lunes, 18 de mayo de 2009

CUENTO: Alfonso Peláez Bazán

Don Alfonso Peláez Bazán fue un maestro en el arte de pintar situaciones con ese fraseo típico de nuestra tierra, tan propio, tan confidencial y tan entendible. Así mismo, ponía de manifiesto las lacras que aún azotan a nuestra idiosincrasia: el machismo, la paternidad irresponsable y el alcoholismo, con todos los prejuicios y perjuicios que estos males conllevan, así como las supersticiones ancestrales que persisten en el alma celendina (NdlR).

TRES CARAS
Por Alfonso Peláez Bazán
Aquella mañana, Susi Gómez tuvo que arrimarse a la pared y quedarse quietecita, con los ojos cerrados para no caer al suelo. De repente, acababa de sentir una cosa horrible. Algo así como un vértigo que bruscamente le paralizara todo su ser y rodara éste por el vacío. Instintivamente se aferró a la ventana de reja que tenía a su lado.
Un transeúnte que en ese instante pasaba por ahí y se sorprendiera de la palidez mortal de Susi, se detuvo para auxiliarla.
Cuando todo había pasado, Susi dio las gracias a su accidental protector y siguió caminando con dirección al mercado del pueblo.
Y llegó ahí sin ninguna otra novedad.
-¡Ah, maldiciada!... mis ojos no me engañan… ya estás con la “pepita” adentro… y qué otra cosa puede ser lo que te acaba de pasar… Uf… tantas crías he tenido yo…-le dijo doña Rudecinda a Susi, al tiempo redespacharle las verduras que le había indicado.
-Ujú… eso debe ser, doña Rude… pero me mato será… tan cerca está el Marañón… de cabeza me tiro… por Dios, doña Rude…
-No te aconsejaría eso, muchacha loca. Estás muy joven para hacer eso… ¡Jesús!... claro que te compadezco… porque las primerizas… ni acordarme quisiera… pídele nomás a Dios que te ayude.
-Gracias, doña Rude. Pero no sé francamente cómo acabará esto… Me voy, que ya me he hecho tarde.
Cuando Susi estaba ya a muchos pasos del puesto de doña Rude, ésta la llamó a grandes voces.
-¡Susi!... ¡Susi!... ¡Ven!... ¡Ven!...
Susi volvió rápidamente.
-…¿Y dime, maldiciada, de quién es eso que llevas ya en la barriga?...
-…Para o que me llama, doña Rude… qué graciosa doña Rude… ¿De quién?... de… bueno, mejor se lo digo mañana ¿Bueno, doña Rude?... me voy, me voy…
Y ahí quedó doña Rude con la cabeza todo revuelta. Una serie de nombres le daba vueltas y más vueltas. Ella sabía de todos los hombres que frecuentaban el negocio de Susi. “¿Del fulano?...” “¿Del sutano?...” “¿Del mengano?...” Recordó también la primera aventura amorosa de Susi, hacía de eso poco más o menos tres años, con el hijo del ricacho Isidro Zgarra. El mozo huyó a la costa. Y fue una suerte que no le dejara un hijo…”¿Pero, ahora, de quién será?...”
-Dona Rude, por favor, en qué está pensando?... despácheme pronto, doña Rude…
-…Ah, de veras… ¿Cuánto dijiste?...
Pasaron muchos minutos antes de que doña Rude pudiera verse libre de la gran intriga que le había despertado Susi. De rato en rato, sin embargo, se preguntaba: “¿Pero, quién le hizo la perrada?”.
Por su parte, Susi, camino a su casa, llevaba en la cabeza, como un clavo candente, la sencilla y natural pregunta de doña Rude: “¿De quién es, maldiciada, lo que llevas adentro?...” Por la calle sentía a instantes que le flaqueaban las piernas y que el pensamiento se le nublaba.
Ya en su casa, con las manos puestas en la afiebrada frente y los codos apoyados sobre el mostrador de su pequeña cantina, en la calle “Lagunas”, Susi se repetía amargamente: “Desgraciada de mí. ¿Cómo lo podré saber ahora?...” Ciertamente, por el momento, al menos, sólo Dios, si es que todo lo ve- podría saberlo. En forma y circunstancias muy raras. Susi había dispensado sus favores a tres hombre. No podía, pues, saber de ninguna manera de cuál de ellos era el ser que ya había empezado a agitarse en sus entrañas.
Primero fue Jorge Echegaray. Una noche se quedó solo en la cantinita de Susi y le dijo a ésta tantas cosas que acabó por convencerla. Los favores fueron tan bien dispensados, que Jorge Echegaray prometió a Susi volver en pocos días. Pero al otro día nomás le cayó un primo suyo que acababa de llegar de Lima. Y los requerimientos del primo Eduardo fueron tan apasionados que ella no tuvo fuerzas para resistir. Todos los resortes sentimentales fueron movidos por aquél. Los dulces recuerdos de la infancia, por ejemplo, fueron de gran efecto. Tres días después, como si hubiese habido una cita del diablo, don Calixto Cobarrubias –el mejor cliente de Susi-, tomando el camino más firme y corto, sitió a la infeliz y la rindió poniendo en sus manos un billete de QUINIENTOS SOLES .
En cuatro días escasos, Susi, se hizo, pues, de tres compromisos que a lo largo de quince días lo supo mantener libremente.
“Maldiciada, ¿de quién es lo que llevas en la barriga?...” Ahí delante de sus ojos está doña Rude, con su cara mofletuda y sus anchas caderas. “¿De quién?...”, se preguntaba angustiada.
Por la tarde se puso muy extraña. Tan extraña se puso que todos sus clientes le preguntaban: “¿Qué te pasa, Susi?...”
Porque ella era siempre alegre y decidora, Y para todos la respuesta era: “Nada”.
Por la noche se sintió afiebrada y una y mil veces le dio vueltas a la cabeza la pregunta de doña Rude: “Maldiciada ¿de quién es lo que llevas ahí adentro?...” Y se daba vueltas en la cama, preguntándose desesperadamente “¿De quién?... ¿de quién, Dios mío?...” Y las tres caras estaban fijas en su mente.
El esta psíquico de Susi era terrible, indudablemente. Llegará a tener un hijo y ell a no sabría si era de Jorge, de Eduardo o de don Calixto. ¿Cómo poder achacar a ninguno de los tres si ya en el barrio habían empezado a circular picantes comentarios sobre sus relaciones amorosas? Ya no le era posible señalar a nadie. Nacería, pues, el hijo de Susi sin padre conocido.
De pronto, en medio de su desesperación, tuvo un pensamiento que la consoló un tanto. “Se parecerá a uno de los tres… Tendré al menos el consuelo de decir a mi hijo quién es su padre…” Y se volvió a entregar a la desesperación. “Pero –oh, Dios mío- ninguno lo aceptará como hijo… Y yo no tendré derecho para exigir nada…” Y en su afiebrada mente estaba fijas las imágenes de Jorge, de Eduardo y de don Calixto…
La fatiga la rindió al fin y se quedó dormida. Pero al fiebre y los nervios la hicieron soñar horrores. Un monstruo raro que le arrancaba las entrañas… Un lago de sangre… Una hoguera que la convertía en cenizas…

El río Marañón, escenario de las historias de Alfonso Peláez Bazán.

* * *
Al otro día, cuando despertó, Susi era una verdadera desdicha: estaba pálida, ojerosa, desencajada y lánguida.
Muy temprano estuvo a visitarla doña Rude.
-¿Santo Dios, qué cara tienes!... Si pareces desenterrada…-le dijo apenas la vio.
-Cómo no, doña Rude… Fiebre, insomnio, sueños horribles…
Luego, confidencialmente. Susi le contó toda su desgracia a doña Rude. Absolutamente toda.
-Tonta… no te desesperes… Si hay remedio… Ya verás… Unos días y quedas libre…
-¿De veras, doña Rude?...
-Claro, claro… UHF… A mí que me dirás…
-Ay, doña Rude, usted es como mi propia madre... Usted no me abandonará… ¿Verdad, doña Rude?...
-Ni me lo preguntes, muchacha. Cómo nos queríamos con tu madre…
Susi se sintió bastante alentada con las frases de doña Rude.
Y luego de indicarle algún remedio casero para el sueño, se despidió doña Rude.
Por la noche, Susi volvió a tener sueños horribles. Vio a los tres hombres en las más diversas figuras. A veces eran extrañas serpientes que la estrangulaban despiadadamente.

II
Veinte días después llegó doña Rude a la casa de Susi portando en el seno un frasco que contenía un líquido verdoso.
-Mira, aquí está ya…
Susi, abrió enormes los ojos.
-… Eso sí, tienes que tomarlo todo… Cuidado, maldiciada, con botar al suelo ni una gota…
-Así fuera más, doña Rude… -respondió Susi resueltamente.
-Ni más ni menos tiene que ser, muchacha. Ya sabes.
A poco no más que se retiró dona Rude, Susi se bebió hasta la última gota el contenido del frasco. Presa de gran desasosiego contaba los minutos.
Y en vano esperó hora tras hora. Ningún dolor. Ni siquiera una sensación extraña.
Cuando por la noche llegó doña Rude a ver a Susi, se sorprendió de encontrarla perfectamente bien, sin ninguna novedad.
-¿Pero lo tomaste, mujer?
-Claro que sí, doña Rude…
-¿Y cómo entonces?... Quien sabe, condenada, no lo tomaste todo…
-Sin dejar una gota, doña Rude… No sé…
Doña Rude se quedó pensando unos segundos. Luego habló:
-Entonces la criatura se agarra… Porque cuando se agarran estos diablos no hay cristo que los desprenda… A ver, veremos si con otra toma…
-Confío en usted, doña Rude… No me abandone… Usted es como mi madre.
Doña Rude se despidió de Susi, ofreciéndole estar de vuelta en tres días más.

* * *
Y como le ofreció lo hizo.
-A ver, criatura… -entró diciendo doña Rude. –Ahora te voy a ver yo misma…
Y acto seguido, Susi se bebió la segunda toma.
-Verás ahora… Estas hierbas nunca me han fallado…
Durante tres horas, Susi cumplía las indicaciones que le hacía doña Rude: caminaba, se hacía masajes en el vientre, etc. Pero todo fue en vano. Ningún síntoma de desprendimiento. Al fin todo acabó con ligeros ardores al estómago y un fuerte dolor de cabeza.
-…Esto sí que no tiene remedio, chinita… Se agarra como un gato… como si fuera cría del diablo… Pero no te desesperes Puede ser que más adelante se suelte un poco…
Y luego de indicarle alguna yerba para el ardor de estómago y unos parches para el dolor de cabeza, doña Rude despidiese ya avanzada la noche.

* * *
Hasta sentir fatiga y desesperación, Susi se preguntaba: “¿De quién?...” “¿De quién?...” Y con automatismo cruel, desfilaban por su mente atormentada los tres rostros… Don Calixto… Jorge… Eduardo…
Y en su desesperación renovaba enérgicamente su decisión de arrojar el pedazo de su ser. “Sí, mil veces seré una asesina… pero no quiero la vergüenza y el dolor de no saber decir el nombre de mi hijo… Qué horror… Y pensar que es de alguien… de uno de los tres… Qué vergüenza la mía… Sí, seré asesina… Y sentía odio por los hombres. “Malditos!... Puercos…”.
Con su pensamiento recorría todos los meses restantes de gestación y al fin veía nacer a su hijo, con un insoportable grito de dolor y de protesta en su débil garganta. “¿Pero de quién, Dios mío? ¿De quién?...” Se estremecía todo su ser y palidecía mortalmente. “Qué horror!... Yo no lo podré mirar… No lo podré mirar porque lo estoy queriendo matar…”.
Así, torturándose en tal forma, pasó el resto de la noche.
El día la encontró con profundas ojeras.

* * *
Más adelante hubo un tercer intento de ahogar injustamente esa vida en botón. Doña Rude empleó un nuevo brebaje. Pero todo fue en vano, como las veces anteriores.
-Lo parirás nomás, maldiciada… Ya sabes que cuando esos grajos se prenden de veras, no hay forma de sacarlos… Al menos nosotras las viejas no sabemos que haya otras formas… Que debe haber o lo dudes. Pero es mejor que te avengas a tu suerte. Ya lo has visto, yo harto he querido…
Susi se echó a llorar inconsoladamente.

III
Y fueron pasando los meses. Para nadie era ya un secreto el estado de Susi. Y en su negocio, todos los parroquianos se creían con derecho a fastidiarla de mil maneras. Pero ella tenía que sufrir pacientemente hasta las más pesadas bromas, en guarda de su negocio.
Pero había tres hombres que no podían evadirse de la seriedad del caso, por más que aparentasen lo contrario. Cada uno por lo menos tenía necesariamente que admitir la posibilidad de que fuera hijo suyo. “Bien pudiera ser mío… La duda nadie nos la podrá quitar”.
A solas con Susi, la actitud de cada uno de ellos era bien distinta.
Jorge le decía impúdicamente:
-Por supuesto que no vas a decir que el hijo es mío porque fui el primero… el primero de la temporada…
Y su primo Eduardo se expresaba así:
-Supongo que no tendrán pensado echarme a mí la culpa, sólo por ser primo tuyo…
Y don Calixto:
-Comprenderás que no deseo ser el elegido por ti, simplemente porque me costó caro…
Susi no hacía sino llorar amargamente.

* * *
Y nueve lunas pasaron rápidamente.
Un día sintió fuertes dolores en el vientre. Había llegado la hora terrible.
Buena y solícita como siempre, estuvo desde el primer momento doña Rude.
-…Ahora veremos qué uñas tenía este diablo… Cómo se agarró…
Y Susi se retorcía lastimosamente sobre el lecho. Doña Rude sudaba copiosamente.
-¡Jesús, como se agarra!... Como sino quisiera venir a este mundo… ¡Jesús!...
Al oírla hablar así a doña Rude, Susi exclamaba con todas sus fuerzas:
-…¡Sí, Dios mío, mátanos a los dos!... ¡Te lo pido, Dios mío!... A los dos… A los dos…
Pero nada de eso iba a ocurrir. Ni tampoco el niño tendría uñas de gato. Agitando pies y manos y lanzando fuertes gritos, vino al mundo un varón que en nada se diferenciaba de los otros.
Susi quedó desmayada. Doña Rude cuidó del recién nacido.
Al cabo de cierto tiempo, Susi volvió en sí y pidió ver a su hijo.
-…Sí, doña Rude, quiero verlo… ¿Cómo es?
Doña Rude ya tenía envuelto al hijo de Susi.
-Aquí lo tienes, maldiciada… Verás que hermoso es…
Pero Susi se volvió para el lado de la pared, exclamando:
-…¡No, no quiero verlo!... ¡Yo quise matarlo!... ¡Horror!...
Doña Rude acostó al niño junto a la madre.
-…Cuidado lo aplastes, maldiciada… Yo volveré mañana…
Susi no respondió nada. Parecía estar desmayada de nuevo.

* * *
Susi abrió los ojos y se encontró con la oscuridad. Sintió un miedo extraño. Extendió la mano y encontró a su hijo. Se le aclaró entonces el entendimiento. “A ver ahora, porquería, cómo vas a llamarte… ¿Qué nombre vas a tener?... Porquería…”.
Y en el fondo de su ser empezó a revolverse, como una rara serpiente, la idea de matar al hijo. “Sí, tú no debes vivir… Para que seas un gusano sin nombre, mejor es matarte…”.
De pronto, sin embargo, se quedó horrorizada de sus pensamientos y se incorporó violentamente sobre el lecho. “No, no, Dios mío… Dame fuerzas… Yo criaré a mi hijo… Y será lindo… Pero, Dios mío ¿qué nombre tendrá?... Bueno, un nombre cualquiera… ¿qué importa eso?... Pero será lindo Y miraré bien adentro de sus ojos para saber quién es el padre?...”.
Finalmente, se quedó profundamente dormida.

Balseros surcando el río Marañón. Foto cortesía de Luis B. Jiménez Araujo.

* * *
Al otro día, Susi ya tuvo fuerzas para alzar al hijo en sus brazos y mirarlo largamente. “Aun no es tiempo de saberlo… La luz y el agua aclararán luego tus ojos…”.
Aquel mismo día, doña Rude le enseñó una canción de cuna que empezaba así: “Duerme, duerme, niño…”

* * *
Seis días pasaron como seis segundos.
Está ya lista el agua para el último baño que doña Rude dará al niño. En lo sucesivo, ya podrá hacerlo Susi.
-…¡Jesús!... ¿Qué veo, maldiciada?... ¡Jesús y María!... –exclamó doña Rude mirando fijamente al niño.
-…¡Jesús!
Doña Rude siguió mirando al niño
-…Sí, es don Calixto… Fíjate, condenada…
-… ¡A ver!... –exclamó Susi, con la más grande ansiedad.
Doña Rude le alcanzó el bebé.
-…No,… No, doña Rude… No es a don Calixto… Más bien… Espérese… Ah, no sé qué le veo a Eduardo… No sé…
Luego bañaron al niño y lo acostaron
-… ¡Ay, Dios mío!... Mírelo ahora, doña Rude,… Pero fíjese bien… Ahí está Jorge… Un aire… No sé qué…
-… A ver… A ver… -dijo doña Rude llevando al niño en sus brazos y poniéndolo un poco a la luz. –Ah… no… Míralo bien… para mí que está la cara de don Calixto…
Susi recibió al niño y lo miró de costado.
-…Ah… ¿cómo?... Ahora sí que lo descubrí… Es Eduardo… Es Eduardo… Mire… Mire, doña Rude…
Esta se acercó sorprendida.
-…¿Qué?... A ver ¡Jesús!... ¡De veras, condenada!
Y doña Rude tomó en brazos al bebé
-… No… No… Míralo de este lado… Dios mío, qué lío… No sé… No sé… Don Calixto… Eduardo… Jorge…
Susi volvió a recibir al niño y cerrando los ojos lo acomodó en su regazo. “Duerme, duerme, niño”…

* * *
Por la noche Susi soñó que vagaba por los cielos infinitos en pos de una estrella blanca, buena, que le hiciera conocer la verdad.

V
Aceleradamente han pasado los meses
Hace ya un tiempo que el hijo de Susi tiene u nombre: Leandro. Y en cuanto al apellido, Susi sigue ignorando el apellido que se le ocurrió dar al que fue a hacer asentar la partida de nacimiento.
Leandro ya sostiene por sí solo la cabecita sobre los hombros. Ya está lo que las gentes llaman shutupa.
Cuando las chicas del barrio se reúnen en la tienda de Susi, se pasan el niño unas a otras y cada cual, un poco indiscretamente, lo mira ya de frente, ya de perfil… Y todas quisieran hablar con libertad… Pero sólo pueden decir: “¡Qué hermoso!” “¡Qué lindo!”. La verdad, sin embargo, es que habrían querido exclamar: “¡Qué raro!”.
En la calle de desataban.
-Bueno, Isabel, tú que dices?...
-Francamente, no te lo sabría decir, Consuelo… Eduardo, Jorge… Calixto… ¿Y tú, Rosaura?...
-Yo tampoco podría asegurarlo... Es muy raro...
Y en la mente de las gentes se fue formando un rostro extraño.

* * *
A solas, Jorge lde decía a Susi:
-Por lo pronto, como ves, yo quedo descartado… Mira cómo se parece a don Calixto… Sus ojos… No sé qué… También podría ser que a Eduardo… Un cierto aire…
Y Eduardo a su vez:
-Ahora estoy ya fuera de dudas en lo que hace a mí… Qué parecerse a jorge… Y a ratos también se le halla parecido a don Calixto.
Y don Calixto:
-Te felicito… Pues ahí está el retrato de Jorge… Aunque a veces, por cierto, se le encuentra no sé qué a Eduardo… Lo que es de este tu pobre viejo, nada… Harto quisiera encontrarle… Tal vez el tiempo aclare las cosas.

VI
Pero el niño siguió creciendo igual. Una extraña y odiosa verdad se iba haciendo cada vez más patente. De acuerdo a la luz, a la posición del rostro, al sitio, se le encontraba parecido, en una curiosa y cruel alternativa, tanto a Jorge, como a Eduardo y a don Calixto…
El sufrimiento de Susi llegó a su colmo.
-…Esta vida ya no la soporto, doña Rude… ¿Se da usted cuenta de lo que significa todo esto?
-Como no, hija… Pero que le vas a hacer… La voluntad de Dios habrá sido…
-Pues la voluntad de Dios será que traguen las aguas del Marañón, doña Rude… No voy a preferir volverme loca…

"... Todos los pasajeros pasaban a pie por el viejo puente "Chacanto". Foto cortesía de Luis B. Jimenez Araujo.

-¡Jesús!... ¿Qué estás hablando, condenada?
Susi empezó a llorar inconsolablemente.
-… Así… llora más bien….
Y doña Rude se volvió a su casa pensando en la desgracia de Susi, la hija de su querida amiga Rosenda.

* * *
Pero el destino de Susi estaba trazado de antemano.
-Vecinita, le encargo mi puerta… Mi hijo se queda dormidito…
-Con todo gusto, Susi. Que te vaya bien.
Y Susi se embarcó con dirección a Balzas en el carro del “Chacarero”.
Al atardecer, todos los pasajeros del carro del “Chacarero” pasaban a pie por el viejo puente “Chacanto”
Susi se quedó atrás de todos.
Alguien volvió la vista y vio a Susi contemplando las aguas del río… Pero nada se le ocurrió pensar.
Cuando todo estaba envuelto en sombras, se escuchó este diálogo entre los viajeros:
-¿Y Susi?...
-De veras
-¿Dónde se quedó?
-¿No pasó junto con todos el puente?...
-No… se quedó un poco atrás…
-Yo la vi parada en medio puente…
-¡Jesús! ¿No le habrá pasado algo?...
Minutos después se conocía la verdad. Desde las ramas de un naranjo, unos muchachos vieron a Susi arrojándose desde el barandal del puente “Chacanto”

* * *
Conocida que fue la desgracia en Celendín, doña Rude se llevó a su casa a Leandro. Y nada ni nadie se opuso a que el niño se quedara a vivir con ella.
Y Leandro siguió creciendo igual: con tres expresiones distintas en el rostro y un remoquete para toda su vida: “TRES CARAS”.




viernes, 15 de mayo de 2009

POESÍA: Manuel Sánchez Aliaga

SIDERAL
Por Manuel Sánchez Aliaga

Voy al espacio sideral
a contemplar
la caida de las estrellas
unas tras otras...,
voy a ver el Sol.

Miro el mundo y me duele.

Desolado, defraudado,
triste, encuentro
humanas tinieblas,
desentendimiento, confusión.

Vuelo entonces más allá
del espacio sideral
a verter lágrimas purificadoras
sobre los heterogéneos
continentes de la tierra.

Vuelo a empujar
un poco de dia
sobre la noche.


"Voy a ver el Sol..."


lunes, 11 de mayo de 2009

POESÍA: Jorge Horna, un poema telúrico

SINFONIA TERRENAL Y OTRAS HIERBAS
Por Jorge Horna

La Chocta El Cumbe Maraypata
Chuclalás
La Huaylla Lanchemayo El Toste

El Guayao Colpacucho La Tranca
Huangashanga El Tingo Pallac

Pumarume Chaquil El punrre
Chupset Huañambra La Masma

Shuitute Serafinpampa Mutuy
Meléndez La Quintilla Chalán

Poyuntecucho El Huauco Malcat
Cashaconga El Dúngul Sorochuco

Chumuch Las tres zanjas Llaguán
Cumullca San Isidro Callacat

Oxamarca La Quinua Cortegana
Queruaysana Mangash Pallán
Utco Calconga Huacapampa

Calla-calla
Quillimbash
Musadén

Siracucho Taguán Chacapampa
La Tacshana Poyunte LLanguat

Yanaquero Tolón Molinopampa
Shururo Cahuaypampa Huasmín

El Aliso
Jelig
La Llanga
Celendín

Lima, agosto de 2003

Mapa de Celendín, manuscrito de "El Búho"


miércoles, 6 de mayo de 2009

CUENTO: Alfonso Peláez Bazán

BRAULIO
Por Alfonso Peláez Bazán
Con toda la fuerza de su brazo derecho –en tanto que con el izquierdo sostenía las bridas del caballo—, Braulio descargó una recia palmada en el anca de la bestia. El hermoso alazán, arrogante, trotó en derredor de aquél. Lo cuadró en seguida cerca del corredor para colocar sobre la montura la alforja de cuero y el poncho de suavísima lana.
Entretanto, Raúl Casanova, con cálidos abrazos, se despedía de su joven y bella esposa, doña Isabel Linares de Casanova.
—No llores, mi vida… Muy pronto estaré de vuelta… Piensa mucho en mí…
Y ella le contestó entre sollozos:
—Corazoncito mío, no demores…
Luego se acercó Raúl al filo del corredor y recibió las bridas de manos de Braulio. Ágil y elegante, cabalgó en su noble alazán, que al sentir el suave contacto de las espuelas, partió impetuoso hacia la salida… Mas, al dominio de las riendas, dio todavía una vuelta completa por el patio de la casa hacienda.
Antes de salir por el portón, Raúl detuvo su caballo junto a Braulio, y con las señas y gestos más expresivos, le recomendó por la señora… Naturalmente, la respuesta fueron unas voces ruidosas e inarticuladas, pero que expresaban claramente el cariño y la obediencia al patrón.
Hincó las espuelas y el alazán se abrió en briosa y suave carrera por el ancho camino que bordea la huerta de cafetos.
Cuando perdieron de vista a Raúl, Braulio, tímida y respetuosamente, se acercó a Isabel. Y en su lenguaje odioso de mudo parecía expresarle toda su fidelidad. “Sí, aquí quedo yo para cuidarte” habría querido decirle con palabras.
* * *
Hacía apenas dos meses que Raúl Casanova trajo de Lima a su bella esposa, a poco nomás del matrimonio.
Conoció a Isabel cuando estudiaba Derecho, allá por los comienzos del siglo. Se enamoró locamente de ella y para poder hacerla su esposa, encontró más fácil y seguro tomas el camino de la hacienda que acababa de heredar de sus padres. Y abandonó los estudios, muy feliz de hacerlo.
La hacienda conserva el mismo nombre: “San Antonio”.
Está situada en la margen derecha del río Marañón, entre cerros altísimos y enhiestos. Todo el valle está atravesado por un río más o menos caudaloso, cuyo nombre es igual al de la hacienda. Baja el “San Antonio” desde las más altas montañas de la Cordillera Central, en aquella sección de nuestros Andes.
No muy lejos del río, oculta entre grandes árboles frutales (mangos, naranjos, tamarindos) está la casa-hacienda, de construcción antigua y escasas comodidades. Esta ubicación es corriente en toda la hoya del Marañón.

La Bajada de Limón, con el Marañón al fondo. El Marañón Canyon, como dicen los gringos.

El día que los flamantes esposos llegaron a la hacienda, sirvientes y peones estuvieron reunidos en el patio de la casa-hacienda. Todos estaban contentos, y a cual más se mostraban afectuosos con sus patrones.
Braulio sin poder contener su alegría, iba de un lado para otro, dejando escapar sus voces estentóreas y desagradables. Iba de un lado para otro como si estuviera reglando a todos lo mejor de su alma.
Habían sido muchas jornadas a caballo, y pese a todos los solícitos cuidados de su esposo, Isabel se sentía terriblemente maltratada, dolorida. Por otro lado, no dejaban de chocarle –acostumbrada como estaba a las manifestaciones medidas y delicadas— todas aquellas escenas rudas, llenas de naturalidad. Muy particularmente, la tenían exasperada los gritos y gestos de Braulio.
Resolvió al fin retirarse a sus habitaciones. Allí, tendida sobre su lecho y cerrando los ojos, se preguntaba, angustiada: “De tanto ha sido capaz el amor?...”.
* * *
El tiempo, sin embargo, arregla las cosas. En el caso que nos ocupa, bastaría decir: los días. Porque, en efecto, Isabel no tardó mucho para sentirse tan bien como si hubiera nacido en la propia hacienda. No cabe duda que el valle, los cerros, los bosques, el río, el pedazo de cielo, todos los elementos de la naturaleza, hicieron alianza para ganarse, cuanto antes, a Isabel.
Igual que una chiquilla, se la veía correr por las huertas y por los potreros en pos de las mariposas. Como una ninfa moderna, se hundía en las aguas del río, por la mañana y por la tarde. Recogía flores silvestres y hacía los más exóticos ramos. Mordía en los propios árboles las frutas en sazón.
* * *
Y llegó aquel día de la primera separación. Raúl emprendía un viaje urgente a la capital de la república. Se iría por el camino reconociendo hasta las piedrecitas que en algunos sitios pisó Isabel… las ramas que suavemente la rozaron… o esas otras que ella tocó delicadamente al pasar… Y creerá también reconocer a los tiernos pajarillos que en esos mismos caminos saltaban de rama en rama regando la melodía de sus trinos al paso de Isabel…
Los días tampoco se detenían en “San Antonio”. Braulio se portaba con su patrona como el más útil y fiel animal de la creación. No le hacía falta oír y hablar. Se habría dicho que adivinaba los deseos y las órdenes de su patrona. Para él, algo más, sin duda. Quién sabe, una divinidad.
Para Braulio no existían dificultades de ningún orden cuando se trataba de complacer a su patrona. Igual era para él atravesar el río o un cerco espinoso. Se subía hasta lo más alto de los naranjos para coger las más encendidas naranjas, esas que se maduran solas, a todo sol. Y había que ver cómo las bajaba para que no se hicieran daño: sostenidas por los dientes.
Cuando caminaban por las huertas o por el campo abierto, Braulio era todo ojos para poder descubrir algún insecto o reptil que pudiera hacer daño a Isabel. Y si junto a ella pasaba una linda mariposa, él se echaba a correr hasta darle alcance. Isabel se gozaba viendo correr al mudo sobre la hojarasca o los pedregales. Braulio siempre hacía el milagro de coger la mariposa sin ocasionarle el menor daño.
Por las noches se quedaba dormido a la puerta de su ama, igual que un perro guardián. Y cuando el frío intenso de las madrugadas lo despertaba, silenciosamente se marchaba a su cuarto.
A las siete de la mañana ya estaba en el patio de la casa la linda “camarone” para ser ordeñada. Y Braulio en persona le llevaba a su ama un gran vaso de “apoyo” calientito. Isabel bebía complacida y risueña.
A las diez de la mañana ensillaba la yegua “canela” para el cuotidiano paseo de Isabel hasta el otro lado del río. Braulio iba delante quitando todos los obstáculos. En las pampas, en todos los llanos, Isabel hacía galopar a la veloz “canela”. Braulio se desataba en desaforada carrera y siempre se mantenía cerca.
A las dos de la tarde, ama y siervo se iban a la “Poza del Duende”. Braulio llevaba en un cestillo todo lo que era necesario para el baño de Isabel. Y mientras su ama se bañaba, Braulio se tiraba sobre una piedra plana y limpia que había cerca.
Vestida ya, Isabel cogía de la orilla del río una o dos piedrecitas para tirárselas a Braulio desde alguna distancia. El mudo se despertaba asustado y como un monstruo raro corría al encuentro de Isabel.
Y respirando a todo pulmón el aire fragancioso de las huertas, ama y siervo volvían a la casa-hacienda.
Así, de tal suerte, transcurrían los días en la hacienda “San Antonio “.
* * *
Un día, Isabel retuvo a Braulio junto a la poza. Aunque debió sorprenderse mucho, así lo hizo el mudo. Recatadamente, Isabel se cambió las ropas y luego se sumergió en la “Poza del Duende”. Braulio miraba a su ama con una mezcla de admiración y de curiosidad.
Al cabo de algunos minutos, con graciosísimos ademanes, Isabel hizo entender a Braulio que debía volver la cara hacia el otro lado. El mudo lo hizo al instante, aunque sin poder contener una como risa salvaje. Y así, de espaldas a su ama, estuvo Braulio hasta que ella le dio unas palmaditas en el hombro, en señal de regreso.
* * *
Al otro día, Isabel no tuvo ya ningún recato para quitarse la ropa. Braulio la miraba con un poco más de curiosidad.

Y luego de salir de la poza...

Y para salir de la poza. Isabel ya no se preocupó de que Braulio volviera la vista para el otro lado.
En esta oportunidad, la señal para el regreso, no fueron unas palmaditas, sino una jaladita de la oreja. Y el mudo rió más estrepitosamente y más extrañamente…
* * *
Al tercer día, Isabel ya no se puso ropa de baño. Y luego de salir de la poza, se tiró desaprensivamente sobre la yerba de la orilla. Los rayos del sol le caían risueños a través de los floridos follajes. Y las tormentas interiores de Braulio se manifestaban en extrañas emisiones guturales.
Ni palmaditas en el hombro ni jaladitas de la oreja. Esta vez, Isabel fue todo lo franca que pudo ser: lo cogió del brazo. Y por entre los naranjos y los tamarindos parecían exactamente dos novios.
* * *
Al cuarto día, a la orilla del río, Isabel le hizo entender a Braulio que tenía ella el propósito, esta vez, de ir más allá de la poza, tal vez hasta la otra orilla del río. Y le hizo entender, además, que estuviera listo, él, para auxiliarla en caso de que le ocurriera algún percance. Y así fue que mientras Isabel se sumergía en la poza, Braulio, tranquilamente, se quitaba las ropas.
Y no había pasado un minuto, cuando Isabel demandaba desesperadamente el auxilio de Braulio. Cuando éste llegó hasta Isabel, ésta se abrazó fuertemente de él y le pidió con los ojos que la sacara. Y cuando llegaron a la orilla, ambos cayeron gloriosamente sobre la arena.
* * *
En los días sucesivos, Braulio ya no esperó señas “desesperadas” de “salvación”. En cualquier parte del globo, cualquier mudo habría hecho lo mismo.
En la casa-hacienda nada se había alterado. Braulio era el mismo servidor solícito y fiel.
Entre las gentes de la hacienda, sin embargo, circulaba el rumor de que alguien había visto al duende bañándose en su misma poza.
* * *
Tras dos largos meses, llegó al fin la noticia del regreso de Raúl. Ocho días más y estaría ya en “San Antonio”.
La noticia hizo cambiar notoriamente de genio a Braulio. Desde el primer instante se puso preocupado y rápidamente se fue tornando sombrío, taciturno. Parecía hasta torpe. Por su parte, Isabel se mostraba siempre alegre y entusiasta. Por lo que se veía, nada le preocupaba a ella.
Pero ocurrió que la víspera de la llegada de Raúl, Braulio amaneció con el más excelente buen humor, y había recobrado además su agilidad y vigor. Sin duda, alguna idea luminosa había surgido desde el fondo de su oscuro cerebro.
* * *
—¿Pero, a dónde, Dios mío, me lleva este mudo salvaje?... –preguntó en voz alta Isabel, segura de que nadie la oiría.
Pero en ese mismo instante, Braulio volvió la cara, y como si la habría escuchado, parecía decirle: “¡Ánimo!”.
Llegaron al término de las huertas y empezaron a subir por la falda de un pequeño cerro.
—¿Pero, hasta dónde, Dios mío, me lleva este monstruo?... ¡Qué cansancio, Dios mío!... –volvió a exclamar Isabel, deteniéndose.
Y el mudo también se detuvo. Esta vez desplegó en su rostro una amplia mueca que intranquilizó a Isabel. Sin embargo, la voz que no oía era: “¡Ánimo!”.
Luego atravesaron una llanura cubierta de grandes piedras y matorrales.
—…¡Esto es espantoso, Dios mío!... ¿A dónde me lleva este ser horrible?...
De pronto se detuvo Braulio, y cuando Isabel estuvo junto a él, la cogió del brazo y juntos avanzaron unos pasos más… Isabel dio un grito espantoso y quiso huir… Estaban al filo de un abismo… Adentro, al pie mismo de la altísima peña, a cuyo borde estaban Braulio e Isabel, rugía imperturbable el Marañón.
Braulio tenía fuertemente cogida a Isabel y se empeñaba en que ésta mirara hacia adentro… Pero, al fin Isabel cayó desmayada a los pies de Braulio. Este entonces procedió a quitarle el pañuelo que tenía en la cabeza, la blusa y los zapatos… Luego, a su vez, él se quitó los llanques y el saco…
Hizo un revoltijo con todas esas prendas y sin ocultarlas completamente, puso sobre ellas una piedra de regular tamaño… El cerebro de Braulio concibió ésa como la mejor forma de referencia en ayuda de los que necesariamente tendrían que salir a buscarlos.
Enseguida, levantó en sus brazos a Isabel y mostrando al espacio su gesto horrible, se arrojó al abismo… Se oyó un estrépito horrible y las aguas bañaron el costado de la peña.
* * *
Raúl Casanova encontró a su gente en inusitado movimiento. Con la llegada de Raúl, la búsqueda de los desaparecidos se intensificó. En la boca del río “San Antonio” se armó una balsa para ir aguas abajo por el Marañón.
Sólo tres días después encontraron los rastros y pudieron llegar al sitio donde estaban, tan significativamente puestas, las prendas de vestir. El caso quedaba así aclarado.
Y al atardecer de aquel mismo día, como para no dudar ya, unas aves negras volaban sobre un islote cubierto de palos y ramadas.
—Allí, sin duda, están los cadáveres –dijo Raúl terriblemente apesadumbrado, mirando el vuelo cada vez más corto y bajo del as aves.
Pero, luego de unos instantes de amarga cavilación:
—… Volvamos… Dejémoslas asentarse tranquilas…
Y la balsa, que debió llegar hasta el islote, viró en redondo y surcó pesadamente rumbo a la boca del río “San Antonio”.

lunes, 4 de mayo de 2009

LETRAS: Literatura infantil

CUENTO PARA LA LUZ
Por Julio Garrido Malaver

El Sol se resintió con los hombres. Un día dio media vuelta y se marchó llevándose toda su luz.
Los hombres vivían en plena oscuridad.
Una tonada desconocida les anunció por fin:
- ¡Pronto a de volver el Sol!
Los hombres estaban ciegos. Los niños que nacían eran ciegos. Una voz les ordenó:


- Construyan sus casas, pero que las puertas se abran en dirección a la salida del Sol.
Los hombres ya no sabían por dónde iba a salir el Sol. Hicieron sus casas. Unas con sus puertas al Sur, otras con sus puertas al Norte, otras con sus puertas al Este, otras con sus puertas al Oeste.
Cuando llegó el Sol, pocas puertas estaban abiertas de frente al Sol. Pocos hombres recibieron la luz del Sol.
Por eso es que hay hombres que no ven. Hombres que no saben por dónde ha de llegar la luz de la felicidad. Hombres que tienen las puertas de su alma al revés.

De: La Tierra de los niños
(Serie: Literatura Infantil. Lima, 1984.
Ministerio de Educación)

jueves, 30 de abril de 2009

POESIA: Manuel Sánchez Aliaga

En lo único en lo que no acierta Mime es en el título que dice que quiere ponerle a su hermoso poemario: “Balbuceos poéticos”. O se burla de sus amigos o peca de modestia, ya que es un poeta que camina seguro por los senderos de la lírica. Me dijo la última vez que nos vimos que era un título provisional y yo le dije ¡Ojalá! Manifestándole mi completo desarcuerdo le subrayé que me sonaba a colegial. Estamos seguros que la próspera imaginación de Manuel lo llevará a un título que esté de acuerdo a la calidad de sus versos (Jorge Chávez S.)

"...se aventuran atrevidas a alcanzar la meta..."

TENACIDAD
Multicolor variedad de pájaros canoros
ondeando humildes grises plumas
algunas de ellas
hasta encendidos tonos
pasando por los mates, delicados,
a los iridiscentes, tornasolados, metálicos de otras,
cruzan en bandadas o solitarias errabundas
buscando lejanías
vislumbradas en sus sueños.

Desafiando temporales y encontrados vientos
se aventuran atrevidas a alcanzar la meta
sugerida por sus ansias

No importan los mares procelosos
de olas gigantescas
intentando arrebatar su vuelo.

No se dejan asustar o amilanar
por córneos picos de otras
que tras ellas van perseguidoras
en afán de capturar golosinas tan preciadas

Surcan desiertos y montañas o tupidas selvas
en pos de encontrar la mies que vigoriza
su supremo esfuerzo

Y no interesa que en el largo camino
muchas compañeras mueran,
si logran coronar ideales sospechados

Lo fundamental es alcanzarlos
aunque fuese en minúsculo racimo
de estremecidas alas que por fin,
agitadas, pero no rendidas
llegan al jardín ideal cuya existencia
desde antes de nacer presumieron

martes, 28 de abril de 2009

POESIA: Juatesán

Juan Tejada Sánchez, “Juatesán”, es un poeta de hondura, su lírica discurre por cauces profundos, su dramatismo metafísico traspasa el alma, sus versos se plasman con en un lienzo mostrándonos la vida entrañable de la provincia, rememorando dulzuras lejanas de hogar. Un poeta signado, presa de sentimientos encontrados, divagando entre el amor y la tragedia, la tristeza y la locura. Un poeta que sabe transmitir, hasta el contagio, su dramática soledad.
Juatesán es un poeta al que quizás no hemos comprendido en su verdadera dimensión y estamos convencidos que su resistencia al olvido de la memoria celendina s
ignifica que debemos valorarlo en toda su grandeza y difundirlo entre nuestra juventud.
Obtenemos este poema, que es en sí un epitafio, gracias a la amabilidad de nuestro colaborador, Wálter Chávez Tejada, pariente del poeta, y nos hubiera gustado publicarlo como una presentación de point, lamentable, errores de trascripción nos impiden esta forma. Muchas gracias y va a manera de regalo en el Día de las Madres Celendinas. (NdlR)

Sentado en el extremo derecho nuestro poeta "Juatesán"
ERAMOS SIETE
En esta noche me entierro sin vosotros,
hermanos.
Se ahoga mi corazón de lejanías,
en esta noche sin madre, sin hermanos,
cómo recuerdo las horas del hogar paterno

Éramos siete hermanos… horas bellas,
abrazarme quisiera de nuevo a los caminos
donde tropezó mi infancia,
dormiré en la fuente sin agua del olvido

Cómo recuerdo las mañanas de cristal,
caídas en las manos de mi madre,
los pájaros miel de sus lágrimas,
su falda más colaje, donde nuestras pupilas
a la sombra mimosa de un cariño
jugaban con el viento.

Hoy, a cuestas con mis recuerdos,
busco el sosiego, faltas, ternuras
donde tantas veces el seno materno,
acarició mi sien, sin cansancio, sin destino.

Lejanas ya las horas que vivieron nuestras sombras
pero una grande, muy grande
que se proyecta en mi camino:
La sombra de mi madre.

En esta noche de mi pena,
aún sigo viendo a los siete hermanos
en torno a la madre buena. Dulces recuerdos,
mientras que un duendecillo de luz,
muy alto en la luna, sonreía nubes.
Los ojos de madre invadían la noche
haciendo brotar estrellas.

Me quería mi madre más que a los seis,
porque veía en mi cuerpo su víscera más delicada,
porque tal vez adivinaba que un día
he de verme solo, trágico y amargo.

En esta noche, como nunca, me encuentro solo.
Los he buscado, madre, hermanos,
más allá de los horizontes donde dejan su trajín las nubes,
más allá de los aminos donde vive la noche.

En esta noche me inclino
sobre la dura mesa de mi destino
y no sé si lloro o me quedo sin alma.

lunes, 27 de abril de 2009

ESTAMPA: Los fotógrados de plaza

Por Jorge Chávez Silva
Pocos provincianos pudimos sustraernos a la mágica atracción de los fotógrafos del trípode, la ollita de ácidos, la manga oscura que simulaba el cuarto oscuro y el panel de estampas coloreadas a la mano donde figuraban otros provincianos entre corazones y volutas, perennizándose en una fotografía para recordar su paso por la capital.
¡Ah, el fotógrafo de las plazas de antaño, que ayudaba a matar distancias y el tiempo que pasaba!
¡Cuanta magia había en ese misterioso individuo de bigote pulcro que, tras hacernos posar, nos decía "sonrían al pajarito" mientras destapaba ágilmente la lente de la cámara, la ponía un instante en su estómago y luego la cubría de nuevo! Al cabo de unos instantes en que desaparecía oculto por la manga nos entregaba una fotografía gruesa y húmeda en blanco y negro que tenía además el tino de ratificar nuestra condición de provincianos, captándonos y subrayándonos un aire de no sé qué, un aire de ingenuidad, digamos.
Con el paso del tiempo se fueron modernizando, algunos se hicieron con modernas Polaroid, otros con otro tipo de cámaras, y nos pedían nuestra dirección para hacer la entrega. Hoy toda esa modernidad de hace veinte, treinta años, son minúsculos dinosaurios, pequeñas piezas de museo. La modernidad vertiginosa de nuestros días los ha extinguido. Con las nuevas cámaras digitales,y su facilidad de manejo, ahora cualquier hijo de vecino, incluso los más provincianos, se aventura, cámara en ristre, por todos los rincones de la ciudad.
Esto no impide que los recuerdos sigan allí, a veces prendido en la ingenua pose o en los desvaídos colores que nos dejó un día el fotógrafo de plaza.


Celendinos en la plaza de Lima, con escritor delante.

Fíjense si no es así. En esta curiosa fotografía de 1967 figuran, en la Plaza de Armas de Lima, cuatro celendinos posando con el fondo de la barroca catedral. De izquierda a derecha, se puede ver al pintor, y también escritor, Jorge A. Chávez Silva, “Charro”, la su tía, la señora Esperanza Chávez Pereyra, y a su primo Pepe Mori Chávez, que por entonces estudiaba en la escuela de guardias. Delante, el niño, gordito y rubicundo, es nada menos que el escritor José Manuel de Piérola Chávez, el benjamín de la señora Esperanza, quien entre sus hijos mayores tiene también al escritor renombrado Alfredo Pita. Allí está el pequeño José, el pequeño provinciano posando muy serio, tal vez ya soñando con escribir un día grandes historias. Sus novelas Un beso de invierno, Shatranj, El Camino de regreso, sus cuentos de Sur y Norte, o En el vientre de la noche, o Lápices, lo han hecho no sólo ganador de premios internacionales y nacionales de literatura sino también lo han erigido en un orgullo para los celendinos.



lunes, 20 de abril de 2009

POESIA: Manuel Sánchez Aliaga

Mime es un poeta honesto y comprometido. Maestro de vocación, postergó el ansia infinita de poesía que lleva dentro, por el servicio a la niñez y juventud celendinas. Concluido su ministerio, ha vuelto los ojos a los versos que brotan espontáneos de su corazón y nos regala estos hermosos poemas que pronto publicará bajo el título de "Balbuceos poéticos".
Creemos que la modestia de Manuel es infundada por la calidad y filosofía de sus versos. Esta y otras poesías las iremos publicando en entregas posteriores.
Celendín es tierra de poetas y pintores. Mime, poeta de estirpe y de profundo amor por nuestra tierra, es una prueba fehaciente de ello. (NdlR)


"La corona roja de tus tejas" Foto Charro.
AL EDEN
A las seis de la mañana en San Isidro
tendido en la alfombra de esperanza que allí crece
contemplo la planicie de mi pueblo,
la corona roja de sus tejas.

En medio de tus calles empedradas
corriendo cantarinas las acequias,
relucientes parede encaladas,
la esmeralda envidiable de tus huertos,
mi perdida niñez siempre te recuerda.

Sus jirones rectos simulan un tablero
de ajedres es decir de sus hijos;
de peruanos y extranjeros visitantes
que repiten su regreso con presteza
cuando al fin te conocen, suelo mío.

El celeste inmenso de tu cielo
con una que otra nube peregrina en el verano
han hecho exclamar en loa tuya a los admirados ojos de la gente
¡El azul de este cielo es del Edén!
Celendín, eso es cierto.
Y te digo orgulloso,
eres más:
¡El Edén entero, siempre serás tú!

El Gelig imponente enfrente mío
de sensuales curvas en su cima
me hace anhelar el transponerlo
e ir a refrescarme al Marañón.

Alejarme de tí nunca quisiera
Celendín adorado, patria mía,
y dormir el sueño eterno en tus entrañas
es la única ilusión
de este poeta aprendiz
que no atina hoy a cantarte
como te mereces y él quisiera.

lunes, 13 de abril de 2009

LITERATURA: Celendín y sus escritores

ABRIL: MES DE LAS LETRAS
NARRADORES Y POETAS CELENDINOS
Por Jorge Horna
Los poetas y narradores mayores de nuestra patria en este mes de la Letras están siendo homenajeados en diversos medios, al rememorar la valoración de su escritura que ha trascendido las fronteras del país. La nómina es extensa, como intenso es el reconocimiento que les debemos por haber fundado la tradición literaria nacional, por la que han caminado y caminan las posteriores generaciones de escritores.
Nuestro tributo también en este mes a los escritores de la tierra nativa, Celendín, que lograron la aventura de publicar libros. Entre los narradores, el pionero es Alfonso Peláez Bazán, que nació en el distrito de Celendín.
Le siguen Jorge Díaz Herrera (Huacapampa – José Gálvez), los sucreños Gregorio Díaz Izquierdo y Gutemberg Aliaga Zegarra. En el distrito de Celendín nacieron Alfredo Pita, Mario Peláez Bazán, José de Piérola Chávez, Elmer Chávez Silva, Arquímedes Chávez Sánchez.
En dramaturgia resalta con luz propia Gregor Díaz Díaz (Huacapampa – José Gálvez)
Y, quienes esporádicamente alcanzan a revistas celendinas sus cuentos: José Luis Aliaga Pereyra (Sucre) y los celendinos Jorge Chávez Silva, Manuel Sánchez Aliaga y Franz Sánchez Cueva.
Es la poesía el género que más cultores tiene la provincia de Celendín. Menciono a los que han publicado libros. A saber:
Nazario Chávez Aliaga (Sucre), Julio Garrido Malaver (Celendín), Armando Bazán (Celendín), Jorge Wilson Izquierdo (Celendín), Irene Pereyra de Vásquez (Celendín), Vidal Villanueva (Sorochuco), Antonieta Inga del Cuadro (Celendín), Bonifacio Mariñas Casahuamán (Sucre), Marco Sánchez Rojas (Celendín), José Pereyra Abanto (Oxamarca), Máximo Chávez Sánchez (Sucre), Jorge Horna (Celendín), Gualberto Cruzado (Oxamarca) y Juvenal Vilela (Oxamarca).
Otros poetas que publicaron sus creaciones en revistas, y cuya poética es destacable, son:
Pedro Ortiz Montoya (Celendín), Vicenta Bazán de Araujo (Celendín), David Sánchez Infante (Sorochuco), Pedro García Escalante (Huacapampa- José Gálvez),
Marcial Silva Pinedo (Celendín), Juan Tejada Sánchez (Celendín), Elba del Carpio Merino (Celendín), Oscar Zevallos Marín (Celendín), Manuel Sánchez Aliaga (Celendín).

domingo, 5 de abril de 2009

POESÍA: El mirador

En la revista BICENTENARIO, publicada en diciembre de 2002 con motivo de la conmemoración por los 200 años de la fundación de Celendín, apareció un poema de la profesora Elba del Carpio Merino con el título de "El Mirador". En ese entonces nuestra colina San Isidro todavía guardaba gran parte de su natural esplendor. Elba del Carpio versificó y compuso su poema inspirada, precisamente, en el auténtico mirador natural que fue aquella colina, antes de que se le desfigurara y ridiculizara totalmente por la irresponsable y criminal mano edil y por la indiferencia ciudadana de todos nosotros.

Al fondo, apacible colina San Isidro. Paisaje natural y cultural que debió y debe conservarse intangible (Foto Cortesía de “Jelig” PARTA – 56).


EL MIRADOR
Por Elba del Carpio Merino

He subido a San Isidro
tu cerrito atisbador
y desde allí yo contemplo
tu paisaje encantador.

Chacras cual libros abiertos
mensajes de labrador
de eucaliptos escoltados
de pencas y ruiseñor.

Hileras de blancas casas
con romántico balcón
ponchadas de rojos techos,
y de humeante fogón.

Dentro de cada casita
adivino, hay un corrillo
de mujeres que trenzando
sombrero, charlan y ríen.

Por las calles menudean
pasito delator
en busca de rico queso
de chocolate y de pan.

Ya batido el chocolate
de espuma multicolor
suenan los jarros,
y a un lado
se da paso al saborear.

Y yo, bajo saboreando
del paisaje el suave olor,
y un manto de luna baña
a Celendín con amor.


lunes, 23 de marzo de 2009

LIBRO: El habla del pueblo

Uno de los libros de Jorge Horna, de un tiraje limitado, es En los labios de Celendín (Creaimagen Ediciones. Lima, 2004); una investigación que recopila el léxico de origen quechua incorporado al habla cotidiana celendina, que en la actualidad tiende a extinguirse.
Además el libro contiene construcciones sintácticas con la inclusión de ese vocabulario, y una muestra de poesía celendina que abarca desde Pedro Ortiz Montoya, seguido de Julio Garrido M., Marcial Silva Pinedo, Antonieta Inga, Julio Velásquez, Jorge Izquierdo, Elba del Carpio, Pompeyo Silva, Moisés Chávez V. y otros.

El habla de un pueblo es parte de su alma.

Trascribimos las propias palabras de Jorge Horna de la parte introductoria del libro:

LIMINAR

Los celendinos se han desperdigado desde siempre en el territorio nacional a manera de una diáspora. Y lo interesante de este fenómeno migratorio es que cuando nos encontramos entre coterráneos de inmediato surge el habla peculiar del terruño, y eso nos hace sentir más fraternos y auténticos.
En las reuniones sociales o familiares aflora, también, la parla celendina, y quienes nacieron fuera de Celendín y son descendientes de este pueblo tienen el interés de conocer en su significado pleno las terminologías que escuchan. Una explicación al paso y superficial no es suficiente para llenar el vacío.
De allí nace el esbozo de este aporte que lo considero necesario. Sobre este asunto ya existen precedentes; por ejemplo el trabajo monográfico que presentara mi condiscípula en el Instituto Pedagógico, la docente Delia Tirado Llaja, bajo el título “Hacia un diccionario de celendinismos”. También en innumerables revistas editadas en Celendín como en otras ciudades del país, abundan contextualizadas muchas palabras a las cuales me estoy refiriendo. Tengo noticias, además, que Arquímedes Chávez Sánchez ha elaborado una interesante y extensa recopilación que ha circulado en ambientes amicales.
El presente trabajo se remite a resaltar una parte de los vocablos no castellanos usados en Celendín que tienen procedencia quechua que en el seno del pueblo han tendido a incorporarse al léxico cotidiano; debe anotarse que en esta parte de la patria el uso del castellano es preponderante (no existen áreas ni grupos étnicos con dominio de lenguas nativas). Sin embargo, según el lingüista Félix Quesada Castillo, sólo en dos provincias del departamento de Cajamarca está presente el “quechua cajamarquino” o “dialecto quechua cajamarquino” : Cajamarca (en los distritos de Cajamarca, Baños del Inca, Llacanora y Chetila) y Bambamarca (en los lugares de Chala, Llaucán y Yanacancha), además del núcleo poblacional de Porcón (lugar ubicado en la cabecera del Valle o Pampa del distrito de Cajamarca).
Se deduce que es de allí de donde provienen los vocablos con raíces quechuas usados en la provincia de Celendín y, con seguridad, en las demás provincias hermanas.
Entonces, la aproximación es al Quechua Cajamarca-Cañaris (nombre dado por investigadores y lingüistas) y que se enmarca, a su vez, en los referentes amplios del quechua nacional.
El informe que hago está estructurado siguiendo los modelos de los diccionarios bilingües nativos del Perú elaborados desde hace mucho tiempo en nuestro país, con el único agregado de la elaboración sintáctica con vocablos aludidos. También están incluídos extractos de textos de autores celendinos que elevan la palabra a una cualidad estética.
Por último, este trabajo no pretende ser un instrumento de consulta, pues carece de una investigación especializada sobre la etimología y evolución del léxico. Realmente está inspirado en una honda vocación de preservación de nuestras tradiciones y por un afán e inquietud de forjar una auténtica y colectiva personalidad local o regional inmersa en el desarrollo histórico de la nación.

El autor

Lima, abril de 2004


martes, 17 de marzo de 2009

POESÍA: Jorge Wilson Izquierdo

Hemos recibido esta carta de Jorge Wilson Izquierdo, en la que nos envía una colaboración para CPM y nuestros suplementos. El alma poética de JOWIC trasluce aún en su prosa (NdlR).

Especial para "FUSCAN"
Lima, Perú.

Toquita:
Emergencias de casa no me permitieron atender oportunamente tu amable gentileza. Como miembro de CPM te hago llegar mi más ferviente gratitud.
Mil disculpas, Toquita querido, y no apagues la ígnea fragua que te anima.
Un fuerte abrazo.
Tuyo,
Jorge Wilson Izquierdo



ABRIL

Cuando muera
acabarán de dolor mis dolores
-lo que nunca fue mío
seguirá siendo ajeno-
y llegaré enjuto de caminos
al escuadrón rubricado
al estribo sin montura
al caballo sin fronteras...

Cuando muera
nunca digan que me he muerto
solamente que pongo marca
de silencio
sobre silencios,
digan que solo fui al cementerio
y aunque tarde
vuelvo...

Cuando muera
se alargará sin más raíz mi razón
dormido para siempre
sobre mis dos manos
que soñarán indefinidamente...

Pero no digan que he muerto,
digan que solo fui al cementerio
y debo estar de vuelta
quién sabe tarde,
quién sabe temprano
para el inmenso albor enexcrutable
de estelas y cerrojos,
a marcar el ascenso impredecible
mi madre
mi palabra
mis hermanos

Jorge Wilson Izquierdo
C/15/03/09

jueves, 12 de marzo de 2009

NARRATIVA: Alfonso Pélaez B. y nuestro nombre

Publicar el cuento que sigue era un deber que teníamos por haber puesto ESPINA DE MARAM a este suplemento literario, que surgió en un medio de una lucha de Celendín Pueblo Mágico por su propia existencia. En efecto, en 2007, por el papel que asumimos de defensores de nuestro ciudad y nuestra provincia, los enemigos y explotadores del pueblo optaron cobardemente por censurarnos, por cerrar a los peruanos el acceso a nuestro sitio Web, en complicidad, al parecer, de Telefónica del Perú. Esto no nos arredró, sin embargo, y nació este suplemento para que nuestra prédica siguiera llegando a nuestros lectores.

Alfonso Peláez Bazán, primer escritor peruano laureado con el Premio Nacional de Narración, en 1944, junto a Gamaniel Churata, por un jurado en el que figuraba José María Arguedas.

Cuando nuestro Consejo de Redacción debatía el proyecto de lanzar un suplemento para dar a conocer nuestra literatura, decidimos nombrarlo como uno de los cuentos favoritos de nuestro celebrado escritor Alfonso Peláez Bazán. Por un momento dudamos entre “Querencia” y “Espina de Maram”. En ambos se habla de las desdichas del amor, pero también de la tierra. Optamos por el segundo por entender que nuestras tragedias, las íntimas y las otras, si no las podemos comprender y remediar nos pueden llevar a la locura como sucede con la protagonista de este drama. Además, en esta historia se luce la maestría de don Alfonso .
Lo criticable de la situación era que no teníamos el texto de ese cuento y nos echamos a conseguirlo infructuosamente durante año y medio sin lograrlo. Recién en nuestra estancia en Celendín en este 2009, hemos podido conseguirlo gracias a la amabilidad de Arturo Peláez Pérez, “Che Tuto”, hijo del escritor, quien ha tenido la gentileza de proporcionarlo para solaz y admiración de nuestra legión de lectores. Adelante con la lectura. A gozarla (NdlR).

ESPINA DE MARAM
Por Alfonso Peláez Bazán

I
EL CANTANA...
Cuando llegamos a la orilla de aquel río –tras duro caminar por áspera senda- dímonos de pronto con la sorpresa de no encontrar el puente por donde debíamos pasar.
Inmensa y angustiada, idéntica voz se escapó de cada pecho:
-¡Oh…!
-¡Oh…!
Diríamos que atontados, largo rato nos quedamos mirando las turbulentas aguas. Vimos pasar, veloces y ridículos, árboles enteros.
Fue torrencial la lluvia de la noche y el río cargó de tal manera que ni los mejores puentes de su trayecto pudieron resistir la tremenda fueraza de su corriente.
-¿Y ahora qué vamos a hacer, Indalecio?...
Este, como si hubiera tenido que pensarlo primero, se alejó de mí unos pasos.
Ah, Indalecio era el guía, sencillamente. Unos cuarenta años más o menos. Mediana estatura. Ojos claros y despiertos. Vamos, un hombre bien hecho y simpático además.
Y me respondió al fin:
-Si, señor… De todas maneras, tendremos que “faldear” hasta alcanzar la pampa de "Los Jigantones"…
Luego alzó la vista hacia las cumbres cercanas.
Yo no hice sino repetir, en un tono que yo mismo encontré extraño:
-La pampa de Los Jigantones…
Indalecio volvió la vista hacia mí y siguió diciendo:
-…Después de la pampa, una bajada, corta pero escabrosa… Al final, la finca de don Silverio… Sí, señor, la finca de don Silverio…
Todo lo dijo en cierto tono que acabó por intranquilizarme de veras.
-¿Quién es don Silverio?...
-Bueno, un hombre un poco raro… Figúrese que en muchísimos años no ha salido una sola vez para otro sitio… Nadie llega tampoco a su finca, y menos, desde luego, por este lado… por donde, precisamente, vamos a llegar nosotros… Pero, cómo evitarlo si aquél es el único sitio por donde se puede pasar el río…
Me puse a pensar en la rara aventura que teníamos por delante. Primero, la falta inexplorada, luego la pampa de “Los Jigantones”, enseguida una bajada pedregosa y empinada… Finalmente la finca de don Silverio…
-Quien dispone y ordena eres tú, Indalecio, iremos por ahí…
Indalecio arrojó el “bolo”, se lavó con el agua del río, se quitó del hombro la rayada alforjita de algodón y se acercó a mí.
-Apéese, señor –ordenó-. Lo primero que hay que hacer es asegurar las cosas.
Al cabo de unos minutos más, estábamos ya “faldeando”. Indalecio iba adelante. Yo le seguía jalando mi mula parda.
Con su largo y afilado machete, Indalecio cortaba gruesas ramas y a veces árboles enteros para hacer posible el paso de la bestia. Muchas veces teníamos que hacer rodad enormes piedras, que iban hasta la base del cerro, justamente a la orilla misma del Cantana. Entre aturdidos y entusiastas, nos quedábamos escuchando el estruendo que al rodar hacían las piedras.
A instantes me asaltaba la idea de don Silverio.
Después de muchas horas de caminar en tan deplorables condiciones, con las ropas destrozadas y las manos llenas de lastimaduras, llegamos por fin a distinguir la pampa de “Los Jigantones”. Y el trecho de la falda que nos hacía falta caminar parecía ya no ser ni muy áspero ni muy cerrado de monte.

El río Marañón, escenario de tragedias como la de Eulalia.

II
En el atardecer, qué raras fulguraciones hace el sol en la pampa de “los Jigantones”. Tan raras que los esbeltos jigantones semejan o sugieren centinelas mitológicos… centinelas de las horas, de los tiempos… Y las enormes piedras –blancas, unas, y grisáceas, otras- dan una cabal sensación de misterio y eternidad.
-Después de esa pampa, ya lo sabe usted, una pequeña bajada y luego la finca de don Silverio… Sí, de don Silverio… Yo…. Ah…
Indalecio no agregó una sílaba más.
Yo me puse a pensar en la sorpresa de don Silverio al vernos llegar por ese lado, y de noche…
A corto trecho de la pampa nos detuvimos junto a un pequeño huarango para asegurar de nuevo las cosas sobre la montura.
Al tiempo de reiniciar la marcha, sorpresivamente, Indalecio me hizo esta pregunta:
-¿Sabía usted que en esta pampa se dan las más terribles espinas de maram?
Mi respuesta, forzosamente, tuvo que ser otra pregunta:
-¿Y cómo son las espinas de maram?
Indalecio me miró sorprendido.
-¿No sabía usted, entonces, nada de las espinas de maram?
-Absolutamente nada – le contesté ya bastante sorprendido.
Indalecio tomó un aire esotérico.
-Son terribles las espinas de maram… Y más todavía las de esta pampa… De éstas, bastan dos hincones para volverlo a uno definitivamente loco…
Al empezar la pampa nuestras miradas se pierden por sus confines.
Indalecio dio las últimas chufranadas.
-Mucho cuidado, señor… Mucho cuidado con las espinas de maram…
-… Y son traidoras, señor… de repente siente usted el piquete y lanza un grito espantoso… Inmediatamente la desprende usted y lanza otro grito igual… Y ahí no termina el percance, señor… Bien profunda en su carne ha quedado la punta de la espina… una punta que es como un arponcillo o garfio… Al otro día tiene usted hinchada la parte herida… Y al otro día ya la tiene usted con mal olor… Oh, las espinas de maram…
Mis ojos se extendieron por toda la pampa llevando mi angustia.
-… Por eso, no hay que perder tiempo para hacer sacar el arponcillo… Claro que el peligro de ser hincado es mayor para los que sólo llevamos llanques… Pero, naturalmente, a cualquiera se le puede prender una espina de maram, en el brazo, en la pierna o en la espalda… Sí, señor, nadie está libre…
Los matices de la pampa de “Los Jigantones” se fueron haciendo débiles y confusos. Y los jigantones parecían hacerse más irreales.
-Caminemos, pues, con mucho cuidado… Mucha vista, señor…
No contesté nada. “Es traidora… Un grito terrible… Luego otro al desprenderla… Y en la carne queda el arponcillo… Una hinchazón… Al otro día hedor… Ah. Espina de maram… Y dos hincones bastan para hacer perder el juicio…”
Caminábamos sobre la maleza. No había senda ni huella alguna.
-Con todo el cuidado, señor… Mucho ojo, mucho ojo…
De pronto, de entre el matorral, bulliciosamente, se levantó una perdiz. La mula se detuvo alarmada y resopló con todas sus fuerzas.
En medio de la pampa, una chicharra seguía lanzando su canto monorrítmico.
Las sombras de la noche empezaron a caer y todo se tornó tétrico. Los jigantones semejaban oscuros fantasmas.
Un grito desesperado, que llenó todo el ámbito, me estremeció hasta la última fibra. La mula dio casi una estampida.
-¡Ayyy…!
Solté el cabrestillo y me acerqué a Indalecio, quien con una mano sostenía la pierna herida y con la otra desprendía la espina de maram…
-¡Ayyy…!
La hincada fue en la pantorrilla misma. Brotaban apenas unas gotas de sangre.
-Ya va pasando, señor… Debe haber quedado, sí, bien adentro el arponcillo… Caminemos, caminemos, señor…
-Sí, te la sacarán en la casa de don Silverio… Avancemos, avancemos…
Nuestra marcha se había tomado una solemnidad trágica.
Y yo esperaba de un momento a otro el ataque de la espina de maram.
-Tenga cuidado, señor… Mucho cuidado, señor…
Espantadas corrían las liebres al sentir nuestros pasos temerosos. Y todos los pájaros huían de los árboles al sentir los fuertes resoplidos de la mula. Y el concierto de los grillos llenaba la pampa trágica.
-Le aseguro, señor, que la peor serpiente no haría doler así… Pero, avancemos, señor…
La noche se fue poniendo más oscura, se diría que todos los fantasmas de la pampa se iban agrupando junto a nosotros…
“Dos hincadas bastarían para volverlo loco a uno” ¿Y por qué no?... Deben ser tan intensos los dolores que no habría nada de extraño y raro que algo se falseara dentro del cerebro… Y un loco en esta pampa desolada y cruel…
-Dios va acortando la distancia, señor… Avancemos…
Noté, en efecto, y esto a pesar de la oscuridad, que iba cambiando la morfología del terreno y la vegetación misma. Casi había desaparecido ya la horrible maleza de la pampa de “Los Jigantones”.
-Bendito sea Dios… Ya estamos cerca… La bajada y nada más… Pero… yo… Dios mío… Cómo… Avancemos… avancemos, señor.
Las palabras de Indalecio me causaron un malestar atroz. ¿A qué esas frases reticentes?...
¿Qué significaba esa manifiesta angustia de Indalecio?
-… ¿Pero, dónde más me la podrían sacar?... Allí tenemos que ir de toda suerte…
A media bajada más o menos, Indalecio se detuvo y púsose a revolver dentro de su alforjita.
-… Ah… Ya se lo debo decir, señor… Yo no podría llegar a la casa de don Silverio… Llegar, así no más…
-¿Y qué misterio es éste, Indalecio?...
Este ya tenía en las manos el pañuelo que buscaba en la alforjita.
-… Todo se lo contaré después… Mañana… Por hoy sólo interesa que en la casa de don Silverio nadie escuche mi nombre… Usted me llamará, por ejemplo, Juan… Y usted dirá por mí cuanto sea necesario…
Indalecio tenía ya amarrada la cabeza con el pañuelo hasta más debajo de los ojos…
Y yo no tuve más que convenir con Indalecio, dadas las circunstancias excepcionales y apremiantes.

III
De los guarangos próximos a la choza, alborotadas, saltaron las gallinas y se metieron presurosas por debajo de los cercos. Y los dos perros de la casa se pusieron a aullar inquietamente.
Como rojas lenguas, se levantaron voraces llamas de la gran fogata que don Silverio preparó entre la choza y los guarangos. “Necesitamos bastante luminaria”, había dicho don Silverio.
Junto a la fogata, sobre un negro cuero de oso, acomodamos a Indalecio. Este se quejaba apenas y todo parecía marchar perfectamente.
De pronto apareció son Silverio por la puerta de su choza, portando en la mano un depósito que contenía un líquido amarillento, y en la otra, una especie de alesna. Se acercó con paso firme, grave.
-Ya. Señor… Por si acaso, usted lo sostiene bien fuerte en los brazos…
-Perfectamente, don Silverio –le contesté, tratando de aparecer un tanto familiar, pero sin poder evadirme del intenso dramatismo de la escena.
Don Silverio cogió con firmeza la pierna afectada de Indalecio y, suavemente, comenzó a abrir con la fina alesna la carne enferma.
Los quejidos del pobre Indalecio se fueron haciendo más fuertes a medida que iba penetrando la alesna de don Silverio.
De repente se oyeron desgarradores gritos, que repercutieron en los cerros:
-¡Ayyy!... ¡Ayyy!...
Acomodados sobre sus patas traseras, los dos perros contemplaban la escena. También a ratos se les ocurría poner sus notas en esta sinfonía lúgubre.
-Guaúúú´…
-Guaúúú…
Don Silverio no se daba sosiego.
-Debe haber quedado muy adentro… No la encuentro… Pero la hallaré al fin…
De rato en rato don Silverio limpiaba la herida para ver mejor en ella.
-… Cuando el maram crece entre jigantones, sus espinas son terribles… son más dolorosas y venenosas que las víboras… Sí, señor, no todos los maram son iguales… Y por último, dicen que hay el “macho” y la “hembra”… Vaya usted a saber, señor… Cosas tiene esta tierra del Señor…
-¡Ayyy!... ¡Ayyy!...
Y el fino instrumento de don Silverio no se detenía…
-Guauúú…
-Guaúúú…
Más parecían alaridos los ayes de Indalecio. Y yo le ajustaba cada vez más fuerte los brazos.
-¿Pero dónde se ha metido la maldita espina?... De repente voy a romper algo…
Por mi mente atravesó una idea extraña.
-Guaúúú…
-Guaúúú…
A Indalecio se le fueron agotando las fuerzas. Inclusive, sus gritos eran débiles, desfallecientes…
Había empezado a brotar abundante sangre de la herida. Don Silverio cogió entonces un tizón al rojo y lo pegó con energía a la misma herida…
“CHASS…”.
Le salieron fuerzas a Indalecio no sé de dónde y gritó más fuerte que nunca.
-¡Ayyy!... ¡Ayyy!...
Luego don Silverio vació sobre la misma herida el líquido amarillento
-Guaúúú…
-Guaúúú…
En ese instante, como un fantasma raro, apareció junto a nosotros una extraña mujer… Alta, delgada, casi esquelética. Los cabellos desgreñados y la ropa mugrienta en jirones…
-No se asuste, señor… Es mi hija Eulalia… Hace muchos años que perdió el juicio…
-Guaúúú…
-Guaúúú…
Indalecio estaba bañado en sudor y noté que ya no tenía fuerzas. Todo su cuerpo se fue poniendo inerte.
La loca, luego de mirar unos instantes hacia el conjunto dantesco, con sus ojos agrandados y vidriosos, calmadamente tomó por el lado del río.
Don Silverio siguió buscando en la carne chamuscada.
Volvió a brotar un poco más de sangre. Y otra vez la chamuscada y luego el líquido amarillento…
Indalecio se quedó al fin desmayado.
-Se va acabando, señor, la luminaria… Ya casi no se ve… Llevemos a este hombre…
-Guaúúú…
-Guaúúú…
Suspendido sobre el cuero de oso, llevamos a Indalecio hasta la habitación de don Silverio. Al acomodarlo en un rincón, yo sentí que ya no era un ser con vida.
Al cabo de unos minutos, abandoné la habitación a causa del calor sofocante.
Afuera, alumbraban débilmente los últimos resplandores de la fogata.
Los perros tenían apoyadas las testas sobre el duro suelo.
De pronto se oyó un canto triste. Los últimos versos acabaron por llenarme de turbación.
………………………
Amor… Amor…
Ay, qué hondo heriste
Mi amante pecho…
Amor… Amor…
Ay, fuiste espina
De cruel maram…
…………………….
Don Silverio estaba junto a mí, y venciendo la aflicción que me abrumaba, le pregunté:
-¿Y cómo se alocó su hija, don Silverio?
Me miró con unos ojos extraños y me contestó con preguntas:
-¿No le dice nada, señor, su canto triste?... ¿No le oye?... Está tan claro, señor…
………………………
Amor… Amor…
Ay, qué hondo heriste
Mi amante pecho…
Amor… Amor…
Ay, fuiste espina
De cruel maram…
…………………….
-Pues sí, señor… A ella se le clavó la espina de maram en el mismo corazón… Y en el corazón, se muere o se enloquece… Espina de maram…
El cielo estaba cubierto de negros nubarrones. En la fogata chisporroteaban las últimas leñas de guarango.
-En cada luna, señor, sale a cantar… por las huertas… por la orilla del río… por los cerros… ¿Piensa usted en cómo es mi vida?...
La voz se iba perdiendo por las vegas del río.
Desde su precario refugio, con su canto estentóreo, un gallo rasgó el tétrico silencio de la noche.
-…Algunas horas de sueño, señor, le caerán bien… La jornada de mañana será dura…
“La jornada de mañana”… ¿Y el enfermo?... Resultaba todo muy extraño. Nada pregunté, sin embargo, y decidí retirarme. En verdad me sentía agotado.
A despecho de todo, deseaba oír otra vez el canto de Eulalia.

IV
Al otro día, cuando abrí los ojos, vi a don Silverio acercarse silenciosamente hacia Indalecio…
Y vi levantarle suavemente el pañuelo que le cubría el rostro… Contuve el aliento y traté de no hacer el menor ruido…
-Ah… -dijo en voz muy baja-. No me había equivocado… Era él… Era Indalecio Mestanza…
Me quedé sin aliento.
Don Silverio creyéndome aún dormido, se salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado.
Apenas recobré el ánimo, di un salto hasta el rincón donde estaba Indalecio.
¡Horror! Lo que tenía delante ni siquiera parecía el cadáver de un ser humano… Era una masa informe y repugnante…
Abandoné precipitadamente la habitación. Junto a la puerta encontré a don Silverio en actitud tranquila. En su rostro se advertían las huellas inequívocas de un largo desvelo.
Y antes que yole hablara, se apresuró a decirme:
-Todo está listo, señor… Yo lo dejaré a usted en buen sitio…
-¿Pero, qué significa todo esto, don Silverio?... Es espantoso, señor… Y usted…
-verá usted –me interrumpió, tomando cierta gravedad- que todo es obra de Dios… Y usted no tendrá ya fundamento para condenarme.
Y se quedó mirándome larga y profundamente a los ojos.
-…Sí, señor, por mi mano se ha cumplido la voluntad de Dios… Mis manos mataron a Indalecio Mestanza…
Mi espanto, mi horro, no tuvieron límites. Y no atiné a decir nada.
-…Y creo que estoy satisfecho, señor… Usted ha visto a mi hija, señor…
-¡Ah!... ¡Su hija!... Eulalia… Si….
Por debajo de los cercos, y un poco asustadas todavía, fueron apareciendo las gallinas que huyeron en la noche.
-…Espina de maram, señor… Usted ha oído su canto…
Se detuvo para mirarme otra vez.
-… Pero yo lo esperaba, señor… A mí también me dejó en el alma otra espina de maram: el odio… El odio también queda como el arponcillo de la espina de maram… Si a tiempo no es sacado, pudre también el corazón…
Las palabras del viejo iban abriendo tremendos abismos en mi alma.
-Ya ve usted cómo han estado tan bien arregladas las cosas… ¿El destino?... ¿Nosotros?... Quién sabe… Tal vez el único responsable sólo sea Dios…
En mi deseo de volver cuanto antes a las cosas reales, claras, pregunté:
-…¿En qué momento reconoció usted a Indalecio?... ¿Cómo lo pudo reconocer?...
-…Lo reconocí en el primer instante… Su aire, no sé qué… como si los quince años que han transcurrido desde que se marchó de aquí, sólo habrían sido días… Además ¿no cree usted que con los años se agudizan en el hombre algunas facultades, o nacen otras?...
Siempre tratando de evadir las cosas tremendas de este viejo raro, dije:
-Podemos pensar ahora, don Silverio, en la sepultura…
Al instante respondió:
-Ah… Pues, ni eso ya le debe preocupar a usted…
-¿Cómo ¿… No entiendo…
Los perros se vinieron hasta nosotros, y moviendo humildemente la cola, se arrimaron a don Silverio.
-…Es sencillo. En lo que restaba de la noche, mientras el cuerpo se enfriaba y empezaba a pudrirse en ese rincón, yo le cavé un hueco… Sí… -Y volviéndose para el lado del sol-: Mire, allá… detrás de aquel cerrito, a la vera del camino… de un caminito angosto que nadie trafica… -Y luego, volviéndose hacia mí-: No hace falta velorio… Aquí se descompone muy pronto la carne… y si es picada de espina de maram, peor… -Y finalmente, dirigiéndose hacia el cadáver: -Mientras yo lo llevo, usted puede ir arreglando su acémila… Le tengo ya ofrecido dejarlo en buen sitio…
Los perros lo siguieron, aullando lúgubremente.
Luego vi a don Silverio perderse por entre los zapotes y los guarangos, con su carga fatídica a la espalda.

V
Por un vado muy ancho cruzamos el río. Atravesamos un bosque de guarangos, Ascendimos una pequeña cuesta. Descendimos por el otro lado del cerro. Vencimos la maraña de un carrizal. De nuevo otra cuesta más larga. Llegamos hasta la garganta del cerro.
Fue en aquel punto que se detuvo don Silverio. Respiró muy hondo y al fin habló:
-He cumplido, señor mío… Ya de aquí no se pierde usted… Siga nomás por esta falda hasta encontrar una quebrada seca… La atraviesa, y sin subir, ni bajar, sigue usted hasta la misma fila… Desde allí podrá distinguir el valle de “Los Naranjos”… Y vaya usted, pues, con Dios, señor mío…
No me quedaba ninguna alternativa. Estreché la huesuda mano del viejo, diciéndole adiós, y tomé presurosamente por la falda gris.

domingo, 8 de marzo de 2009

POESÍA: Canciones de Hogar

VIDAL VILLANUEVA Y SU PROPUESTA POÉTICA
Por Jorge Horna
Acordamos telefónicamente encontrarnos con Vidal Villanueva, después de más de cuatro décadas, la tarde del martes 16 de diciembre pasado, en el centro de Lima; después de un reconocimiento lleno de efusividad, caminamos entre las aglomeraciones de gente y el bullicio pernicioso de los vehículos. Vidal no pierde tiempo, inicia su relato de los hechos de su vida de estudiante universitario, su formación académica, su labor profesional, sus viajes, y de tramo en tramo referencias a la tierra, nuestra tierra: Celendín. Al fin logramos enrumbar por una calle perpendicular a la avenida Abancay -menos transeúntes, menos carros-. Entramos a tomar un jugo de frutas en un modesto y acogedor restaurante.
Despercudido de remilgos y sin rodeos, abocado a lo que siempre le apasionó, Vidal da lectura con modulada voz a los poemas de los libros que ha traído para obsequiarme. Lee con la rienda suelta, a veces hace pausas para indicarme las circunstancias en que fueron escritos o para referirse a los ámbitos del lar, a los enseres hogareños, a las experiencias existenciales, símbolos significantes de su poesía.
Entregamos una muestra de los poemas de su libro Canciones de Hogar editado por la Universidad Nacional de Educación:

AUTORRETRATO
Se quemarán mis leños
en el mismo fogón
donde me retraté
en cenizas.

Los llanques
que me quedaron grandes
seguirán esperando
otro pie
que los cobije
cariñosamente.

Y otra vez,
antes de ir al colegio
me habré
peinado
nuevamente
en el espejo
del pilar,
de espaldas,
a mi amarga
experiencia.

Canciones de Hogar

AUSENCIA
Al hermano José

Hermano,
esta vez
mamá se ha levantado
temprano
a escarmenar su amor.

Esta vez el fogón
ha palidecido mucho,
y nos han echado de menos
en la mesa coja.

¡Todo está callado!

Las paredes están mudas.
El quicio donde solíamos
sentarnos
medita a nombre de los
hermanos muertos.

Ya nadie juega
en el zaguán;
ya nadie pide nada.
Y mamá
sigue hilando
en su rueca,
hasta colmar su ovillo.


AYER NOMÁS
Ayer nomás
vi caer a una paloma.
Ayer nomás
vi morir
a una flor.
Ayer nomás
asesinaron
la verdad
y la vendieron
en los mercados.
Ayer sepultaron
la justicia
y le pusieron
candado
definitivamente.

Ayer estuve
presente
en tu nacimiento,
y hoy has muerto.
Hoy que todo
sigue igual,
absolutamente
TODO.

He vertido algunos rocíos desde lo más hondo al leer la poesía de Vidal Villanueva, hombre sencillo, honrado y franco, quien ha desechado pretensiones desde que vino a este mundo y no permitió que se alojaran en su alma de poeta.

Sucintos datos: Vidal Villanueva Chávez, nació en Sorochuco (Celendín); la Escuela 85 y el colegio “Javier Prado” de su tierra natal fueron testigos de sus travesuras e inquietudes. En Lima se graduó de profesor de Castellano y Literatura en la Universidad Nacional de Educación “La Cantuta”, donde también ejerció la docencia.
Viajó becado a Rusia, y en 1978 obtuvo el grado de Doctor (Ph.D) en Filología en el Instituto de Lingüística de la Academia de Ciencias de la URSS. Ha sido Director de la Unidad de Post grado de la UNE., profesor principal de la Universidad de Huacho, traductor, profesor visitante en universidades del África y Asia.
Ha publicado: Canciones de Hogar (1971) y Baladas de la sangre (1980).
Otra joya versificada de Canciones…:

DOMINGO DE MAYO
Una madre,
un mundo cotidiano,
latiendo.

Que todo hombre
ame a su madre,
que todo hombre
ame a su amiga,
que todo hombre
ame a su mujer.

Yo cuido a mi madre.
Está encerrada
en su mundo.
No conoce a nadie,
es tremendamente
inocente:
No sabe de la tiranía
de Franco
ni de Marcos Ana.

No sabe de lo de
Vietnam,
de Laos
y de Camboya;

No sabe de los
sanguinarios,
ni de Luther King…
Si supiera eso
se sentiría triste
y amaría menos,
estoy seguro.
Sólo sabe de su mundo,
lo entiende
a su manera,
y ama,
también a su manera.

Pero piensen
Hay un mundo inocente,
Es mejor así,
DEFINITIVAMENTE.