la comarca, Villamalia: “Salvador” y “Pishtaco”, escritos el 2010 y 2009, respectivamente. El primero es un relato de las frustraciones que empujan al protagonista por los caminos de la ambición y la codicia, valiéndose para ello del delito, que siempre mal paga.
En cuanto a “Pishtaco”, es una variación en torno al mito andino de los descuartizadores de hombres, a historias que Alfredo Pita escuchó también, sin duda, en su propia Villamalia (su natal Celendín, obviamente), junto a los rescoldos que calentaban las consejas en los círculos más íntimos del seno familiar.
Extraños frutos confirma el compromiso del autor con el leguaje bien trabajado, la imaginación para elaborar tramas conmovedoras, la pericia que dosifica el uso de diversas técnicas narrativas, y la exposición y el tratamiento novedoso de los problemas que agobian al ser humano contemporáneo en su jungla, las ciudades, el exilio, las fronteras.
El libro, publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, fue presentado en julio, en el día inaugural de la Feria Internacional del Libro Lima 2010, organizada por la Cámara Peruana del Libro.
En esta ocasión, el editor, Lucas Lavado Mallqui, y los escritores y académicos Nilo Espinoza Haro y José Antonio Bravo, hicieron el enfoque respectivo del contenido de Extraños frutos. El actor Nerit Olaya hizo una intensa representación unipersonal del cuento “La noche anterior”, poniendo de relieve la caracterización de los personajes y los momentos dramáticos del desarrollo narrativo.

Lima, 2010.
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martes, 26 de octubre de 2010

LIBRO: Alfredo Pita, nuevas noticias

Nuestro paisano, el escritor Alfredo Pita, sigue haciendo noticia, no en Lima sino en lugares culturales más importantes como la Ciudad Luz, donde habrá pronto una presentación en torno a la publicación en el Perú de su libro Extraños frutos que, en forma sintomática, tan pocos comentarios ha suscitado entre la crítica especializada limeña.
La FMSH (Fondation Maison del Sciences de l’Homme) y la librería Salon du livre d’Amerique Latine, sita en 21 rue del Fossés Saint Jacques, Paris 5e, RER Luxembourg (prés du Pantheón) , tel 09 51 13 86 95, nos dan cuenta del suceso:

"Extraños frutos" de Alfredo Pita, laureado escritor celendino.

Mercredi 17 novembre à 19h

Rencontre avec l’écrivain péruvien Alfredo Pita pour la sortie de son livre au Pérou de Extraños frutos, Ed. Fondo editorial UIGV. Accompagné d’Ina Salazar et Ricardo Sumalavia. En partenariat avec le Centre Culturel Péruvien CECUPE.

Más detalles: aquí.



miércoles, 4 de agosto de 2010

LETRAS: Alfredo Pita publicó libro de cuentos "Extraños Frutos"

Diario La República, 26/7/2010
Escritor peruano vive en París cerca de treinta años. Fue presentado en la Feria Internacional de Libro de Lima y aborda el destino de peruanos lejos del terruño.

Lima. EFE
El escritor y periodista peruano Alfredo Pita, quien radica desde hace 27 años en París, publicó en Lima el libro "Extraños frutos", una colección de nueve cuentos que ofrecen “una visión peruana del mundo implacable de hoy”.

Una confirmación más del talento celendino.

Publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, en el marco de la 15 Feria Internacional del Libro de Lima, el libro reúne los cuentos “La noche anterior”, “Neblina Mundo”, “Las víctimas”, “La variante Mesías”, “Fruto del mar”, “El último hombre”, “Pishtaco”, “Salvador” y “Extraños frutos”.
Pita explicó a Efe que estos relatos están “unidos no por un tema o color, sino por una cierta mirada de los personajes sobre la vida que les ha tocado en esta hora global”.
“Los protagonistas son casi todos peruanos, pero viven su peruanidad en muchos casos muy lejos de su tierra”, afirmó para luego añadir que buscó ofrecer “una visión de lo peruano hoy, pero también una visión peruana del mundo implacable de hoy”, a pesar de que sus relatos “no son realistas”.
Para el autor de la novela "El cazador ausente", ganadora en 1999 del Premio Internacional de Novela Las Dos Orillas, del Salón Iberoamericano del Libro de Gijón (España), volver a publicar en Perú tras varios años “significa mucho”, ya que tiene “un vínculo entrañable” con su país.
“Para mí, publicar un libro en mi tierra, por modesto que sea, es más gratificante que hacerlo en Barcelona o París. ¿Por qué? No sé. Será amor, o tal vez masoquismo”, aseveró.
Con varios proyectos literarios en ciernes, Pita espera terminar pronto la revisión de una novela sobre la violencia peruana, que empezó a escribir en los años noventa, pero que dejó “en suspenso por un tiempo, tal vez movido por un cierto pudor frente al sufrimiento del que había sido testigo”.
También tiene “otro par de novelas en marcha”, además de “un par de decenas de cuentos ya escritos”, un género que, según confesó, es su “debilidad”.
“Soy un cultor del género, soy fiel a mi tradición y la reivindico. Me gusta la novela y la escribo, con el goce y el sufrimiento del caso, pero el cuento me captura al menor descuido”, confesó.
El escritor aseguró que para él “escribir es ser, es vivir” y que la escritura “le da sentido” a su existencia.
Aunque muchos anuncian la “muerte” de los libros como tal, Pita reiteró su amor por ellos y manifestó que tiene “fe en su futuro”.
“En este marco, admiro a la gente que hace libros, que publica libros, por el amor a los libros. Yo me esfuerzo, con lo mío, por contribuir a esa tarea, por ser uno de ellos, a mi modo”, concluyó.
Alfredo Pita es autor de la novela "El cazador ausente" (1994), de los libros de cuentos "Y de pronto anochece" (1987) y "Morituri" (1991), de los poemarios "Hacia los valles" (1966) y "Sandalias del viento" (1995) y del libro para niños "Un pequeño capitán" (2002).

Opiniones
Considerado como un autor de culto, su novela El cazador ausente ha sido elogiada por escritores como el chileno Luis Sepúlveda y por críticos como el francés Jean-Louis Aragon.
El también crítico español Dámaso Vicente Blanco no ha dudado en destacar que “habrá un día en que se hablará” de varios de los cuentos de Pita como de “obras clave de la literatura peruana, y aún de la literatura en castellano”.

Fuente: Diario La Republica.

Perfil
El autor nació en Celendín, Cajamarca, en 1948. Periodista y escritor, ganó el Premio al Poeta Joven durante el Encuentro Nacional de Poetas Peruanos de 1966. Reside en París desde hace 27 años. Ha publicado la novela El cazador ausente (Premio Internacional de Novela Las dos Orillas, España 1999), los libros de cuentos Y de pronto anochece y Morituri, la novela para niños Pequeño capitán y los libros de poesía Hacia los valles y Sandalias del viento.


miércoles, 28 de julio de 2010

NARRATIVA: De "Extraños frutos", de Alfredo Pita

En la inauguración de la XV Feria Internacional del Libro, el 22 de julio, para ser más precisos, se presentó el libro “Extraños frutos”, de nuestro paisano el escritor Alfredo Pita. Es una colección de nueve cuentos, pulcramente editados por al Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. El equipo de CPM estuvo presente en la ocasión, que fue una verdadero éxito tanto por la representación teatral que se hizo de uno de los cuentos, "La noche anterior", como por la calidad de los presentadores, los escritores José Antonio Bravo y Nilo Espinoza Haro. Ahora, como un regalo para la todos los lectores de Espina de Maram, aquí publicamos, con el debido permiso del autor, “Pishtaco”, otro de los relatos del libro. Este cuento explora el famoso mito, que persiste a través del tiempo en los Andes peruanos y que demuestra cómo una población sumida en la ignorancia, vive sujeta a sus miedos y a su abandono, y como establece mecanismos de autoprotección que considera legítimos para su supervivencia (NdlR).

PISHTACO

Para Illariq Peralta Pita

Podría haber estudiado botánica o mineralogía, pues todo lo que ofrece la naturaleza, vivo o aparentemente inerte, me apasiona, pero como también los hechos de los hombres me conmueven, me incliné por la arqueología, ya que la historia y sus buceos interminables en archivos y bibliotecas no iban conmigo. La historia me gusta, y mucho, pero no sirvo para vivir sentado, horas tras horas, comiendo el polvo del pasado acumulado en los viejos volúmenes que duermen en las estanterías de oscuras bibliotecas. El hecho es que desde un comienzo, desde el fin de la secundaria, estuvo claro para mí que, de entrar a la Universidad de San Marcos, como quería, tendría que hallar una actividad que me conviniese, que empatara mi afición por los viajes y por la naturaleza con mi pasión por los hechos históricos. La única opción era la evidente, y de ella he hecho mi profesión, una profesión en la que recién comienzo a hacer mi camino, pero que ya me ha dado algunas satisfacciones. Y no sólo esto, también me ha hecho vivir lo que algunos periodistas llaman situaciones límite. Esto no quiere decir nada, pero hay que llamarlas de algún modo. Situaciones únicas, extrañas, que, en todo caso, han contribuido a enriquecer mi bagaje, como se dice.

Una de las más intensas, sin duda, es la que viví hace unos meses en la zona de Ayacucho, a donde me habían enviado para participar en una encuesta de corte sociológico. En estos tiempos milenaristas, en que se mezclan final de siglo, de milenio y, tal vez, de dictadura, la propuesta la había sentido como una señal de que las cosas iban a cambiar también para mí. Iba a trabajar para otros y fuera de mi campo de estudios, pero daba igual. El tema, los efectos culturales y psicológicos de la reciente guerra interna, me interesaba mucho. Y, de paso, iba a ganar algún dinero, lo que, en los tiempos que corren, es una bendición. Las plazas para el viaje habían sido muy disputadas y, entre mis compañeros de promoción, los que las habíamos obtenido pasábamos por ser unos suertudos o gente con mucha vara. Nadie más pobre, en el Perú de hoy, entre los profesionales sin trabajo, que un joven egresado de antropología, etnología, etc. Aunque tal vez nos quejábamos demasiado, vista la situación de otra gente que sufría más que nosotros en el país. Mucho más, que sabía lo que, en realidad, era la miseria. Además, puesto que iba a estar en el terreno, me había propuesto hacer una investigación personal, leve, o de profundidad, según se dieran las cosas, sobre un mito que me fascinaba desde mi adolescencia y sobre el que algún día me gustaría hacer una investigación, algo así, tal vez un libro. No soy etnólogo, pero el asunto me tentaba en forma casi inexplicable. El tema resurgió en mí en los días previos al viaje a Ayacucho, cuando un amigo, ante mis preparativos y ante la perspectiva de que yo iba a pasar algunas noches en el campo, durmiendo en casas de campesinos, adoptó un tono de broma y de consejo.

-Ten cuidado, Andrés, que los indios no te vayan a tomar por un pishtaco y se te adelanten y te saquen la grasa a ti -dijo.

Al decir esto, me hincó la barriga con el dedo. El amigo jugaba risueñamente con mis kilos y con mi aspecto, lo que contaba en el marco de lo que estaba evocando. Aquí debo explicarme, supongo. Por un azar de la genética, pese a haber nacido en Lima y a que mi madre y mi padre son dos mestizos peruanos -la primera surgida de una familia de Villamalia, en Cajamarca, en el norte del Perú, y el segundo procedente de Arequipa, en el sur-, por eso de los genes residuales, me parezco, según dicen, a los abuelos paternos de mi madre. Esta es mi anomalía. Por mi piel blanca, mi pelo pajizo, mis ojos claros y mi estatura, que supera el metro ochenta, en el Perú algunos desprevenidos me toman por un extranjero, por un gringo, lo que no siempre es un favor. El pishtaco, por otro lado, es un curioso mito andino que pone en escena a un asesino de viajeros, a los que espera en los caminos solitarios para matarlos y sacarles la grasa. Este simpático personaje es, casi siempre, un gringo.

La broma del amigo despertó en mí una vieja fascinación por este mito, del que había oído hablar por primera vez cuando, por mis diecisiete años, visité Villamalia. Una noche, después de la comida, en la casa del tío que me recibía, a la luz de un débil foco eléctrico que apenas nos alumbraba, los presentes comenzaron a contar historias fabulosas, fantasiosas, en general orientadas a producir miedo, efecto que archilograban sobre todo con los niños, a juzgar por la cara que ponían los pequeños que, mientras escuchaban, cerraban la boca o juntaban las manos, como si estuvieran ateridos. Algunos se pegaban al costado de sus madres y el conjunto me fascinaba, a mí, el capitalino, que desconocía el poder de la palabra y de las historias en un ambiente así, donde no tenía nada que hacer la televisión, que aún no había llegado al lugar. Se hablaba del cementerio de Villamalia, que, lo había visto en uno de los paseos que me habían organizado, estaba en la cima de una colina, frente a la ciudad. El camino que llevaba hasta él se prolongaba y pasaba junto a la barda ocre y coronada de tejas que lo rodeaba. Visto desde abajo, antes de la subida, el cementerio impresionaba no sólo por su función, sino también por su aspecto, por la belleza de sus líneas recortándose, en la tarde, contra ese cielo de un azul extraño, azul cobalto tal vez, y sus nubes diáfanas y viajeras. Los mayores contaban que cuando se pasaba de noche por aquel camino, sobre las tejas del camposanto podía verse un aura fosforescente que procedía, según ellos, de los huesos de los muertos. Alguien dijo que no sólo había esa luz difusa, semejante a la que se desprendía de algunos relojes en la noche, sino que a veces se escuchaba a una mujer que cantaba una canción muy triste, y que, otras veces, se oía el llanto quedo de un niño.

La conversación prosiguió, aterrando a los niños y pasando revista a otros temas y lugares comunes de la fantasía de los pueblos serranos, hasta que llegó al asunto de los pishtacos, que, debo decirlo, me sorprendió. Era la primera vez que escuchaba la historia, pero, por todo lo que implicaba, lo confieso, de inmediato me interesó. Era una historia clásica, montada con una imaginería algo ridícula, pero no por ello menos interesante, en torno a estos seres depredadores y misteriosos que buscan al ser humano desprevenido e inocente para hacerle daño, para practicar el mal. Ahora ocurría menos, ya no había tantos casos como en el pasado, decía uno de los contertulios, pero de todos modos era preferible no salir de noche a la carretera o a los caminos que iban del pueblo hacia los caseríos cercanos. Hacerlo era correr gran riesgo, sentenció, pues todavía por ahí podía estar, esperando, alguno de esos terribles personajes. No había, pues, que tentar al diablo.

-¿Esperando? ¿El diablo? Pero, ¿de qué, o de quiénes, se trataba?

Mi impaciencia los divirtió. Estaba a la vista que no conocía el tema. Nos hundimos en otra historia espeluznante. Desde hacía mucho, desde hacía décadas, tal vez desde el siglo pasado, me explicó el padre de familia, que había asumido finalmente el hilo del relato, se sabe de gente que había desaparecido durante un viaje y cuyos restos fueron hallados días o meses después, cuando fueron hallados, en lugares apartados, escondidos, y con horribles cortes y quemaduras que delataban que los habían abiertos como puercos y los habían expuesto al fuego para que la grasa se les derritiese. El asesino, se decía, tras recuperar con cuidado esa manteca, gota a gota, en un recipiente limpio, desaparecía. Ese era el botín del pishtaco: la grasa humana. Era lo único que le interesaba. La historia me dejó entre fascinado y asqueado.

-Pero, ¿por qué la grasa? ¿La comían...? ¿De qué podía servirle...? Y, para comenzar, ¿de donde salía esa historia? ¿Había testigos?

La respuesta me dejó más atónito aún. Seguramente alguien había visto, había habido testigos, en el pasado, nadie iba a inventar una cosa como esa, dijo el viejo tío, con lo que me calló la boca. Esos asesinos no querían la grasa humana para ellos, me explicó. La buscaban para comerciarla. En el extranjero había un mercado para eso. Ante mi gesto incrédulo, y la sonrisa que intentaba contener para que no se transformara en carcajada, me precisó que ciertas industrias, las que trabajaban con mecánica de precisión, necesitaban ese tipo de grasa, que era la mejor para el funcionamiento de sus delicados mecanismos. Yo le miraba los ojos, esperando que, de pronto, riese también, pero el tío hablaba en serio. Le dije que no podía imaginarme qué industrias podrían requerir de grasa humana para hacer funcionar sus productos.

-Antes era la industria relojera suiza. Ahora son los que construyen satélites y los mandan al espacio -sentenció.

Mi humor risueño dio paso a un asombro, a un estupor, una admiración sincera frente a lo que era, ya en ese tiempo me daba cuenta, una manifestación tangible de la creatividad popular. Estaba frente a un mito.

-Ahora también la emplean, la grasa, en las computadoras de la Nasa y en los instrumentos finos que usan en la industria minera para detectar las vetas y las tierras donde hay oro escondido o diseminado en las rocas.

Ya no pedí más explicaciones. Para mí era suficiente. No lo supe en ese momento, pero esa noche sembró en mí una curiosidad particular por este tipo de manifestación de la personalidad de un pueblo, del mío.

La perspectiva del viaje a Ayacucho reactivó en mí aquella vieja velada y las historias que en ella se contaron. Iba a tener una buena ocasión de indagar un poco si en esa zona también estaba vivo el mito aquel que tanto me había impresionado como me había hecho reír. La broma de mi amigo sobre mi gordura y sobre las posibles amenazas me terminó de instalar en la expectativa. La posibilidad de cotejar esa alegoría seductora con los efectos psicológicos que había dejado la guerra interna, también era otro ingrediente que me parecía sugestivo. En algún momento, dos años atrás, había pensado en pedir una beca para hacer un viaje de estudio en torno al asunto del pishtaco, pero, como siempre, la universidad no estaba para becas, y ninguno de nuestros eventuales patrocinadores se interesaba en el tema por entonces. Ahora, la encuesta sociológica en la que iba a participar era una oportunidad para ganarme un poco los frejoles, pero también para intentar obtener material para un trabajo mío, propio. Me estaba becando a mí mismo, pues, para acercarme al mundo andino y a sus historias desde una perspectiva que en algún momento me había fascinado: la violencia antes de la violencia, la violencia entre los individuos antes de que la guerra ahogara a colectividades enteras. ¿El terrorismo y la cruenta represión habrían dejado en pie al mito del pishtaco? Era un buen punto de partida para una inmersión en el imaginario ayacuchano que para mí era más que ignoto.

Me frotaba las manos, aunque algo me decía que debía frenar mi entusiasmo, que el trabajo para el que me habían contratado me iba a tener ocupado tal vez en exceso. Iba a integrar uno de los grupos que debían visitar dos y tres poblaciones para colectar testimonios de individuos y de familias sobre cómo sus vidas habían sido afectadas por los años de la guerra. En base a los relatos, el instituto que nos empleaba pretendía, supongo, trazar un fresco testimonial y estadístico que hablara de la desaparición de un mundo y del surgimiento de otro, el Ayacucho de hoy, que se supone es diferente al de hace treinta años. Se supone, digo yo, porque no estoy muy seguro de que la hecatombe haya sido suficiente como para borrar las viejas condiciones que hicieron posible la conflagración. Todo eso estaba por verificar. Mis lecturas y mis notas en la perspectiva del trabajo no me quitaban, sin embargo, de la cabeza, por más esfuerzos que hacía, la posibilidad de desarrollar un proyecto para mí. No es que me obsesionara el tema del pishtaco, pero la verdad, el fantasma cruel y atrabiliario que buscaba la grasa de la gente se inmiscuía cada vez más en los preparativos de mi viaje. El día de mi partida ocurrió algo que me hizo reflexionar y que, a la vez, contribuyó a afirmarme en mi secreto proyecto. En el taxi que me llevaba a la compañía de ómnibus, pese a que tenía la cabeza llena de preocupaciones inmediatas, de repente me encontré hablando con el chofer de mi tema recurrente, obsesivo, debo reconocerlo. No recuerdo cómo lo planteé, pero debe haber sido en tono descreído y risueño, porque el taxista de pronto me miró con rostro grave. No, señor, no es así. Existen. Yo los he visto. Su gesto y su frase me devolvieron de nuevo a la curiosidad "científica".

-¿Cómo está tan seguro? -pregunté-. ¿Usted los ha visto?

-Sí, señor, yo los he visto. ¡Acabo de decírselo! Una vez vi a uno de ellos.

Mi curiosidad dio paso a una expectativa asombrada. El hombre era delgado y su edad era indefinible. ¿Cuarenta, cincuenta años? Vaya usted a saber. En todo caso, su rostro afilado hablaba de años de hambre y, tal vez, de enfermedad. Su voz, seca, rijosa, se atenuó, evocadora. Es gente que viste en forma rara, ¿sabe? Usan borceguíes como los militares, pero su casco es de minero. Y van con mochila, donde seguramente llevan la escopeta y las otras cosas que usan para hacer daño a la gente. ¿Usted los ha visto? ¿Cuándo? ¿Dónde?, no pude impedirme insistir, incrédulo. El hombre parecía sujeto a un leve trance y no necesitaba que yo lo incentivara demasiado. Siguió hablando con el mismo tono. Es lo que le digo, señor. He visto a uno de ellos, caminando al borde de la carretera. Debe haber sido por el 75. Yo tendría diez u once años y una tarde estaba jugando con otros niños, cerca del pueblo joven donde vivíamos, cuando lo vimos aparecer. Caminaba despacio, al borde de la pista, junto a las chacras. Cuando lo tuvimos cerca, vimos que nos miraba con mirada fuerte, muy fuerte. Era un gringo. Y sus ojos eran de un color extraño, como verdes, como lavados. Nos miró uno a uno, sonriéndonos, y tuvimos miedo, y nos pusimos a correr. Nos escondimos detrás de una barda y nos quedamos vigilándolo, viendo cómo se iba, con el paso de quien está buscando algo. Uno de mis amigos dijo lo que todos sabíamos, que había que cuidarse de gente así. Seguro era uno de esos que se llevaban a los niños, no para venderlos, como los gitanos, sino para matarlos, para descuartizarlos.

-¿Y ustedes cómo sabían eso? -inquirí.

-Los mayores nos contaban historias, nos habían advertido.


El Pishtaco, un mito enraizado en el Ande peruano.

Las semanas que pasé en Ayacucho, en los distritos que me tocó encuestar, fueron ricas, interesantes y aleccionadoras. Tendría que agregar también que fueron previsibles, pero esto lo explicaré más tarde. Llené decenas de casetes con las entrevistas que hice y varios cuadernos con las notas que tomé. Era un material riquísimo que me dio ideas para otros trabajos que, tal vez, me decía, podría desarrollar en el futuro. El destino de los huérfanos de la guerra, por ejemplo, era un buen tema. Se comenzaba a ver, a unos años de sus respectivas tragedias, los efectos de sus duelos y pérdidas en su estragada humanidad. La piel recuerda, el cerebro quiere olvidar, los oídos resucitan a los cadáveres e impiden que el sueño consuele a los deudos. Ese atisbo de vejez que había en los ojos de algunos, cuando no había simplemente un vacío de pozo sin fondo del que nunca, tal vez, iban a poder salir, me aterraba, me fascinaba. El abanico era amplio. Entrevisté a mujeres que habían perdido a sus maridos y que los daban por muertos porque los habían enterrado, y los habían ya comenzado a olvidar para pasar a otra cosa, para continuar en la vida. Eran, junto con los hijos que habían podido enterrar a sus padres, o los padres que habían podido enterrar a sus hijos, los afortunados entre los desgraciados, entre las víctimas que había dejado la guerra. Los más desolados eran los hijos, o los padres, o los esposos o esposas de gente que simplemente había desaparecido, de gente a la que los militares que los habían capturado habían volatilizado como por arte de magia, sin darles después ni cadáver que enterrar, ni explicación a la cual aferrarse para poder esperar. Me impresionó mucho constatar que la gente que había enterrado a sus muertos comenzaba a olvidar detalles de cómo se había producido su tragedia. En cambio, los deudos de los desaparecidos parecían vivir con una herida siempre abierta, casi diría cultivada, como una flor, venenosa, que sólo les ofrecía algo seguro, su propia muerte, por más lejana que estuviera, como único consuelo. Todos estos matices los había encontrado en uno u otro de mis testigos. Los que más me habían impresionado habían sido, sin duda, los adolescentes o los jóvenes adultos que habían sido niños, o adolescentes, en el momento en que la violencia se abatió sobre lo que había sido su mundo, privándolos de padres, de hermanos, de amigos, dejándolos como portadores de una supervivencia inexplicable para ellos mismos.

La mayor parte de los diálogos que yo había sostenido se habían dado en quechua, por lo que había necesitado la ayuda de un intérprete. Nunca como esos días sentí la carencia que implicaba para un científico social en el Perú no hablar quechua. Fue una ocasión para tomar resoluciones al respecto. Ahora debo crear la oportunidad para aprender esa lengua y, sobre todo, para darme a mí mismo muestras de voluntad para lograrlo, lo que será lo más difícil. Sobre los antiguos niños de Ayacucho, que había entrevistado ya en tanto que jóvenes adultos, debo decir también que todos tenían algo que los emparentaba. En todos ellos, en hombres y mujeres, en sus miradas, había algo de lisiado, desgajado y ausente. En sus ojos y silencios atisbé el lugar común aquel de que nadie sale indemne de una guerra y menos aún los sobrevivientes, los que vagan en sus recuerdos y recorren caminos que aúllan, noches acezantes que olfatean la sangre de los muertos. Todos ellos eran un continente que había logrado atisbar y que no entendía, no sólo porque no hablaba la lengua, sino porque la guerra misma era una entelequia que me era extranjera. No lograba entenderla. Por otro lado, estaba mi otra derrota. Después de semanas de trabajo y tras haber planteado no pocas veces el tema, debí rendirme ante una evidencia: el pishtaco no aparecía por ningún lado en esas comarcas. El pishtaco no había tenido vela en los entierros ayacuchanos. ¿Era un mito en vías de extinción? Cuando lo evocaba, la gente sabía de quién, de qué estaba hablando. Viejos y jóvenes conocían perfectamente al personaje, pero no lo relacionaban en absoluto con el desastre sangriento que se había abatido sobre la región y que había dejado miles y miles de muertos. Sí, todos sabían que los pishtacos existían, pero nadie los relacionaba con los militares ni con los terroristas de Sendero Luminoso, con las hordas de masacradores, de uno y otro bando, que habían asolado la región. La conclusión a la que llegué fue que un cataclismo objetivo y verdadero no tiene por qué mezclarse con los mitos que construye el imaginario de un pueblo que busca explicarse un mundo cruel y una realidad implacable. La guerra no había sido una construcción mítica, sino una explosión objetiva e inexplicable de la naturaleza, tan objetiva como son los terremotos o la erupción de los volcanes.

Después de poner en orden mis materiales de la encuesta y de pasar en limpio mis conclusiones, me preparé para el retorno a Lima. No quise partir, sin embargo, con el espíritu contaminado por las impresiones que había almacenado sobre la guerra y que amenazaban con convertirse también en conclusiones. ¡Qué sabía yo de lo que había sido en verdad la guerra! Para atacar el tema tenía que documentarme, estudiar más, seguir los trabajos que recién estaban pergeñándose al respecto. Se comenzaba a hablar de una comisión de la verdad sobre el conflicto interno, a la manera de la que en Sudáfrica había terminado por saldar el régimen del Apartheid. Un escritor peruano había mencionado esta posibilidad en una carta. Los intelectuales, en los cafés, decían que por qué no, que una iniciativa de esta naturaleza podía ser el acta del segundo nacimiento del Perú como nación moderna, después del fiasco de la república surgida de la independencia. Total, soñar no cuesta nada, decían los más realistas. Y la verdad es que, por entonces, a fines de los noventa, el Perú seguía bajo la dictadura de Fujimori, la más corrupta y esperpéntica de todas las que había sufrido en su historia. Había, pues, mucho pan que rebanar antes de meterse en honduras. Faltaban unas horas para mi viaje y decidí limpiar mi espíritu. Visité a una familia amiga, que vendía gaseosas y fruta en el pueblo cercano de Querobamba. Conversé con los viejos, con los que hablaban castellano, y hablamos del ganado, de las ovejas, de la cosecha de lentejas y habas que esperaban que fueran buenas ese año. Con los niños jugué al trompo. Mejor dicho hice todo lo que pude para aprender la habilidad con la que lo lanzaban y lo hacían zumbar. No logré gran cosa. Los hice reír y reí yo también. Al final de la tarde, viendo que la camioneta que iba a llevarme a Cayara Nuevo, y tal vez hasta Huamanga, no llegaba, volví a donde la señora Lastenia, que me había alojado. Una noche más iba a dormir bajo sus pullos y en su cama que olía a carnero. Me dormí con el sueño tranquilo de quien ha hecho las paces en su alma. Las paces con quién, no me lo pude explicar mientras me hundía en las aguas agitadas de mi alma.

Al día siguiente me instalé en el minibús que me iba a llevar a la capital del departamento. Iba casi lleno, pero me pude sentar, pese a mi corpulencia, en una de las banquetas. Iba rodeado de la curiosidad y de las sonrisas de los pasajeros, que en su mayoría eran mujeres campesinas. Intenté conversar con ellas, pero de los saludos, de las sonrisas y de las gracias que di a una de ellas, que tuvo la amabilidad de regalarme una mandarina, no pasamos. Otra vez estaba allí, la gran barrera. Yo no hablaba quechua y ellas no hablaban bastante castellano como para expresarse con soltura. El chofer iba delante, silbando, intentando acompañar la música de su radio-casete, donde había puesto una cinta con esa música de fusión que mezcla el huayno y la cumbia y que en Lima llaman chicha. Decidí leer un poco, aprovechar las tres o cuatro horas que iba a durar el viaje para estudiar mis cursos o, al menos, mis notas. No pude hacer nada. El cansancio, el relajamiento del espíritu después de esas semanas de trabajo, no me permitían concentrarme. Al final, opté por la lectura de una revista que saqué del fondo de mi maletín. Era un ejemplar pasado de Somos, el suplemento de variedades de un gran diario de Lima. Íbamos ya cerca de Cayara Nuevo, a medio camino hacia Huamanga, y yo intentaba entrar en la lectura de un artículo sobre un escalador de montañas, un andinista. Era un artículo ilustrado, con fotos de grandes picos, hielos eternos y blanca y pura nieve, y con un andinista ataviado de vistosa ropa deportiva, por supuesto. En ese momento me di cuenta de que mi vecina, la que me había regalado la mandarina, estaba con la cabeza ladeada, intentando ver lo que estaba leyendo, o, mejor dicho, ver las fotos que estaba viendo y, en particular, una en la que se veía al alpinista prácticamente colgado de una cornisa, a la que sólo lo unía una cuerda y el piolín que había logrado clavar en la roca para hacerse de un punto de apoyo en su ascensión. La mujer olía a yerbas fuertes y a mandarina. Me preguntó, en su mal castellano, quién era ese hombre. Se lo expliqué. La mujer se quedó en silencio un momento, sin dejar de mirar de vez en cuando la revista, que yo mantenía abierta. Quise desentenderme de ella y volver a mi lectura, pero ya no pude.

Al rato, la mujer habló de nuevo, sonriendo con timidez.

-Hace años, cuando era niña, en mi pueblo, lejos de aquí, la gente, la comunidad, mató a un hombre como ese.

-¿Cómo...? ¿Por qué...?

-¡Porque era un pishtaco!

Intenté no tartamudear, hablar con normalidad, con el tono más neutro.

-Pero, ¿cómo sabían que era un pishtaco?

-Por sus cosas, por su ropa... -dijo-. ¡En su mochila tenía picos, sogas, todas las cosas que usan para sacarle la grasa a la gente!

La miré y ella me miró, sin llegar a ver, creo, mi enorme desasosiego. Yo vi en sus ojos un abismo, sobre el que flotaba la inocencia. Al final, me quedé en silencio, porque sobre ese abismo no había ningún puente.

Lima, 2009.

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sábado, 24 de julio de 2010

PUBLICACIONES: Presentación y presentación.

Por Jorge A. Chávez Silva, "Charro"
En una ceremonia en la que tuvo de todo: teatro a cargo del actor Nerit Olaya Guerrero, quien en una intervención vigorosa e inspirada teatralizó el cuento La noche anterior, así como las interpretaciones de los escritores y críticos José Antonio Bravo y Nilo Espinoza Haro, se presentó el jueves 22, con gran éxito, el libro Extraños frutos, del escritor celendino Alfredo Pita.

Los editores y la madre y otros familiares de Alfredo Pita, en la presentación de Extraños frutos.

La presencia del colectivo CPM y FUSCAN se dejó notar en las personas del poeta Jorge Horna Chávez, José Luis Aliaga Pereyra, Crispín Piritaño y Jorge A. Chávez Silva, quienes estuvimos de acuerdo en las apreciaciones acerca de la obra y el escritor, coincidentes con lo que anteriormente hemos expresado y que fue corroborado con una frase que dejó deslizar Nilo Espinoza Haro: “Alfredo es un celendino universal”.
Este concepto es el ejemplo que nosotros, como celendinos, queremos destacar en la actitud de Alfredo, quien, pese a haber triunfado como escritor y vivir en una ciudad como París, que seguramente a muchos les hace olvidar el terruño en que nacieron, nos demuestra permanentemente que lleva a nuestro pueblo grabado a fuego en el corazón y cree en que una cultura como la nuestra debe preservarse. Nunca terminan las lecciones de Alfredo, expresadas por los exégetas de su obra, que subrayaron esta singular actitud. Lamentablemente no estuvo el escritor para expresarlo personalmente.
En la fría noche limeña, la inauguración de la XV edición de la FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO tuvo esa calidez que tanto gusta a los lectores, que pudimos apreciar diversos aspectos del quehacer cultural y nos llevamos el convencimiento de que, pese a los avances de la tecnología, nada podrá superar al libro físico. En el caso del libro de Alfredo Pita nos hemos encontrado con una edición muy bien lograda, bien diseñada, pulcra y atractiva. Realmente enorgullece que en el Perú existan editoriales serias, que hacen un buen trabajo, como es el caso del Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso.
En los próximos días, Espina de Maram va a publicar uno de los cuentos de Extraños frutos, especialmente para los cibernautas que radican en el extranjero.


La novela de José de Piérola "Un beso del infierno".

La otra noticias es la presentación del libro Un beso del infierno, del escritor de raigambre celendina José de Piérola. El acontecimiento es en la sala “Ciro Alegría” de la FIL, hoy, 24 de julio, a las 7:00 pm, en el antoguo parque Matamula, hoy nominado como Parque de los Próceres.

José de Piérola Chávez, un escritor de raíces celendinas, hoy en la sala "Ciro Alegría" de la FIL.

Todos los celendinos amantes de la literatura y de la cultura en general, tenemos la obligación moral y material de estar presentes en la FIL, acompañando a nuestros hermanos, porque estos escritores, Alfredo y José, llevan en alto el nombre de Celendín.
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lunes, 19 de julio de 2010

PUBLICACIONES: Alfredo Pita y “Extraños frutos”

Por Jorge A. Chávez Silva
Como ya lo adelantáramos en ediciones anteriores, en una entrevista exclusiva concedida a CPM, a propósito de su deber cívico como celendino, El escritor Alfredo Pita nos manifestó que tenía varios proyectos de literatura en la que incluía a una novela y un libro de cuentos. Dentro de su proficua labor como periodista y comentarista de la Agencia France Presse.
En la ocasión en que estuvo de visita familiar en Lima, nos dejó entrever el interés que tenían algunas editoriales en publicar sus obras y que estaba en negociaciones al respecto. Este interés es comprensible dado que se trata de un escritor cuajado, el mejor de su generación a nuestro modesto juicio, premiado en el país y en el extranjero y finalmente se ha cristalizado mediante el Fondo Editorial de la Universidad Garcilaso de la Vega, quién la va editar con una carátula que nos parece por demás sugerente.

Hermosa carátula, adornada por cuadro de famoso pintor Herman Braun.

El cuadro que ilustra la carátula de "Extraños frutos", de Alfredo Pita, toma como pretexto una famosa foto de Pablo Picasso, tomada en los años 60. El pintor peruano Herman Braun Vega, gran cultor del sincretismo provocador, firma un cuadro de gran formato. Su título: "Don Pablo baila un huayno bajo la mirada sorprendida de Matisse". Herman Braun-Vega, París 2005, acrílico sobre tela, 200 x 200 cm.
No nos sorprende que Alfredo, siendo un esteta como es, haya escogido este hermoso motivo que evoca varias facetas del arte contemporáneo para ilustrar un libro que tiene ese mismo fondo psicológico y metafísico. Los cuentos que inserta en “Extraños frutos” nos llevan a meditar sobre la tragedia de los que voluntariamente o movidos por diversas circunstancias tienen que extrañarse de la patria y los que llevándola a cuestas tratan de rehacer su vida en el extranjero, con todas las dificultades que el caso entraña.
Los mitos que son resultantes de nuestra pluriculturalidad están tratados con mucha propiedad, como en el caso de “Pishtaco”, un mito andino que cada cierto tiempo cobra actualidad unido a la politiquería, en que son duchos nuestros representantes en el congreso y en el gobierno. Sin llegar a lo grotesco de los medios peruanos de comunicación Alfredo lo muestra como un remanente cultural inamovible por siglos y que salta como un monstruo destructor en el subconsciente del común de las gentes del ande.
Los demás cuentos como “Salvador”, que tiene escenario y personajes celendinos están tratados con ese tinte poético que imprime Alfredo a cada una de sus historias, Estamos seguros de que su libro gustará y será una nueva propuesta dentro del panorama actual de la literatura peruana. El medio donde Alfredo desarrolla su trabajo, una ciudad como París, tiene ingredientes que amplían su panorama literario, lo mismo que el trato frecuente que tiene con escritores contemporáneos..
La cita es en el parque Matamula el jueves 22 de julio a horas 5:30 pm en la sala “José María Arguedas”, nombre emblemático para Alfredo que siempre estuvo en el entorno amical del autor de “Los Ríos Profundos”. Creemos que para los celendinos, aparte de ser un deber, es un gusto asistir a la presentación del libro de un paisano, ejemplo de cómo un celendino debe amar a su pueblo natal. Alfredo siempre ha estado alentando nuestras luchas por la conservación de un pasado y una historia comunes que nos unen celendinamente.


sábado, 12 de junio de 2010

PUBLICACIONES: Alfredo Pita, cuentos para julio

Ante el creciente rumor de una próxima publicación de nuestro paisano, mentor y amigo de CPM, Alfredo Pita, y pese a que la prensa especializada capitalina no mencionaba nada al respecto, lo que no nos extraña dado el cúmulo de intereses subalternos que anima a la crítica limeña, los integrantes del equipo de CPM estábamos en una búsqueda afanosa de noticias.

Alfredo Pita, escritor celendino.

En anterior entrevista que le hiciéramos, publicada en el blog CPM II y en la revista FUSCAN N° 15, Alfredo Pita nos adelantó que estaba terminando una novela sobre la realidad peruana vivida durante el infame gobierno del Fujimontesinismo, sobre todo en la zona de Ayacucho, trágico escenario de los luctuosos hechos de los años 80 y 90, y donde se movieron torvos personajes que protagonizaron las acciones más innobles.
Pero, por lo que entendimos, ello no significaba una publicación en corto plazo.
Finalmente, decidimos recurrir a la misma fuente y preguntarle directamente a nuestro autor sobre sus planes e intenciones. Esta es su respuesta textual, tomada de su página en Facebook:

Algunos amigos -Jorge A. Chávez Silva, el equipo de CPM- me interrogan sobre el próximo libro mío. Les aclaro que no es una novela sino una colección de cuentos. Escritos en diversos momentos, son relatos que abordan no sólo la relación del peruano con su mundo sino con el mundo. La fecha de salida depende de la editorial universitaria que gentilmente me pidió editarme. Tengo la impresión de que será en julio.

Así que ya lo sabemos, todo indica que será en julio que tendremos el gusto de leer otra vez los relatos, en general impecablemente escritos, del más afamado escritor celendino actual, lo que, pensamos, será el ingrediente cultural y literario más importante para nuestro consumo en las Fiestas Patrias, y no solo en Celendín, sino en todo el Perú.


sábado, 31 de enero de 2009

LIBROS: La novela peruana y la guerra interna

NARRADORES PERUANOS DE PESO ESCRIBEN SOBRE LA VIOLENCIA
Como no podía dejar de ser, los narradores peruanos de peso finalmente comienzan a dar a conocer obras en las que abordan el periodo de la guerra interna, tema que en los últimos tiempos había sido tratado, muy desigualmente, por escritores más jóvenes.
Nos llega una noticia que suscita en nosotros una gran expectativa, compartida por muchos, estamos seguros. En la Feria del Libro de Trujillo que se realiza en estos días, será presentada la novela Confesiones de Tamara Fiol, de Miguel Gutiérrez Correa, publicada en Lima por la editorial Alfaguara. En este libro el consagrado narrador piurano aborda, nos señalan, la etapa de violencia que asoló el Perú en los años 80 y 90 por el flanco de la participación de las mujeres en los sucesos de ese periodo. Hablamos de expectativa porque consideramos que lo que contará al respecto el autor de "El viejo saurio se retira" valdrá su peso, Gutiérrez Correa es uno de los grandes escritores con que cuenta actualmente el Perú.
Por otro lado, nos llega también una noticia que nos alegra mucho. Nos informan que nuestro paisano Alfredo Pita, escritor celendino establecido en París, ha cerrado finalmente una novela que tenía escrita desde hace años y cuyo título provisional era La cólera de Dios. No sabemos si en última instancia Pita lo mantendrá. El libro de nuestro también consagrado escritor abordará igualmente ciertos aspectos de la guerra interna y se referirá, nos dicen, a un sonado suceso de sangre ocurrido en Ayacucho y su región en la década de los 80. El título, de evidente corte religioso, tendría que ver con uno de los personajes principales de la novela, un cierto obispo de Ayacucho que ese tiempo hacia escarnio de los derechos humanos (Jorge Chávez Silva).


martes, 2 de septiembre de 2008

NARRATIVA: Un cuento de A. Pita, de "Morituri"

Con motivo de la noticia de que este libro de cuentos de Alfredo Pita volverá a reeditarse este año -primera edición peruana, gracias al entusiasmo del escritor y paisano Jorge Díaz Herrera, que es director editorial en Editorial San Marcos-, nos apuramos a publicar este cuento intenso, que trasunta, como un eco lejano, la nostalgia por el pueblo que nos vio nacer. Con mano segura, el narrador, en el marco de la pequeña historia que cuenta, toca un tema viejo como la misma humanidad, con la carga de circunstancias que trocan el amor en tragedia y que nos deja a todos un poco descorazonados, tras el descenlace ficcional, meditando en cuanto nos corresponde de la culpa (NdlR).

FLOR DE AZALEA
Para Jorge Antonio y Walter,
en el lejano país de la infancia
Lo que me recuerda esta canción es difícil de contar. Además, muchacho, tú eres el artista, tú deberías contarme algo a mí de vez en cuando. Sino, yo soy el único que hace el gasto. No, no sé si es una ranchera el disco que has puesto. En todo caso es raro que la hayas encontrado a estas alturas en un a radiola de Surquillo. Seguramente le gusta al japonés, al dueño. Es una de esas canciones mexicanas que se cantaban hace treinta o cuarenta años, cuando yo era joven. ¿Si me recuerda a alguien? A mí me basta escuchar su título, Flor de Azalea, para que en la memoria se me desate una avalancha de sombras, de colores, de voces. Los restos de una historia muy antigua, de la que fui, digamos, testigo. Algo que sucedió en otra época, en Villamalia, un pueblo lejano del norte, que ahora ya no existe.
Te la voy a contar, pero a condición de que no la copies. Con ustedes, los universitarios nunca se sabe. Después tendrás que contarme algo tú. ¡Salud! Te he hablado ya en otras ocasiones de mi vida, pero creo que nunca me detuve mucho en el comienzo de las cosas, de cuando empecé a volar por mi propia cuenta. Lo que es un decir, por supuesto, porque uno casi nunca vuela solo, y menos al comienzo. ¿Qué por qué no hablo mucho de ese tiempo? No sé, tal vez porque está demasiado lejos. Tenía en esa época unos veinticinco años y un tío mío, un transportista, me había llevado a trabajar con él. Al poco tiempo, con uno de sus camiones, recorría buena parte de la sierra del norte del Perú. Todo eso mucho antes de que me metiese a pescador y a patrón de lancha en Chimbote. Y muchísimo antes de que terminase vendiendo libros en la universidad. ¡Cómo son las cosas, caray! Casi nunca me acuerdo de esa época. Y si me acuerdo, me callo. Hoy no sé lo que me ocurre. Tengo ganas de hablar. Ganas y, a la vez, cierto temor. Pero tú eres un amigo…


No, no es que haya algo peligroso en la historia. Digo temor más bien por lo que puedo sentir si me pongo a recordar. Como sabes, a veces es preferible guardar ciertas cosas en el fondo del pecho, tapadas con los trapos viejos y los cachivaches que te ha dejado la vida. No hay que agitar el polvo del tiempo si uno no quiere sufrir. Hay que protegerse. Pero tampoco es para tanto, claro. Un hombre es un hombre, y aguanta todo, hasta que por un lado revienta la tripa, por supuesto. ¿O no? Esta es una historia que vale la pena. Aunque no es muy alegre, al menos te enseñará algo.
¿Qué estoy dando vueltas? No, simplemente dándome ánimos. Ahorita empiezo. Pero antes, sírveme otro vaso. Hace calor. Sí, pocas veces me has escuchado hablar, seguramente, de mis viajes al oriente, vía Trujillo, Cajamarca, Villamalia, Puerto Balsas, Chachapoyas y Moyabamba. Era por el 55 o 56, a fines del gobierno de Odría. En esa época, cada quince o veinte días subíamos a la sierra llevando azúcar, sal, fideos, baldes, machetes, telas, y volvíamos a la costa con fruta, ganado, con todo lo que podíamos subir al camión. Hasta cholos para las haciendas y muchachas que se escapaban de los pueblos o que, a veces, robábamos simplemente. Con su consentimiento, por supuesto. La historia que te voy a contar es la de una muchacha, muy jovencita, que en esa época se fue de su casa, de Villamalia.
Me gustaría que hubieses conocido Villamalia en esa época. Nunca he podido olvidar como era ese pueblo, donde cada vez que llegaba me quedaba por dos o tres días. Villamalia era más que un pueblo, era una pequeña ciudad blanca, con calles rectas y empedradas. Estaba en un valle donde abundaban sembríos y pequeños bosques de eucaliptos, molles, sauces. Era nuestra parada obligatoria, antes de trepar con el camión el cerro de la Fila, a la altura de la hacienda Limón, desde donde se veía, abajo, lejos, el río Marañón, corriendo todavía en medio de la cordillera. De allí, en dos horas llegábamos a Balsas y cruzábamos el puente recién construido. El río amarillento, tronador, pasaba con toda su fuerza bajo nuestros pies, haciendo temblar todo, impaciente por romper los cerros, para lanzarse a la selva y convertirse en el Amazonas. ¿Qué no me desvíe de la historia? Disculpa, muchacho. Creo que todo esto es necesario para que entiendas lo que vas a escuchar.
Bueno, como ya te dije, cada quince días dormíamos en Villamalia. El único sitio donde había luz eléctrica hasta pasada la medianoche era un bar, el Rosita. Lo administraba la mujer del electricista, quien era también dueño del único cine, del Gloria. En el Rosita se reunían los agentes viajeros, los camioneros, los muchachos de Villamalia. Iban allí a fumar, a tomar el café de los Nashos, un famoso café del árbol a la mesa, que sólo con un trago espoleaba el cerebro, el corazón. También iban a tomar unas copas o a jugar o ver jugar billar durante horas. Según recuerdo, a veces las partidas transcurrían en medio de charlas y de bromas que se hacían contrincantes y curiosos. Pero la mayor parte del tiempo, sobre todo por las noches, se jugaba en medio de un silencio sólo roto por el golpe del taco y por el choque de las bolas. Entonces, los rostros pálidos se contagiaban del reflejo transparente del paño de la mesa y adquirían un aire de ausencia, de lejanía. Las partidas se convertían así en horas de meditación, casi de oración, envueltos en el humo de los cigarrillos fuertes, Inca, Nacional, que en ése tiempo se fumaban. Los muchachos de Villamalia jugaban con paciencia, como si esperasen, desde hacía mucho, que ocurriese algo en sus vidas, en el pueblo.


¿Que tiene que ver todo esto con Flor de azalea? Paciencia, no te desesperes. Ya llego. Sírveme, mi vaso parece tener un agujero. Las cosas cambiaron en ese tiempo, en Villamalia. Los hábitos de esa gente se transformaron con la llegada de un aparato de esos, de una radiola. Con una moneda podían escuchar el disco que les gustaba y eso los volvía locos. La gente ya no iba al Rosita a tomarse un trago o una gaseosa, o a jugar billar, sino sobre todo a escuchar canciones de moda. La clientela del bar aumentó y, cada noche, junto a la puerta, se agrupaban los que no podían entrar por falta de dinero, campesinos en su mayoría, que se sentaban en la vereda, envueltos en sus ponchos, a beber aguardiente y a masticar coca. Borrachos, mudos, atónitos, escuchaban la música que salía de esa máquina extraña que también podía vomitar luces.
¿Qué te parece raro? Y que quieres, el Perú de esa época era así. Por entonces, el gusto no sólo de la gente de Villamalia sino de todo el norte, estaba modelado por el cine mexicano, que era lo que más se veía en el cine Gloria, por ejemplo. Luego de un estreno, jóvenes y viejos comentaban la actuación de los artistas, lo bonita que era la muchacha, la audacia del joven, la estupidez de “chistoso”. Por supuesto, todos salían de la función silbando la ranchera que más les había gustado. Y más de uno se sentía un charro hecho y derecho. Las únicas personas del pueblo estarán en contra eran las beatas, los ancianos y el cura, que a su vez era un bandido. Pero esa es otra historia.
Sí, sí, tranquilo. Que conste que tú eres el que me interrumpe. En una de esas películas, Jorge Negrete cantó Flor de azalea, que gustó tanto a todos los que la escucharon, que muchos repitieron la función para copiar la letra y memorizar el tono y el gesto del artista. Nadie podría decir cuántos romances, cuántos noviazgos y cuántas desfloraciones fueron posibles en Villa Amalia gracias a esa canción. ¿Qué no lo puedes creer? En esa época no había televisión y la gente se distraía mejor que ahora. Además, tenían la radio y sus famosas novelas, el cine de vez en cuando y, sobre todo, las canciones. La vida de los viejos quien sabe lo decidió un bolero de Los Panchos.
Bueno, sigo. Ya estoy llegando. En Villamalia, en las madrugadas, los enamorados iban ebrios, tanteando las paredes en la oscuridad, en busca de las casas de sus amadas. Y bajo sus ventanas o balcones, entonaban canciones acompañados de guitarras y de segundas voces. Como casi siempre la madre de las requeridas estaba preparada, las serenatas con frecuencia terminaban con baños de bacinica. A veces hasta había balazos al aire, disparados por el padre, por algún hermano, o por un rival envidioso que escuchaba a los cantantes desde una esquina. Pero no siempre era así. Podría ocurrir que las enamoradas encendiesen la vela o el lamparín de su dormitorio y se acercasen al balcón o a la ventana y sostuviesen diálogos, en voz baja, con sus pretendientes. Algunas los invitaron a trepar por los techos y otras, burlando el sueño de los padres, bajaban y, sigilosos como gatas, destrababan las puertas. Al día siguiente, ésas aventuras nocturnas eran el tema de conversación de los principales centros de comadreo del pueblo: el mercado, la sastrería, la farmacia. Sin olvidar la iglesia, a la salida de la misa. Rápidamente, los protagonistas pagaban las consecuencias. El iba preso si ella era menor y si no llegaba a un arreglo con la familia. El final casi siempre era el mismo, el matrimonio era la losa que sepultaba el escándalo. Los amantes dejaban entonces se interesar a los chismosos que, en general, siempre tenían a la mano otra pareja de quién ocuparse.
¿Qué soy mal cuentista? ¿Qué te estoy haciendo la crónica de Villamalia? Cada uno cuenta cómo puede, eso lo sabes bien tú. Esto es sólo el marco de la historia. La historia de una muchacha que terminó llamándose Flor de Azalea, precisamente. Todo comenzó con una serenata. Ella se llamaba Zulema y acababa de cumplir veinte años. La cortejaba un chofer de camión que se hacía llamar Braulio y que le había propuesto que se fugase con él a Lima, donde se iban a casar. Ella dudaba. Entre la vida que llevaba y la que le prometía ese hombre estaba ese vacío, esa tristeza que se ahondaba cada vez que lograba ver una película, burlando la vigilancia de su tía y madrina, doña Edelmira, una vieja maestra. La costa, Lima, eran un sueño que no llegaba a imaginar claramente, a no ser ayudándose con las escenas vistas en el cine: grandes avenidas, grandes edificios, luces, muchos autos, mujeres y hombres elegantes. Todo un paraíso estaba más allá del mar infinito de cerros que se veía desde San Isidro, la colina que dominaba Villamalia. Ella se preguntaba si alguna vez lograría escapar de esa jaula de estudios, de cocina y de rosarios en que estaba encerrada.
Como te decía, todo comenzó con una serenata. La noche decisiva, cuando le dio al camionero lo que él quiso, empezó con Flor de Azalea. Acompañado de una guitarra, el camionero se apostó junto la ventana de la tienda donde ella dormía y con voz baja pero entonada le cantó esa canción que tanto le gustaba, hasta despertarla. Le habló luego tiernamente, le contó de la casa y de los negocios que tenía en la capital, le juró que se casaría con ella y, finalmente, le pidió que abriera la puerta. Ella aceptó. En el fondo de la casa, en el dormitorio contiguo a la sala, doña Edelmira y Rafaelito, su nieto, dormían, ajenos a todo, ajenos a la fiebre y a los sudores que vivía en ese momento la muchacha, quien descubría por primera vez su cuerpo y el cuerpo de un hombre. Los amantes no durmieron, entregados a su ímpetu acezante, a su fatiga, a sus proyectos. Se casarían en Cajamarca, luego irían a Lima. Allí, él la instalaría en su casa, la llevaría al mar, a las playas, tendrían hijos. También irían todas las noches el cine, a ver películas mexicanas, que eran las que más le gustaban a Zulema. Por último decidieron partir al día siguiente, viernes, a la una de la mañana. Ella tenía que esperarlo lista, con todas las cosas que iba necesitar. Partirían de la Alameda. El pasaría silbando junto su puerta y la llevaría hasta donde estaba el camión.
¿Si los camiones viajaban de noche en la sierra? A veces, aunque no era muy común en esa época. La noche de ese viernes fue la más larga de su vida, desde el comienzo. Después de la cena, vino el Rosario y, luego, la conversación de las señoras. Mientras los niños jugaban a las escondidas en el patio con Rafaelito, las beatas se lanzaron en una interminable discusión sobre el Tercer Mensaje de Fátima. Unas sostenían que era la tercera Guerra Mundial, otras que se trataba de la Conversión de Rusia y, como nunca, la velada terminó pasadas las diez y media de la noche. Cuando todas se fueron y después de haber acompañado con la linterna a la Sra. Josefa, para que no tropezase, tan escasa era la luz, Zulema dijo hasta mañana y se encerró en la tienda. Se puso su mejor ropa y acomodó sus objetos personales en una pequeña maleta. Sobre la cama, donde se sentó finalmente esperar, estaba bien doblado uno de los abrigos de su madrina. En su pecho en un pañuelo muy anudado, tenía el billete de cincuenta soles que le había sacado del baúl. Al día siguiente, cuando doña Edelmira la buscase, iba a encontrar sobre la cama intacta una carta en la que le pedía perdón y donde le detallaba lo que estaba llevando y le juraba que algún día se lo pagaría todo.
¿Qué cuánto eran cincuenta soles? Ya no me acuerdo, pero por entonces era mucha plata. Pronto fue medianoche y después las doce y media. En la oscuridad, los números fosforescentes del despertador de campanilla brillaban como nunca. El tic tac también era fortísimo, como los latidos de su corazón, que ya no le cabía en el pecho. En la calle no se oía ningún ruido, a no ser los ladridos lejanos de los perros de las Bajeras. Pese sus esfuerzos por captar algo, nada indicaba que alguien se acercase. Un cuarto de hora después de la campana de la una, no había escuchado ni pasos ni silbidos, ni nada. De pronto, a lo lejos, como viniendo de la Alameda, oyó el rugido de un motor. Unos segundos después, el ruido se acentuó y poco a poco comenzó a alejarse. Ella abrió la puerta de la tienda y atisbo en las tinieblas. No vio nada. Cogió sus cosas y corrió. Cuando llegó al Alameda todo estaba desierto y en silencio. El camión había partido, Braulio la había abandonado.
¡No te imaginas el ruido que podía hacer de noche un camión! ¡El silencio de la sierra se rompía en pedazos y caía de los cerros junto con el eco! Zulema sintió que algo se le quebraba adentro y quiso gritar pero se contuvo y volvió tambaleándose a la tienda. Lloró calladamente toda la noche, envuelta en sus frazadas. La devoraba un intenso frío y tiritaba como si estuviese con terciana. No durmió. En la madrugada entró en la casa y dejo en su lugar el abrigo y el dinero. Cuando doña Edelmira se levantó, la encontró preparando el desayuno, temblando de fiebre, con los ojos hinchados y la piel casi transparente. La vieja maestra decidió que estaba enferma y la mandó a la cama, mientras hacía llamar al doctor Burga. El diagnóstico fue rápido, pleuresía. El dolor en los pulmones le consumió durante semanas y, cuando acabó, parecía haber envejecido años. Todo había cambiado para ella. Sobre todo en el fondo de sus pensamientos, donde ya no quedó sitio para los sueños. La gente se dio cuenta de que algo le ocurría, pero nadie supo su secreto ni su determinación. Durante meses se convirtió en una muchacha silenciosa, en una en una mujer triste que ya no tarareaba, como antes, la tonada de Flor de Azalea.
Un día, meses después, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Zulema desapareció. ¿Qué cómo desapareció? Su fuga fue casi una copia del plan que le había fallado con Braulio. Sólo que esta vez ella ya no dependía de la voluntad de nadie. Una mañana, temprano, buscó en el mercado un tal Carlos Arana, un camionero que raras veces iba al pueblo y que estaba por partir. Sin mayores dificultades lo convenció de que la tomase como pasajera. Tuvo cuidado de evitar a los chóferes que iban con frecuencia a Villamalia. Quería llegar hasta Lima, pero sin dejar mucho rastro detrás de sí. El hombre aceptó sonriendo y le dijo que saldrían casi de inmediato, pues él acababa de llegar de Balsas y solo se había detenido para tomar desayuno y descargar unas cuantas cajas de mangos. Esta vez no hubo maleta ni abrigo. Sólo unas cuantas monedas, una canasta de mercado y el vestido que llevaba encima. Al llegar a Agua Colorada, Arana pasó de largo y, cuando estuvo a unos dos kilómetros del lugar, hizo como si se hubiese olvidado de algo. Estacionó a un lado de la carretera y le pidió a su ayudante que fuese hasta el caserío a comprarle quesillos. El muchacho, que iba en medio, entre el chofer y Zulema, bajo y se alejó silbando. De inmediato, Arana la abrazó y empezó a besarla. Y cuando su mano comenzó a recorrer sus muslos, ella no opuso mayor resistencia. Zulema se dio cuenta en ese momento que tendría que pagar para poder llegar hasta donde quería. Había visto cosas así en las películas. Además, lo que le hacía ese hombre le gustaba. Sobre todo porque le limpiaba del cuerpo, de las entrañas y de la boca, ese sabor amargo que le había dejado el tan Braulio.
¿Qué te parece la historia, está mejor? ¿Ahora te gusta, no? El viaje fue una especie de luna de miel. En Cajamarca, en lugar de continuar a Trujillo, se quedaron a dormir en un hotel. Al día siguiente, Arana estaba cada vez más entusiasmado con su proyecto de llegar a Lima. Le ofreció ayudarla en todo. Qué diferencia con el otro. Se detuvieron en Trujillo, donde le compró ropa, en Chimbote, que ya por esa época olía a pescado caliente y malogrado, y entre Casma y Barranca, en una playa inmensa, ella se bañó por primera vez en el mar. Nunca supo cuantas veces, sobre esas arenas, ese hombre, que estaba casado, pues llevaba aro en la mano derecha, la había poseído, la había dejado sin respiración, acariciándola a su gusto, de los pies a cabeza, volteándola, abriéndola, quitándole a través de la piel todas sus fuerzas, sus dudas, su miedo.
Lima era en ese tiempo una ciudad gris y sin cielo. Llegaron de madrugada. A Zulema le pareció enorme, húmeda y triste. Arana le dijo de nuevo que no podía vivir con ella porque tenía mujer e hijos, pero que la ayudaría, que la seguiría viendo. De inmediato, el iba a partir al sur, a Tacna, donde iba ser iba quedar unos dos meses, pero luego volvería y la buscaría. Le preguntó si, mientras tanto, quería alojarse en la casa de unos amigos que daban pensión en el distrito de La Victoria. Ella aceptó. La llevó al lugar diciéndole que no hace preocupase, que hasta le conseguirían trabajo, que eran muy buena gente. Cuando la dejó en esa sala, junto ese hombre de bigote fino que la mirada como midiéndola, como pesándola, ella supo, sin embargo, lo que iba a pasar. Al levantar la mano para decirle adiós a Arana, quiso sonreír, pero sólo pudo hacer una mueca. Zulema sintió que algo se estaba muriendo en ella, que había comenzado el entierro de su vida anterior. Adivinó días negros, recordó escenas de viejas películas, se preguntó si podía ser otra cosa y, finalmente, se resignó.
¿Sabes a dónde la había dejado? ¡Por supuesto! Era la época de Huatica. El hombre del bigote fino se apellidaba Bracamonte. Le dijo que conocía el norte como la palma de su mano y que las muchachas de Villamalia eran famosas por su belleza. Le mostró su habitación y es pues de hacerle tantear lo blanda que era la cama, cerró la puerta y la violó sin que ella hiciese, tampoco esta vez, mayor resistencia. Pero a diferencia de lo ocurrido con Arana, Zulema no sintió nada, salvo que mientras el hombre jadeaba y hundía su rostro en su cuello, en su pelo, su cuerpo se cerraba cada vez más y se volvía frío como una piedra.
¿Qué era un grandísimo jijuna? Si. ¡Y qué quieres, si era un caficho! El tal Bracamonte administraba un gran negocio y las muchachas que vivían en su pensión eran la mercadería con que surtía a los mejores burdeles de Huatica, sí se puede hablar así. Zulema, jovencita, blanca, con el pelo negro y con su silencio, se convirtió en una de las pupilas mejor cotizadas del barrio. Allí, en la Victoria, donde pasó años explotada por Bracamonte, algunos de sus clientes, que lograron hacerla hablar, terminaron llamándola Flor de Azalea.
Cómo te imaginarás, lo que ocurrió luego sería materia de una novela, pero tendría que escribirla alguien que sepa. Alguien como tú, por ejemplo. No, yo no sirvo para escribir, sólo para hablar. El hecho es que, al cabo de cinco años, Zulema se enamoró. Su corazón volvió a latir por un guardia civil que la retiró de los burdeles pero que no quiso casarse con ella. La encerró en un cuarto de Chacra Colorada, de donde sólo la sacaba para llevarla a los cines de Breña, a ver películas mexicanas, que eran las únicas que también le gustaban a él. Eso fue al comienzo. Luego las salidas hicieron cada vez más raras, aunque no las visitas del guardia que, por lo demás, había comenzado a emborracharse y a pegarle. Finalmente, cansada de los golpes, huyó y como no quería volver a Huatica, pidió ayuda a unas monjas de las que le habían hablado, las que la colocaron como doméstica en una casa de ricos, en San Isidro. Una mañana, cuando salía a comprar pan, el guardia la estaba esperando en una esquina. Discutieron. Ella no quería volver con el, ni a su antigua vida. El amenazó, robo y, por fin, logró arrancarle la promesa de que esa noche se verían, de que le abriría la puerta de servicio. A lo largo de ese día y sobre todo al acercarse la hora fijada, Zulema recordó esa otra noche, tan lejana ya, en Villamalia, cuando espero en vano a Braulio hasta casi morir, Ahora era diferente, ahora esperaba para decir no, para vivir una vida elegida por ella. El guardia no entendió sus razones, se desesperó y, loco de rabia, sacó su revólver y a ciegas le pegó un tiro. Viendo su sangre y, sobre todo al ver que sus ojos enormes se congelaba una pregunta, fuera de sí, se disparó un balazo en la sien y cayó fulminado junto a ella.
¿Qué es una verdadera telenovela? ¿Una telenovela venezolana? ¿Dónde sacas eso? Los médicos intervinieron a Zulema en una operación desesperada, pero la salvaron. Cuando se recuperó poco, la muchacha supo que su vida en Lima había terminado. Se lo hicieron saber las monjas, que no quisieron seguir ayudándola, y se lo hizo saber la policía, que la investigó por la muerte del guardia. Recurrió, desesperada, a Bracamonte, el del bigote fino, que sonrió en forma ofensiva cuando vio en lo que se había convertido, en una sombra triste, en una caricatura de lo que había sido. ¿Cuántos años tienes ahora?, le preguntó. Veintiocho, respondió ella. Y estuvo punto de llorar ante el gesto hiriente del caficho.Zulema, naturalmente, terminó de nuevo en el oficio. Bracamonte la ayudó, pero no quiso que se quedase en Lima. Durante un tiempo la tuvo viajando en provincias. Una noche, a mediados de los 70, un tal Braulio, sí, el mismo Braulio del comienzo de la historia, que ya no era camionero para entonces, visitó el burdel Las Violetas de Chimbote. Era temprano y había poca gente. Se sentó en la barra y pidió una cerveza. Estaba sirviéndosela cuando vio que uno de las mujeres se acercaba a la radiola y ponía un disco. Después que las notas de Flor de Azalea comenzaron a salir del aparato, la mujer se alejó con paso fatigado hacia su mesa. Estaba sola, sola frente un vaso y a una botella de cerveza.
¿Qué no te lo diga? ¡Si, se habían vuelto encontrar! En la radiola, Jorge Negrete seguía cantando la vieja canción. El hombre, de repente, lo recordó todo. Sí, era ella. Un latigazo eléctrico en el pecho, una vergüenza antigua, lo golpearon y estuvo a punto de salir, pero ya una vez de pie, como un autómata, se acercó a la mesa de esa mujer tan triste. Zulema, le dijo, y ella levantó la mirada y sus ojos lo atravesaron, como si viesen algo detrás de él, en el pasado. El no podía creerlo. Esos ojos detrás del maquillaje y desde el fondo de un pozo, eran los de esa niña de Villamalia que se moría por esa canción y con la que él había pasado una noche. Ella también lo reconoció. Sin un gesto amargo, sonriéndole más bien, lo invitó a sentarse. Tomaron varias cervezas mientras se contaban sus vidas. Ambos habían terminado en Chimbote, quien lo hubiese dicho. Hablaron hasta el cansancio. Pasada la medianoche, el hombre, un poco avergonzado, casi pidiendo disculpas, le preguntó si quería ir con él a uno de los cuartos. Ella, llena de dignidad, se negó. Se quedó más bien mirándolo con un extraño gesto en los labios fatigados. No, gracias, contigo no, le dijo. Tengo clientes que me esperan, susurró, poniéndose de pie. Lo miró una vez más y, después de rozarle el hombro con la mano a modo de despedida, se dirigió, no hacia la gente que bebía y fumaba en las otras mesas y en la barra, sino hacia la puerta. El permaneció un buen rato con los ojos fijos en el piso, pero luego los levantó hacia la ventana y se quedó mirando la noche iridiscente, ese humo blanco, hediondo, el olor a pescado que flotaba afuera sobre la ciudad.Esa es la historia de Flor de Azalea. Si, eso es todo. ¿Qué te gustó, pero que te parece poco? ¿Qué el final no es un final? Ninguna historia termina nunca, tú lo sabes. En todo caso, lo importante es contarlas, eso divierte a los demás y le permite a uno seguir respirando. ¿Qué qué fue de ese Braulio, que era un miserable? Llena de nuevo los vasos, para beber por los amores despedazados, por el silencio en la noche, por la hora de callar. Mi segundo nombre es Braulio, muchacho.

martes, 5 de agosto de 2008

REENCUENTRO. Alfredo Pita y Jorge Horna

Pasaron 52 años desde que se sentaron juntos por última vez en la misma carpeta de Transición en la Escuelita 877 del maestro Hernando Velásquez y no solamente compartieron juegos y travesuras, sino algo mucho más profundo: el amor por la literatura. Con los años, Alfredo, macerado por el acontecer político peruano, fue a vivir a París, en donde ejerce el periodismo y la literatura. Jorge, se graduó de profesor primario en Celendín y al cabo de treinta años de labor oficial, es un maestro felizmente jubilado que ha vuelto a su primigenia inclinación: ese arte de tejer versos con la filigrana digna de nuestra mejor artesanía.

Alfredo Pita y Jorge Horna, después de 54 años...
Pasaron 52 años desde ese diciembre de 1954 y este año, en pleno invierno limeño, los condiscípulos se han reencontrado. Una visita de Alfredo Pita a Lima y las urgencias de nuestra sufrida tierra los vuelve a juntar, en un abrazo postergado, que se materializa en el mismo anhelo: velar por nuestro pueblo, por la conservación de su fisonomía y su cultura, procurar que el futuro de Celendín sea diferente, como es en su naturaleza, legado de una población que supo interpretar el signo de su tiempo y dejarnos una huella para el futuro, que tenemos la obligación de interpretar correctamente.
Ambos se integran a partir de ahora a las luchas de CELENDIN PUEBLO MAGICO y estarán haciendo docencia de cómo se debe amar a Celendín. Bienvenidos, hermanos, el escabroso sendero de la lucha nos espera.

martes, 10 de junio de 2008

CARTAS: Alfredo Pita a Jorge Horna

Con Alfredo Pita Chávez fuimos alumnos de los primeros grados de primaria y compartimos la misma carpeta, allá por el año 1956, en la Escuela estatal No. 877, que tenía sólo dos secciones (Transición y Primer año). Don Hernando Velásquez desempeñaba como director y profesor de aula; nuestra maestra se llamaba Bertha y la escuela funcionaba en la casa del señor Uladislao Silva, ubicada en la Plaza de Armas. Luego, en la Escuela No.81, Alfredo continuó la primaria, yo lo hice en la Escuela No. 85. Después de esa fugaz etapa, nos hemos contactado a través de Internet al cabo de 51 años, en el fragor de los quehaceres culturales y literarios. En estas instancias del trayecto, Alfredo es un periodista y escritor reconocido y galardonado por la crítica nacional y extranjera. Jorge Antonio Chávez Silva fue el nexo feliz para ese reencuentro epistolar. A petición expresa de Celendín Pueblo Mágico, alcanzo esta carta que Alfredo Pita me envió desde Francia, en respuesta a una misiva mía. (Jorge Horna).

Alfredo, Carito y el escritor Jorge Pereyra en palco (2007)

Jorge, viejo amigo de aquellos días aurorales:
Disculpa la tardanza de esta respuesta. Mi vida es complicada, hecha de horarios difíciles y de viajes. Pero bueno, aquí estoy, para estrecharte la mano después de tantos años.
Así que fuimos condiscípulos y compañeros de carpeta en Transición, en la escuela de don Hernando, en la plaza de armas, me parece. Recuerdo vagamente el aula, la página en que hacía mis palotes, el olor de los lápices, que ya por entonces me fascinaba.
No recuerdo tu rostro, pero sé, viendo tus fotos de adulto, que anduvimos juntos en aquellas mañanas en que apenas nos asomábamos a la vida. Recuerdo en particular una mañana en que nuestra maestra se había ausentado, dejándonos con algún deber, supongo. Motivado por algún comentario, subí, no sé cómo, hasta la pequeña ventana que daba al traspatio. Allí estaba ella, en brazos del que luego sería su esposo. Tiempo después de casarse, al dar a luz, ella murió.
Como ves, son pocos los recuerdos, pero son. Están allí, brillando, tenues, como pequeñas pero sólidas piedras en los cimientos de mi mundo interior.
Me alegro de que ahora nos reencontremos, de que estemos participando con la energía que nos da la experiencia y el conocimiento, más que la nostalgia, en la lucha para salvar lo que sea posible de la vieja ciudad. Creo que tus esfuerzos, junto a los de Jorge Antonio y el resto de colaboradores de CPM, son muy importante en este campo.
He leído, además, tu poesía y me gusta mucho. Publica más en Espina de Maram, para alentar a los jóvenes poetas de la tierra a hacer lo mismo.
Es muy importante también lo que haces para rescatar los flecos documentales de nuestro pasado literario y cultural. Leí tu informe sobre la literatura de la provincia, publicado por la Revista Peruana de Literatura, del amigo Ricardo Virhues. Me pareció muy valioso, interesante y abarcador.
Lo debes haber escrito limitado por las exigencias de espacio propias de una revista, pero tienes allí una buena base para ahondar el estudio, para hablar más detenidamente de los autores y las obras. Te faltó mencionar a Jorge Chávez Silva, que además de ser un buen pintor es un estupendo narrador cuando se lo propone, en especial cuando se pone memorioso y trata temas de la vida del pueblo de entonces o de su nutrida experiencia de maestro.
Espero que estemos siempre en contacto. Es importante que consolidemos el equipo para las batallas que se vienen y en torno a la preocupación común: Celendín y su futuro.
Un gran abrazo y hasta pronto,

Alfredo

martes, 1 de abril de 2008

CARTA: Alfredo Pita, al Ministro del Interior

Amigos periodistas y comunicadores:
Los silenciamientos son algo a que estamos ampliamente acostumbrados los peruanos, pero felizmente ahora es posible intentar romper los cercos.
Les repito abajo una carta que envié al Ministro del Interior por el encarcelamiento injusto y criminal de la estudiante y poeta Melissa Patiño.
Nunca me he callado en el pasado y no pienso hacerlo ahora.
Gracias, los saluda,

Alfredo Pita
Escritor y periodista

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Ver su blog: Honda Lejana
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CARTA AL MINISTRO DEL INTERIOR

París, 30 de marzo de 2008
Señor Ministro del Interior:
Desde hace más de un mes, la joven estudiante y poeta Melissa Patiño se encuentra en la cárcel acusada vagamente de planear complots contra la seguridad de las cumbres diversas que este año van a realizarse en el Perú y también, al parecer, contra el orden democrático y la seguridad del Estado.
Las autoridades que han ordenado su detención, y me dirijo en primer lugar a usted, señor Ministro del Interior, no han aportado al conocimiento de la opinión pública la menor prueba que justifique el tratamiento que está recibiendo Melissa Patiño, quien está actualmente, me informan, en un pabellón para delincuentes comunes.
Esto es inaceptable, pues todo parece indicar que las acusaciones contra ella no pasan de ser un delirio exagerado, además de una flagrante violación de los más elementales derechos humanos.
Las autoridades del Perú, junto con velar por el respeto de los derechos humanos, deberían proteger la imagen que dan del país y ésta no gana encarcelando, sin pruebas, a poetas casi adolescentes.
Hoy tenemos que, en el Perú, se puede encarcelar a alguien por más de un mes sin más razones que vagas sospechas. Se acusa de terrorismo a alguien que no pasaría de ser una joven idealista con suerte (o mala suerte, según como se vea). Según sus propias explicaciones de joven estudiante, su viaje a Ecuador habría sido más fruto del azar que un deliberado empeño de ir a una cita política, puesto que ni siquiera milita.
En todo caso, el tener ideas determinadas, el acudir a eventos culturales, e incluso políticos, ¿es ahora un delito en el Perú? No quisiera generalizar, pero este tipo de excesos se emparentan extrañamente con el macartismo, y, si permitimos que esto prolifere en el país, mañana nadie estará a salvo de la caza de brujas.
Libertad para la estudiante y poeta Melissa Patiño.

Alfredo Pita
Escritor y periodista
Dni 06519037
alfil01@gmail.com

martes, 12 de febrero de 2008

CRÍTICA: Los cuentos de Alfredo Pita

Publicamos un texto del profesor Dámaso Vicente Blanco, de la Universidad de Valladolid, España, acerca de nuestro escritor Alfredo Pita. Fue publicado en enero de 2008 en la revista especializada Wayra, N° 6, editada en Uppsala, Suecia, por nuestro compatriota Carlos Arroyo Reyes (Nota de la Redacción).

ACOMPAÑANDO A LAS VÍCTIMAS
Sobre los cuentos de Morituri, de Alfredo Pita

Por Dámaso Vicente Blanco

Con toda seguridad, cualquiera puede preguntarse qué hace un español, profesor de Derecho, presentando en el Perú a un escritor peruano, aún cuando se trate de un escritor transterrado, residente en Europa (según una larga tradición latinoamericana y peruana, que ya experimentó el Inca Garcilaso). Permítanme que se lo cuente... Como lector español, con viajes recurrentes al Perú, es cierto, que un día me topé con un libro sorprendente en los estantes de un librero de viejo en Salamanca, y encontré en él las más claras constantes de una literatura, la peruana, en la que yo me había zambullido apasionadamente, desde hacía un buen número de años, buscando las claves de un país que había conseguido atraparme.

Un lector español cualquiera que se adentrase en este libro de relatos de Alfredo Pita estaría en el quicio de una puerta que le conduciría a un mundo que (generalmente) sólo conoce a medias. En su interior está toda una tradición literaria del siglo XX y aún más atrás, particularmente narrativa, que no es para él totalmente ignorada. Si el más popular en España de los narradores peruanos de las últimas décadas es el representante del boom latinoamericano, Mario Vargas Llosa, y para el lector/consumidor español es también sobradamente familiar otro Alfredo, el gozoso Bryce Echenique, resultan menos habituales otros escritores que deberían ser imprescindibles en cualquier panorámica de la literatura en castellano del siglo XX, y que al quedar fuera del fenómeno mercantil del boom, no son de general conocimiento. Así, están muy presentes en la narrativa de Pita un maestro del relato como Julio Ramón Ribeyro (que, aunque presente en nuestro país desde los años setenta, no vio publicados en España sus cuentos completos hasta 1994), o José María Arguedas, el mayor representante de la literatura indigenista (autor de un texto cumbre de la literatura en castellano como es Los ríos profundos), y único escritor peruano al que Vargas Llosa ha reconocido en maestría[1]. Quedan finalmente por mencionar Ciro Alegría y Manuel Scorza, ambos en la tradición indigenista, presente aún el primero en las librerías españolas, como un clásico, injustamente olvidado el segundo tras el infausto accidente aéreo de Madrid que provocó su desaparición en 1983.

Pero quizás sea necesario nombrar también desde el Inca Garcilaso (y aún desde Cieza de León), toda la escritura peruana en castellano; el recreador de la vida criolla, y del Virreinato, que fue Ricardo Palma; Valdelomar como predecesor del indigenismo; la fundamental aportación al análisis de la historia, la sociedad y la cultura del Perú, que hizo José Carlos Mariátegui en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana; y la traducción de la tradición en vanguardia de César Vallejo. E incluso nombres que poco o nada dicen a un español medio, como López Albújar o Basadre, y que son fundamentales en la comprensión de la cultura del Perú. Un universo literario, social y espiritual. Enraizado en tiempo y espacio, y en la memoria colectiva.

Alfredo Pita nació al norte del Perú, en Celendín, en 1948. Trabaja en París para la Agencia France Presse y tiene editada en España una novela, El cazador ausente (Seix Barral, 2000), por la que recibió el Premio “Las Dos Orillas”, concedido en Gijón en 1999, en el marco del Salón del libro iberoamericano, que conlleva también la publicación en seis idiomas distintos por sendas editoriales europeas.

Pita es heredero de la mejor narrativa peruana, y en lo que al relato se refiere, en este libro pueden encontrarse verdaderas joyas a la altura de los relatos del más turbador Ribeyro (su clásico e implacable Los gallinazos sin plumas, el tremendamente limeño Terra incógnita, o el sugerente Silvio en el Rosedal) o de los delicadísimos relatos de Bryce en sus inicios (los conocidos Dos indios, Yo soy el rey) o de Arguedas (un texto arguediano tan tierno y reivindicativo como Agua, u otro tan escalofriante como El sueño del pongo). En cuanto a la posición del escritor en el mundo, en la literatura peruana hay una tradición elogiable de escritores alejados de todo star sistem, una de cuyas expresiones más claras estuvo probablemente en la actitud de Arguedas en el conflicto que tuvo con Cortázar. Las lógicas inseguridades vitales y políticas del peruano (que le llevarían hasta el suicidio) contrastaban con la infalibilidad pontificia de la gauche divine encarnada en el argentino[2]. También los diarios de Ribeyro son, comenzando por su título, La tentación del fracaso, una muestra de la completa ausencia de presuntuosidad, de impostura y de las falsas humildades tan comunes por mis lares castellanos.

Alfredo Pita tiene esa actitud vital del único modo posible, con la naturalidad de quien experimenta la literatura como la vida, y no como una pole position en la carrera del espectáculo. Como explica en un texto que lleva por título ¿Por qué escribo? que se encuentra en la red:

“Escribo porque, de todas las actividades que puedo realizar en forma más o menos correcta, es la única que me ayuda a encontrarme conmigo mismo, a explorar y utilizar una voz que, ambiciosa y humanamente, quisiera que sea mía, propia. Escribo también porque a veces tengo la enorme ilusión, digo bien la ilusión, de que tengo algo que decir sobre la vida, la gente y las cosas, así como la grandísima pretensión de que, además de las ganas, tengo los medios para hacerlo”.

Escribir para explicarse el mundo, para dejar constancia de la memoria y de la experiencia. No para huir, ni para construirse un artificio de distracción, ni para verse en blanco y negro o en color en las páginas de los diarios.

La maravilla narrativa que es Morituri, en la asombrosa edición francesa (Ecla - Correcaminos, París, 1990), con impresión en Barcelona, yacía en el verano de 2000 en un anaquel de una librería de viejo de la Rúa Mayor de Salamanca, entre Cien años de soledad, El señor presidente y Pedro Páramo. En las librerías de nuevo de todo el país Alfredo Pita hacía su entrada triunfal con El cazador ausente, y los suplementos literarios de la prensa española saludaban la aparición del nuevo descubrimiento. Mi mirada cayó sobre el lomo de un libro que, blanco sobre violeta, transcribía el nombre que terminaba de aprender: Alfredo Pita / MORITURI.

Las dos citas presentes de dos autores peruanos sobradamente mencionados, Arguedas y Ribeyro, ganaron desde el principio mi complicidad. Los relatos de Morituri me trasladaron a un Perú para mí reconocible, no por los nombres geográficos, sino por la sociedad y la tipología humana que se pasea por ellos. Me recordaron Lima, pero también Huacho, Tarma, La Oroya, incluso el Cuzco, La Merced o San Ramón (pero no los de los turistas)... y me asombró identificar una literatura expresamente heredera de una tradición que conocía. A Ribeyro no sólo me recordaba algún relato, que también, sino una técnica narrativa implacable, que hace que cuando se espera una salida un poco dichosa o airosa para el personaje, el único desenlace verosímil sea un horror mayor. Es, a mi juicio, un libro con ecos clásicos, y no por el título. Hay mucho Ribeyro en la ternura hacia las víctimas, que siempre cargan con su suerte ceniza. Sin tregua, todo acaba y acabará mal. ¿Quién regala un poco de dicha a los miserables? Sólo queda compartir su desazón, mostrándola en toda su exacta crudeza. Sin atemperar ni edulcorar su sufrimiento, pero también sin exagerarlo. No hay concesiones. Ningún voluntarismo ideológico, ninguna vulgarización periodística, ninguna obscenidad de las emociones, basta con hacerse vulnerable y tener la sensibilidad suficiente como para convertirse en eco de su experiencia. Eso sí, en las antípodas de la compasión, pues ésta no es más que puro sentimentalismo. Así lo hace Pita. La memoria es un acto de redención, la memoria de las víctimas, y la única redención posible, el único acto de justicia histórica, como señalara Walter Benjamin, es mostrar el mundo, el pasado, la historia, desde la perspectiva de las víctimas:

“Los respectivos dominadores son los herederos de todos los que han vencido una vez. La empatía con el vencedor resulta siempre ventajosa para los dominadores de cada momento. (...) Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín” (W. Benjamin, Tesis de filosofía de la historia).

No se hallará en Morituri ninguna empatía con el vencedor. Son, siempre, “los que van a morir” que nos saludan. Es la terribilidad de un mundo que los convierte en cenizos, en gente con la peor suerte posible. Si algo puede pasar, sucederá. Sin contemplaciones, sin respiro. Se opta por los que lo pasan mal, y ello exige que no pueda terminarse por escribir para regalar el estómago a los lectores (aunque sea un estómago ávido de gore o de melodramas). Todo acaba mal porque hay mucha gente para la que siempre es así. Lo contrario es un lenitivo a la conciencia.

Alfredo Pita habla, como posición cívica, frecuentemente de solidaridad, de su solidaridad con los que sufren, motivada por la experiencia de su país, “donde la humanidad sufre más que goza”, y por un ambiente familiar de compromiso, con un padre intelectual y militante perseguido durante algún tiempo. Solidaridad. Utiliza el término en su sentido más consistente y firme, casi antiguo. Solidaridad. Hoy el vocablo está de saldo en los baratillos de la ética, y aún de la política. Una palabra que, a fuerza de ser manipulada por los políticos, ha cambiado de significado. La solidaridad aquí ha terminado por ser un simple sinónimo de la caridad. Pita se resiste y retoma los términos en su significación más sagrada, lejos de las nuevas edulcoraciones.

“Por algo Perú se escribe con P de purgatorio”, dice en ocasiones Pita cuando reflexiona sobre su país. Lleva años fuera de él, pero no ha dejado de estar presente, especialmente en los momentos difíciles. Escribe de vez en vez en la revista Caretas, que ha sido una voz disonante durante el autoritario fujimorato, denunciando los abusos, las violaciones de Derechos humanos y las connivencias de sectores sociales y académicos con las tropelías del régimen (como la retirada del Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos). Allí publicó Pita su “Carta abierta al Presidente del Perú. La alternativa a la masacre es la mesa de un diálogo honroso”, en febrero de 1997. En ella advertía del riesgo de masacre con que podía concluir la toma de la residencia del embajador japonés en Lima por un comando del MRTA, encabezado por Néstor Cerpa Cartolini, iniciada en diciembre de 1996, y de las consecuencias que tendría seguir la espiral de violencia por el Estado. Lo veía venir. Utilizó su conciencia cívica para nombrar lo innombrable (el terrorismo de Estado: la Cantuta), en un momento de incertidumbre y confusión, en abierto contraste a la tradición criolla que manda adaptarse a las circunstancias y callar. Una tradición que ha convertido el cambio de chaqueta en verdadero arte social, sin parangón en el mundo (algunos de los que apoyaron a Vargas Llosa en el 90 habían sido previamente pro Alan García, y luego fueron el núcleo del fujimorismo). Y Pita, para su desgracia, no se equivocó. El desenlace llegó con la consigna de que ninguno de los emerretistas quedara vivo. Hubo masacre. Pero Fujimori lo tomó como un éxito, y prueba de su eficacia. El ciclo de la violencia seguía abierto.

Su novela El cazador ausente es un ajuste de cuentas con el pasado, con el propio y con el de su protagonista, Arturo Pereda (A. P.). En ella está presente como un eje certero la idea de redención, de compromiso moral por recuperar la memoria de las víctimas, de todas las víctimas, también de las víctimas propias que la izquierda ha causado en su, por paradójico que parezca, maximización de recursos. La cohesión de grupo por encima de las diferencias. La instrumentalización de todo lo que estuviera a mano, el beneficio privado travestido de interés general, el culto a la personalidad. Una tradición de desengaños, una tradición de disidentes. No es casual que, en la Presentación de la novela, Luis Sepúlveda cite un nombre tan representativo como el del poeta salvadoreño Roque Dalton, que fue asesinado por su propio grupo guerrillero: el Ejército Revolucionario del Pueblo, comandado por Joaquín Villalobos. Como refería J. Habermas, al evocar las revoluciones de la modernidad:

“La revolución se ha solidificado ella misma en tradición: 1815, 1830, 1848, 1871, 1917, constituyen las cesuras de una historia de luchas revolucionarias, pero también de una historia de desengaños. La revolución libera sus propios disidentes que ya no se rebelan contra otra cosa que contra la revolución misma. Esta dinámica autodestructiva tiene también sus raíces en una concepción del progreso, que Walter Benjamin se encargó de poner en la picota, concepción del progreso que se apunta al futuro sin guardar memoria de las víctimas de las generaciones pasadas”[3].

Y aquí está otra de las claves de la narrativa de Alfredo Pita, la conciencia moral (que no moralista) con que observa la violencia, la “banalidad del mal” que dijera Hanna Arendt, convertida en trivial compañía cotidiana; la consciencia de sus consecuencias, de la bilis que deja a su paso, impregnándolo todo; del rastro de sangre imposible de borrar. La sombra del Aneto es al respecto un relato implacable que muestra la ductilidad de la mirada de Pita, dispuesta a escrutar los acontecimientos que ve como próximos desde su experiencia de la violencia peruana. Aún cuando esto le lleve a enfrentarse a la violencia de España, la del País Vasco, la de ETA. Su perspectiva es la opuesta de la reivindicación del “tiro fijo”, y de todas las violencias políticas habidas y por haber, la antítesis del culto ritual de la sangre disfrazado de emancipación.

De nuevo, Pita engarza con su tradición: el realismo y la violencia. En narrativa, la aproximación de Manuel Scorza a la violencia en el Perú, en su ciclo de los años setenta La guerra silenciosa (Redoble por Rancas, Historia de Garabombo el invisible, El jinete insomne, Cantar de Agapito Robles, y La tumba del relámpago). Y en todo caso, la conciencia cultural del hecho violento que muestran por ejemplo ensayos como el de Hugo Salazar del Alcázar, Teatro y violencia. Una aproximación al teatro peruano de los 80 [4]. El ciclo novelístico al que pertenece El cazador ausente (El tiempo señalado) promete ser precisamente una reflexión sobre la reciente violencia en el Perú, que arranca en los años setenta/ochenta y llega hasta nuestros días.

De que Alfredo Pita es un narrador excepcional dan cuenta estos magníficos relatos, y no tiene sentido que un intruso, a modo de prólogo, anticipe su contenido. Mi experiencia peruana —estuve en el país durante meses, en varias ocasiones, desde comienzos de los 90— ha sido relativamente breve, pero reiterada e intensa, tanto en las aulas de la Pontificia Universidad Católica, como en las calles y rutas de su geografía, y en una vida cotidiana que, en medio de sus contrastes, me dio su caluroso cobijo. Esto me ha convertido, creo, en un atento seguidor de aquellos narradores peruanos que reflejan con lucidez una sociedad convulsa y contradictoria. Pero, hoy, los relatos de este libro están en sus manos, amable lector, para ser leídos, y no para la exégesis del prologuista. Su único infortunio ha sido permanecer en una edición poco transitable. Fui un lector accidental, y me honra presentárselos. Habrá un día en que se hablará de Flor de Azalea, de Ciguanaba, de Como millones de Luciérnagas, de Morituri, en fin, como obras clave de la literatura peruana, y aún de la literatura en castellano. Tienen tanta vida como los autobuses limeños, donde la gente vuelve de noche agotada a su casa, con una fatiga milenaria y una vitalidad ya desconocidas en nuestra sociedad europea y acomodada. Saboree su esencia, tienen un poso de siglos.

© Dámaso Vicente Blanco
Universidad de Valladolid (España)


[1] Véase su nada popular, pero revelador estudio La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, donde Vargas Llosa busca saldar cuentas con sus fantasmas peruanos, colocado definitivamente del lado limeño y occidental de la sima que divide la sociedad y el universo cultural del Perú.

[2] Véanse los números dedicados a Arguedas por la revista española Athropos (José María Arguedas. Indigenismo y mestizaje cultural como crisis contemporánea hispanoamericana, nº 128, enero, 1992) y por Suplementos.Materiales de trabajo intelectual, de la misma revista Athropos (José María Arguedas. Una recuperación indigenista del mundo peruano. Una perspectiva de la creación latinoamericana, nº 31, marzo, 1992). Y también la edición crítica de su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo, por Eve-Marie Fell, Colección Archivos nº 14, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1990.

[3] Jürgen HABERMAS, Facticidad y validez, Trotta, Madrid, 1998.

[4] Centro de Documentación y Vídeo Teatral / Jaime Campodónico Editor, Lima, 1990.

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