jueves, 16 de julio de 2009

CUENTO: Alfonso Peláez Bazán

Dentro de nuestro quehacer en la búsqueda de los valores celendinos, Alfonso Peláez Bazán ocupa un lugar preponderante, y nos hemos propuesto no descansar hasta publicar la totalidad de sus cuentos, que tienen por escenario la mirada esperanzada de Celendín hacia las tierras del Marañón. Ese feraz valle que con la misma maestría de Ciro Alegría describe como algo inmerso en su ser. Nos llega el aliento cálido del valle y su aroma a fruta madura a través de su pluma y deja un mensaje de conflicto social, de heroicidad en la altivez orgullosa de Eugenio, que demuestra que nuestros campesinos están hechos de otra madera, que no agachan la cerviz ante los poderosos y en eso se diferencia de otros cuentos que parecen tener el mismo cariz. (NdlR)

HIGINIO

Cuando Eugenio Santillán y Matilde Sifuentes tomaron posesión del paraje “San Antonio”, y llenos de fe empezaron a levantar la morada, en las entrañas de Matilde latía ya un nuevo ser.
Con sus paredes blancas y techos rosados, mirándola desde lejos –de la campiña o de la ciudad- , aquella casita, antes que hecha de barro y madera, más bien parecía pintada en la falda del cerro, ahí donde los matices de éste son más suaves y permanentes.
En ese bello paraje, que sonriente da cara a la ciudad cercana, nació Higinio una mañana llena de cielo.
Cuando tuvo seis meses le tocó mirar por primera vez, desde el corredor de su linda casita, la quema de los juegos artificiales de las fiestas patronales. Balbuciendo dulces voces, alargaba alegremente sus manecitas, como queriendo coger las luces de colores que se alzaban deslumbrantes por el cielo. A las once de la noche se quemó el último castillo, y cuando se extinguían ya sus luces, Higinio empezó a dormirse en los brazos de su madre.
“A la rurrua, rurra…
Duérmete, mi niño…”
……………………………
Soñó que seres fantásticos se llevaban la ciudad en castillos de luces… Se despertó sobresaltado y empezó a llorar.
“Duérmete no más…
Aaa… aaa
Duérmete. mi amor…”
……………………………
Al otro día, la ciudad estaba allí. No se la habían llevado seres fantásticos en castillos de luces. Higinio parecía estar más alegre.

II
Higinio es ya un mocito de 4 años. Cada vez que va por agua a la fuente, en su cántaro decorado de verde y morado, allí se queda embelesado mirando a la ciudad a través del verde follaje de los sauces y las enredaderas. Higinio vive ardientemente enamorado de la ciudad. Y cada día es más grande su deseo de conocerla, de caminar sus calles y plazas,
Ya es costumbre suya sentarse al filo del corredor y contemplarla largamente. Desde allí, la distingue toda. Hasta podría contar sus calles: siete laterales y quince transversales… Pero el pequeño Higinio no puede hacer eso.
A veces, sin embargo, parece que sí las estuviera contando… A su manera, naturalmente: “UNO, DOS, TRES, CUATRO… UNO, DOS, TRES, CUATRO… UNO, DOS, TRES, CUATRO…”. Apenas le ha enseñado su mamá a contar hasta cuatro. Cuando vaya a la escuela ya sabrá contar hasta seis.

Los celendinos trabajan desde niños. (Foto Javier Chávez Silva)

III
“Fido”, el perrito engreído de la casa, se ha puesto alborotado, nervioso, pues, desde que empezó a rayar la aurora, advirtió en la casa un movimiento desacostumbrado. Y va de un lado a otro sin comprender nada absolutamente.
Higinio luce un terno nuevo de casinete oscuro y una camisa de tocuyo listado, sin cuello, naturalmente. Y tiene ya sobre el hombro el precioso ponchito que le tejió su madrecita con las lanas más suaves y blancas de muchas trasquilas.
Tiene fresco y oloroso todo el cuerpecito. Muy a las seis su madre lo bañó usando el rosado jaboncillo que en algunos meses sólo ha sido usado unas cuantas veces. El rostro de Higinio resplandece, igual de limpieza que de alegría.
* **
A la entrada de la ciudad, la madre le volvió a lavar los piececitos y de nuevo le arregló los lacios cabellos.
-Así, bien limpiecito, tienes que llegar todos los días a la escuela- le dijo aquella al tiempo de arreglarle la casaca.
Higinio prometió a su mamá hacer todas las cosas buenas y lindas.
Recorrieron todas las calles. Higinio, aunque estaba advertido sobre muchas cosas de la ciudad, se quedaba asombrado a cada paso: de las casas con balcones, de los grandes faroles de las esquinas, de los postes del telégrafo. Pero su asombro no tenía límites cuando veía pasar un soldado de uniforme azul o una mujer de imponente tupé.
Compraron luego la pizarrita y el silabario. También la madre le compró un pañuelito blanco con ribetes azules, que ella misma dobló delicadamente y lo puso en uno de los bolsillos de la chaquetita.
Discretamente, silenciosamente, penetraron hasta la dirección de la escuela. Era la única escuela de varones de la ciudad. Un señor de aspecto casi solemne, de adelantada calvicie y prominente barriga, era el Director.
Matricularon a Higinio en las primeras letras, y al tiempo de despedirse, amorosa e ingenua, la madre le habló así al Director:
-…Le diré, señor preceptor, que mi hijo es muy formalito y muy buenito. EL no sabe de cosas malas…
-…Ajá… Ya lo creo, ya lo creo… Qué bueno… -contestó el señor preceptor poniendo la mano en el hombro de Higinio.
Luego de arreglarle otra vez la chaquetita, y hacerle una tierna caricia en la mejilla, la madre fue la primera en abandonar el cuarto del Director.
***
Al cabo de unos pocos minutos, Higinio estaba ya confundido entre docenas de niños desconocidos. Algunos muy semejantes a él: seriecitos, casi tímidos, con chaquetillas sencillas y pantaloncitos largos, de dril o de lana. Pero qué distintos de los que lucían zapatos y pantaloncitos cortos. Y más todavía de los que tenían zapatos de charol y cuello de caucho. Sin embargo, Higinio no se sentía deprimido y trataba, más bien, de sentirse contento.
Pasaron todos los niños a sus respectivos salones, Higinio portando el banquito de quishuar que le trajo a la espalda su papá, esperó que el maestro le señalara su sitio.
Cuando todo estuvo arreglado, el maestro empezó la lección:
-Bueno, niños, atención… Las vocales son cinco: a-e-i-o-u…
Cogió la tiza y las escribió en el pizarrón.
-Bien. Niños, primero a pronunciarlas… A ver…
El salón se llenó de un intenso rumor.
“a-e-i-o-u”… “a-e-i-o-u”… “a-e-i-o-u”…
-Ya, niños…. Basta. Ahora a escribirlas en vuestras pizarritas.
Entre los ruidos del salón, el que más se percibe era el que hacían los niños al escupir sobre sus pizarritas para borrar frecuentemente.
Sólo Higinio no hizo eso una sola vez. Con admirable facilidad, llenó los dos lados de su pizarrín con las cinco vocales…
Se le acercó el maestro y le dijo:
-Muy bien, muy bien. Prometes ser un gran alumno…
A las once en punto sonó la campanilla de la Dirección. Bulliciosamente, los niños abandonaron sus salones y se fueron a formar en el patio para luego salir a sus casas.
***
A pocos pasos de la escuela, Higinio se vio solo y sin saber a dónde ir. Recordó la indicación de sus padres: “A las once, tú no puedes venir hasta acá, pues no tendrías tiempo para poder estar de nuevo en la escuela a la una”. Se puso entonces a caminar al azar por toda la ciudad. De pronto llegó a la plaza de armas, y le saltó el corazón cuando, desde allí, distinguió su casita en la falda del cerro. Y se arrimó a la verja de la pila para poder mirarla incansablemente.

Venta de sombreros en Celendín, 1930. Al fondo el "Jelig", cerro tutelar de la ciudad.

Al cabo, recordó que su madre le había puesto en los bolsillos de la chaquetita cancha del mejor maíz y también harina de trigo tostado con chancaca raspada. Y sintiéndose como en la gloria, empezó a saborear todo eso.
Vio pasar a un niño cerca de él y sintió deseos de invitarlo a su banquete, pero se sintió corto y lo dejó pasar.
A poco llegó hasta él otro niño, de mejor aspecto que el anterior; vestido de casimir, zapatos de charol y amplio cuello de caucho.
Contra todo lo que Higinio había esperado, el niño elegante se lo quedó mirando con aire de superioridad y desafío. Luego le dijo:
-¿Quieres probarte conmigo, estancierito?... ¿Qué dices?...
Higinio se quedó asustado y no atinó a decir nada.
-…Un trompis, ¿oyes?... Ya, anímate, estancierito.
Higinio se puso más asustado aun y la harina con chancaca se le atragantó un poco.
-… No seas cobarde, estanciero, unos cuantos no más…
Cuando Higinio tuvo vacía la boca, tímidamente, contestó:
-Yo no sé pelear… Nunca he visto pelear…
-Ajá… ¿Con que no sabes pelear?... Pues ahora vas a aprender… Toma, estanciero maricón…
Y al tiempo de decirle todo esto, se le fue encima, acribillándolo a puntapiés y trompadas, hasta tirarlo al suelo. Luego se alejó tranquilamente el niño de los relucientes zapatos de charol y amplio cuello de caucho.
Hecha una verdadera desdicha, Higinio empezó a sacudirse el polvo. Después sacó el flamante pañuelito y se limpió la sangre. Finalmente, recogió del suelo silabario y pizarrín.
Allá al frente, en la falda del cerro, estaba su casita blanca y rosada. Se arrimó otra vez a la verja y desde allí se la quedó mirando mucho rato.
***
Por la tarde, la escuela se volvió a llenar de niños. Cuando llegó Higinio, instantáneamente se produjo una ensordecedora algazara. Todos gritaban endiabladamente: “¡Miren a don Higinio Alfaro!”.
Ciertamente, el pobre Higinio estaba como para desatar toda la diablura de los muchachos. Tenía el cabello completamente desgreñado y cubierto de polvo, y manchas de sangre le afeaban el rostro. Todos se acercaron y entre gritos y risas destempladas, le dieron de jalones…
Al fin llegó el maestro y cesó un tanto la algazara.
-¡Silencio, malcriados!... Vamos a ver qué pasa… Hablen, ¿qué pasa?...
Por toda respuesta, cogido de los bracitos, pusieron a Higinio frente al maestro.
-¡Oh!... Pero, ¿qué es esto?... ¿Te caíste acaso?... ¡Habla!...
Higinio empezó a llorar y no respondió una sílaba.
De entre el grupo se alzó una voz:
-¡Se ha trompeado, maestro!...
Y otra voz agregó:
-¡Es muy guapo, maestro!...
-¡Ah…! ¿Y cuál es el otro niño?.. –preguntó el maestro mirando a su alrededor.
Hubo un momento de silencio. Al fin, se oyó un coro de voces:
-No sabemos, maestro…
-No sabemos, maestro…
-No sabemos, maestro…
Entonces, el maestro cogió a Higinio de una oreja y se lo llevó a la Dirección.
-¿Con qué te gusta pelear, so pedazo de bribón?...
Higinio empezó a llorar.
-¡Bájate los pantalones, insolente!...
Higinio pudo hablar entre sollozos:
-No he peleado, maestro… Por Diosito… Un niño me pegó… No me pegue usted también…
-Ajá… con que un niño te pegó… Ahora, a recibir unos latigazos más por mentiroso…
Los pantalones estaban ya caídos. Y cuatro veces sonó el rebenque del maestro en las nalguitas de Higinio.
Afuera los niños se gozaban delirantemente.
-Y ahora, malcriado, anda al chorro de la plaza y lávate. Y regresa enseguida.
Luego el maestro hizo pasar a todos los niños a sus respectivos salones.
***
Las horas de la tarde transcurrieron entre cantos a la patria y a Dios. Higinio llevará a su hogar ciertas ideas confusas y extrañas.
Higinio tomó la calle central, de regreso a su casita limpia y alegre, en donde lo esperaban ansiosos sus padres. Y también su perro “Fido”. A pesar de todo se sentía feliz.
De pronto, sin embargo, las cosas iban a empeorar. Detrás de una esquina lo estaba asechando la mala suerte… Sí, “la mala suerte”, representada por tres niños de la ciudad… Uno de ellos, nada menos que el de los relucientes zapatos de charol…
Los tres pequeños bárbaros arremetieron furiosamente contra Higinio. Al tiempo de pegarle le gritaban:
-¡Toma, estanciero maricón!
-¡Sí, para que otra vez no llores!...
-¡Y para que aprendas también!...
Higinio no hacía sino gritar desesperadamente.
Se cansaron al fin los pequeños bárbaros y presurosamente abandonaron el escenario de lo que ellos creían valiente proeza.
Silabario y pizarra quedaron destrozados entre el polvo de la calzada. El ponchito fue arrastrado a una gran distancia.
Después de recoger los pedazos del pizarrín y del silabario. Higinio fuese por el ponchito y luego de sacudirlo y doblarlo por el largo, se lo echó al hombro.
***
En la parte más saliente del paraje estaban los padres de Higinio para verlo llegar.
-¡Mira!... ¡Mira, Eugenio!... Ya llegó a la pampa… ¡Míralo qué lindo es con su ponchito al hombro!... Me voy a encontrarlo…
-No, Matilde, no… Déjalo llegar solo… Mira allá… Ya lo va a encontrar “Fido”…
Por la verde campiña de la ciudad, entre tanto, ya habían empezado a arrastrarse las sombras de la colina de enfrente.
***
Cuando Higinio estuvo a pocos pasos de sus padres rompió a llorar.
Desesperada la madre lo alzó en sus brazos.
-¡Dios mío!... ¿Pero, qué te ha pasado, corazoncito, hijo mío?...
El padre no atinaba a comprender nada.
“Fido no se cansaba de lamer a Higinio, al tiempo que movía la cola.
Al fin, enjugadas ya las lágrimas, Higinio confesó exactamente lo que le había pasado en la ciudad. La madre volvió a llorar y el padre lanzó toda clase de maldiciones.
***
Antes de que el sol saltara por encima del cerro “Jelig”, ya estaban listas las nuevas prendas de vestir de Higinio.
A las ocho de la mañana, cuando todas las pampas y colinas resplandecían alegres, Higinio y su padre entraban de nuevo a la ciudad.
Luego de comprar otro silabario y otro pizarrín, fueron a la escuela. Los recibió un poco sorprendido el mismo calvo y ventrudo maestro.
-Buenos días, señor preceptor. Aquí me tiene usted de nuevo… Siempre deseamos que esté en la escuela… Pero vea usted, señor, cómo han dejado a mi pobre hijo… Mire, señor, cómo tiene la cara… las manos… las canillas… Cómo puede ser esto, señor preceptor…
Este tenía en el rostro una expresión de burla. Y al cabo respondió a Eugenio:
-¿Así, no?... ¡Qué tal!... Lo que no debería ser es que tengas un hijo tan mal educado, ¿lo oyes?... Según todos los niños de la escuela, tu hijo buscó bulla al niño Luis Altamira, cuando éste pasaba por la plaza… Luego, más tarde, insultó al mismo niño y a dos compañeros suyos… Malos instintos debe tener tu hijo… Conviene que lo corrija…
Eugenio se irguió frente al maestro y clavándole terribles miradas de indignación y desprecio, le dijo:
-¡Sepa que mi hijo no es lo que usted dice! ¡Sí, señor preceptor, no es lo que usted dice!
Afuera en el patio se oían estas exclamaciones:
-¡No vale ese estanciero!
-¡Que lo lleven!
-¡Que lo frajelen otra vez!
Bruscamente se volvió Eugenio para el lado de los alumnos y les dijo con toda energía:
-¡Canallas!... ¡Miserables!... Ustedes, grandísimas porquerías, son los que no valen!... ¡Y sepan, bribones, que a mi hijo nadie le volverá a poner la punta de los dedos!... Y no se la pondrán más porque ahora mismo lo llevo para siempre…
Cogió a su hijo de la mano y con la más grande altivez que puede sentir un hombre, abandonó la escuela.
Afuera en la calle, Eugenio preguntó a su hijo:
-¿Por qué, cuando salíamos, mirabas tanto a esos brutos?...
Higinio respondió con toda la sencillez de su alma:
-No sé… Creí que… Creí que dijeron Higinio… O me pareció… Quería… quería que me llamaran…
A Eugenio se le hizo un nudo la garganta.
***
Aquel mismo día, los padres de Higinio, con excepcional valor, juraron abandonar para siempre la casita linda, hecha con tanto amor y tanta fe. Al otro lado del Marañón había muchas tierras feraces que sólo esperaban el brazo del hombre. Claro, allá no había ni ciudades ni escuelas. Pero qué importaba todo eso… Peor era tener delante la ciudad, con sus calles anchas y largas… con su iglesia y su escuela…
***
Diez días después, en caravana silenciosa, la familia altiva, avanzaba hacia la fila del cerro, para luego descender hasta lo más profundo de la hoya.
Al llegar a la fila, Higinio miró por última vez a la ciudad. Y muy suave, muy bajito, dejó escapar:
-A-e-i-o-u…
La madre, que iba bien cerquita a él, sorprendida, le reprochó dulcemente:
-¿Qué dices, hijo mío?... Tontito, olvida eso… Olvídalo para siempre…
Higinio volvió los ojos a la senda, y resueltamente apuró sus menudos pasos sobre la yerba húmeda.
Y atrás quedó para siempre la casita, como pintada en el cerro.

El valle del Marañón

III
De pronto cesó el ruido de los caleros. Los cuatro hombres que están junto a mí, sentados en rústicos bancos y un poco reclinados a la quincha, se van dejando vencer por el sueño.
La velada ha sido larga y raramente placentera. Se habló de los cerros, de los ríos y de la luna… De caminos y pascanas… De brujos y duendes… De pumas y venados… De víboras y alimañas.
El viento agita suavemente las ramas de los árboles. A través de las enmarañadas frondas, profunda y misteriosa llega hasta nosotros la voz de las aguas del Jaguay.
Y vuelve a hablar uno de los cuatro hombres.
-…Mire allá, señor… Ahí junto a la tranca… al pie del mango… allí descansan los dos viejos…
Se queda en silencio un instante y luego continúa:
-… ¿Y a mí qué me falta ya?... Uff… Debo andar ya por cerca de los setenta, o más… No sé cuándo no más perdí la cuenta… Uff… Estos lugares, señor… No sé que tienen los cerros, los ríos… Y cuando aparece la luna…
El hombre se pone de pie, arroja el “bolo” y escupe estrepitosamente. Luego se acerca a la acequia de agua cristalina que pasa junto a la casa, y ahuecando ambas manos, recoge agua para enjuagarse la boca.
-…Así fue, señor. Y la historia me la contaba una y otra vez mi propia madre, fresco siempre en su corazón el inmenso resentimiento. Sí, señor, me lo contó mil veces… Como para que no lo olvidara…
Y se vuelve a detener.
Y luego, suavemente, mirando a no se sabe qué lejanías, dice entre labios:
-A-e-i-o-u…
Cerca del amanecer, la oscuridad se hace más negra, los rumores más intensos… Los cuerpos sufren ligeros temblores, y uno tras otro, todos entramos en la rústica choza.

miércoles, 8 de julio de 2009

CENTENARIO: Julio Garrido Malaver

Publicamos este artículo del sociologo celendino Wilder Sánchez Sánchez gracias a la deferencia del Sr. Luis ALberto Díaz Mori, por la importancia y presencia de Julio Garrido Malaver, quien brilla con luz propia en el firmamento de las letras Peruanas y porque, creemos que en Cajamarca, su departamento natal, se le está valorando en su verdadera dimensión.
Expresamos al mismo tiempo nuestra extrañeza por el silencio ominoso de las autoridades celendinas con respecto a nuestro poeta, de quien, como hemos anotado, no existe el menor recuerdo. No hay ni siquiera una calle que perennice su nombre. (NdlR)

Por Wilder Sánchez Sánchez
Este jueves, 2 de julio, se cumplieron 100 años del nacimiento del reconocido poeta, novelista y narrador celendino, Julio Octavio Garrido Malaver, fallecido en la ciudad de Trujillo el 19 de setiembre de 1997, quien también fue un líder histórico del APRA y sufrió persecución, destierro y encarcelamiento.
El viernes 3, por la noche, en el Salón Consistorial de la Municipalidad Provincial de Cajamarca, se realizó una emotiva ceremonia en conmemoración del centésimo aniversario del nacimiento del intelectual celendino, organizada por varias instituciones. Al acto asistieron autoridades y funcionarios del Gobierno Regional, de la Municipalidad Provincial, del Instituto Nacional de Cultura y del Archivo Departamental, así como integrantes de la Asociación de Poetas y Escritores de Cajamarca, dirigentes del Partido Aprista Peruano y otras personalidades.
La ceremonia contó con la presencia del Dr. Roberto Garrido López, hijo del intelectual celendino, quien recibió, a nombre de su padre, entre otros, los siguientes reconocimientos póstumos:
* La Resolución y Medalla de Hijo Predilecto, otorgada por la Municipalidad Provincial de Cajamarca, que le fueron entregadas por el Ing. y Regidor Wilfredo Poma Rojas.
* La Medalla de la Región, otorgada por el Gobierno Regional de Cajamarca, entregada por el Dr. Rubén Vílchez.
* El Reconocimiento Kuntur Wasi, otorgado por el INC, por haberse destacado en la literatura.

Evelio Gaitán Pajares, Director del Archivo Regional de Cajamarca, reseñó la biografía de Julio Garrido.
La ex Regidora e intelectual Socorro Barrantes Zurita, destacó las cualidades de luchador social de Garrido Malaver y leyó uno de sus poemas.
Jorge Arroyo Reto, Secretario General del PAP en Cajamarca, resaltó las cualidades de luchador social y líder histórico del APRA del homenajeado.
El Discurso de Orden estuvo a cargo del destacado escritor cajamarquino y Consejero Regional, Dr. Luzmán Salas Salas, quien hizo una reseña de la monumental obra literaria de Julio Garrido Malaver; valoró altamente su lírica, que ilustró con la lectura de fragmentos de sus poemas, e hizo notar la opinión de Antenor Orrego, para quien los dos más grandes poetas que se han producido en el Perú son César Vallejo y Julio Garrido Malaver.
El Dr. Roberto Garrido López agradeció los merecidos homenajes y destacó las cualidades de su padre en la poesía, la novela, el cuento, el periodismo y la política. En este campo recordó que su padre siempre fue fiel al aprismo primigenio, al aprismo revolucionario, y que jamás estuvo metido en “faenones”, como ocurre actualmente. Aseguró que la familia dispone de 105 obras inéditas de su padre, entre novelas, poemas, cuentos; en efecto, leyó algunos poemas inéditos.
Le correspondió hacer el Brindis de Honor al famoso pintor cajamarquino Andrés Zevallos.
En Trujillo se celebró en la mañana del 2 de julio el centenario de Garrido. El Presidente Regional, Ing. José Murgia Zanier, entregó a la Sra. Amelia López, Vda. de Garrido, la Medalla de la Libertad. En dicha ceremonia, Roberto Garrido señaló que su padre siempre vivió en austeridad porque le dijo no a la corrupción. Las actividades que el Gobierno Regional de La Libertad ha programado para conmemorar los 100 años del nacimiento de Garrido continuarán hasta el 23 de setiembre.

Julio Garrido Malaver y Haya de la Torre ingresando a Celendín en 1962.

A continuación, la Biografía del ilustre celendino, que se puede encontrar en Wikipedia – que, a su vez, la ha tomado de la Enciclopedia Ilustrada del Perú, de Alberto Tauro del Pino –. También va un archivo adjunto con varias notas y artículos que he recuperado de Internet, incluyendo una fotografía del Homenaje a Julio Garrido por estudiantes de la Universidad Nacional de Trujillo, en 1950, en la que aparece junto a Luis de la Puente Uceda , Manuel Pita Díaz, Gonzalo Fernández Gasco, Luis Iberico Mas, entre otros, o sea, por la generación que luego fundaría el APRA Rebelde y el MIR histórico. El archivo adjunto también contiene un artículo de Jorge Díaz Herrera, que he tomado del blog ESPINA DE MARAM, que es el suplemento literario de Celendín Pueblo Mágico, que editan varios celendinos; asimismo, hay algunos poemas de Julio Garrido que ha recopilado la Asociación de Poetas y escritores de Cajamarca.


De la “Dimensión de la Piedra ”:

I

Monologo en la piedra, y digo, y digo
lo mismo que en mi voz cuando hablo para el viento.
Y me horada una duda en lo más hondo
lo mismo que una pena.
Y me sorprende la idea más antigua sobre el hombre
como un golpe de gracia
que se quiebra, quebrándome, en dos partes:
el origen y el fin, esto es, la nada.

Y me salgo de mí
para buscarme entre los escombros del Tiempo
que fenece sin poder ser el Tiempo,
para llorarme al pie de toda huella,
para clavarme y desclavarme en los gimientes leños
sin redención exacta por plural

Y vuelve mi destino a golpearme con un golpe distinto,
más arriba de todo lo creído,
más adentro de todo lo que la luz encuentra,
más allá de todo lo esperado...

Y divago en la forma de la Tierra.
Y el cielo se me hace nudo grande en el pecho.
Y de súbito me arde, rodeándome, un grito
que a la piedra reclama ser blanca como el pan...

Julio Garrido Malaver
Julio Garrido Malaver (Celendín, 1909 - Trujillo, 1997), fue un poeta, narrador, periodista y político peruano. Poeta de intensa emoción social y humana, su obra no ha sido valorada por la “literatura oficial” en su justa dimensión. Escritor prolífico, publicó en vida más de 20 volúmenes tanto en poesía como en narrativa, habiendo dejado inéditas varias obras que han venido siendo publicadas póstumamente. Como político militó en el Partido Aprista y se caracterizó por su lucha infatigable por la causa del indígena y del oprimido, alternándola con su actividad cultural. Soportó destierros y prisiones por sus ideales. Fue elegido por voto popular como parlamentario ante el Congreso de la República del Perú en cuatro oportunidades, dos veces diputado y dos veces senador. Fue también Director del Instituto Regional de Cultura de Trujillo – La Libertad.
Biografía
Hijo de Isidoro Garrido y Juana Malaver, nació En Celendín, Cajamarca, el 2 de julio de 1909. Estudió la primaria en su pueblo natal y la secundaria en el Colegio Nacional San Ramón de Cajamarca, en el cual era aún alumno cuando obtuvo el primer premio en los Certámenes Literarios de Cajamarca (1929), con su “Canto al 12 de octubre.”
Al concluir la educación secundaria (1932) se trasladó a Lima e ingresó a la Universidad de San Marcos. Pero su activa militancia en el aprismo dio pretexto a su prisión y a su inmediato destierro a Chile (1934-1939), donde cursó Derecho en la Universidad de Concepción y en la Universidad Central. Allí fue coronado Poeta de la Primavera en 1937 por su “Canto a la reina primaveral”. De regreso al Perú, fue laureado en los Juegos Florales Universitarios con su “Canto a la primavera en varios momentos” (1940). Publicó también su novela La guacha, prologado por don José Gálvez (1940).Nuevamente reducido a prisión por sus actividades políticas, fue internado en el penal de la isla de El Frontón (1940-1944).
Al convocarse las elecciones de 1945 enderezadas a normalizar la vida institucional del país, el partido aprista se plegó al Frente Democrático Nacional que llevó a la presidencia a José Luis Bustamante y Rivero. Por voto popular Garrido resultó elegido diputado por Celendín. Tras el golpe de Estado del general Manuel A. Odría (27 de octubre de 1948), fue sometido otra vez a prisión (1951-1956). Restablecido el régimen democrático, ejerció la dirección del diario “El Norte” de Trujillo (1956-1963). Luego fue elegido diputado por Cajamarca bajo el primer gobierno de Fernando Belaunde Terry (1963-1968).
Durante la dictadura del general Juan Velasco Alvarado fue encarcelado (1971). Pasada la etapa del gobierno militar y ya bajo la restauración democrática de 1980, fue elegido Senador por el departamento de La Libertad (1980-1985).
En sus últimos años se retiró a su hogar en Trujillo, pero continuó produciendo y corrigiendo sus obras literarias aún inéditas. Así le sorprendió la muerte el 19 de setiembre de 1997, a la edad de 88 años.
Obras literarias:


Publicó los poemarios siguientes:
* Vida de pueblo (1940)
* Palabras de tierra (1944)
* Canto a la Navidad (1945)
* La tierra de los niños (1946)
* La dimensión de la piedra (1955)
* El nuevo canto del hombre (1958)
* Eternidad de amor y de milagro (1968), dedicado a la grandeza de Machu Picchu.
* Poesía (7 volúmenes, 1987-1988), compilada por César Calvo.
Novelas y cuentos:


* La guacha (1940)
* Imágenes salvadas (1967)
* El otro paraíso (1976)
* El camino que no llegó (1976)
* ¡Para ser libres! (1977).
Además:
* El Frontón (1966), serie de estampas donde recuerda su paso por el islote carcelario.
* Elogio a la soledad (1966), meditaciones en prosa.
* Ellos fueron mis hermanos, relatos breves.
* Creo en ti (1979), relatos políticos.
Fuente
* Enciclopedia Ilustrada del Perú. Alberto Tauro del Pino. Tercera Edición. Tomo 7. Lima, PEISA, 2001.
Obtenido de "http://es.wikipedia.org/wiki/Julio_Garrido_Malaver"

LIBRO: UNIVERSIDAD PROBLEMA

Por Olindo Aliaga.
¿Acaso sea tarde para presentar un libro que lleva algún tiempo de editado? Creo que no. Hago esta atingencia porque en días recientes, prodigiosamente cayó a mis manos un interesante libro que lleva por título el mismo que encabeza este breve, pero imprescindible comentario.
“UNIVERSIDAD PROBLEMA”, es un libro decoroso editado por la Universidad Particular Alas Peruanas, cuya primera edición corresponde al año 2004.
El libro, pulcramente presentado, mide 23.5 por 17.5 centímetros, está impreso en papel bond y tiene más de 150 páginas. El autor, Dr. Luis Alberto Peláez Pérez, ha condensado una treintena de artículos de los muchos que escribiera y publicara durante 2 años en su columna del diario Expreso; la temática tiene que ver con la universidad y los problemas que lo aquejan.


El Dr. Peláez habla de la problemática universitaria con esa vastedad que le da el cúmulo de años trabajados en la universidad y aunque fueron escritos en 1976, no han perdido actualidad, se conservan frescos y son los mismos que golpean, eso sí, con más fuerza, por motivaciones políticas, a las escuelas universitarias; es decir los problemas que antaño persisten lacerando a la universidad peruana que podemos afirmar sin temor a equívoco, que ha crecido en cantidad y decrecido en calidad. Este peligroso cuadro inversamente proporcional nos dice que la educación en nuestro país está en el sótano.
El libro está dirigido a los educadores, a los padres de familia, especialmente a los maestros sensatos, a aquellos que realizan con agrado su tarea ya que, para ser maestro, se nace con la vocación necesaria, como se nace para amar.
El Dr. Luis Alberto Peláez Pérez es un destacado profesional de pedagogía, con más de 30 años al servicio de la universidad nacional, es natural de Celendín y pertenece a una estirpe de intelectuales, escritores y poetas, entre ellos el escritor Armando Bazán.
Su padre fue el escritor, periodista y profesor Alfonso Peláez Bazán, qautor de hermosos libros de cuentos como “Espina de Maram”, “Naticha” y otros, a quien tuvimos la suerte de hacer la última entrevista el año 1995 y cuya grabación guardamos cual valioso talismán y como un importante tesoro, concientes que es un documento valiosísimo para la posteridad..
Las líneas finales de este comentario están reservadas para expresar nuestra admiración, respeto y aprecio al Dr. Peláez por su magnífico aporte a la ciencia y a la cultura por una universidad y una educación “digna, científica y nacional”.

lunes, 29 de junio de 2009

HOMENAJE: Centenario de Julio Garrido Malaver.

Del 02 de julio al 31 de septiembre del 2009, en Trujillo, el Gobierno Regional de La Libertad, rendirá homenaje al gran poeta celendino Julio Garrido Malaver, en el cual participarán poetas, escritores, estudiantes y público en general.
La vida Garrido Malaver es un vía crucis de luchas e ideales reprimidos a sangre y fuego
En esa vida a salto de mata, sus versos mayormente se deslizaron a través de las rejas de las prisiones que albergaron su juventud, a causa de su temprano quehacer político.
Esos versos tejidos con el cariño de las hebras del sombrero, con el sello del cielo celendino y sabor a chocolate, llevaron al nombre de Celendín al mundo.
Y, sin embargo, en esta ocasión para el homenaje, no vemos participación de ninguna de nuestras autoridades de la provincia. Como puntualizaramos en un artículo anterior, en nuestra tierra es tan hondo y doloroso el olvido para con genios como Julio Garrido Malaver, que ni siquiera una calle, ni una institución, lleva su nombre.
CPM, a través de Espina de Maram, su suplemento literario, sigue el trajinar creativo de Julio Garrido Malaver, llevándolo al conocimeinto de las nuevas generaciones, que ignoran su aporte, de primerísimo orden, a las letras del Perú.
Para conocimeinto de los intelectuales y público celendino que quieran, como CPM, aunarse a este merecido homenaje a nuestro ilustre paisano Julio Garrido Malaver, incluimos el Programa de Celebraciones y el texto que, a propósito de la publicación de su antología en siete libros por el poeta César Calvo Soriano, escribiera en "Cuadernos de Vida", otro gigante de la literatura peruana, nuestro paisano Jorge Díaz Herrera (NdlR).

Collage que muestra algunos aspectos de la vida de Julio Garrido Malaver.

PROGRAMA

DIA 02 de Julio Homenaje a Julio Garrido Malaver a.12.m. a 13.00 horas
Lectura y entrega de Resolución Regional de reconocimiento. Consejo Regional La Libertad. 13:00 a 13:30 horas. Cóctel de honor.
02 – 17 – 31 julio Rol de Conferencias:
La Poesía en JGM
Beethoven Medina S. Carlos Garrido Chalén Jorge Chávez Peralta
Lucha Social en JGM
Ramiro Paredes S. Bertha Malabrigo Víctor Ibañez
Periodismo y Diario El Norte
Blasco Bazán María Ciudad de Luna Juan F. Paredes C.
02 al 14 de Julio Inauguración de exposiciones:
19:00 horas Exposición Fotográfica y de documentos: JULIO GARRIDO, POETA Y POLITICO / Banco Continental 19:00 horas. Exposición de fotográfica y poética de la ciudad natal del poeta: CELENDIN EN TRUJILLO / Caja NorPerú
2 al 23 de Septiembre Concurso de Poesía JGM . Presentación, distribución de bases . Recepción y evaluación de trabajos presentados por el Jurado.
Entrega de premios y homenaje por los alumnos en el Día de la Juventud.
Clausura.


Homenaje a Julio Garrido Malaver en 1950 por estudiantes de la Universidad de Trujillo. Esta foto es histórica pues en ella aparecen los principales dirigentes trujillanos del Apra joven de la época, entre ellos están Luis Felipe de la Puente Uceda, el celendino Manuel Pita Díaz, Gonzalo Fernández Gasco, Luis Iberico Más, el poeta Elio Otiniano Mauricci, entre otros. Mejor dicho, la generación que iba a fundar el Apra Rebelde, que, convertido en el MIR histórico, en la década del 60, con su alzamiento en armas, precipitó el cambio estructural en el Perú y la salida del país del atraso y la feudalidad.

LA POESIA A PESAR DE TODO
Por Jorge Díaz Herrera
El poeta Julio Garrido Malaver, nacido en la sierra norteña de Celendín (1909), es una de las presencias más significativas de la vida cultural del Perú. Su larga trayectoria de militante aprista, partido político en el que se enroló desde muy temprana edad, ha poblado su biografía de persecuciones, cárceles y destierros, convirtiéndolo en un líder histórico del APRA y en un paradigma de luchador social ajeno a las ambiciones del poder, incluso conviviendo con él.
Su extensa obra poética ha sido forjada entre los trajines propios de quien opta por ese turbulento universo de las contiendas sociales, lo cual lo ha mantenido siempre más cerca de las organizaciones populares que de las capillas literarias. De ahí que su poesía haya permanecido inédita en su mayor extensión sino desperdigada en periódicos, revistas o ediciones de limitado tiraje.
Apreciemos algunas consideraciones que, al respecto, manifiesta Antenor Orrego (Libro tres): “En la ruta enardecida -¡ruta agónica!- de nuestras vidas (la de Orrego y la de Garrido Malaver),… muchas veces hemos marchado juntos, más bien, hemos sido vecinos asiduos del mismo trajinante afán, mano a mano, con las esperanzas y desesperanzas de la patria. Ora, envueltos en el oleaje encrespado y multitudinario del pueblo; ora trenzados a corazón sobrado, en el hiriente diálogo y en la resonancia trepidante de la representación nacional…; ora, frente a frente, a dos rejas, cuyos barrotes enjaulaban nuestros pasos, tajaban de vejamen nuestros rostros… Aún tras las rejas, reventaban, día tras día, los botones lucientes de su obra poética que viajaban presurosas a mi celda por no sé qué arte taumatúrgico, inexplicable dentro de tan ceñida vigilancia… Versos escritos en el encalado de la pared carcelaria con bastos trozos de carbón, únicos materiales de los que disponía el poeta para su magnífico despliegue de canciones murales, allí donde sólo habían imperado siempre, agazapados, los gemidos y las sombras de los desgraciados. De esta suerte he sido testigo constante y fehaciente de su obra”.
La publicación de la poesía de Julio Garrido Malaver en siete libros se debe al trabajo de selección, revisión y supervisión del poeta César Calvo Soriano, quien abre los textos con un alborozado anuncio al lector: “Como un dios asombrado, huraño, incrédulo, su canto está escuchándose en los siete colores de estos libros. Para nosotros él está cavando al pie del arco iris que ha creado- los oros insondables de todo y de sí mismo”.
En el prólogo (fechado en 1940. Libro Uno), Antenor Orrego saluda la aparición de la poesía de Julio Garrido Malaver como la aparición de un cantor de América cuya voz se afinca en la nueva y en la ancestral humanidad de su tierra, en su estructura emocional, pasional y sensitiva.
Dos características esenciales señala Orrego a la poesía de Garrido Malaver en dicho prólogo: “El don de recoger directamente las imágenes, las metáforas, los símiles de su contorno telúrico” y “su indigenismo auténtico y contemporáneo, su indigenismo con historia vigente”.
Luego Orrego sintetiza el fundamento de ambas apreciaciones con los siguientes motivos: “Para leer y comprender a Garrido no se necesita un lexicón quechua, ni un vocabulario aymara sino poseer la emoción, la visión y la sensibilidad de la América actual y contemporánea. Habla y traduce directamente lo que ve, trasmuta el paisaje en estado de conciencia y en nota musical, recrea su mundo dentro de sí mismo y logra un arte personal, una versión singular de la realidad, sin caer jamás en ese chapucero descripcionismo escolar, de que tanto se ha abusado en nuestra literatura”.
Quince años más tarde, en 1955 (Libro Tres), con motivo de la aparición de La dimensión de la piedra, libro de poemas de Julio Garrido Malaver, Antenor Orrego desarrolla en Un poema del ser y de la trascendencia, sus juicios sobre las virtudes del poeta, trocando su inicial saludo prologal de 1940 en una encendida, firme y convincente admiración por su obra. Es así como, entre otras aseveraciones, sostiene los siguiente:”Garrido ha demostrado ser, a través de su copiosa y extraordinaria producción, enteramente libre.. Tan libre, que ha dejado todo el florilegio poético de la mayor parte de sus contemporáneos; toda la evanescencia trivial, todo lo iridiscente y elegante parloteo… para dar una picada tan a fondo en el abismo lejano de la vida y arrancar, desde el volcado ángulo de la sima, la estrella fulgurante de su emoción poética”.
Orrego considera que el feliz asombro que despierta la poesía de Garrido Malaver viene de su riqueza expresiva, de su sencillez, de su ingente articulación de imágenes desenvueltas alrededor de motivos elementales. “La hazaña de su genio de su genio de artista –afirma- es haber logrado que la palabra simple, sin distorsión alguna, alcance a tramitar la frescura paradisiaca, el esplendor edénico de su emoción poética y metafísica ante el ser, el tiempo y la eternidad del hombre. Sus palabras son mensajes de revelaciones porque son tan radicalmente inocentes que se acomodan a todas las múltiples dimensiones de la realidad, como el niño, cuya alma primigenia, llega a la comprensión, a la amistad y al amor de todos los hombres en sus diversas manifestaciones vitales.Y, tras equiparar el significado literario de Garrido Malaver con el de Vallejo, Orrego delinea las diferencias entre ambas singularidades poéticas: “De allí que la frase de Garrido Malaver sea un apotegma epigráfico, sencillo y elíptico, a la manera bíblica, cargado de sabiduría y de luz eterna. La frase de Vallejo es una obra maestra de belleza verbal, una joya novísima que acaba de troquelarse en fragua de portentoso estilo. Ambos son poetas profundos y sustanciales.
Tales puntos de vista, incluidos en el Libro Tres, los manifiesta Orrego precedidos de una elocuente sentencia: ”No conjeturo la impresión inmediata que produzcan mis palabras. Tal vez algunos las crean excesivas. Así fue, exactamente, cuando hace 35 años, dije lo que dije sobre la obra de César Vallejo. Recién hoy empieza a percatarse la gente –sobre todo, la gente de letras- que entonces tuve razón. Nada parece excesivo ahora tratándose del creador de Trilce. ¿Serán necesarios otros 35 años para que se crea lo mismo de Garrido Malaver? Estremece pensarlo.
Los siete libros de la poesía de Julio Garrido Malaver, a través de sus 41 títulos, son un elevado canto a la tierra y su fusión con el hombre que la habita, al paisaje visible y al paisaje invisible que la reflexión y la sensibilidad del poeta otean de modo infatigable, tal cual si miraran al fondo de sí mismos.
En versos desvestidos de toda ornamentación que no sea la imprescindible para lucir la humanidad que guardan, Garrido Malaver va mostrando a los ojos del lector un univero de criaturas idealizadas por la añoranza: “Ella no usa espejo/ la cara se mira/ de frente en el cielo”, nos dice de la pastora Carmen. “La luna está colgada de un alto capulí/ con un dedo en la boca mirando a Celendín”, dice en los versos iniciales para hablarnos de su provincia natal. Y, en versos posteriores expresa: “Llegaron las horas malas para mi tierra…/ ¡Y como ya no hay palomas que matar/ matar al hombre a balazos/ les da igual!”.
Luego, en “Palabras de tierra”, agrega: “A esta hora, hermano/ y a esta altura,/ si arrojas una piedra/ cae en tu propio corazón…” En La dimensión de la piedra (Libro Tres), uno de sus libros más celebrados, Garrido Malaver extrae de ese mudo elemento lítico las meditaciones poéticas más hondas que tipifican el tono metafísico de su poesía: “La piedra es una esperanza de Dios”. “Muchas veces he sorprendido al viento, arrodillado como un niño/ junto a la piedra/ rogándole que diga todo lo que decía de sí misma/ y lo que vio, cuando de todas partes, en la tierra,/ emergía la voz en carne humana.” “Podrá el hombre, algún día/ esculpir en los Andes graníticos/ la imagen de la luz.
Los cantos de sangre castigada (Libro Siete) es quizás uno de los poemas a través del cual Garrido Malaver expresa con mayor emotividad el ancestro nostálgico, melancólico de la heredad andina, con una voz más cercana al candor de la infancia que al tono lastimero y quebrado del hombre adulto: “Y tengo ganas de llorar/ como sólo se llora/ cuando uno se ha perdido para siempre/ a lo lejos y dentro de sí mismo…!” “Mi madre tenía mucho miedo/que uno a uno/ nos fuéramos sus hijos!” “¡La vi llorar/ cuando ninguna estrella/ se encendía…!” “Ella tenía miedo/ que alguno de sus hijos/ no tuviera destino…/” “Pero nací en Ciudad/ con Templo/ Torres/ Campanas y días santos…/ Y aquella Tierra Musical/ del Marañón arriba/ llenó mis venas/ con sus ecos y voces/ y colores/ dando a mi voz este sabor de tierra/ que me quema en la garganta/ como debe quemarle el alma/ a la semilla/ cuando le impiden crecer como soñaba…” “Cuando nos quedamos sin tierra/ quise ser caminante7 y lo habría logrado/ si hubieran sido/ libres los caminos…”
La colección de siete libros se cierra con un colofón de César Calvo, “para finalizar por el comienzo”, en el que rememora al poeta Garrido Malaver en las épocas que “el dictador Odría le había declarado la guerra al Perú”. César Calvo evoca al poeta entre conspiradores “apristas, anarcosindicalistas, comunistas, enemigos todos de la tiranía, gentes de verdad, y además verdaderos, que nunca se atrevieron a masticar ni aire en estando entre hambrientos, que no desesperaban por no dejar de vivir en la pobreza sino por dar la vida para que los demás no fueran pobres”, y que salían “a Cajamarca, a Trujillo, a no sé dónde. Y de no sé dónde a las cárceles, las torturas, el exilio, la muerte. Y de nuevo al combate”.
Luego, César Calvo manifiesta en líneas posteriores: “Quizás son ya incontables las personas que –desde mí- se enorgullecen de haber podido asumir y sabido cumplir, sin ninguna otra razón que la pasión, con la tarea que como un reclamo nos encargó el tiempo. Editar las almas de Julio Garrido Malaver en estos siete libros de un arcoiris encendido a pesar de la noche. Con regocijo se lo devolvemos a nuestros pueblos. Sabemos que es América toda quien recupera, por fin, a una de sus voces más genuinas”.
La publicación de estos siete libros de poesía resulta ser, qué duda cabe, uno de los mayores homenajes, si no el mayor, que un poeta peruano recibe en vida en el Perú. Homenaje mucho más significativo si se tiene en cuenta que tal iniciativa ha sido propuesta y llevada a cabo hasta su etapa final por César Calvo, poeta de gran dimensión y de gran vitalidad en las letras latinoamericanas.

viernes, 19 de junio de 2009

POESIA: Jorge Horna Chávez

El transitar por los caminos de nuestra milenaria y hermosa patria toca las fibras más sensibles de aquellos que, como Jorge Horna, tienen el arpa y el verso para cantarlo y poseen además, la virtud de transmitirlo para solaz de los que con gratitud nos embelesamos con sus poemas. (NdlR)

El ubérrimo valle del Mantaro que inspira los versos de Jorge.

Caminito de Huancayo.

Surcos tonadas cautivantes

agua que apura chacras verdor


guijarros Mantaro tiemblan arpas

polleras afinan su color, violines


retumban saxofones en laguna Paca

ecos pasacalles laderas El Ingenio


ritmo viandante ánimo humedecido

danzantes cosecha viva


mano a mano con doña Zenaida Laura

reverente paso


Ancestros patria amada


con Eulogia Rojas también

abrevadero de esplendores


círculo abierto siglos

tierras fiesta rurales ritos


lluvia licor que serpentea

roja teja cumbreras humo


acuarela Jauja

colinas de Concepción.


Jorge Horna.

jueves, 18 de junio de 2009

OPINION: Árbol de Oportunismos…

Por: Enrique Chávez Aliaga
He pasado el día como andando un camino enhiesto que aún al bordear las once de la noche, parece interminable. Exhausto, me detengo a un costado de esta pendiente. Aquí, entre las espinas, parece haber un lugar donde pasar una noche más de mi existencia. Antes de entregarme al sueño, decido ojear algunas páginas de “Árbol de Atisbos”, poemario presentado recientemente en nuestra provincia por nuestro paisano, el poeta Jorge Horna Chávez.
Palpita tu gran voluntad / en la copa de los eucaliptos / porque fuiste a calmar tu única sed / en el alivio del dolor campestre… Susurra mi alma, leyendo a Horna; y de pronto, el éxtasis literario en el que estoy a punto de envolverme, se ve interrumpido intempestivamente por el recuerdo de la noche en que presentaron este poemario, y el de la participación lindante con la tragicomedia y el oportunismo que tuvo el alcalde de nuestra provincia en dicha ceremonia.


El Burgomaestre de nuestra provincia tuvo a su cargo – después de haber renunciado a dar las palabras de bienvenida – el brindis de honor. En su discurso, don Juan de Dios, se olvidó del Árbol de Atisbos que se presentaba y, por el contrario, reseñó, alabó y santificó la gestión municipal que encabeza. Y claro, la reseña, el panegírico y la santificación, tuvieron más asidero en el seso, en la eterna nebulosa, que en la realidad.
Santificar en nombre de Celendín una gestión municipal que se inauguró con despidos arbitrarios e indicios de corrupción; y que luego ha sobrevivido acompañada de la ausencia de un proyecto de verdadero cambio para nuestro pueblo; una gestión municipal que ha incumplido casi todas sus promesas electorales, y que ha vivido más de los spots y videos publicitarios que de verdaderos proyectos de desarrollo a largo plazo, es en realidad un craso error del señor Tello.
Del apoyo y la promoción del arte y la cultura, también se ocupó don Juan Tello. Elogió la Banda de Músicos Municipal (banda que también elogio yo, por cierto), habló de la remodelación del Centro Cultural, de talleres de arte, etc. Cosas que son muy importantes, y que en cierto modo, han ido avanzando. Pero lo que no entiende el Señor Alcalde es que la promoción del arte y la cultura, es también respeto al arte y la cultura. Una Banda de Músicos es importante, pero más importante es el respeto y la consideración al músico (de esto tienen su propia opinión los talentos que participan en la Agrupación Musical de la Municipalidad). Un discurso en defensa del patrimonio cultural suena bien, pero más importante es que se le defienda y respete; un soliloquio promoviendo la planificación del crecimiento urbano es medianamente útil, pero más importante es cumplir la promesa de recuperar algunas calles secuestradas para construir casas y negocios de personas cercanas al poder político; el elogio a un poeta por parte del Burgomaestre es, sin duda alentador, pero más importante es el respeto al poeta y a sus ideas; y aquí le quedó grande la envestidura de alcalde a don Juan de Dios, que ni supo defender el patrimonio cultural en nuestras principales calles, ni cumplió su promesa de habilitar calles cerradas por construcciones privadas y ni siquiera respondió a la inquietud que la noche de la presentación de Árbol de Atisbos le formulara don Jorge Horna en torno a la alicaída Biblioteca Municipal. Pero en el discurso de brindis de aquella ceremonia, don Juan de Dios parecía vivir en la ciudad de las maravillas, con una gestión municipal también de las mil maravillas.
En Hebreo, el idioma del pueblo elegido, davar es un homónimo que significa palabra y también la cosa en sí. Que pena que don Juan Tello y muchos políticos tradicionales e improvisados, no sepan de esto y se encarguen cada día de hacer más grande el divorcio que existe entre sus palabras y sus hechos. Que pena. En verdad es una lástima.


jueves, 11 de junio de 2009

RESEÑA: Luis Cruzado Guevara

SE REVUELVE EL MUNDO

Un hecho impresionante es la publicación del libro de Luis Cruzado Guevara auspiciado por la Municipalidad distrital de Huasmín, en febrero del año 2006. Actitud que debemos saludar, e instar a las demás municipalidades a proseguir ese ejemplo.
El autor del libro Se revuelve el mundo, nació en 1956 en el caserío de Vista Alegre, distrito de Huasmín, provincia de Celendín.
El referido libro se ubica dentro de la nueva corriente de la literatura regional, pues recoge historias reales, leyendas y cuentos anónimos que perviven trasmitidas de generación en generación.
El tono conversacional de Se revuelve el mundo le otorga al texto un cariz peculiar en el tratamiento del lenguaje. Uno de los cuentos da título al libro, en éste encontramos las siguientes secciones: 1. Cuentos, 2. Leyendas y 3. Coplas (a la naturaleza, a ciertos animales andinos, al amor).
El relato Se revuelve el mundo, es una historia real que narra los avatares de una familia empobrecida migrante procedente de las jalcas de La Encañada (distrito de la provincia de Cajamarca), en busca de tierras donde vivir y trabajar. Simón, cabeza de familia, es un anciano emprendedor y poseedor de un modo particular de hablar, le acompañan Vicenta, su esposa, y sus cuatro hijos. Son acogidos por José y Juan, dueños de extensas tierras cultivables. Cada vez que Simón se sentía amenazado por los fenómenos naturales (eclipse, torrenciales lluvias, temblores de tierra, etc.) exclamaba “¡se revuelve el mundo!”
El espacio donde se desarrollan las acciones es la ex hacienda San Isidro de Jerez, hoy caserío Vista Alegre.



Extracto de los diálogos:
Simón: “Si tianimas don José darrme cuantas varas to terreno paqui viva cumi famirra, ti doy chena cualquiera pato metaya paqui pasteya tuanimal paqui te lo paga lo qui mi das” (Don José, si se anima darme unas cuantas varas de terreno para que viva con mi familia, le doy cualquiera de mis dos hijas para que pastoree sus animales, como pago de los arriendos del terreno).
José: “Le doy este pedazo de terreno para que haga su choza en un canto, y el resto lo trabaje.”
Simón: “Yo yastoy viejo, y nu puedo ni trabajar, eru mis cholos luarán pue orqui mi Franshi yes hombri y mi Creshi lu sigue tamín” ( Yo ya estoy viejo y no puedo ni trabajar, pero mis hijos lo harán pues, porque mi Francisco ya es joven y mi Cresencio casi ya está joven también).
La parte narrativa del libro de Luis Cruzado Guevara se complementa con los relatos: “La revancha”, “El caballo mujerero”, “Cornelio y el perol de oro”, y varias composiciones versificadas.

Jorge Horna
Lima

miércoles, 10 de junio de 2009

CUENTO: Franz Sánchez Cueva

Definitivamente, Franz Sánchez deja de ser una promesa para convertirse en una hermosa realidad. Su prosa ágil y moderna dará mucho que hablar en un futuro cercano. CPM se enorgullece de tenerlo en sus filas por la hondura de su crítica y por una línea comprometida con Celendín y su problemática. El cuento “La Tahualpa y sus llantas” pinta el surrealismo cotidiano que se vive en nuestro pueblo, con sus pequeñas luchas por la supervivencia en un estamento al que quizás pocos hacen caso: En el de los cargadores de bultos. (NdlR)

La Tahualpa y sus llantas

Por: Franz Sánchez

En medio del silencio pueblerino. Un pitido alerta a los bribones. Se oye claramente cómo cobra fuerza a medida que se aproxima. Todos han parado la oreja. Nadie respira, ni exhala; y si pudieran contener el latido de sus pechos, seguro que lo harían.
La desértica plaza parece estacionada en el tiempo. Cada vez más cerca, el pitido zumba en los oídos de todos. El ruido de un motor origina murmullos en la esquina. De súbito, alguien grita frenético: ¡La Tahualpa!
Corren todos empujando sus rústicas carretillas. Se precipitan, únicamente guiados por sus instintos. Van a la esquina de la vieja calle Gálvez. Atropellándose, unos y otros, de prisa galopan. La estentórea estampida ha roto la quietud y calma. Un remolino de empellones y zancadillas, enrolla entre las ruedas, cuerpos magullados por decenas. El saldo de aquél rally improvisado, es muy accidentado. Carretas colisionadas, desastilladas, destruidas por pedazos. Quizá sirvan como leña para el chocolate de las seis de la tarde.
Algunos han sacado ventaja desde la partida. Otros han sido rezagados, igual que Rojas.
Rojas, es un hombre de reducida estatura, andar dificultoso; por culpa de su pierna zurda. El hablar, acelerado y confuso se debe a su tartamudez. El carretillero Rojas era siempre el favorito en las apuestas. La simpatía desbordada por sus fanáticos, que se contaban por docenas, conseguía que el carretillero restara importancia a sus limitaciones físicas. Casi siempre terminaba olvidando que una de sus piernas era más corta que la otra. Se lo veía, balancear empeñoso a la meta. Pero a pesar de todo el esfuerzo demandado, nunca pudo seguir el paso a sus contrincantes.
Cuando el bus de la empresa Atahualpa aparecía en la plaza; Rojas se obligaba a tomar un atajo, cortándola por la mitad. Su singular forma de correr, arrancaba las carcajadas de oficinistas de la empresa, familiares que aguardaban por sus pasajeros y curiosos que acudían puntuales a presenciar, efusivos abrazos y llantos con sabor a reencuentro.
La esquina entre Pardo y Comercio, se transformaba en escenario novelesco, de expresiones dramáticas, de encuentros postergados por el tiempo, de perdón por adioses jamás declarados, de lamentaciones por haber dejado el terruño, de lágrimas de tristeza y alegría por el retorno. El ocaso del día, con sus entrañables arreboles incorporaba pinceladas poéticas al frío lienzo de la realidad. Era un lugar de mil y un historias. Los carretilleros, que recibían ansiosos al pasajero para trasladar sus equipajes hacia su destino final; se convertían en mudos testigos de centenares de relatos. Había tanto que contar.
Siempre y a la misma hora, el pueblo se conmocionaba con la llegada de la Atahualpa. Un retraso en la arribada del bus y el pánico se volvía general. No existían taxis. Ni unidades de transporte menor. Tan solo las carretillas. Los carretilleros solucionaban las angustias del fatigado pasajero. De allí que se destaca su importancia. Su papel era fundamental.
Tanta seriedad exigía su labor, que las carretillas, en principio someras; de madera morigerada, de clavos herrumbrosos y retorcidos. Se volvieron auténticas unidades de transporte. Colocaron en ellas, tablones reforzados y resistentes, llantas revestidas con recio jebe. Al extremo, construyeron pequeñas cajitas que llevaban el apodo del conductor o propietario: transportes “el breve”, “el buen cholo”, “el shilico”, “el milamores”. O una frase emblema, para intimidar a la competencia: “Muérete con tu envidia”, “No me odies por ser mejor”, “Que Dios te ayude”. Estas decoraciones en las carretillas, también servían para convencer al pasajero a la hora de escoger su transporte.
La carretilla de Rojas, discretamente decía: “Trazportes Rogas”. Las letras, también rojas, daban la impresión de estar estampadas con las mismas huellas digitales de Rojas. Cualquiera diría ello. Pero quien conocía de su analfabetismo, sabía también que fue socorrido, aunque de mala forma. Socorrido.


La vida siempre confabuló contra Rojas. La cojera, que hacía lento su desplazamiento, y su hablar, por poco indescifrable; lo mandaban de retorno a la lejana casa donde vivía. Con la carretilla vacía, vacío el bolsillo y por qué no, también el corazón. A pesar de todo, la gente ansiaba verlo correr. Era un privilegio la expectación de suceso tal. Un momento único. No podía desapercibirse. Hasta le hacían barra.
Allí están, nuevamente alentándolo, más por chanza que por convicción. Rojas, animado por la batahola, esquiva el montículo desperdigado de cuerpos y carretillas rajadas. Resuelto, respira la nuca del líder, evitando derrengarse corre convencido de alcanzar, por vez primera su meta. Ha exigido al límite sus facultades. Su rostro escarlata supura coraje. El pitido cercano, despeja cualquier duda ¡Es un claxon! No vale estancarse. El motor ruge como un helicóptero; es la Atahualpa. El carretillero líder se detiene. Las llantas de su carretilla, despiden un trazo indeleble en la pista. Rojas lo ha rebasado. Increíblemente, es él ahora, líder indiscutible. A cortos metros de la esquina de Gálvez; Rojas ha detenido su avispada marcha, tras escuchar risotadas. Gira titubeante. Mira a sus émulos derrotados, pero éstos desatan carcajadas y burlas. Ha sido engañado. Cuando lo comprende, observa que un carro destartalado semejante a un escarabajo, cruza la calle con dilación excesiva. No puede creerlo. El sonido no puede provenir de éste escuchimizado vehículo.
Avergonzado y más cojo, retorna. La cabeza clavada en el suelo. Arrastra la pesada carretilla de vuelta a la esquina del Comercio. En esa infame circunstancia; una avalancha humana acaba de sumergirlo dentro del polvo tupido. Todos arrollan a Rojas. Tendido, bajo su carreta, golpeado y muy adolorido recibe pisotones en las manos y en los pies. Extrañamente todos retoman la carrera con dirección a la Gálvez. Aturdido. Le cuesta trabajo incorporarse, después de haber servido como alfombra. Yergue la cabeza y atestigua, el momento preciso en que ingresa la Atahualpa. Enorme, veloz, con gran ferocidad, deja lengüetear el polvo a todos esos oportunistas. Los carretilleros persiguen su rastro alrededor de la plaza. Es en vano. Él observa, maravillado, como todas las veces. El estruendoso rugir de motores engalanan la titánica armazón. Como un furibundo león que persigue a su antílope. Implacable en su marcha. Atraviesa el ayuntamiento. Algunos pedazos de papeles, inoportunos en su camino, han elevado su rumbo. La polvareda a tutiplén amenaza ser tornado. La mágica figura del rostro de Atawallpa, último emperador Inca, se funde con la carrocería; en un bólido impetuoso.
En verdad, la dinastía incaica parece reclamar sus dominios. No es un simple bus, es casi un emisario de la sangre real. Ningún mestizo intenta, siquiera, obstaculizar su paso. Nadie tiene las agallas. Ni siquiera podrían sostener la mirada, frente a la colosal máquina. Pero la vida tiene preparados distintos designios para nosotros. Y traza una etérea línea, a la que pocos atrevidos, pretenden cruzar. Porque no pueden, no quieren o porque no la ven.
Rojas se ha detenido en la esquina. Desertor de una carrera, que sabe, no ganaría. Ha decidido ir a su encuentro, cara a cara. Espera completamente paralizado, con la mirada puesta en los amplios ventanales frontales de la Atahualpa. Ha transpuesto la línea.
La tracalada de carretilleros, tragan humo, pero no se rinden en el intento de traspasar al bus. Están muy cerca. La Atahualpa, juega con ellos, reduce la marcha y deja que sientan por breves periquetes, el sabor de la gloria. Pero luego, aprieta el rumbo y les deja otro sabor, uno que despide el tubo de escape.
Esta rara convicción de los carretilleros, de alcanzar la velocidad del bus. Tiene que ver y mucho con la ilusión de fusionarse, carreta y hombre, en uno sólo. Tomando la idea del hombre como propulsor del movimiento de la nueva aleación.
Cuando creen haber alcanzado la monumental maquinaria. Jadeantes, cuadran sus carretillas. Sin embargo. La Atahualpa, como en vuelta olímpica, subraya su victoria con un giro más, alrededor de la plaza. Y allí van los muchachos, persiguiendo sus ideales, detrás nuevamente.
Rojas, desconcertado cierra los ojos. Y para darse más ánimos, se arrodilla en el piso de la esquina. Sabe que llegó el momento de confrontar a la temible bestia. Emulando, ciertas prácticas salvajes, toma la carreta como un capote. Y grita ¡Aja! La Atahualpa, parece haberlo visto. Arroja humo de sus fauces. Finalmente, embiste. Acelerando.
Toda la envergadura del bus, se aproxima. Rojas, en estado pétreo, aguarda, temiendo lo peor. La gente grita, queriendo indicar la cercanía del carro, pero resulta una confusión de palabras. Empieza un griterío, que enmudece, quizá por el inclemente bramar del bus. Las señas del chulio, piden quitar de en medio al sujeto. La Atahualpa es ahora, una locomotora sin frenos.
Rojas abre los ojos y mira con horror el furioso hocico del bus, ya detenido en sus narices. El chofer, baja descontrolado y lo sujeta del pescuezo. Le increpa, pide explicaciones de tan estúpida acción. Rojas balbucea: ¡Pa, pa, pa!
Los pasajeros, descienden preocupados por el muchacho. Uno de ellos, viste atuendos elegantes, usa un sombrero de ala ancha, el bigote grueso y cano; además lleva unos botines pardos. Se acerca y le pide amablemente al conductor que lo suelte. Mira al paticojo como queriendo comprobar su estado. Rojas expresa inquieto: ¡Pa, pa, pa! El hombre se compadece, mira alrededor y pregunta: ¿Alguien conoce a su padre? Pero los demás carretilleros están más preocupados en llevar los bultos de las personas, y lo ignoran. Sin respuesta, levanta al joven, y oye nuevamente: ¡Pa, pa, pa! Acerca los oídos y escucha la frase completa: ¡Pa, pa…ro, paró! ¡Paró! Lo cual arranca una sonora risa.- Sí muchacho, el carro paró, pero yo, no estaría tan seguro la próxima- sentencia, el hombre.
Descargan muchos paquetes de aquél hombre. El próspero sujeto, mira a Rojas y le dice: -¿Quieres ganarte una propina? – Rojas asiente con la cabeza y alista de inmediato su descompuesta carretilla. Muy a pesar de todo, el día, en su agonía, promete.
El cojo Rojas lleva la carga, que en un par de cuadras, lo ha sofocado. El hombre va adelante. “Apúrate muchacho, en casa me esperan con mi chocolate y mi harina” dice alegre, mientras aligera el paso. Rojas tiene la seguridad de que aquél paisano, le dará una jugosa propina. Sus brazos y pantorrillas opinan lo contrario.
Al cabo de varios minutos. Rojas se percata que están camino a Candelaria. El hombre sigue en frente silbando una vieja tonada, que da la sensación, es un aviso del retorno del hijo pródigo.
Los bultos se mecen al compás del desnivel de piernas. En cualquier momento, la carretilla se inclinará al lado más débil. Rojas teme una volcadura. De golpe. La detiene. No puede más. Está muy pesada. Están muy lejos. Pero se contradice. La vuelve a levantar y cae, a su izquierda. Con la chueca. La imperfecta. Ha tirado todos los bultos al suelo, junto a una acequia.
Los grillos, frotan sus patas provocando un delicioso sonido. Es sin dudas la hora del lonche shilico. Se pueden sentir los aromas en los fogones. La calidez orgullosa del chocolate. La taza llena, humeante y espumosa. El queso terso y saladito. Las rosquillas que se desmoronan, arenosas entre los dientes. Y la harina, que acalla cualquier intentona de conversación. Si hay un momento más propicio para sentirnos eternos shilicos, ésa es la hora del lonchecito.
El hombre espantado, voltea a ver sus equipajes desparramados. Molesto, dice: ¿Pero que clase de servicio es éste? ¡Vamos hombre recoja los bultos, que ya es la hora del lonche! Pero por el contrario, Rojas solamente recoge su carreta y comienza el retorno al pueblo. El furioso señor grita: ¡Oiga! ¿Es usted sordo? ¡Me voy a quejar con la empresa! ¡Les voy a decir que su transporte es una porquería! A lo que Rojas contesta lejano: ¡Si y di dígale también, que que me inflen bien las llantas, las dos por igual! ¡Sino no no llegamos ni, ni a la normal!

lunes, 8 de junio de 2009

POESÍA: Presentación de “Arbol de Atisbos” en Celendín

Tal como lo anunciáramos, el 5 de junio se llevó a cabo la presentación del poemario “Arbol de Atisbos” de nuestro editor, el poeta Jorge Horna Chávez en Celendín. La misma estuvo a cargo del profesor Manuel Sánchez Aliaga, pleno conocedor de la obra de nuestro poeta, y congregó a un gran número de intelectuales, profesionales y público que gusta de la buena literatura.

El evento tuvo lugar en el “Centro Cultural Celendín” y contó con la presencia del Alcalde Juan Tello y otras autoridades que de este modo mostraron su respaldo a este gran poeta que en su lírica canta las bellezas y pesares de nuestro pueblo. Estamos seguros que quienes adquirieron un ejemplar del libro estarán degustando una literatura de calidad, con pleno sustento filosófico, como es la poesía límpida y bien cuidada de Jorge.

De izquierda a derecha: profesor Manuel Sánchez Aliaga, alcalde Juan Tello Villanueva, el poeta Jorge Horna, prof. Alberto ALiaga, el poeta Jorge Wilson Izquierdo, prof. Mnuel Silva Rabanal y prof. Luis Chávez Silva

“Espina de Maram” se aúna a la alegra de Jorge Horna y celebra como propios sus triunfos porque su poesía integra el acervo cultural de nuestra provincia y su nombre figura entre los grandes poetas de nuestra tierra. Invocamos a los docentes de nuestra provincia a promocionar la poesía de Jorge entre los estudiantes de los diversos planteles, por ser de auténtico celendinismo. En ellos queda la tarea.

sábado, 30 de mayo de 2009

POESIA: Vidal Villanueva Chávez

BALADAS DE LA SANGRE
Por Jorge Horna
Después de la publicación de su hermoso libro inundado de ternura, Canciones de Hogar (1971), Vidal Villanueva Chávez entregó a sus lectores el poemario Baladas de la Sangre (Ediciones Perú Joven. Lima, 1980), que mereció meritorios comentarios en los círculos literarios. Este libro suscitó elogios del periodista cultural Alfonso La Torre (Alat), del profesor universitario Manuel Velásquez Rojas, del crítico Ricardo Gonzáles Vigil; los respectivos artículos aparecieron en los diarios Expreso y El Comercio de aquel entonces.
En el tardío encuentro que tuve con Vidal, en diciembre de 2008, él me relató este acontecer: para publicar Baladas de la Sangre, algún amigo le sugirió que la carátula lo hiciese el prestigiado diseñador gráfico Jesús Ruiz Durán. Acudió a su oficina que este tenía en el diario El Comercio, se presentó y le comunicó su petición. Con displicencia, Ruiz Durán aceptó, recibió los originales del poemario y le indicó que regresara dentro de diez días.
Cuando Vidal acudió el día fijado, Jesús Ruiz Durán se levantó de su sillón, lo miró fijamente y le dio un emocionado abrazo, expresándole que después de mucho tiempo no había leído unos versos tan frescos y de una estética novedosa. Al mismo tiempo que le entregaba el diseño para la carátula.


Para ilustrar a los lectores de Espina de Maram, transcribo los textos impresos en las solapas del poemario:

VIDAL VILLANUEVA, nació en 1945, en Celendín (Cajamarca), Perú.
En 1969 se graduó de Profesor de Castellano y Literatura en Universidad Nacional de Educación (UNE), La Cantuta, y, en 1978, obtuvo el grado de Doctor (Ph. D.) en Filología en el Instituto de Lingüística de la Academia de Ciencias de la URSS.
Entre 1970 y 1972 fue profesor de la Universidad La Cantuta. Actualmente se dedica a la traducción (ruso-español)
En 1968 fundó y dirigió la revista “Expresión”, órgano literario de la UNE. Participó –en 1970- en el Primer Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes del Perú. Sus poemas aparecieron en el volumen antológico “Poesía”.
El hombre y la naturaleza se integran, a la médula de la palabra, en una voz de ternura y optimismo; y en una final instancia, el tema de lo social, sirve de soporte a lo solidario entre los hombres, “criaturas que van por la tierra, sangrando, dejando huellas”.
Luego, una muestra del contenido de Baladas de la Sangre.

I Sección
1
En cada dolor se abre la tierra,
nace un árbol, sonríe un niño
2
Hay en lo más hondo de ti
una voz que te llama,
es la voz de un niño
que triste camina
ajeno, e insondable.
4
Papá durante el día
pasa cultivando en su huerto,
la cosecha no alcanza
para los que viven en la mesa.
Papá con su mirada
alimenta a sus hijos.

II Sección
5
Escribo con la sangre de mi tiempo
con letras de sangre, porque sangre
es lo que veo, sangre fresca y derramada
sangre viva, lo que corre y canta.
Es el polvo, es la piedra, es el monte
es el agua, es la sombra, el camino…
Y la sangre, los claveles, las heridas,
goteando, goteando, goteando.

12
Los hijos de la tierra
vendrán un día
Los hijos de la tierra
están en camino
Los hijos de la tierra
llegarán mañana
Los hijos de la tierra
están llegando
¡Los hijos de la tierra!
¡Suenan las campanas!

lunes, 18 de mayo de 2009

CUENTO: Alfonso Peláez Bazán

Don Alfonso Peláez Bazán fue un maestro en el arte de pintar situaciones con ese fraseo típico de nuestra tierra, tan propio, tan confidencial y tan entendible. Así mismo, ponía de manifiesto las lacras que aún azotan a nuestra idiosincrasia: el machismo, la paternidad irresponsable y el alcoholismo, con todos los prejuicios y perjuicios que estos males conllevan, así como las supersticiones ancestrales que persisten en el alma celendina (NdlR).

TRES CARAS
Por Alfonso Peláez Bazán
Aquella mañana, Susi Gómez tuvo que arrimarse a la pared y quedarse quietecita, con los ojos cerrados para no caer al suelo. De repente, acababa de sentir una cosa horrible. Algo así como un vértigo que bruscamente le paralizara todo su ser y rodara éste por el vacío. Instintivamente se aferró a la ventana de reja que tenía a su lado.
Un transeúnte que en ese instante pasaba por ahí y se sorprendiera de la palidez mortal de Susi, se detuvo para auxiliarla.
Cuando todo había pasado, Susi dio las gracias a su accidental protector y siguió caminando con dirección al mercado del pueblo.
Y llegó ahí sin ninguna otra novedad.
-¡Ah, maldiciada!... mis ojos no me engañan… ya estás con la “pepita” adentro… y qué otra cosa puede ser lo que te acaba de pasar… Uf… tantas crías he tenido yo…-le dijo doña Rudecinda a Susi, al tiempo redespacharle las verduras que le había indicado.
-Ujú… eso debe ser, doña Rude… pero me mato será… tan cerca está el Marañón… de cabeza me tiro… por Dios, doña Rude…
-No te aconsejaría eso, muchacha loca. Estás muy joven para hacer eso… ¡Jesús!... claro que te compadezco… porque las primerizas… ni acordarme quisiera… pídele nomás a Dios que te ayude.
-Gracias, doña Rude. Pero no sé francamente cómo acabará esto… Me voy, que ya me he hecho tarde.
Cuando Susi estaba ya a muchos pasos del puesto de doña Rude, ésta la llamó a grandes voces.
-¡Susi!... ¡Susi!... ¡Ven!... ¡Ven!...
Susi volvió rápidamente.
-…¿Y dime, maldiciada, de quién es eso que llevas ya en la barriga?...
-…Para o que me llama, doña Rude… qué graciosa doña Rude… ¿De quién?... de… bueno, mejor se lo digo mañana ¿Bueno, doña Rude?... me voy, me voy…
Y ahí quedó doña Rude con la cabeza todo revuelta. Una serie de nombres le daba vueltas y más vueltas. Ella sabía de todos los hombres que frecuentaban el negocio de Susi. “¿Del fulano?...” “¿Del sutano?...” “¿Del mengano?...” Recordó también la primera aventura amorosa de Susi, hacía de eso poco más o menos tres años, con el hijo del ricacho Isidro Zgarra. El mozo huyó a la costa. Y fue una suerte que no le dejara un hijo…”¿Pero, ahora, de quién será?...”
-Dona Rude, por favor, en qué está pensando?... despácheme pronto, doña Rude…
-…Ah, de veras… ¿Cuánto dijiste?...
Pasaron muchos minutos antes de que doña Rude pudiera verse libre de la gran intriga que le había despertado Susi. De rato en rato, sin embargo, se preguntaba: “¿Pero, quién le hizo la perrada?”.
Por su parte, Susi, camino a su casa, llevaba en la cabeza, como un clavo candente, la sencilla y natural pregunta de doña Rude: “¿De quién es, maldiciada, lo que llevas adentro?...” Por la calle sentía a instantes que le flaqueaban las piernas y que el pensamiento se le nublaba.
Ya en su casa, con las manos puestas en la afiebrada frente y los codos apoyados sobre el mostrador de su pequeña cantina, en la calle “Lagunas”, Susi se repetía amargamente: “Desgraciada de mí. ¿Cómo lo podré saber ahora?...” Ciertamente, por el momento, al menos, sólo Dios, si es que todo lo ve- podría saberlo. En forma y circunstancias muy raras. Susi había dispensado sus favores a tres hombre. No podía, pues, saber de ninguna manera de cuál de ellos era el ser que ya había empezado a agitarse en sus entrañas.
Primero fue Jorge Echegaray. Una noche se quedó solo en la cantinita de Susi y le dijo a ésta tantas cosas que acabó por convencerla. Los favores fueron tan bien dispensados, que Jorge Echegaray prometió a Susi volver en pocos días. Pero al otro día nomás le cayó un primo suyo que acababa de llegar de Lima. Y los requerimientos del primo Eduardo fueron tan apasionados que ella no tuvo fuerzas para resistir. Todos los resortes sentimentales fueron movidos por aquél. Los dulces recuerdos de la infancia, por ejemplo, fueron de gran efecto. Tres días después, como si hubiese habido una cita del diablo, don Calixto Cobarrubias –el mejor cliente de Susi-, tomando el camino más firme y corto, sitió a la infeliz y la rindió poniendo en sus manos un billete de QUINIENTOS SOLES .
En cuatro días escasos, Susi, se hizo, pues, de tres compromisos que a lo largo de quince días lo supo mantener libremente.
“Maldiciada, ¿de quién es lo que llevas en la barriga?...” Ahí delante de sus ojos está doña Rude, con su cara mofletuda y sus anchas caderas. “¿De quién?...”, se preguntaba angustiada.
Por la tarde se puso muy extraña. Tan extraña se puso que todos sus clientes le preguntaban: “¿Qué te pasa, Susi?...”
Porque ella era siempre alegre y decidora, Y para todos la respuesta era: “Nada”.
Por la noche se sintió afiebrada y una y mil veces le dio vueltas a la cabeza la pregunta de doña Rude: “Maldiciada ¿de quién es lo que llevas ahí adentro?...” Y se daba vueltas en la cama, preguntándose desesperadamente “¿De quién?... ¿de quién, Dios mío?...” Y las tres caras estaban fijas en su mente.
El esta psíquico de Susi era terrible, indudablemente. Llegará a tener un hijo y ell a no sabría si era de Jorge, de Eduardo o de don Calixto. ¿Cómo poder achacar a ninguno de los tres si ya en el barrio habían empezado a circular picantes comentarios sobre sus relaciones amorosas? Ya no le era posible señalar a nadie. Nacería, pues, el hijo de Susi sin padre conocido.
De pronto, en medio de su desesperación, tuvo un pensamiento que la consoló un tanto. “Se parecerá a uno de los tres… Tendré al menos el consuelo de decir a mi hijo quién es su padre…” Y se volvió a entregar a la desesperación. “Pero –oh, Dios mío- ninguno lo aceptará como hijo… Y yo no tendré derecho para exigir nada…” Y en su afiebrada mente estaba fijas las imágenes de Jorge, de Eduardo y de don Calixto…
La fatiga la rindió al fin y se quedó dormida. Pero al fiebre y los nervios la hicieron soñar horrores. Un monstruo raro que le arrancaba las entrañas… Un lago de sangre… Una hoguera que la convertía en cenizas…

El río Marañón, escenario de las historias de Alfonso Peláez Bazán.

* * *
Al otro día, cuando despertó, Susi era una verdadera desdicha: estaba pálida, ojerosa, desencajada y lánguida.
Muy temprano estuvo a visitarla doña Rude.
-¿Santo Dios, qué cara tienes!... Si pareces desenterrada…-le dijo apenas la vio.
-Cómo no, doña Rude… Fiebre, insomnio, sueños horribles…
Luego, confidencialmente. Susi le contó toda su desgracia a doña Rude. Absolutamente toda.
-Tonta… no te desesperes… Si hay remedio… Ya verás… Unos días y quedas libre…
-¿De veras, doña Rude?...
-Claro, claro… UHF… A mí que me dirás…
-Ay, doña Rude, usted es como mi propia madre... Usted no me abandonará… ¿Verdad, doña Rude?...
-Ni me lo preguntes, muchacha. Cómo nos queríamos con tu madre…
Susi se sintió bastante alentada con las frases de doña Rude.
Y luego de indicarle algún remedio casero para el sueño, se despidió doña Rude.
Por la noche, Susi volvió a tener sueños horribles. Vio a los tres hombres en las más diversas figuras. A veces eran extrañas serpientes que la estrangulaban despiadadamente.

II
Veinte días después llegó doña Rude a la casa de Susi portando en el seno un frasco que contenía un líquido verdoso.
-Mira, aquí está ya…
Susi, abrió enormes los ojos.
-… Eso sí, tienes que tomarlo todo… Cuidado, maldiciada, con botar al suelo ni una gota…
-Así fuera más, doña Rude… -respondió Susi resueltamente.
-Ni más ni menos tiene que ser, muchacha. Ya sabes.
A poco no más que se retiró dona Rude, Susi se bebió hasta la última gota el contenido del frasco. Presa de gran desasosiego contaba los minutos.
Y en vano esperó hora tras hora. Ningún dolor. Ni siquiera una sensación extraña.
Cuando por la noche llegó doña Rude a ver a Susi, se sorprendió de encontrarla perfectamente bien, sin ninguna novedad.
-¿Pero lo tomaste, mujer?
-Claro que sí, doña Rude…
-¿Y cómo entonces?... Quien sabe, condenada, no lo tomaste todo…
-Sin dejar una gota, doña Rude… No sé…
Doña Rude se quedó pensando unos segundos. Luego habló:
-Entonces la criatura se agarra… Porque cuando se agarran estos diablos no hay cristo que los desprenda… A ver, veremos si con otra toma…
-Confío en usted, doña Rude… No me abandone… Usted es como mi madre.
Doña Rude se despidió de Susi, ofreciéndole estar de vuelta en tres días más.

* * *
Y como le ofreció lo hizo.
-A ver, criatura… -entró diciendo doña Rude. –Ahora te voy a ver yo misma…
Y acto seguido, Susi se bebió la segunda toma.
-Verás ahora… Estas hierbas nunca me han fallado…
Durante tres horas, Susi cumplía las indicaciones que le hacía doña Rude: caminaba, se hacía masajes en el vientre, etc. Pero todo fue en vano. Ningún síntoma de desprendimiento. Al fin todo acabó con ligeros ardores al estómago y un fuerte dolor de cabeza.
-…Esto sí que no tiene remedio, chinita… Se agarra como un gato… como si fuera cría del diablo… Pero no te desesperes Puede ser que más adelante se suelte un poco…
Y luego de indicarle alguna yerba para el ardor de estómago y unos parches para el dolor de cabeza, doña Rude despidiese ya avanzada la noche.

* * *
Hasta sentir fatiga y desesperación, Susi se preguntaba: “¿De quién?...” “¿De quién?...” Y con automatismo cruel, desfilaban por su mente atormentada los tres rostros… Don Calixto… Jorge… Eduardo…
Y en su desesperación renovaba enérgicamente su decisión de arrojar el pedazo de su ser. “Sí, mil veces seré una asesina… pero no quiero la vergüenza y el dolor de no saber decir el nombre de mi hijo… Qué horror… Y pensar que es de alguien… de uno de los tres… Qué vergüenza la mía… Sí, seré asesina… Y sentía odio por los hombres. “Malditos!... Puercos…”.
Con su pensamiento recorría todos los meses restantes de gestación y al fin veía nacer a su hijo, con un insoportable grito de dolor y de protesta en su débil garganta. “¿Pero de quién, Dios mío? ¿De quién?...” Se estremecía todo su ser y palidecía mortalmente. “Qué horror!... Yo no lo podré mirar… No lo podré mirar porque lo estoy queriendo matar…”.
Así, torturándose en tal forma, pasó el resto de la noche.
El día la encontró con profundas ojeras.

* * *
Más adelante hubo un tercer intento de ahogar injustamente esa vida en botón. Doña Rude empleó un nuevo brebaje. Pero todo fue en vano, como las veces anteriores.
-Lo parirás nomás, maldiciada… Ya sabes que cuando esos grajos se prenden de veras, no hay forma de sacarlos… Al menos nosotras las viejas no sabemos que haya otras formas… Que debe haber o lo dudes. Pero es mejor que te avengas a tu suerte. Ya lo has visto, yo harto he querido…
Susi se echó a llorar inconsoladamente.

III
Y fueron pasando los meses. Para nadie era ya un secreto el estado de Susi. Y en su negocio, todos los parroquianos se creían con derecho a fastidiarla de mil maneras. Pero ella tenía que sufrir pacientemente hasta las más pesadas bromas, en guarda de su negocio.
Pero había tres hombres que no podían evadirse de la seriedad del caso, por más que aparentasen lo contrario. Cada uno por lo menos tenía necesariamente que admitir la posibilidad de que fuera hijo suyo. “Bien pudiera ser mío… La duda nadie nos la podrá quitar”.
A solas con Susi, la actitud de cada uno de ellos era bien distinta.
Jorge le decía impúdicamente:
-Por supuesto que no vas a decir que el hijo es mío porque fui el primero… el primero de la temporada…
Y su primo Eduardo se expresaba así:
-Supongo que no tendrán pensado echarme a mí la culpa, sólo por ser primo tuyo…
Y don Calixto:
-Comprenderás que no deseo ser el elegido por ti, simplemente porque me costó caro…
Susi no hacía sino llorar amargamente.

* * *
Y nueve lunas pasaron rápidamente.
Un día sintió fuertes dolores en el vientre. Había llegado la hora terrible.
Buena y solícita como siempre, estuvo desde el primer momento doña Rude.
-…Ahora veremos qué uñas tenía este diablo… Cómo se agarró…
Y Susi se retorcía lastimosamente sobre el lecho. Doña Rude sudaba copiosamente.
-¡Jesús, como se agarra!... Como sino quisiera venir a este mundo… ¡Jesús!...
Al oírla hablar así a doña Rude, Susi exclamaba con todas sus fuerzas:
-…¡Sí, Dios mío, mátanos a los dos!... ¡Te lo pido, Dios mío!... A los dos… A los dos…
Pero nada de eso iba a ocurrir. Ni tampoco el niño tendría uñas de gato. Agitando pies y manos y lanzando fuertes gritos, vino al mundo un varón que en nada se diferenciaba de los otros.
Susi quedó desmayada. Doña Rude cuidó del recién nacido.
Al cabo de cierto tiempo, Susi volvió en sí y pidió ver a su hijo.
-…Sí, doña Rude, quiero verlo… ¿Cómo es?
Doña Rude ya tenía envuelto al hijo de Susi.
-Aquí lo tienes, maldiciada… Verás que hermoso es…
Pero Susi se volvió para el lado de la pared, exclamando:
-…¡No, no quiero verlo!... ¡Yo quise matarlo!... ¡Horror!...
Doña Rude acostó al niño junto a la madre.
-…Cuidado lo aplastes, maldiciada… Yo volveré mañana…
Susi no respondió nada. Parecía estar desmayada de nuevo.

* * *
Susi abrió los ojos y se encontró con la oscuridad. Sintió un miedo extraño. Extendió la mano y encontró a su hijo. Se le aclaró entonces el entendimiento. “A ver ahora, porquería, cómo vas a llamarte… ¿Qué nombre vas a tener?... Porquería…”.
Y en el fondo de su ser empezó a revolverse, como una rara serpiente, la idea de matar al hijo. “Sí, tú no debes vivir… Para que seas un gusano sin nombre, mejor es matarte…”.
De pronto, sin embargo, se quedó horrorizada de sus pensamientos y se incorporó violentamente sobre el lecho. “No, no, Dios mío… Dame fuerzas… Yo criaré a mi hijo… Y será lindo… Pero, Dios mío ¿qué nombre tendrá?... Bueno, un nombre cualquiera… ¿qué importa eso?... Pero será lindo Y miraré bien adentro de sus ojos para saber quién es el padre?...”.
Finalmente, se quedó profundamente dormida.

Balseros surcando el río Marañón. Foto cortesía de Luis B. Jiménez Araujo.

* * *
Al otro día, Susi ya tuvo fuerzas para alzar al hijo en sus brazos y mirarlo largamente. “Aun no es tiempo de saberlo… La luz y el agua aclararán luego tus ojos…”.
Aquel mismo día, doña Rude le enseñó una canción de cuna que empezaba así: “Duerme, duerme, niño…”

* * *
Seis días pasaron como seis segundos.
Está ya lista el agua para el último baño que doña Rude dará al niño. En lo sucesivo, ya podrá hacerlo Susi.
-…¡Jesús!... ¿Qué veo, maldiciada?... ¡Jesús y María!... –exclamó doña Rude mirando fijamente al niño.
-…¡Jesús!
Doña Rude siguió mirando al niño
-…Sí, es don Calixto… Fíjate, condenada…
-… ¡A ver!... –exclamó Susi, con la más grande ansiedad.
Doña Rude le alcanzó el bebé.
-…No,… No, doña Rude… No es a don Calixto… Más bien… Espérese… Ah, no sé qué le veo a Eduardo… No sé…
Luego bañaron al niño y lo acostaron
-… ¡Ay, Dios mío!... Mírelo ahora, doña Rude,… Pero fíjese bien… Ahí está Jorge… Un aire… No sé qué…
-… A ver… A ver… -dijo doña Rude llevando al niño en sus brazos y poniéndolo un poco a la luz. –Ah… no… Míralo bien… para mí que está la cara de don Calixto…
Susi recibió al niño y lo miró de costado.
-…Ah… ¿cómo?... Ahora sí que lo descubrí… Es Eduardo… Es Eduardo… Mire… Mire, doña Rude…
Esta se acercó sorprendida.
-…¿Qué?... A ver ¡Jesús!... ¡De veras, condenada!
Y doña Rude tomó en brazos al bebé
-… No… No… Míralo de este lado… Dios mío, qué lío… No sé… No sé… Don Calixto… Eduardo… Jorge…
Susi volvió a recibir al niño y cerrando los ojos lo acomodó en su regazo. “Duerme, duerme, niño”…

* * *
Por la noche Susi soñó que vagaba por los cielos infinitos en pos de una estrella blanca, buena, que le hiciera conocer la verdad.

V
Aceleradamente han pasado los meses
Hace ya un tiempo que el hijo de Susi tiene u nombre: Leandro. Y en cuanto al apellido, Susi sigue ignorando el apellido que se le ocurrió dar al que fue a hacer asentar la partida de nacimiento.
Leandro ya sostiene por sí solo la cabecita sobre los hombros. Ya está lo que las gentes llaman shutupa.
Cuando las chicas del barrio se reúnen en la tienda de Susi, se pasan el niño unas a otras y cada cual, un poco indiscretamente, lo mira ya de frente, ya de perfil… Y todas quisieran hablar con libertad… Pero sólo pueden decir: “¡Qué hermoso!” “¡Qué lindo!”. La verdad, sin embargo, es que habrían querido exclamar: “¡Qué raro!”.
En la calle de desataban.
-Bueno, Isabel, tú que dices?...
-Francamente, no te lo sabría decir, Consuelo… Eduardo, Jorge… Calixto… ¿Y tú, Rosaura?...
-Yo tampoco podría asegurarlo... Es muy raro...
Y en la mente de las gentes se fue formando un rostro extraño.

* * *
A solas, Jorge lde decía a Susi:
-Por lo pronto, como ves, yo quedo descartado… Mira cómo se parece a don Calixto… Sus ojos… No sé qué… También podría ser que a Eduardo… Un cierto aire…
Y Eduardo a su vez:
-Ahora estoy ya fuera de dudas en lo que hace a mí… Qué parecerse a jorge… Y a ratos también se le halla parecido a don Calixto.
Y don Calixto:
-Te felicito… Pues ahí está el retrato de Jorge… Aunque a veces, por cierto, se le encuentra no sé qué a Eduardo… Lo que es de este tu pobre viejo, nada… Harto quisiera encontrarle… Tal vez el tiempo aclare las cosas.

VI
Pero el niño siguió creciendo igual. Una extraña y odiosa verdad se iba haciendo cada vez más patente. De acuerdo a la luz, a la posición del rostro, al sitio, se le encontraba parecido, en una curiosa y cruel alternativa, tanto a Jorge, como a Eduardo y a don Calixto…
El sufrimiento de Susi llegó a su colmo.
-…Esta vida ya no la soporto, doña Rude… ¿Se da usted cuenta de lo que significa todo esto?
-Como no, hija… Pero que le vas a hacer… La voluntad de Dios habrá sido…
-Pues la voluntad de Dios será que traguen las aguas del Marañón, doña Rude… No voy a preferir volverme loca…

"... Todos los pasajeros pasaban a pie por el viejo puente "Chacanto". Foto cortesía de Luis B. Jimenez Araujo.

-¡Jesús!... ¿Qué estás hablando, condenada?
Susi empezó a llorar inconsolablemente.
-… Así… llora más bien….
Y doña Rude se volvió a su casa pensando en la desgracia de Susi, la hija de su querida amiga Rosenda.

* * *
Pero el destino de Susi estaba trazado de antemano.
-Vecinita, le encargo mi puerta… Mi hijo se queda dormidito…
-Con todo gusto, Susi. Que te vaya bien.
Y Susi se embarcó con dirección a Balzas en el carro del “Chacarero”.
Al atardecer, todos los pasajeros del carro del “Chacarero” pasaban a pie por el viejo puente “Chacanto”
Susi se quedó atrás de todos.
Alguien volvió la vista y vio a Susi contemplando las aguas del río… Pero nada se le ocurrió pensar.
Cuando todo estaba envuelto en sombras, se escuchó este diálogo entre los viajeros:
-¿Y Susi?...
-De veras
-¿Dónde se quedó?
-¿No pasó junto con todos el puente?...
-No… se quedó un poco atrás…
-Yo la vi parada en medio puente…
-¡Jesús! ¿No le habrá pasado algo?...
Minutos después se conocía la verdad. Desde las ramas de un naranjo, unos muchachos vieron a Susi arrojándose desde el barandal del puente “Chacanto”

* * *
Conocida que fue la desgracia en Celendín, doña Rude se llevó a su casa a Leandro. Y nada ni nadie se opuso a que el niño se quedara a vivir con ella.
Y Leandro siguió creciendo igual: con tres expresiones distintas en el rostro y un remoquete para toda su vida: “TRES CARAS”.




viernes, 15 de mayo de 2009

POESÍA: Manuel Sánchez Aliaga

SIDERAL
Por Manuel Sánchez Aliaga

Voy al espacio sideral
a contemplar
la caida de las estrellas
unas tras otras...,
voy a ver el Sol.

Miro el mundo y me duele.

Desolado, defraudado,
triste, encuentro
humanas tinieblas,
desentendimiento, confusión.

Vuelo entonces más allá
del espacio sideral
a verter lágrimas purificadoras
sobre los heterogéneos
continentes de la tierra.

Vuelo a empujar
un poco de dia
sobre la noche.


"Voy a ver el Sol..."


lunes, 11 de mayo de 2009

POESÍA: Jorge Horna, un poema telúrico

SINFONIA TERRENAL Y OTRAS HIERBAS
Por Jorge Horna

La Chocta El Cumbe Maraypata
Chuclalás
La Huaylla Lanchemayo El Toste

El Guayao Colpacucho La Tranca
Huangashanga El Tingo Pallac

Pumarume Chaquil El punrre
Chupset Huañambra La Masma

Shuitute Serafinpampa Mutuy
Meléndez La Quintilla Chalán

Poyuntecucho El Huauco Malcat
Cashaconga El Dúngul Sorochuco

Chumuch Las tres zanjas Llaguán
Cumullca San Isidro Callacat

Oxamarca La Quinua Cortegana
Queruaysana Mangash Pallán
Utco Calconga Huacapampa

Calla-calla
Quillimbash
Musadén

Siracucho Taguán Chacapampa
La Tacshana Poyunte LLanguat

Yanaquero Tolón Molinopampa
Shururo Cahuaypampa Huasmín

El Aliso
Jelig
La Llanga
Celendín

Lima, agosto de 2003

Mapa de Celendín, manuscrito de "El Búho"